viernes, mayo 07, 2010

Comuneros (y 3)

Pues sí. Característica propia de muchos movimientos revolucionarios es que su sector más moderado, que en el fondo se siente incómodo al lado de combatientes más radicales, comience a albergar la idea de negociar con el enemigo. En el caso de la rebelión comunera, a este hecho ayudó también que Carlos I no fuese ningún idiota y tuviese, de hecho, verdadera madera de estadista. De haber sido un chulo de putas, como lo han sido otros muchos reyes en la Historia, al haberse enterado en Alemania de la rebelión, habría montado en cólera y jurado no dejar en Castilla piedra sobre piedra. Lejos de ello, Carlos I se dió cuenta de que lo mejor, ante el pollo que se había montado y que corría el peligro de convertirse en una rebelión de profundísimas raíces, era contemporizar.

Así pues, aún en Alemania, el inflexible Carlos se convirtió en Carlos el comprensivo. Anunció que las ciudades que se le uniesen quedaban eximidas de la exacción aprobada en las Cortes de Santiago e incorporó a la regencia a dos personas de entre los más notables del país: el condestable de Castilla, Íñigo de Velasco; y el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez. Ambos consiguieron una estupenda perla para el rey flamenco: Burgos, entonces ciudad con intereses industriales, muy interesada en hacer negocios con Flandes, se unió al bando real.

Este tipo de cosas hizo perder prestigio a los nobles e incluso a los burgueses dentro del movimiento comunero. En consecuencia, progresivamente dicho movimiento va estando cada vez más dominado por los radicales, lo cual debilita sus posibilidades bélicas. De hecho, cuando el ejército real se dirigió a Torrelobatón a presentarles batalla, Padilla, reconociendo que no estaba en condiciones de presentarla, se desplazó a Toro. El 23 de abril de 1521, en medio de una fortísima tormenta, los realistas avistaron a la armada comunera cerca del pueblo de Villalar. En las condiciones que tenía el terreno, lamentablemente embarrado, la ventaja realista, que se basaba en que poseía unas fuerzas de caballería que los comuneros no tenían, fue decisiva. La batalla no tuvo color y Padilla, Bravo y Maldonado fueron apresados. Les montaron un consejo de guerra en unos minutillos y al día siguiente, con la fresca, los decapitaron. Tras su muerte, el movimiento comunero se disolvió como un azucarillo, con la sola excepción de Toledo, donde la mujer de Padilla, María Pacheco, mantuvo durante un tiempo una feroz resistencia.

¿Hasta dónde llega el radicalismo del movimiento comunero? El radicalismo existe, qué duda cabe. Pero es importante entender que es un radicalismo más antinoble que antimonárquico. Lejos de los objetivos que se fijarán, dos siglos y medio después, otras revoluciones, la comunera ni sueña con poner en cuestión el poder real castellano; de hecho, su campeona es Juana, representante, para Padilla y lo suyos, de la pureza monárquica.

De hecho, lo que los comuneros querían era depender del rey. Querían, en lenguaje de la época, ser de realengo. Querían que muchas posesiones de la nobleza volviesen a ser propiedad de la monarquía, porque era en los nobles donde veían la explotación y la injusticia. El carácter antinoble del movimiento comunero trufa sus dos grandes documentos programáticos, conocidos como los Capítulos de Valladolid y la Ley Perpetua. Ambos documentos se basan, en gran medida, en el testamento de Isabel la Católica pues la reina, igual que le pasó a Lenin cuando ya estaba gagá y se dedicó a escribir que si Stalin era un cabrón, se acordó, en el momento de su muerte, del poder que le había dado a la nobleza, a todas luces excesivo, y se queja de ello con amargura en sus últimas voluntades. Estas quejas daban a ojos de los comuneros legitimidad para reclamar la reversión de muchos señoríos, especialmente los que habían sido concedidos tras la muerte de la reina.

Otro capítulo importantísimo de la ideología comunera es su exigencia, siquiera embrionaria, de un orden fiscal. Los comuneros se quejan de la existencia injutificada de portazgos (pequeñas aduanas locales), de la injusticia en el gravamen de las bulas de cruzada o de las alcabalas, que eran algo así como el IVA medieval. En este punto, debemos de tener en cuenta que a nosotros, ciudadanos del siglo XXI, nos parece cosa muy fácil dirimir quién debe pagar qué. Hoy, comparar rentas y situaciones económicas es sencillo pues vivimos en un mundo de registros informatizados e información más o menos perfecta. Pero hemos de pensar que los impuestos renacentistas eran ya como los nuestros (esto es, exacciones sobre determinados hechos imponibles, fuesen éstos la venta de sal o cualquier otra cosa) pero sin nuestra capacidad de conocimiento. Esto era especialmente importante en aquellos impuestos que dependían de la situación patrimonial, pues no había catastros ni censos ni cosa parecida. En ese entorno de cosas, la corrupción y la injusticia eran de fácil producción y, por lo tanto, las protestas comuneras bien pueden interpretarse como la apelación a una racionalización eficiente del sistema fiscal, que tardaría varios siglos en llegar.

Otro elemento de modernidad de la ideología comunera son sus propuestas en materia de justicia. Aquí encontramos también una ambición racionalizadora muy encomiable. Se propone que la pena de confiscación sea una pena extraordinaria que sólo pueda imponerse por sentencia firme. Se defiende la independencia de los funcionarios judiciales, que deberían cobrar sólo de la corona y no de los nobles. Se exige la eliminación de la arbitrariedad a la hora de decidir cuándo se veían los casos. Y se exigía la existencia de una segunda instancia de apelación.

En términos generales, como puede sospecharse de lo dicho, los comuneros son, en buena parte, los grandes representantes en la Historia de España de lo que se ha dado en llamar la teoría contractualista de la monarquía; es decir, la idea de que la legitimidad real no proviene de la sangre ni cosas así, sino de un contrato con el pueblo sobre el que reina, contrato que ha de respetar.

La derrota de los comuneros supuso la adscripción de España a un regalismo estricto que, décadas y siglos después, cuando empecemos a tener reyes corruptos, limitaditos, directamente tontos del culo o simple y llanamente traidores e impresentables, pagaremos muy, muy cara. Tampoco hay que pasarse porque no está nada claro que una victoria comunera nos hubiera convertido en el Japón de los años setenta del siglo XX. Pero de muchas de las cosas de las que se habló en la Castilla comunera no se volvió a hablar en la Castilla a secas hasta que no nos hubimos convertido en un país de mierda.