domingo, junio 13, 2010

La guerra civil bis (3)

El 25 de abril de 1945 se abrió la conferencia de San Francisco. Por tal motivo, la Junta Española de Liberación redactó un memorando que, a día de hoy, es, al menos en mi opinión, el más completo memorial de agravios contra el franquismo que se ha elaborado.

Álvaro de Albornoz, Félix Gordón, Antoni María Sbert e Indalecio Prieto se desplazaron a San Francisco con copias del memorando traducidas. En la mañana desayunaban juntos y se repartían las distintas delegaciones diplomáticas, y luego se dirigían al palacio de la Ópera para conferenciar con ellos. Su labor fue ímproba, casi amateur y de una gran eficiencia. Lograron inesperados apoyos en Latinoamérica, cuyos gobiernos, mayoritariamente conservadores, eran en principio más partidarios de comprender a Franco; y, además, cosecharon apoyos en países europeos como Bélgica, Checoslovaquia, Yugoslavia o la propia URSS. Fueron víctimas de la frialdad de Reino Unido y la hostilidad de Edward Stettinius Jr., responsable de la diplomacia norteamericana y jefe de su delegación; aunque entre los representantes de los EEUU encontraron un aliado en Nelson Rockefeller, quien les aconsejó, con muy buen tacto probablemente, que pusieran cuanta más tierra de por medio mejor entre la JEL y el Partido Comunista para poder lubricar las relaciones con la Casa Blanca.

En realidad, el hecho de que los republicanos nunca cumpliesen del todo con ese consejo, aspirando a ratos a retrotraer al PCE a la vieja coalición del Frente Popular, acabaría por ser uno de los baldones del republicanismo en esta guerra civil bis.

Una de las batallas que ganaron entonces los republicanos fue la de la opinión pública. Se celebraron dos conferencias de prensa, el 21 de mayo y el 9 de junio, ambas multitudinarias y con asistencia masiva de medios de comunicación de habla inglesa. Se podría decir, para entendernos, que los republicanos españoles fueron un poco los palestinos de la conferencia de San Francisco.

En una de dichas conferencias de prensa, en la cual hubo de contestar un turno de preguntas de dos horas, Indalecio Prieto sustantivó los cuatros pasos que, en opinión de la JEL, debían darse en una auténtica política de aislamiento del franquismo por el entorno internacional:

  • En primer lugar, condena del franquismo en San Francisco.
  • En segundo lugar, retirada de los embajadores y ruptura de relaciones diplomáticas.
  • En tercer lugar, formación de un gobierno provisional salido de las Cortes republicanas (más concretamente: de la porción de las mismas que estaba en el exilio).
  • Y, en cuarto lugar, reconocimiento por parte de la ONU de dicho gobierno como el legítimo de España.

Con posterioridad, llegaron a San Francisco José Antonio Aguirre, lehendakari en el exilio; y Juan Negrín, presidente del Gobierno. Aquí fue donde la República echó su único borrón. Todos los amigos de la causa le recomendaron a la JEL que organizase un encuentro de las fuerzas republicanas en el exilio para mostrar su unidad (consejo que tenía sentido, más que nada, porque los comunistas no estaban). Pero Prieto se negó. No quiso compartir, no ya mesa sino techo, con Negrín. Para entonces, el enfrentamiento entre ambos era frontal. En el fondo, como siempre, el amargo y nunca suficientemente aclarado conflicto de la pasta de la emigración. El memorando de la JEL dibujaba a una legalidad republicana comprometida en una sola dirección y sin fisuras. Pero aquel gesto dejó bien claro que ni una sola dirección, ni ausencia de fisuras, ni nada.

No obstante este borrón, la República triunfó de pleno. En el llamado proyecto de Dumbarton Oaks, que pinta las actuales Naciones Unidas, le colocaron al artículo que decía «el organismo estará abierto a todos los países amantes de la paz» la coletilla «cuyo régimen no se hubiera establecido con la cooperación militar de Estados que combatieron a las Naciones Unidas»; lo cual equivalía a decir «excepto el bajito bigotudo ése de voz de pito que fue amigo de Hitler y piensa como él».

En la sesión del 19 de junio, en el que el representante mexicano presentó esta enmienda en un vibrante discurso en el que, entre otras cosas, recordó que Franco había pronunciado el archifamoso «¡Heil, Hitler!», nadie pidió la palabra en contra. Sin embargo, la propuesta fue apoyada por Francia, Australia, Bélgica, Uruguay, EEUU, Ucrania, Bielorrusia, Guatemala y Chile. En un mundo como el que estaban empezando a construir las naciones, en el que algunas de las antes citadas jamás estarían de acuerdo en nada las unas con las otras, la incesante labor republicana consiguió arrancar de ellos un consenso histórico. La propuesta ni siquiera fue votada. Se aprobó por aclamación.

Pocos días después, en Potsdam, las tres potencias ganadoras declararían sobre España: «[los tres gobiernos] no favorecerán ninguna solicitud de ingreso del presidente del Gobierno español [sic], el cual, habiendo sido fundado con el apoyo de las potencias del Eje no posee, en atención a sus orígenes, sus antecedentes y su íntima relación con los Estados agresores, las cualidades necesarias para justificar su ingreso en el seno de las Naciones Unidas».

El rotundísimo éxito conseguido por la República en San Francisco llevó a ésta ambicionar llegar a la tercera etapa Prieto, esto es la formación de un gobierno viable que operase como alternativa real al ilegal de Franco. Oliéndose la tostada, Negrín intensificó su campaña para hacerse ver como ese gobierno en el terreno que le era menos propicio, como es el exilio latinoamericano. Por eso fue a México y pronunció allí una serie de conferencias en las que trató, claramente, de aparecer como el gran estratega que tenía muy claro lo que había que hacer. La verdad, sin embargo, es que el republicanismo estaba vendiendo negrines compulsivamente, porque aquél distaba mucho de ser un valor en alza. El éxito de San Francisco se debía a Negrín más o menos en la misma medida en que las seis copas de Barça se deben a Torrebruno. Él lo sabía, como sabía que el gran muñidor de la JEL, Prieto, no se iría con él ni a comprar un sello.

Los días 7 y 8 de agosto, en otro movimiento, Negrín promueve una reunión de los distintos partidos republicanos, a la que el PSOE asiste sólo un día y a regañadientes, a la que le arranca una petición a Martínez Barrio para que reúna a las Cortes y jure ante ellas como presidente de la República. Negrín juega la baza de la «normalidad republicana». El mismo Negrín que seis años antes el negaba el pan y la sal a las instituciones parlamentarias republicanas quiere ahora revivirlas, pensando que aceptar el nombramiento de Martínez Barrio como presidente de la República, que es una consecuencia constitucional de la renuncia de Azaña, resucitará la vigencia y legalidad de su propio gobierno, que por aquellas fechas nadie ponía en duda.

Efectivamente, el 17 de agosto, en el salón de Cabildos de México D.F., se reunieron las Cortes republicanas, con la asistencia de 96 diputados. Martínez Barrio promete su cargo y, acto seguido, según las previsiones de la Constitución del 31, Negrín resigna su gobierno. Que pensaba que estaría en las quinielas de Martínez Barrio lo demuestra el hecho de que, efectivamente, en las consultas que evacúa éste, el de Negrín es uno de los dos nombres que escucha. El otro es el de José Giral. Pero en contra de Negrín juega el factor de que el de Giral es el nombre que más veces se pronuncia. Y el otro hecho, no menos grave para él, de que una de las principales fuentes de hostilidad hacia su candidatura proceda de su propio partido, el PSOE.

Así las cosas, Martínez Barrio encomienda el gobierno a Giral. De alguna manera, en ese momento se acaba la carrera política de Negrín, aunque ésta volverá a aparecer diez años más tarde, cuando tenga un gesto realmente incomprensible.

El primer gran problema para formar el gobierno Giral fue Negrín. El político burgués llegó a ofrecerle ser vicepresidente y ministro de Asuntos Exteriores (el único ministro real en un gobierno en el exilio), pero Negrín, obstinado y dolido, se negó a todo. El Partido Comunista (como se ve, la República no estaba madura para atender el consejo de Rockefeller) se negó a participar en ningún gobierno que no presidiese Negrín (no obstante lo cual, hoy no faltan historiadores que dicen que la comunistofilia de Negrín es un cuento que se han inventado los Lunnis). Prieto y Tarradellas, por su parte, también fueron tentados por Giral, y rechazaron ser ministros. Por todos estos motivos, Giral amagó con no formar gobierno, pues Barrio le había conminado a formar uno en el que estuviesen todos. Sin embargo, el presidente de la República le dijo que se contentaba con uno a la usanza clásica, es decir representativo de la mayoría del Parlamento.

Tras un mes de duras negociaciones, Giral formó un gobierno con los siguientes miembros:

  • Presidencia, José Giral (IR).
  • Estado, Fernando de los Ríos (PSOE).
  • Hacienda, Augusto Barcia (IR).
  • Justicia, Álvaro de Albornoz (IR).
  • Defensa, general Juan Hernández Sarabia, independiente.
  • Gobernación, Manuel Torres Campañá (UR).
  • Instrucción Pública, Miquel Santaló (ERC).
  • Navegación, Industria y Comercio, Manuel Irujo (PNV).
  • Emigración, Trifón Gómez (UGT).
  • Obras Públicas, Horacio Martínez Prieto (CNT).
  • Agricultura, José Enrique Leiva (CNT).
  • Ministro sin cartera, Ángel Ossorio y Gallardo, independiente.
  • Ministro sin cartera , Lluis Nicolau D'Olwer (ANC).


El 31 de agosto, se disolvió la JEL.

Este gobierno cuyos nombres acabáis de leer, y donde es marcada la ausencia de nombres de primera fila como Prieto, Gordón, Sbert y, por supuesto, Negrín y los comunistas, era el gobierno destinado a administrar la victoria por goleada de la conferencia de San Francisco. Fue el gobierno de la ilusión, el gobierno en el que los republicanos pusieron sus mayores esperanzas y su mayor confianza en que Franco caería como fruto del aislamiento internacional.

Fue el gran gobierno republicano en el exilio, y es posible que no muchos de sus miembros considerasen, en agosto de 1945, que, sin tenerlo chupado, lo tenían muy factible. Las cosas, sin embargo, y a pesar de que en la fachada la República seguiría cosechando éxitos, no iban a ir exactamente como ellos esperaban.