miércoles, septiembre 29, 2010

Matar a Hitler (5: ¡Bum!)

(Pues no. Este blog no hace huelga)


El día D, en efecto, Stauffenberg se levantó como cualquier otro día en el apartamento que ocupaba en Wansee. Se acicaló (insistía en hacerlo solo) y luego se reunió con su adjunto, el teniente Werner von Haeften. Haeften estaba tan implicado en los planes conspiradores que incluso tenía una segunda cartera con una bomba con las instrucciones de usarla si la primera, por alguna razón, fallaba. Voló junto con Stieff a Rastenburg en un Heinkel puesto a su disposición por el general Wagner, el cual también sabía de qué iba la movida. Tocaron tierra a eso de las diez de la mañana, dos horas antes de la reunión.

El complejo de Rastenburg tenía tres perímetros de seguridad, los tres controlados por la SS. Stauffenberg se enteró de que Hitler había retrasado el encuentro una hora, hasta la una de la tarde. Es algo que solía pasar con cierta normalidad, puesto que Hitler, según es sobradamente conocido, solía trasnochar mucho, especialmente si encontraba a alguien para soltarle alguna de sus interminables peroratas, y nunca tenía prisa para levantarse. Stauffenberg aprovechó el tiempo para buscal a Fellgiebel y discutir con él el «apagón» comunicativo de Rastenburg en el momento del atentado.

Iniciada la mañana, Hitler cambió de idea y adelantó media hora la conferencia. La razón de ello es que necesitaba tiempo para recibir a las dos y media a Benito Mussolini, el cada vez más fantasmagórico Duce italiano, que venía a verle.

En Berlín, el general Hoepner, que tenía sus propias razones para ser un antihitleriano (el Führer le había destituido por incompetente) se dirije a ayudar a Olbricht en su puesto; su misión es tomar en su momento el mando del Ejército de Reserva, en el caso de que el general Fromm, como todos sospechan, se niegue a unirse a la conspiración. El general conde Wolf von Helldorf, presidente de la policía de Berlín, tenía ya en esa mañana una pequeña fuerza policial preparada por si las moscas. Por su parte en París el conspirador que había comprometido su acción, Stuepnagel, estaba solo en su cuartel general del hotel Majestic de la avenida Kléber de París. Allí no le cabía esperar la ayuda de nadie; a esas alturas de la guerra, todo aquel mando que no estaba en el frente ruso comiendo mierda y sangre, tenía motivos para estarle agradecido a Hitler. Sin embargo, en el estamento de los oficiales de menor graduación, Stuepnagel sí que tenía compañeros, muy especialmente Cäsar von Hofacker, primo de Stauffenberg. Eso sí, el conspirador en Francia sabía que su superior jefe, el general Kluge, en realidad tenía una posición muy típica de los golpes de Estado, y que, por ejemplo, Gonzalo Queipo de Llano se encontraría en no pocas de las guarniciones de Sevilla el 18 de julio de 1936. Kluge estaba dispuesto a unirse a la rebelión, pero únicamente cuando los primeros compases hubiesen pasado y el golpe se hubiese consolidado.

Así pues, cuando estaban a punto de dar las 12, tenemos:

A Stauffenberg, Stieff, Haeften y Fellgiebel esperando, nerviosos, en Rastenburg el principio de la reunión.

A Olbricht comiéndose las uñas en el Ministerio de la Guerra en Berlín, adonde pronto llegaría Hoepner para darle conversación.

A Beck, en su casa en las afueras de Berlín, esperando.

A Stuepnagel, en el Hotel Majestic de París esperando una llamada.

Y, finalmente, en Berlín, al conde Von Helldorf, discretamente acuartelado.

Todo este montaje depende de una sola cosa: del esperado estado de shock en el que los conspiradores esperan que quede el Estado nazi después de que Hitler haya reventado en pedazos.

Pasadas las 12,30, cuando la reunión en Rastenburg ya ha comenzado (aunque ellos creen que no comienza hasta la una), Olbricht y Hoepner almuerzan en la cafetería del Ministerio. Sabido es que nadie come en la cafetería de un Ministerio por gusto, pues si en algo se parecen los ministerios del mundo es en la insoportable levedad de sus menús del día. Si ambos conspiradores dan ese paso es para dar sensación de normalidad; para intentar que nadie se pregunte qué hace un tipo como Hoepner allí. Le han dejado a la secretaria de Olbricht, Frau Ziegler, que les avise de cualquier llamada de Rastenburg. Pero dicha llamada no llega.

Más lo menos a la misma hora, en París ocurre algo que, que yo sepa, nunca se ha aclarado del todo. En la rue de Surène, un miembro del gabinete de Kluge, el coronel Frinckh, recibe una llamada de teléfono de alguien que dice llamar desde Zossen y que se limita a decir, pausadamente: «Ejercicio». Conocedor Frinckh de las intenciones conspiradoras, informa inmediatamente a Hofacker. Como digo, ninguno de los dos supo nunca quién les llamó.

En Rastenburg, comienza la reunión. Stauffenberg se retrasa un poco por haberse dejado en el vestíbulo su gorra y su cinturón. Keitel le riñe. El Führer no admite retrasos. Stauffenberg se disculpa, se pone el cinturón, abre su cartera, y activa disimuladamente la bomba. Desde ese momento, tiene diez minutos hasta la detonación. Tres se consumen andando hacia la sala. Una vez allí, por lo tanto, Stauffenberg tiene siete minutos para acercarse lo más posible a Hitler, dejar la cartera disimuladamente, pretextar cualquier problemilla y salir a la naja.

Entra en la sala. Una mesa muy larga con unas veinte personas alrededor, entre las cuales no están ni Göring ni Himmler. Eso no arredra a Stauffenberg. Ya está hablado que, aunque sea a Hitler solo, la acción se llevará a cabo. En la sala hace un calor de cojones (es julio), así pues las ventanas están abiertas. Eso, piensa Stauffenberg, va a reducir la onda explosiva, así pues es necesario poner la bomba bien cerca de Hitler.

El general Heusinger, jefe de Operaciones, está haciendo una exposición sobre la situación del frente oriental. Una exposición pesimista. Todo el mundo escucha. A Stauffenberg, el corazón se le pone a mil por hora. Heusinger, de forma casi plañidera, está clamando por tener más reservas. Él, Stauffenberg, está allí representando precisamente al comandante del Ejército de Reserva. Si Hitler, en ese momento, se dirige a él y le insta a explicar la situación del Ejército de Reserva, no habrá tiempo para huir. La bomba estallará mientras él esté hablando.

Hitler le salva la vida (por el momento, claro). El Führer decide que antes de discutir lo de la reserva prefiere que la exposición sobre el frente del Este termine. Todos los ojos vuelven a Heusinger. Es mi momento, piensa Stauffenberg. Coloca su cartera en el suelo y la empuja levemente con el pie, hasta colocarla prácticamente a los pies de Hitler, apoyada contra una de las sólidas borriquetas de madera que sujetan el tablero de la mesa. Entonces pretexta la necesidad de hacer una llamada a Berlín, esquiva la mirada de pocos amigos de Keitel, y se larga de la sala antes de que a alguien se le ocurra ordenarle que se quede.

En el momento que Stauffenberg llega al coche donde le esperan Haeften Fellgiebel, la sala de reuniones de Rastenburg vuela por los aires.


Bum.