jueves, agosto 18, 2011

Laicismo patético

Por circunstancias de mi vida, los fines de semana me muevo por el centro de Madrid. Llego a la zona de la Plaza de España en mi coche a eso de las diez y media y aparco con facilidad, porque a esa hora incluso en un lugar tan frecuentado como ése hay mogollón de plazas disponibles. Al menos una vez al año, sin embargo, toda la zona en la yo debería aparcar queda embargada por la policía municipal, que no permite circular por ella, mucho menos aparcar. La razón de que yo no pueda moverme y/o aparcar por la zona de Madrid que constituye el teatro de mi vida es que unos señores, que creo son una asociación privada, llamados MAPOMA, han decidido hacer una maratón. Podrían correr sus 42 kilómetros por los alrededores de La Almunia de Doña Godina o por el arcén de la carretera de Colmenar; sin embargo, prefieren hacerlo por el centro de Madrid; y todos aquellos que tenemos pies planos o nos importa una mierda el atletismo tenemos que aceptarlo. Hay madrileños a los que les gusta que unos tipos y tipas vestidos de corto rompan a sudar tragando millas pasando por Cibeles, y es lo que hay.

A mí nadie me ha preguntado nunca si esto me gusta, si estoy de acuerdo. El Ayuntamiento y MAPOMA se limitan a hacer suyo, un domingo por la mañana, un espacio que es de todos, y lo usan en régimen de monopolio. Y no sólo financio con mis impuestos los gastos que la carrerita le pueda provocar al Ayuntamiento de Madrid sino que, ítem más, pago religiosamente cada año mi tarjeta de residente, lo cual quiere decir que pago por poder aparcar en esas calles que me veda la maratón. O sea, un día al año, pago por algo que no recibo, y eso es así porque unos tipos quieren correr. Otro día es porque es el Día de la Bicicleta. Otro porque se manifiestan los atlantes escrofulosos. Otro porque hay que pasear al Cristo del Perdón.

Eso es la democracia. La democracia se formula como un equilibrio de minorías; en abarcar en su seno a todas las minorías y mayorías que aceptan sus reglas de juego y no se dedican a gasear al personal o a pegar tiros en la nuca a la gente que les cae mal y darles, en la medida de lo posible, lo que demandan. Partamos, pues, de un principio básico: exactamente igual que no es necesario que la mayoría de los madrileños sean maratonianos para que en Madrid se pueda montar una maratón, no hace falta que todos los madrileños deseen que la ciudad sea la sede de un acto religioso para que la ciudad pueda y deba serlo.

En los úlimos 150 años, España ha hecho un camino pedregoso y difícil hacia el laicismo. La significación católica de España es algo muy neto y muy especial, probablemente, dicen muchos historiadores y yo creo que aciertan, por ser el único país europeo que, para afirmarse, tuvo que ganarle el terreno a los creyentes de otra religión. Lo que Pelayo fundó en Covadonga fue un club de Segunda B al que le tocaba batirse el cobre en la Champions League con el mejor club de fútbol del mundo; no habría sido posible hacerlo si todo el equipo no hubiese compartido un sentimiento que fuese mucho más allá que la simple pulsión de ganar.

En el siglo XIX, cuando la mayoría de los países europeos se sacudía el peso del Vaticano; mientras Francia dejaba caer los Estados Pontificios y acababa permitiendo la formación de una nación italiana con fortísimas influencias anticleridades; mientras el canciller Bismarck sentenciaba ante la Dieta prusiana: “No habrá otro Canosa”; mientras ocurría todo eso, dentro de los muros papales España seguía siendo la Gran Esperanza Blanca del catolicismo y, a finales del siglo, Leopoldo Alas pudo crear la obra cumbre de la narrativa en español (sic) contando la historia de una mujer cuyo embrión de felicidad era aplastado por la ambición e influencia... de un sacerdote; y cualquiera que lea La Regenta entenderá que si Fermín de Pas fuese, en lugar de magistral, un acomodado calderero, la novela sería otra, mucho peor. Otrosí digo, la religión católica está, de una forma o de otra, presente en las cuatro guerras civiles que ha vivido España en sus tiempos modernos.

La iglesia católica española ha hecho todo lo posible por retrasar el fenómeno evolutivo laicsta, que no hacía sino reproducir una tendencia, como decía, observable en cualquier país vecino y de referencia en Europa. A través de su apoyo al tradicionalismo ultramontano, en el siglo XIX hizo cada vez más difícil la connivencia entre eso que llamamos las dos Españas, e impulsó al progresismo a la desafección, cada vez más radical, respecto de las vías legalistas de cambio. De hecho, la Restauración se desarrolló, desde su punto de vista polémico o de enfrentamiento, entre los conflictos obreristas y los religiosos. Varios fueron los intentos de recortar o racionalizar el poder de las asociaciones religiosas, y todos ellos acabarían por chocar con la renuencia al pacto por parte de Roma.

Como respuesta a esta dominación, espiritual y temporal, España, exactamente igual que fue tracionalmente uno de los países más católicos de Europa, también ha sido uno de los más anticlericales. La relativa retirada vaticana del poder temporal a lo largo del siglo XIX, unida a la creciente laicización social y el crecimiento del concepto de librepensamiento, intensificó estas tendencias todavía más. Las iglesias españolas arden desde más o menos mediados del XIX con demasiada facilidad.

En esto llegamos a la II República española que, la verdad, no hace demasiado por arreglar las cosas. Todo lo contrario: las empeora. Los políticos republicanos, haciendo uso de un paternalismo intelectual estomagante, se constituyen en élite cultivada, en una especie de club “nosotros sí que sabemos”, que, a base de pajas mentales en el Ateneo, se autodenomina con derecho y capacidad de decretar cuál es, y cuál ha de ser, la evolución de la sociedad española. Afirman que España ya no es un país católico (porque ellos lo han decidido); que ha llegado el momento de borrar todos los privilegios de la Iglesia (que media España quería conservar); y deciden impulsar, en consecuencia, una Constitución que, en lo religioso, es una constitución revanchista con algunos artículos infumables y de dudosísimo timbre democrático. Cuando el régimen entre en su fase radical de izquierdas, en 1936, esos mismos gobernantes asistirán en palco de primera clase al espectáculo de decenas de iglesias ardiendo durante seis meses, sin tomar medidas de enjundia en contra de ello. El estallido de la guerra civil no hará sino radicalizar esta situación aún más, mediante la alianza táctica del franquismo con el nacionalcatolicismo y la ilegalización de la práctica religiosa en amplias zonas republicanas, además del asesinato masivo de curas y monjas, que tanto daño le haría a la República en los países del entorno.

El corolario de esta situación de radicalización constante durante no menos de 15 décadas es que hace relativamente poco tiempo, más o menos en el mismo momento en el que en Europa Mary Quant estaba inventando la minifalda, en España un gobernador civil prohibía a las mujeres que sacaran la basura por la noche a la calle hacerlo sin llevar puestas las medias. Una, sino dos generaciones, de españoles, pagaron (pagamos) el pato de esta ausencia de voluntad de respetarse con una educación asfixiante, una sexualidad reprimida, y tantas otras cosas.

La pregunta es: ¿en qué consiste, exactamente, superar esta situación?

Es evidente que la superación de la situación pasa por el laicismo. Es decir, pasa por un entorno de cosas por el cual nadie que no se sienta católico se vea obligado a seguir una sola de las instrucciones que la Iglesia Católica prescribe para sus seguidores. En este punto, no parece que España demande avances pendientes. Ha costado lo suyo, esto lo sabemos bien quienes tenemos una edad; pero, hoy en día, quien quiere usar condón, comer carne cuando le pete o pasarse los domingos y fiestas de guardar tocando la ocarina mientras mete billetes de 50 euros en las bragas de una stripper, puede hacerlo sin que ninguna institución oficial u oficiosa le pueda obligar a modificar sus actos.

A ojos de algunos, hay un paso necesario más: el borrado total de todo privilegio de la Iglesia o, por decirlo de otra forma, la denuncia del Concordato entre el Vaticano y el Estado español y su sustitución por nada. Ésta es, a mi modo de ver, la madre del cordero de la discusión porque, en el fondo, se reduce a la pregunta básica de si debe de existir una diferencia entre la católica y otras religiones o, por contra, el Estado español debe ser absolutamente neutro en esta materia.

Éste es un punto en el que, al menos en mi opinión, el laicismo, o cuando menos algún laicismo, desbarra. Como desbarró Azaña. España es un país católico; cuando menos, en el sentido de que es más católico que de ninguna otra religión; incluida la no-religión. La católica es la religión que está más presente en nuestra Historia, en nuestra cultura y, cómo no, también en nuestra devoción. Gregorio Hernández y Salzillo no esculpieron, precisamente, Budas de jade. Y los que salen cada Semana Santa a la calle a acompañar esas imágenes no son, que se diga, cuatro gatos mal contados.

España es un país significativamente católico y, lo que es más importante aun, y éste es el gran error en su día de Azaña y sus republicanos reformistas, dejará de serlo el día que lo decida ella; no el día que lo decida un gobierno, un Estado, una Constitución, un decreto o una ideología. Aproximadamente una de cada cuatro declaraciones del IRPF en España toma la opción volitiva de financiar a la Iglesia Católica. ¿Mucho, poco? Eso es, desde luego, opinable. Pero es un dato, me parece a mí, que revela con claridad la existencia de una minoría católica relevante.

¿Por qué financia el Estado a la Iglesia Católica? Pues porque, acertada o erróneamente, el Estado, o sus responsables elegidos para ello más bien, consideran que la católica es una minoría social que merece ser atendida, en mayor medida que otras creencias; exactamente igual que, acertada o erróneamente, considera que el cine debe ser económicamente apoyado en mayor medida que otras expresiones artísticas. Personalmente, considero que en ambos casos el Estado se equivoca; pero lo importante no es mi opinión, sino la decisión de los gobiernos; esto es, reduciendo la cuestión a su esencia, la relevancia de la minoría. Porque una democracia que no respeta a las minorías no es una democracia. Es, por poner un ejemplo tonto, la II República española en sus postreras boqueadas.

La discusión en torno a la financiación de la Iglesia es, por lo tanto, una discusión interminable. Pero el interlocutor de esa discusión son los grupos políticos de gobierno, que son quienes deben decidir que están o no ante una minoría que merece el tratamiento preferencial respecto a otras. El problema es de opción política, no de indignación. Hace horas he visto en la tele a una tía gritar en la Puerta del Sol que se sentía herida porque se trajese al Papa a Madrid con sus impuestos. Me parece que eso es no entender muy bien el concepto de impuesto. Uno no paga impuestos para financiar lo que le da la gana. Al fin y al cabo a mí, que tan sólo tengo lejanísimos parientes aragoneses, también podría indignarme que el erario público pusiese pasta para que Zaragoza se montase un parque actuático con ínfulas de exposición universal. ¿Y? ¿Me da eso derecho a irme a la Pilarica a poner a los asistentes a la Expo de cabrones para arriba?

La estructura de gastos del Estado no es el departamento de Oportunidades de El Corte Inglés, donde uno compra lo que le peta. Por lo demás, no acabo de entender que indignen tanto los costes de una visita de unas horas, y no se diga nada de la pasta pública, central y autonómica, que se ha puesto, se pone y se pondrá para ayudar a sostener la peregrinación jacobea a Compostela. ¿Por qué no prohibimos el Año Santo Compostelano, ya puestos?

Lo que hace enconada la discusión es que en España hay toda una tendencia social que no sólo quiere ser laica, sino que quiere imponer el laicismo. Quiere que el Papa no venga a España o que, si viene, no haya gasto público ligado a la visita. No quiere que quienes participen en el encuentro con él disfruten descuentos o ventajas. No quieren, en suma, que la religión católica disfrute de ninguna oportunidad especial de mostrar su pujanza en el país.

Máximo Gorki, el escritor ruso, solía decir: yo soy ateo, pero tengo un enorme respeto por el sentimiento religioso. No se me ocurre una forma mejor de describir un laicismo equilibrado. Cuando la pulsión laicista se basa en eliminar la pulsión religiosa, se convierte en una posición patética que es todo menos la superación del conflicto religioso. Superar el conflicto religioso es que no haya conflicto; no que el conflicto cambie de sentido.

En la moderna España, sin embargo, esta patética forma de “superar” los conflictos se da bastante. Al parecer, la manera lógica de superar un conflicto consistente en la prohibición en el pasado del uso de lenguas distintas del castellano es dificultar el uso del castellano; o sea, cambiar una prohibición por otra, cobrarse el dolor con dolor. Siguiendo esa extraña lógica parda, el Estado de Israel debiera haberse dedicado a gasear arios.

El laicismo patético, más que una tendencia política, es una tendencia social que pretende un imposible, y que marca un contínuo con otras que tienen que ver también con nuestro pasado. El otro día el elefante Tiburcio (espero que no le importe que desvele esta cita suya), me decía: “A veces tengo la impresión de que el próximo libro que se publique sobre la historia bélica de la guerra civil demostrará que la ganó la República”. Hay todo un intento, en efecto, de rehacer el pasado en el presente. Intento vano, porque por muchas vueltas que le demos, la guerra la ganó quien la ganó, y a los que, como consecuencia de la dicha victoria, nos tocó llevar el cirio por la vida, nos tocó.

Podremos revestir de muchas formas las polémicas surgidas con la Jornada Mundial de la Juventud y la visita del Papa. Pero, al fin y a la postre, se reducen a esto: ¿merecen los católicos el trato deferente que supone permitirles reunirse en la Cibeles, bloquear Madrid, recibir descuentos en el Metro, demandar la labor de centenares de policías, bomberos, etc.? En un Estado laico, ¿merecen los católicos un acuerdo financiero preferente, una presencia notable en la educación y en otros ámbitos? Si lo queremos ver de otra manera, ¿son una de esas minorías de las que una democracia puede pasar, o no?

Esta pregunta tiene 46 millones de respuestas. Y la mayoría dominante en las mismas es un hecho cambiante. Hoy puede ser una, pero mañana puede ser otra. Personalmente, considero que defender la idea de que España debe de ser un país laico tiene los mismos perfiles que la idea de que la minoría católica española (asumiendo que es una minoría, claro) es lo suficiente relevante como para que la especificidad de trato esté justificada. Ambos conceptos son plenamente compatibles, siempre y cuando no se adopten posturas patéticas, es decir revanchistas.

Otra cosa, desde luego, es el exagerado embargo ejercido sobre el espacio público de la ciudad de Madrid, que durante días ha quedado incapacitado para el libre tránsito de los ciudadanos porque hay un tipo que viene de Roma. Esto es, como digo, y al menos según mi opinión, exagerado, y no tiene justificación alguna. Si alguien quiere reunir a un millón de personas, sea para contarles el sermón de la montaña o para cantarles la Tarara, deberá hacerlo, como en los grandes festivales de rock, donde no joda al personal. La Conferencia Episcopal habría hecho bien buscándose una campa en las afueras de Madrid y construyendo allí el altar de Cibeles. Pero, qué le vamos a hacer los residentes en Madrid, al alcalde Gallardón, que como Manuel Fraga hace tres décadas debe ser que piensa que la calle es suya, le encantan estas promenades. Impresentable; pero igual de impresentable, por cierto, tanto para recibir a un tipo de blanco como para que unos pollos vestidos de corto se dediquen a correr.

Esto, sin embargo, poco tiene que ver con el fondo de la cuestión del laicismo a la española. Nada hay más patético que un no creyente emperrado en hablar constantemente de religión; en discutir lo que los creyentes hacen o dejan de hacer. Es tan patético como el espectáculo del pasado en el que los sacerdotes se pasaban el día hablando de lo que los demás (también los no creyentes) hacían o dejaban de hacer. El laicismo es la superación del confesionalismo; cuando en lo que se convierte es en un nuevo proselitismo, tan excluyente en el fondo como el que defendía fray Tomás de Torquemada, lo que queda es la sensación de un cambio lampedusiano. Al menos yo, el catolicismo lo he dejado atrás; no tengo ninguna intención de tenerlo enfrente.

¿Vienen los católicos? Pues que vengan. Si el alcalde no considerase la ciudad su satrapía, todo esto podría haber ocurrido sin que los no católicos tuviesen que verse afectados por ello. Pero también los de la maratón dan por culo, y nunca se me ha pasado por la cabeza ponerles la zancacilla.