miércoles, junio 13, 2012

Gobierno de concentración

El primero fue el político catalán Josep Antoni Duran Lleida. Pero no ha sido el único. Catedráticos, ex gobernantes, etc., abogan porque España tenga un gobierno de concentración para resolver la situación que está cayendo. Yo, personalmente, así, de primeras, no tengo nada que oponer a la petición, que hasta me podría parecer bien. Sin embargo, tengo mis dudas sobre su practicabilidad.

El gobierno de concentración es una figura ajena a la Historia de España. En dicha Historia se cuentan, en mi opinión, tres concentraciones que de tal se puedan reputar, eso sí, retorciendo el concepto para que "concentración" pueda aparejarse con "coalición de amplio espectro" que, en realidad, son cosas distintas.

La primera es la concentración (que, más bien, fue una alianza estratégica, pues no significó la actuación coordinada de los pactantes) de las fuerzas republicanas y socialistas con el ala izquierda dominante del liberalismo dinástico, tras la Semana Trágica de Barcelona, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia y todo lo que vino detrás, que se concretó en el grito ¡Maura, no! Aquella concentración terminó como el rosario de la aurora. Canalejas, poco tiempo antes de su desgraciada muerte, estaba ya literalmente hasta los cojones de la alianza con las fuerzas más a la izquierda de él; y, de hecho, alguna de ellas no tardaría mucho en montar una huelga general, en 1917. Sin embargo, aquella fue una concentración que yo reputo exitosa, porque, básicamente, bloqueó el acceso al poder gubernamental de Antonio Maura (y de su alter ego, Juan de la Cierva), pues el viejo político conservador presidió muchos menos gobiernos que los que, por lógica, debería haber encabezado en un turnismo normal. La coalición antimaurista, en efecto, provocó que los conservadores aceptasen la idea de otros liderazgos (notablemente, el de Eduardo Dato); y, lo que es más importante, al Borbón le entró en la cabeza la idea de que mantener a Maura lejos de la presidencia era lo que había que hacer.

La segunda concentración es la unidad de acción, más o menos coordinada, que se produce entre las derechas españolas en el año 33, que las lleva a la victoria frente a un ámbito republicano muy desgastado por la "anécdota" de Casas Viejas, entre otras. Esta especie de concentración conservadora provoca la definitiva desafección de parte del radicalismo (el de Martínez Barrio), que se acerca a las izquierdas; pero, básicamente, permanece unida en torno, primero, al Partido Radical, y después la CEDA (y fin de la historia, porque sólo dos personas tan desconectadas con la realidad como Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Portela Valladares pudieron pensar que éste último sería capaz de aglutinar una parte significativa de ese efecto a su favor).

La tercera concentración que yo veo es la que sigue a la victoria del 33, esto es la del 36: el Frente Popular. El Frente Popular es, de hecho, el mayor ejemplo de concentración que al menos yo veo en la Historia de España, porque se trató, en buena medida, de una coalición bastante organizada y discutida, aunque, finalmente, fueran sólo los partidos republicanos burgueses los que formasen gobierno; y, sobre todo, una coalición muy amplia, pues englobó desde posiciones claramente burguesas hasta el radicalismo marxista del Bloc Obrer y Camperol (al que reputo, en ese tiempo, situado bastante más a la izquierda que el Partido Comunista).

Como tercer ejemplo y medio, habría que citar la Solidaridad Catalana que, en la segunda década del siglo XX, dio la espantá del Parlamento español. Y paro de contar, porque no quiero contar en esta lista los gobiernos de concentración producidos durante la guerra civil, puesto que se montaron, obviamente, en medio de situaciones bélicas y, además, más abajo comentarmos sobre eso, fueron una concentración, digamos, bastante diluida. 

Si aceptáis los párrafos anteriores (que no tenéis por qué), tendréis que aceptar dos hechos:

1) Las concentraciones en España siempre han sido imperfectas. Lo cual quiere decir que los que se concentran no se someten a una disciplina común. Se limitan a unirse porque el momento lo demanda, pero todos ellos conservan su autonomía. No hay más que ver los ejemplos que yo mismo he desechado, es decir los gobiernos del lado republicano durante la guerra civil, que se combatieron con saña entre ellos (hasta llegar a matarse unos a otros, literalmente) y se caracterizaron por cosas tan poco edificantes en gobiernos de concentración como que unos estuviesen haciendo levas mientras otros, sus socios, recomendasen a sus jóvenes no atenderlas.

Otro ejemplo de imperfección en la concentración, hasta el punto de no citarlo en la lista porque no puede considerarse tal, es la pretendida convergencia republicana tras la caída de Isabel II. A pesar de que los progresistas republicanos eran conscientes de que la I República estaba amenazada por todas partes (carlistas y alfonsinos) y que eso sólo se podía contrarrestar con una república fuerte, se dividieron en federalistas y unionistas, en intransigentes y benévolos, y se combatieron unos a otros de tal manera que, en la realidad, el momento en que Salmerón sucede a Pi i Margall, se produce al frente del gobierno de España un cambio mucho más radical que el que pudo operarse cuando Felipe González dejó sitio a José María Aznar.

Las concentraciones españolas, pues, no son concentraciones. El mejor ejemplo es el Frente Popular: un club al que todos los que se apuntan lo hacen para manipular al resto de los socios, y laminarlos. Azaña entró en el FP para controlar primero, y capitidisminuir después, a los revolucionarios marxistas; Prieto entró en el FP para usarlo de trampolín para ganarle a Largo la batalla por el poder en el PSOE; Largo entró en el FP para usarlo de escudo en su procura del liderazgo total del obrerismo español, dictadura del proletariado mediante, y que no le volviera a pasar lo del 34; y los comunistas entraron en el FP porque se lo ordenó la Internacional, para establecer una alianza táctica con la burguesía, a la que con posterioridad iban a asestar el rejón de muerte (o ésa, por lo menos, era la estrategia de Dimitrov).

Ni uno solo de los socios del Frente Popular se apuntó al mismo para sacar a España del marasmo en que estaba a finales de 1935. A mi modo de ver, el espíritu de unión del Frente Popular está bien quintaesenciado en el gesto de Felipe Sánchez Román, que una tarde redacta la carta programática de la coalición y, horas después, se niega a firmar lo que él mismo ha escrito.

2) Las concentraciones, en España, se hacen contra alguien. No a favor de nada ni para resolver nada. Los progresistas de principios del XX se unen para servir de dique de contención del maurismo. La Solidaridad Catalana se une contra Madrid. Las derechas del 33 se unen contra la coalición constitucional republicana y, según los integrantes de ésta, contra la propia República. El Frente Popular se crea contra las derechas.

No hay en España demasiados ejemplos, si es que hay alguno, de una concentración a la británica: un momento en el que, a causa de una situación comprometida o desesperada, todas las fuerzas políticas relevantes se ponen a las órdenes de una de ellas, la mayoritaria, sacrificando en ello todos (incluyendo quien les encabeza) posiciones partidarias y reivindicaciones de toda la vida, en aras de ofrecer una sola política que dé imagen de unidad. Como ya he dicho líneas arriba, ni siquiera en medio del mayor y más urgente de los motivos de concentración, la guerra, los españoles han mostrado capacidad para realizar estas premisas.

No sé si hace falta recordar que durante la guerra civil española hay un caso de un gobernante asesinado minutos antes de tomar posesión: Antonio Sesé; y jamás a ningún historiador serio se le ha ocurrido siquiera insinuar que los franquistas o la quinta columna tuviesen algo que ver en su asesinato, porque es bien evidente que fueron quienes hasta bien poco antes compartían "concentración" con él quienes se lo cargaron. De aquellos tiempos es la enternecedora escena que cuenta Diego Abad de Santillán en la que, reunidos los anarquistas con sus socios en el palacio de la Generalitat, es tal el clima de buen rollo y colaboración que se respira en la reunión que, una vez en contacto con una batería artillera situada en la costa controlada por anarquistas, les da orden de llamarle cada diez minutos... y bombardear el palacio si no se pone (o sea, si lo han detenido, o se lo han apiolado). La escenita de marras, en ¿Por qué perdimos la guerra? Página 98 en esta versión.

Típicamente ácrata, por cierto, eso de decirle a los artilleros "obrad como queráis".

Ni siquiera el, para muchos, y por ello no muy bien documentados, monolítico bando franquista, se salva de este juicio. La coalición ganadora de la guerra civil, a pesar de que se formuló como un proyecto militar y se colocó bajo un mando único inicialmente bélico, pero rápidamente reconvertido a mando político; a pesar de todo eso, digo, incluso el bando franquista registró en el seno de su "concentración" unas tensiones de tal calibre que acabaron a tiros.

El único ejemplo de concentración real que ofrece la Historia de España, y limitado a la parcialidad de lo económico, son los llamados pactos de la Moncloa. Es el único momento en el que se llega a un pacto de gobierno en el que no gana nadie; en el que todos ceden y, consecuentemente, todos consiguen. Sin embargo, las diferencias de tono del discurso político y el día de hoy dan que pensar que la argamasa que unió a las fuerzas que firmaron los pactos de la Moncloa no fue, como se ha podido pensar, la gravedad de la situación económica, sino el miedo a una involución. Si no fuese así, entiendo yo, los Pactos de la Moncloa II ya se estarían negociando, con luz y taquigrafos.

Por eso dudo tanto de que un gobierno de concentración sea la solución para el momento presente. Léase el punto 1). No sería un gobierno de concentración. Cualquier tentativa de este calibre, a mi modo de ver, respondería más al modelo estratégico del Frente Popular: una reunión pretendidamente justificada por algún hecho importante (en el 36, el avance del fascismo; en el 2012, la crisis económica) en la que todos los participantes se unirían con un interés espurio al oficialmente declarado.

Además, en el caso español, también desde el punto de vista histórico, existe otro elemento que no hay que olvidar: el papel de los interlocutores sociales y, muy especialmente, de los sindicatos. El sindicalismo español, tanto el de clase como el orgánico, está acostumbrado a ser parte del gobierno. Lo fue durante la guerra civil, incluso llegando al paroxismo de que organizaciones que rechazaban la autoridad, como las anarquistas, la ejercieron de hecho en regiones enteras, como Cataluña o Aragón. Lo fue durante el franquismo, que hizo de la Organización Sindical un centro de poder tan importante que luego se pasó veinte años desactivando la bomba que él mismo había cebado. Esto ha introducido históricamente en las diferentes coaliciones (pues no se puede hablar de concentraciones casi en ningún caso, como este post argumenta) un elemento extraño: unos miembros que no lo son por la fuerza de los votos, sino por la fuerza de la calle, de la Constitución o de normas de corte fascista corporativo y que, por lo tanto, no están sometidos a ningún cedazo sobre su actuación. Pueden hacer, decir y defender lo que quieran, porque no hay referendo que los apee en el caso de que se equivoquen; y lo saben. Cualquier partido político que se mete en una coalición y la petardea sabe que corre un riesgo: el riesgo de que el personal se cosque de la estrategia, no le guste, y a la próxima no le vote. Pero cuando no se está en una coalición por la fuerza de los votos sino por mor de otras fuerzas de valoración más compleja, la cosa cambia.

Por todas estas razones, cabe pensar, por lo tanto, que un gobierno de concentración, lejos de ser una salida, podría ser todo lo contrario: un desastre.

Mejor la dejamos como está, que así es la rosa.