miércoles, septiembre 26, 2012

Fra Girolamo (12)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, y décimo primer capítulo.


Una de las cosas que se me hacen más irritantes de la Historia es que, por lo general, a la mayoría de la gente le importa tan poco, y es tan habitualmente enseñada por personas que la conocen de una manera apenas tangencial, que cae con enorme facilidad en la vulgarización; en algo que yo llamo la matematización de la Historia.

Me explico: el educando, que es la persona que más está en contacto con la Historia porque hay unos currícula que le obligan a aprendérsela en algún grado, siempre está buscando vías para simplificar ese proceso de conocimiento. Esta búsqueda cuenta con la complicidad de la pedagogía, que por creencia sincera, por comodidad, o por razones de eficiencia, también trata de simplificar al máximo la enseñanza en sí y su comprobación: el principal hijo de este proceso es el examen tipo test, que es, según cómo se mire, una puta aberración. Yo llegué, en mis tiempos universitarios, a hacer un examen tipo test de Ética. En fin...

La presión combinada de la pedagogía y de su objeto, o sea los estudiantes, hace, pues, que se trate de ir a métodos sencillos de aprendizaje, lo cual genera esa tendencia a matematizar las humanidades en general y la Historia en particular; a enseñar reglas sencillas, como si la Historia se pudiese desentrañar como se desentrañan las soluciones de una ecuación de segundo grado. El alumno exige que se le dé un esquema con tres o cuatro bullets cortos que explique el fenómeno que estudia (del tipo de: la Revolución Francesa surgió por: a) el descontento de las clases más humildes; b) las ambiciones sociales de la burguesía naciente; c) bullet patrocinado por Coca-Cola ¡bebe Coca-Cola!). Una vez que lo obtiene, bien porque su carísimo libro de texto de la ESO ya lo tenga, bien porque su esforzado maestro (suspirando para sus adentros si realmente le gusta lo que enseña) se lo provee, ya no se mueve de ahí ni medio milímetro: saberse la Revolución Francesa ha pasado a ser el simple y puro checkingde que sabe uno repetir en un papel, como un amanuense loro, los puntitos de marras.

Hablo de la escuela, pero el fenómeno es general. Los niños del cole se hacen adultos y cuando son adultos, acostumbrados ya a este esquema neuronal, lo replican ad infinitum, lo convierten en una suerte de verdad inmanente, y lo graban en piedra en sus conciencias. Fruto de este fenómeno son las personas que viven convencidas de que por las calles de Constantinopla, horas después de entrar los turcos por la puerta no con muy buenas maneras, pasó un pregonero anunciando el Fin de la Edad Media. O las que opinan que el feudalismo se acabó un día a las cinco y cuarto de la tarde. O las que opinan que el Renacimiento alumbró hombres más perfectos que sus abuelos medievales.

En efecto, una de las etapas de la Historia (y no olvidemos que esas etapas no dejan de ser una división arbitraria, una de muchas que se podrían hacer) que es mayor pasto de los lugares comunes y las explicaciones sencillas, es el llamado Renacimiento. La propia palabra que define la época está denunciando ya la fastuosa carga de autocomplacencia que lleva en su interior. Renacimiento es evolución respecto de una etapa oscura e inmovilista. Sin embargo, como siempre en la Historia, las cosas no son tan fáciles de explicar. El Renacimiento, como todos los momentos históricos, como la Grecia de Solón y la Hungría de ayer por la tarde, está compuesto de fuerzas distintas, incluso contrarias, incluso opuestas. Es la época del gran empujón de las ciencias y los conocimientos, sí; pero puede que los musulmanes tengan algo que decir sobre algunas cositas que hicieron durante la llamada Edad Media en ese campo. Por lo demás, muy al contrario de esa impresión que se tiene del Renacimiento como una especie de triunfo de la razón, desde muchos puntos de vista es una etapa mucho más santera, mucho más supersticiosa, mucho más irracional, que la Edad Media. Es en el Renacimiento, y siglos posteriores, cuando se quema a las brujas; no la Edad Media. Es el Renacimiento la edad de oro de la alquimia, de los movimientos tipo Rosacruz, de las Monas Hieroglyphica de John Dee; y así mucho.

El Renacimiento, más que una edad en la que la Iglesia católica es puesta en duda, es la época en la que la Iglesia católica implosiona, colapsa bajo el peso de sus contradicciones y enfrentamientos internos; fenómeno que es amplificado por otro elemento de gran importancia de la época, que es el nacimiento de las naciones-Estado donde hoy vivimos; fenómeno que genera una fricción entre poder espiritual y temporal que, como toda fricción, eleva la temperatura social del planeta hasta niveles casi insoportables.

Es importante entender esto, entender el Renacimiento, no como evolución, sino como conflicto (y en este punto yo soy hegeliano: es el conflicto el que genera la evolución, no la evolución la que provoca conflicto), para entender a Girolamo Savonarola; un fraile conturbado por sus ideas milenaristas, un hombre que proyecta en su Misión, a la vez temporal y espiritual, el miedo y la decepción por la vida mundana, provocando lo que puede parecer, pero no lo es del todo, una reacción conservadora. No lo es del todo, digo, porque el mundo del Renacimiento italiano no es tan progresista como lo imaginamos.

Para el hombre del Renacimiento, el orden religioso es de extremada importancia. Rige su vida, rige su economía, rige su libertad. La creencia en Dios Todopoderoso, Señor y Dador de Vida, juega en el hombre renacentista un papel muy parecido al que la democracia y las libertades civiles juegan para el hombre contemporáneo. La religión es fundamental para el europeo siglo XV quien, además, se barrunta que la cosa no va bien. La escandalosa existencia de los papas, su constante imbricación en los problemas del siglo, la aparición de las tensiones entre civiles y eclesiásticos (eso que llamamos anticlericalismo) y el inicio, embrionario, del proceso por el cual el hombre comienza a divorciarse de la Creencia, son retos a los que la Iglesia de Roma responde con escasa habilidad, provocando, como digo, su implosión. Girolamo Savonarola, a mi modo de ver, forma parte de ese fenómeno cuyo elemento más conocido será Martín Lutero. Hay que entender la revolución moral savonaroliana, sus medidas contra la homosexualidad, la blasfemia, su intento de construir una sociedad regida por normas morales muy estrechas, como un resultado de ese proceso; un resultado plenamente lógico y en modo alguno, como pretenden algunos, una especie de rareza facha en el marco de una evolución histórica unívoca hacia el librepensamiento y los caramelos de menta.

La Historia nunca evoluciona en una sola dirección. Aunque, al fin y a la postre, todas las cosas que hace, incluso cuando anda para atrás, acaban construyendo ésta.





El Carnaval de 1496 presenció el primer acto de la nueva Florencia creada por Savonarola. Se había hecho tradición cantar en las procesiones, de signo pagano, cancioncillas que habían sido compuestas por el músico de la corte de los Medici. Henrik Isaac. Sin embargo, Savonarola modificó el sentido de las procesiones, que se convirtieron en una especie de pre-Semana Santa, e hizo que durante las mismas se cantasen salmos.

Tres semanas antes del Carnaval, y sin esperar más porque sabía de lo precario de su situación, había llegado el momento de defenderse en serio. Hizo una llamada desde el púlpito a los padres de la ciudad para que le enviasen a sus hijos y, una vez que éstos aparecieron por San Marcos, creyó con ellos una auténtica milicia civil. Los niños fueron organizados en escuadras, que debían elegir un jefe, cada una encomendada de la defensa de una porción de la ciudad. Como consecuencia, para cuando llegó la festividad carnavalesca, en Florencia se había creado una subclase de niños-soldado, al puro estilo africano, con mano sobre tropas armadas y una misión. Ese ejército de niños con poder fue el que cambió radicalmente el rostro del carnaval florentino. Como algún cronista describió no sin sorna, en realidad nada había cambiado: eran los mismos gichos ladronzuelos de siempre, sólo que ahora robaban en nombre de los pobres.

En cada esquina de la ciudad se elevó un altar. A su alrededor se juntaban los mozalbetes de hogaño, los chulos y rateros del día antes, ahora con una porra en la mano y una enigmática sonrisa en el rostro. Era imposible pasear por la ciudad sin tener que darles dinero. El último día del Carnaval, Savonarola, como siglos después haría el Estado soviético el día del aniversario de su revolución, hizo una magnífica demostración de fuerza: diez mil niños armados, de entre seis y dieciséis años, desfilaron por la ciudad, mostrando su poder. Como una monumental escoba, aquella manifestación de niños barrió de las calles a todos los florentinos y los arrastró hacia el Duomo, donde los esperaba Savonarola. Allí, hombres a la derecha, mujeres a la izquierda, todos aquellos adultos, acojonados por sus hijos y vecinos, “donaron voluntariamente” sus riquezas, sus cubiertos de plata, sus joyas, sus mejores vestidos.

En teoría, la armada infantil se había formado para el Carnaval. Pero fue tal su éxito, que Savonarola la convirtió en permanente (en mi opinión, ésta es una decisión que ya tenía tomada de tiempo atrás). Con el pelo cortado hasta mostrar los orejas (todo un distintivo en la época, que era muy melenuda), los niños fueron clasificados en: pacificadores, cuya función era impedir peleas; correctores, encargados de ejecutar los castigos físicos; inquisidores, o sea espías; y limpiadores de las calles que, en realidad, se ocupaban de limpiar los altares, y poco más.

Conozco un ejemplo posterior parecido al montaje de Savonarola: las bandas armadas de partidarios de Macías que el presidente guineano montó en la ex colonia africana. El resultado, en efecto, fue el mismo. Muy pronto, las patotas de niñatos abandonaron su estilo de buen rollo y Dios te ama y bla, y se convirtieron en los ejecutores de un régimen de terror en las calles. Paraban a las mujeres en las calles y, con el pretexto de que encontraban sus vestidos pretenciosos a los ojos de Dios, las desnudaban y, por el camino, les metían mano (eso en la versión light). Emulando a Jesucristo, llegada la Semana Santa atacaron y destrozaron los puestos callejeros de venta de dulces. Comenzaron a entrar en las tabernas, amenazando a bebedores y jugadores. Para entonces los llamaban Los Muchachos del Fraile. Comenzaron a espiar a sus propios padres, labor en la que implicaron también a los sirvientes de las casas. Para cuando llegó el momento de celebrar la Pasión de Cristo en Florencia, la ciudad vivía en una especie de situación seudoestalinista, en la que todo el mundo delataba a todo el mundo. Los niños inquisidores, por lo demás, caminaban por la ciudad con escolta; niños y todo, si la gente los pillaba solos, les abría la cabeza a hostias.

Savonarola, al llegar la Semana Santa, estaba afectado por la prohibición papal de predicar. En atención a la especialidad de la fecha, la Signoria cursó una petición a Roma para que se le dejase hacerlo. De forma extraoficial (a mezza voce, dice el lenguaje administrativo vaticano), Roma lo permitió, a condición de que moderase sus mensajes; o sea, como en el chiste del cura que odiaba a los catalanes, a condición de que predicase que Judas era de Calatayud. En realidad, esta actitud comprensiva tiene su sentido, pues, con el poder total sobre Florencia, la posición de Savonarola se había consolidado mucho. Incluso se había permitido el lujo de absorber para la disciplina de San Marcos al monasterio de San Domenico di Prato.

El Papa envió a un dominico a Florencia para que le diese verbalmente a Savonarola la instrucción de que predicase sólo con la puntita. Fríamente, el prior de San Marcos le contestó: “Venga a mi próximo sermón, y verá mi respuesta”. Al día siguiente, en el Duomo, Savonarola arremetió contra el vicio y la venalidad de la Puta de Roma como pocas veces. Se montó un discurso indignado de la hueva y, ante los asombrados ojos del mensajero dominico, en los días siguientes hubo que montar un anfiteatro anejo al Doumo, porque no se cabía dentro de la cantidad de gente que venía a escuchar al fraile. Acusó al mando vaticano de haber convertido las iglesias en “establos de putas” (algo de eso hay, por cierto; pocas décadas después, en España, el muy formal Felipe II bramará contra el magreo-cachondeo que se montaba en los templos de Madrid durante la Semana Santa). Acto seguido, profetizó lo peor de lo peor para Italia; habrá, digo, guerra después de hambre, y peste después de guerra. Los muertos habrán de ser amontonados en la calle y quemados… Toda aquella Semana Santa se invirtió en esta propaganda.

De aquella época data, también, las demandas de Savonarola a los artistas florentinos, que eran muchos y muy buenos. Girolamo Savonarola ha pasado al imaginario histórico como un fraile radical que, en su radicalismo, hizo desaparecer obras de arte sin cuento, porque mostraban sin pudor el cuerpo humano. Se dice que sólo algunas obras de algunos artistas, como Sandro Boticelli que era medio partidario suyo, fueron respetadas. La verdad no es tan así. A Savonarola le preocupaba mucho más, por ejemplo, la riqueza de vestidos y joyas con que los artistas solían pintar a la Virgen; “os juro, les dijo, que la Madre de Dios iba vestida como un pordiosero”. El otro gran punto de protesta fue el uso de cortesanos y adinerados como modelos de los cuadros religiosos (y hasta hoy: hace bien pocos años, la cadena SER montó un pollo en uno de sus informativos exactamente por lo mismo: un alcalde del PP había encargado una pintura para la iglesia local, y la artista había retratado a su mujer entre los personajes).

Lejos de ser Savonarola un destructor y obstáculo del arte, como pretenden algunos mitos, la verdad es que no pocos de los artistas de la época le fueron proclives. Lo fue Miguel Ángel, por ejemplo, gustó de leer sus sermones, incluso hasta el final de sus días. Y Boticelli, ya lo hemos dicho. Pero también Cronaca, y Lorenzo di Credi. Dos hermanos della Robbia, así como Bartolommeo della Porta, incluso procesaron en San Marco.

La influencia de Savonarola en Buonarotti, de hecho, llegó a provocarle cierta obsesión. Miguel Ángel vivía obsesionado con la muerte, como le confesó a otro grande del arte florentino, Giorgio Vasari. El artista, probablemente torturado por su homosexualidad, vivía pensando constantemente en todo aquello a lo que debía renunciar para alcanzar la virtud. Lo de Boticelli fue peor. Antes de conocer a Savonarola, era un hombre vital, notable engullidor de meriendas y cenas en la mesa de Lorenzo el Magnífico. Cuando se convirtió, sin embargo, fue tal el arrepentimiento en que se auto-sumió, que casi acaba consigo mismo.

La mayor dureza la aplicó Savonarola con los literatos. Pero, más que quemar montañas de libros, lo que hizo fue prohibir la circulación en la ciudad de los que, en su opinión, eran impíos.