lunes, julio 23, 2012

Vacaciones con las cuentas del Gran Capitán

Este blog se va de vacaciones hasta finales de agosto. Lo cual no quiere decir exactamente que no vaya a asomarme, porque posibles voy a tener para hacerlo desde la costa de Lugo, en los ratos que me deje libre la dolce far niente en la playa o el tapeo en O Noso Lar.

Antes de irme, en todo caso, os dejo aquí un texto corto sobre una de esas expresiones que se usan en nuestro idioma y que tienen un origen histórico: las cuentas del Gran Capitán.

Hacer o creer en las cuentas del Gran Capitán es algo que está muy en boga en los tristes tiempos que corren. Tiene que ver con esa acción de alguien que realiza proyectos muy ambiciosos, en realidad imposibles, partiendo de asunciones falsas; engañándose, por lo tanto, de una u otra forma. También se usa para aquél que "infla" una cuenta metiéndole dentro cosas que no tienen nada que ver.

El origen de la expresión son, en efecto, unas cuentas, y una leyenda.

Tras la batalla de Garellano, y la consecuente toma de Gaeta, el 1 de mayo de 1504 el primer hombre que desde Carlomagno soñaba con un imperio, Fernando el Católico, se hizo con el reino de Nápoles. Fue Gonzalo Fernández de Córdoba el gran muñidor de esa victoria, y también la persona nombrada virrey de hecho del nuevo reino, pues a él se encomendó su reorganización.

Fernández, sin embargo, era un soldado; no un administrador. Como todo gran general, se perdía bastante a la hora de tomar decisiones sobre los pequeños problemillas de gasto que se van produciendo en el día a día de todo gestor público. Por tal razón, el Gran Capitán, en realidad, nunca fue el gobernador que Fernando el Católico había esperado que fuese; Nápoles siguió regida de hecho por muchos de los grandes señores que ya lo habían sido con anterioridad, a los que Córdoba regó con importantes ríos de oro para que estuviesen contentos y le organizasen el momio. Además, recompensó a muchos de los mandos de sus tropas, en el fondo tan inexpertos como él como administradores, otorgándoles tierras, cargos y gavelas.

A España no tardaron en llegar las crónicas interesadas de aquella administración manirrota y, además, pronto aquellas versiones fueron adecuadamente salpimentadas con otras cosas que venían a decir que tal vez el Gran Capitán estaba traicionando a su señor, para hacerse él mismo señor de las tierras italianas. Es muy probable que el aragonés creyese todo o parte de aquellas historias, pues no era la primera vez que importantes guerreros que habían juntado su espada bajo su mando se habían pasado a intereses opuestos. Los partidarios del Católico en Italia, tales como los Colonna, terminaron afirmando sin ambages que los favorecidos por la prodigalidad de don Gonzalo ambicionaban elegirlo rey.

En realidad, el tema se debió resolver con relativa facilidad Fernando el Católico, apostando a que todo lo que ocurriese es que Fernández de Córdoba sólo fuese un manirroto presupuestario (o sea, la verdad de las cosas), le envió a un gestor contrastado, Alonso de Deza, quien salió de España con instrucciones muy precisas del destino que debían tener las tierras embargadas por la corona española en Nápoles ; le retiró, pues, al Capitán, la capacidad de favorecer a sus pares y, dicho con rapidez y claridad, descojonar el gasto público; hoy diríamos que lo intervino. Fruto de esta política racionalizadora fue la auditoría que pasaron los cuentas napolitanas en España, presentadas por el interventor Juan Bautista Spinelli, satisfactoriamente comprobadas por los oidores castellanos y aragoneses.

Pero la leyenda de las cuentas del Gran Capitán tiene que ver con la visita a Nápoles de Fernando el Católico, el 1 de noviembre de 1506. Según este relato un tanto fantasioso, el aragonés habría llegado a sus posesiones italianas un tanto mosqueado aun con la posible defección de su primer general, razón por la cual, nada más poner pie en la ciudad, requirió a don Gonzalo para que diese cuenta del déficit público existente y la razón de su producción. A lo que el general respondió que lo haría, de buen grado, en unas pocas horas.

Al día siguiente, siempre según la leyenda, se presentó ante el rey con un dietario de los gastos incurridos, que comenzó a leer ante el rey.

El primer asiento era: en frailes y sacerdotes, religiosos, en pobres y monjas, pues que rezan para que el Señor nos otorgue la victoria, 200.736 ducados y 9 reales.

El segundo asiento, por valor de 700.499 ducados, estaba destinado a los espías de los cuales había entendido los designios de los enemigos y ganado muchas victorias.


Fernando el Católico, en ese punto, mandó parar a su general, y lo dejó en paz, comprendiendo lo que él le quería decir con esa forma de presentar el presupuesto de gastos. Esto es: que la guerra es cara. Que, como se ha dicho de toda la vida en Castilla, el que quiera culo, que se moje el peces. Y que no podía seguir prestando oídos a las maledicencias sobre un jefe militar que (esto es, más que probablemente, la verdad) siempre le había sido fiel (aunque más a su difunta, la verdad) y le había traído tantas victorias.

En las décadas y siglos en que esta leyenda fue famosa, el mecanismo de construcción de las leyendas urbanas fue sumando partidas al supuesto discurso del De Córdoba, como 170.000 ducados para reparar las campanas cuarteadas por tanto repique victorioso. En mi opinión, fue esta extensión libre la que fue preñando el supuesto dietario del Gran Capitán de partidas estúpidas, inútiles o pollas, y desplazando el significado de la expresión desde su aparente origen, que parece tener más que ver con la necesidad de hacer gastos importantes para conseguir cosas importantes; al que yo creo que tiene más hoy, que es el significado ligado a aquél que diseña grandes proyectos que no puede pagar.

En septiembre, más.