lunes, octubre 08, 2012

Fra Girolamo (14)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo  y décimo tercer capítulo.



La inquina de Savonarola contra los objetos que consideraba prueba de vanidad ha sido exagerada muy a menudo, en lo que supone de destrucción de cosas que hoy consideraríamos de gran valor artístico. Lo que ardió, por varias veces, en la Piazza della Signoria, fue un conjunto de cosas caras; tanto, que en la segunda hoguera de las vanidades incluso hubo un judío veneciano que ofreció 120.000 escudos por llevárselas. Sin embargo, el escándalo contemporáneo por aquellos hechos fue prácticamente inexistente, y ello porque, a pesar como digo de lo que sostienen los mitos, en aquellas piras ardieron obras de arte de escaso valor. Únicamente se suelen citar entre las víctimas del fuego con algo de valor algunas copias de obras de Bocaccio, y algunos dibujos de Fra Bartolommeo.

Savonarola, de hecho, tenía una gran sensibilidad personal hacia los objetos culturalmente valiosos. Cuando el gobierno de Florencia puso a la venta una serie de manuscritos y códices de la biblioteca Medici, hizo que San Marcos los adquiriese, aunque para ello tuviese que vender algunas tierras del monasterio. Aquellos códices pueden hoy visitarse en la Biblioteca Mediceo Laurenciana gracias a que el fraile evitó su dispersión, cuando no pérdida, mediante la venta a compradores diversos.

Las mayores críticas a las hogueras de las vanidades las recibiría Savonarola desde su propio partido. Muchos frateschi, en efecto, no entendían por qué aquellos bienes tan caros habían sido quemados, en lugar de vendidos. Esto, en parte, era también un síntoma de la marea baja que empezaba a experimentar el radicalismo savonaroliano, una vez que las condiciones de la ciudad se estabilizaban e incluso mejoraban un poco. El prior de San Marcos presionaba casi cada día a los magistrados de la ciudad para que hiciesen cumplir sus estrictas normas contra el vicio, pero éstos eran cada vez más reluctantes a hacerlo.

Mientras esto ocurría, la recién creada congregación tusco-romana presionaba en el Vaticano al Papa Alejandro para que excomulgase al fraile, convencidos como estaban de que era la única forma de pararlo. Sin embargo, Alejandro no estaba por la labor de fomentar el enfrentamiento. En marzo de 1497, envió a un emisario secreto a la ciudad para ofrecerle al gobierno la devolución de Pisa, a cambio de que Florencia se uniese a la Liga. El emisario que asimismo envió Florencia a Roma se encontró a un Papa de tonos muy nacionalistas (lo cual tiene su coña, teniendo en cuenta sus leves orígenes italianos) que decía ver en la tentativa de la Liga una posibilidad de unificar Italia (cabe entender que bajo su mandato o tutela), e instando a los florentinos a portarse como italianos y “dejar a los franceses donde deben quedarse”; o sea, en Francia. Florencia, sin embargo, rechazó la oferta, y lo hizo, fundamentalmente, porque sabía que el Papa prometía cosas que no podía cumplir, porque los venecianos no estaban por la labor de permitir que Pisa retornase a sus antiguos señores.

En esas estaba la política internacional, cuando, el 27 de abril, Piero de Medici se presentó en las afueras de Florencia. En los meses anteriores, la verdad, el otrora gobernante de Florencia no había pasado un tiempo muy agradable. Se había convertido en una especie de palestino de las cortes italianas: todos sus colegas de las grandes familias peninsulares reconocían la injusticia y desgracia que había caído sobre él, pero no lo querían en su mesa ni media hora. Por ello, Piero el medio idiota languidecía en Roma, en casa de su hermano el cardenal, donde llevó una existencia aislada, controlada por sus más cercanos, quienes le comieron la oreja con la milonga de que no tenía nada más que presentarse a las puertas de la ciudad para que ésta cayese, feliz y contenta, a sus pies.

Cuando se presentó en las puertas de la ciudad, sin embargo, estaban cerradas. Llovía a mares y esperó en vano, varias horas, hasta que se convenció de que no se las abrirían.

La visita de Piero de Medici fue una mera anécdota para él, pero importantísima para Florencia. Dentro de la ciudad, el hecho de que el Medici hubiera tenido la valentía de presentarse allí hizo sospechar que tal vez contaba con una quinta columna interior, lo que inmediatamente provocó una lucha interna de grandes proporciones. Los arrabbiati se lanzaron , en primer lugar, contra los bigi, principales sospechosos, que fueron golpeados y linchados con violencia. Cuando esto se acabó, la violencia indignada era ya tanta, y estaba tan disparada, que no supo parar, así que tomó a los frateschi como objetivos. Sólidamente asentados en los cargos de gobierno elegidos para mayo y junio, los arrabbiati decidieron realizar una campaña contra los hombres de Savonarola, iniciada con una manifestación monstruo para la que eligieron el día de la Ascensión, o sea el 4 de mayo.

Quizá pensaron que eso obligaría a Savonarola a huir, como de hecho le recomendó su gente. Pero, si lo pensaron, es que no lo conocían. El fraile anunció que, lejos de huir, protagonizaría las fiestas con un sermón. La noche antes de dicho sermón, un grupo de arrabbiati entró en la iglesia y, entre otras cosas, se cagó [sic] en el altar. Cuando Savonarola llegó al templo, la mierda había sido retirada por sus frailes, pero a las puertas había una multitud rabiosa reclamando venganza.

El sermón de Savonarola, probablemente, era en su inicio un sermón relativamente conciliador. Pero, ante la presión de la gente, adoptó un tono bien distinto. Como Savonarola no era ningún imbécil, se guardó mucho de utilizar el tono del enfrentamiento y el de la guerra civil, sino en el del martirio personal. Aseguró a sus fieles que “el tiempo del juicio ha llegado” y que él había visto claro que la primera víctima del mismo sería él. Que había visto que sería traicionado y vendido como José a los egipcios; y vaticinó que “una vez que los bárbaros hayan encontrado la paz entre ellos, devastarán Italia”. Acto seguido, dedicó a sus enemigos las palabras de Jesús en la cruz: “perdonadlos, porque no saben lo que hacen”.

Si buscaba el fraile tranquilizar los ánimos, no lo consiguió. En ese momento de su sermón, algunas cosas no muy claras ocurrieron. Hay quien dice que fue una especie de pánico colectivo por un ruido inesperado (al parecer, a alguien se le cayó una caja de limosnas al suelo), hay quien dice que fue un ataque en toda regla. Lo que es un hecho es que dentro de la iglesia se produjo un caos increíble, en medio de los gritos de Saronarola para no responder a las agresiones, mientras trataba de salir del templo protegido con una gran cruz.

El gobierno de Florencia respondió a los hechos cerrando todas iglesias. Una comisión fue creada para devolver la paz en la ciudad. El ambiente estaba súper enfrentado y en las esquinas de la ciudad había más nervios que en un filete del Lidl. Incluso Savonarola hizo pública una carta en la que renunciaba provisionalmente a predicar, por un siaca. A pesar de ello, los arrabbiati exigieron, en la Signoria, su prohibición total, que no prosperó.

Seriamente preocupado por las gestiones crecientes de sus enemigos ante el Papa, Savonarola le escribió una carta extraordinariamente conciliadora en la que le invitaba a no hacer caso de nadie y leer directamente sus sermones. En un ejercicio de cinismo bastante acusado, argumentó que sus ataques habían sido siempre de carácter general, y que nunca se había dirigido contra Papa alguno de forma individual.

A Alejandro aquella carta le gustó. Pero le dio igual, porque le llegó días después de que hubiese despachado la prohibición total de predicar para el fraile. Gracias, sin embargo, a que el portador de la orden, un tal Camerino, estaba acojonado por su seguridad personal una vez entregada la misiva, y no se atrevía a entrar en Florencia, pudo recuperarla

… o no.

Camerino, que era enemigo declarado de Savonarola, nunca entró en Florencia, así pues pudo devolver el breve a su autor. Sin embargo, el hecho de que el Papa hubiese utilizado una forma un tanto extraña para expresar su voluntad jugó en contra del secreto que quiso darle a la comunicación al final. En lugar de una comunicación de carácter universal, Alejandro había redactado la carta en forma de instrucciones específicas para las parroquias florentinas. Camerino, estando en Siena, decidió renunciar a comunicar la carta en la ciudad… pero no a las iglesias, y por eso le dio una copia a un fraile, que la llevó a algunas de ellas. Finalmente, pues, seis iglesias de Florencia, que habían recibido la comunicación, la publicaron.

Los arrabbiati, para los cuales esta prohibición de predicar (unida de la advertencia a quien escuchase a Savonarola de caer en excomunión y herejía) era oro molido, colocaron la ciudad de Florencia en momento fiesta. Y qué momento. Las campanas tañeron al vuelo. Se abrieron las tabernas. Algunos palios de las iglesias terminaron arrastrados por las calles. Los burdeles regresaron a la velocidad de crucero; al mismo tiempo se montó un follón y se folló un montón. A una procesión del pequeño ejército de adolescentes de Savonarola le dieron una mano de hostias. Muchos florentinos iban en la noche a las calles adyacentes a San Marcos, donde le cantaban serenatas pornográficas al fraile.

Dos días después, un folleto editado por Savonarola declaraba la excomunión inválida, por estar basada en acusaciones falsas. Siguió celebrando misa en San Marcos y, en un segundo folleto, insinuaba la posibilidad de solicitar la convocatoria de un Concilio General.

Las cosas no le pintaban bien.

Pero él tenía una flor en el culo.

Las cosas, de hecho, estaban a punto de cambiar.