jueves, mayo 27, 2010

The Euzkadi Armada (1)

Pues sí. Como ya se ha dicho en los comentarios, en casos con absoluta precisión, las palabras citadas por mí en mi último post son del general Franco, en una reunión del Consejo Nacional de Falange. Cosas veredes.

Llevo unos días ausente. La culpa no es mía, sino de un herpes zóster que se ha empeñado en darme la barrila, aparte de fiebre y otras cosas. Pero finalmente he podido regresar a mis lecturas y escrituras, poco a poco. Aquí estamos de nuevo.

Vamos allá con el asunto del ejército de Euskadi.



Algunos de vosotros ya me habréis leído alguna que otra vez que en mi modesta opinión, modesta porque los hechos puramente bélicos no son lo mío, la guerra civil se decidió en la campaña del Norte y, más específicamente, con la toma por los nacionales de un Bilbao impoluto y con su maquinaria industrial en perfecto estado de revista. Sea o no sea cierta esta aseveración, lo que sí lo es es que el asunto de la guerra en el País Vasco, o más concretamente el del ejército de Euskadi, es un asunto muchas veces analizado por la literatura sobre la guerra. Y tiene su interés, porque es, de alguna manera, un asunto que acrisola uno de los grandes problemas del ejército republicano y sustenta la idea de que el bando de las izquierdas, cuando menos en parte, perdió la guerra por causade sus propios errores.

El Estatuto de Autonomía del País Vasco fue aprobado el 1 de octubre de 1936 por un centenar de diputados españoles. Paradójicamente, pues, esta decisión se tomaba el mismo día que en general Franco accedía a la jefatura del Estado nacional. El día 7, juraba su cargo el primer gobierno vasco, presidido por José Antonio Aguirre.

Con estos dos movimientos, la República atrajo hacia sí a un grupo político, el nacionalismo vasco, que en modo alguno tenía vocación para ello. El PNV era un partido fuertemente conservador, ideológicamente más cercano al bando nacional que al republicano, y especialmente refractario a los postulados de las izquierdas obreristas y laicas. El bando nacional nunca pareció demasiado proclive a hacerle guiños al nacionalismo vasco para ganárselo, así pues los vascos acabaron por sacrificar su ideología en el altar del autonomismo, aunque eso les costase la defección de algunos de sus miembros más conspicuos, como Luis de Arana, hermano de Sabino el inventor del nacionalismo vasco moderno, quien se dio de baja del PNV cuando supo que éste se avenía a colabrar con fuerzas no vascas (las izquierdas).

El 8 de agosto de 1936, la Junta de Defensa de Azpeitia decide la creación del Eusko Gudarostea o Ejército Vasco. Esta decisión, en buena medida impulsada por el Euskadi Buru Batzar, está relacionda con la lentitud con que el mando de Madrid reacciona, una vez comenzada la guerra, en todo lo que tiene que ver con el Norte; algo hasta cierto punto lógico si tenemos en cuenta que en las primeras semanas de la guerra casi todo se ventila en el eje que va de Cádiz a Madrid. En realidad, Madrid no se toma en serio el frente del norte hasta mediados de septiembre, cuando las tropas nacionales están ya a punto de entrar en San Sebastián; la reacción consiste en nombrar un jefe de operaciones en la persona del capitán de Estado Mayor Francisco Ciutat.

El nombramiento de Ciutat forma parte de una estrategia que tiene que ver con el cambio de gobierno de la República, el 4 de septiembre, y la llegada de Francisco Largo Caballero al cargo de primer ministro. Largo es el primer responsable gubernamental que se preocupa seriamente por la colaboración de los vascos en la guerra civil y cuando se lo plantea a Manuel de Irujo mediante la oferta de hacerlo ministro, se encuentra con la reivindicación de éste de que se apruebe previamente el Estatuto de autonomía. El 23 de septiembre, efectivamente, Irujo será nombrado ministro sin cartera, gesto que vinculará al PNV a la suerte de la República y que será el espaldarazo final para la aprobación del Estatuto.

La formación del gobierno vasco, sin embargo, marcará el inicio de la descoordinación de fuerzas. Aguirre no sólo es nombrado presidente del dicho Ejecutivo; también es nombrado consejero de Defensa. Por lo tanto, los vascos realizan un movimiento que también se aprecia en el caso del gobierno catalán, es decir ejecutivos autonómicas abrogándose competencia que son exclusivas del Estado central. En realidad, el movimiento de Aguirre tiene su lógica. Estamos en octubre de 1936, es decir un momento en la historia de la guerra civil en el que el bando republicano es todavía un cachondeo de milicias al servicio de diferentes ideologías, poco parecidas a un ejército adecuadamente establecido. El gobierno vasco, que no lo olvidemos es un gobierno social e ideológicamente de derechas, no quiere que eso le ocurra. Por ello, el 25 de octubre el diario oficial de Euskadi publica el decreto por el que se somete a todas las fuerzas militares que operan en el País Vasco a «la autoridad superior del Consejero de Defensa de Euzkadi». Esto supone, por lo tanto, crear un mando militar propio, distinto del del llamado Ejército del Norte. El derecho llama a cuatro reemplazos, uniformiza a las tropas y, en un detalle que no escapará a la izquierdas, pasa de crear el comisariado político en las unidades, como ocurre en el EPR. En la formación del Estado Mayor de este ejército vasco será nombrado el teniente coronel Federico Montaud como máximo responsable, siendo jefe de operaciones el comandante Modesto Arambarri.

Existen diversos testimonios, no pocos de ellos nacionalistas, en el sentido que el Ejército de Euskadi estuvo bien pertrechado y dotado de hombres, probablemente en mayor medida que lo estuvieron las tropas que luchaban en Asturias y Santander. Sin embargo, esto es lo que compete a las tropas de tierra, puesto que la marina, y sobre todo la aviación, nunca dejaron de ser un problema grave para las fuerzas vascas. De hecho, la Historia de la guerra civil en el País Vasco es un constante fluir de cablegramas desde Bilbao a Madrid solicitando unos aviones que nunca llegan, ausencia que le da a Franco una superioridad en el aire de la cual los bombardeos impunes de Durango y Guernica son el ejemplo más sobresaliente y al tiempo conocido. Indalecio Prieto, responsable en ese momento de aportar esas fuerzas, dijo, tanto entonces como a lo largo de sus plañideros repasos de memoria en el exilio, que él, como bilbaino de adopción, ardía en deseos de completar esos deseos del gobierno vasco. Pero aquí resulta difícil saber a quién creer. Según Largo y el propio Prieto, los culpables fueron los rusos, dueños y señores de la aviación republicana, quienes nunca quisieron auxiliar a una porción del frente que no les era ideológicamente proclive. La acusación tiene, desde luego, una lógica aplastante. Pero no es menos cierto que el centro de operaciones de Madrid no se sentía precisamente feliz con un ejército vasco que ejercía de tal.

En el caso de la marina, más de lo mismo. La flota del almirante Buiza protegió Bilbao al principio de la guerra, pero acabó marchándose y dejando tras de sí únicamente dos destructores, el Císcar y el José Luis Díez, y tres submarinos, a los cuales el gobierno vasco unió la infatuadamente conocida como Marina Auxiliar de Guerra de Euzkadi, que no eran sino unos bacaladeros reinventados como buques de guerra.

De una u otra forma, el 14 de noviembre un gran desfile por las calles de Bilbao mostró el poderío de este ejército de nuevo cuño. En una nueva coincidencia de fechas, ese mismo día era nombrado jefe del Ejército del Norte, de obediencia a gobierno de Valencia, el general Francisco Llano de la Encomienda, con el cual los desencuentros y las discusiones fueron constantes. Las relaciones imposibles entre Llano y Montaud dejan claro que ambas partes no tenían una idea clara de quién mandaba. El primer objetivo del ejército vasco fue plenamente coherente con su carácter nacionalista: reconquistar Vitoria, acción que, desde un punto de vista estratégico general, era poco menos que una chorrada. El 30 de noviembre se inicia una operación que debe culminar con la toma de Vitoria y Miranda de Ebro. Esta acción, sin embargo, queda empantada en Villarreal de Álava, o Legutiano. El fracaso total de la acción de Vitoria abre los ojos de los vascos; la cosa no es tan fácil como los balances triunfalistas de Aguirre quieren hacer ver.

A partir de ahí, la cuesta abajo.