domingo, octubre 21, 2012

Fra Girolamo (17)




Los sermones de Savonarola, que no se olvide se produjeron inmediatamente después de otros actos de desafío, colmaron la paciencia del Vaticano (y eso que el Vaticano aprendió a ser paciente de un señor que pedía clemencia para los que le habían clavado a un madero). Pero los frateschi, a base de tanto contacto con los franceses, habían aprendido algo de política, o sea algo de dar por culo. Mediante un enviado a Roma, insinuaron la posibilidad de cambiar definitivamente de bando y adscribirse a la Liga antifrancesa, a cambio de que su líder dejase de ser un predicador proscrito. El sobrino de Pico della Mirandola añadió gasolina a la hoguera publicando una apología del prior, dedicada al duque de Ferrara, uno de los personajes principales de la política romana, que tuvo que volver grupas y visitar al Papa con el rabo literalmente entre las piernas (no fuese que los curas, que para esto se visten por los pies, se lo cortasen).

Roma se estaba convirtiendo en un tsunami antisavonaroliano, ello fundamentalmente porque el propio Savonarola era otro tsunami, y muchos adivinaban que en una pelea entre olas sólo una podía prevalecer. Los folletos con los sermones del prior se imprimieron en varios idiomas, y sus críticas a la depravación romana cruzaron los Alpes, llegando, sobre todo, a Alemania; territorio que, como demostraría bien pronto Lutero, estaba dispuesto para el cisma. Para colmo, el eterno Carlos de Francia, oliendo el olor acre de la polémica, volvió a sacar a pasear su idea de convocar un Concilio General.

Roma, a las puertas del año jubilar, a punto de doblar la esquina del siglo, estaba literalmente acojonada.

Alejandro perdía la paciencia. Ante Bonsi, el embajador florentino enviado al Vaticano, y por varias veces, reclamó, en soledad y también en presencia de cardenales, una afirmación categórica, inequívoca, en el sentido de la alianza de Florencia con la Liga antifrancesa, caso de que Carlos volviese a invadir la península. No obtuvo nada. Savonarola, inasequible al desaliento, llevando sus ilusiones al terreno de los delirios, seguía creyendo en el francés cada vez que éste hacía el menor gesto de apoyo o de convocar un Concilio que supondría, con casi total seguridad, un conflicto cismático.

El Papa Alejandro terminó por perder la paciencia. Le gritó a Bonsi, delante de los cardenales, que la actitud de Savonarola era intolerable incluso realizada por un turco o un infiel de cualquier otra procedencia, y lo envió a Florencia con un ultimátum.

El embajador regresó a la ciudad Toscana después de las elecciones. Ni la Signoria ni los Diez estaban ya en manos de los frateschi. Así pues, el gobierno dejó libertad de voto a sus miembros.

Temeroso de que el gobierno florentino se volviese contra él, Savonarola subió al púlpito para enardecer a las masas; para ganar en la calle, y en la iglesia, lo que había perdido en las urnas. Agarrándose a una frase del mensaje romano, que lo calificaba de “hijo de la iniquidad”, buscó ese típico efecto de los demagogos consistente en convertir todo ataque a ellos como un ataque a la colectividad (este recurso los nacionalistas lo bordan, sin ir más lejos); así que le dijo a los florentinos que era a ellos a quienes había despreciado el Borgia, y reclamó del gobierno de la ciudad más firmeza en su defensa.

La Signoria respondió a aquel estímulo dando un paso atrás en su oposición, y remitiendo al Papa un comunicado defendiendo al prior, y asegurando su total fe en la Iglesia católica, “aunque”, matizaron, “nuestra mayor preocupación, por encima de cualquier otra, es nuestra República”. Todo un tratado sobre la relación entre el poder espiritual y real.

En realidad, este movimiento por parte del gobierno de los arrabbiati era una carambola a tres bandas. Buscaban, con tal respuesta, encabronar definitivamente al Papa para que terminase de castigar a Savonarola. Una vez excomulgado, el prior tendría, muy a su pesar, que obedecer la orden de no predicar (ya no podría administrar la eucaristía; ni siquiera podría entrar en la iglesia o profesar en San Marcos), y quedaría inerme ante ellos; porque Girolamo Savonarola, sin el púlpito, no era nadie. La jugada, sin embargo, les salió mal. No contaban con la astenia que a ratos le iba y le venía a Alejandro en todos los temas jodidos. El Papa, en realidad, estaba dispuesto a encontrar una salida negociada al conflicto y, consecuentemente, no montó el pollo esperado cuando recibió la carta.

Alejandro Borgia se hizo leer la carta en voz alta por el obispo de Parma. Terminada, suspiró y musitó algo así como: “menuda carta jodida”, y se sumergió en meditaciones, con una cara de la mala hostia que si en ese momento entra en la habitación el Diablo habría pensado que el Vicario de Cristo le había dejado sin curro. Sin embargo, no dio el paso que todos los enemigos de Savonarola esperaban, sino que envió a Bonsi de vuelta a la ciudad con otro ultimátum. El obispo de Parma le dijo a Bonsi, por su parte, que le transmitiese a Savonarola el mensaje de que, si mostrase algún signo de sumisión, el Papa estaba dispuesto a dejarle predicar.

La debilidad del Papa, sin embargo, no hizo sino enervar las presiones de los enemigos de Savonarola. Ludovico Sforza clamó por una decisión. Piero de Medici reapareció en los salones vaticanos. Y un viejo, muy viejo amigo de Savonarola: Fra Mariano da Gennazzano.

El hermano Mariano, otrora líder retórico de las iglesias toscanas, que había sido amarga y dolorosamente descabalgado por el joven Savonarola, era todo un personaje. General de su orden, tenía una iglesia en Roma donde predicaba con gran éxito.

Gennazzano fue alquilado para dar un gran sermón en Roma contra Savonarola, ante un auditorio de notables. La cosa, sin embargo, no salió bien. De hecho, el fraile cometió los mismos errores que siete años antes, cuando su sponsor era Lorenzo de Medici. Por decirlo claramente, se pasó de frenada. Apeló a Savonarola de judío, de ladrón, de alimaña. Se dirigió a los notables romanos y les gritó: “¿Cómo podéis soportar a ese monstruo, esa hidra?” Afloró en sus palabras todo el odio de los antisavonarolianos, pero lo hizo con tanta claridad que los notables indecisos, dudaron.

Sin embargo, la gente lo tenía bastante más claro. El pueblo romano asaltó la embajada florentina. Bonsi dimitió como embajador, y su renuncia llegó a Florencia en el mismo correo en el que llegaba la respuesta del Papa.

El partido del prior trató de discutir el asunto en los Ochenta, donde todavía podían soñar con tener mayoría, pero fueron bloqueados. La oposición había decidido someter la cuestión a referéndum, y por ello convocó, el 14 de marzo, una magna reunión de las muchas instituciones representativas de la ciudad. Terminada la votación, Savonarola sacó ocho votos a favor, y 17 en contra, y 7 abstenciones. Envalentonada, la oposición anunció su pretensión de convocar el Gran Consejo. Los frateschi lo bloquearon, sabiendo que el Consejo aprobaría el referéndum, y que éste los iba a echar literalmente de la ciudad. Consiguieron los savonarolianos desviar el asunto a una comisión especial de 19 miembros; pero este órgano no hizo sino votar lo mismo.

En este punto, los miembros del partido de Savonarola ya sólo se preocupaban de salvar sus culos. Así pues, llegaron a un acuerdo con sus opuestos, basado en que San Marcos no sería cerrado, a cambio de que Savonarola dejase de predicar. Valori le ofreció, en nombre de todos, la oportunidad de someterse voluntariamente. Savonarola contestó que todo estaba en manos de Dios, y que contestaría al día siguiente.

Al día siguiente, 18 de marzo de 1498, Girolamo Savonarola pronunció su último sermón.