lunes, mayo 03, 2010

Comuneros (1)

Pocas, muy pocas cosas vamos a encontrar en la Historia de España que hayan dado la ocasión para interpretaciones tan diversas como la rebelión de los comuneros. La propia ciencia histórica ha juzgado estas acciones de muy diferente forma conforme, con el paso de los siglos, las escuelas de filosofía de la Historia han ido cambiando. Sea cual sea la interpretación, lo que no es desmentible en caso alguno es el hecho de que la rebelión comunera tuvo un importante eco en nuestro devenir, eco cuyos sonidos aún llegan hoy en día.

Como digo, es difícil ponerse de acuerdo sobre si la rebelión comunera fue una expresión de nacionalismo castellano, o una rebelión en favor de las viejas estructuras de poder que la monarquía moderna estaba llamada a cambiar, o una expresión adelantada de la lucha de clases, como en diversas ocasiones y por diversas escuelas se ha dicho. Quizá es que fue un poco todo eso. A mi modo de ver, la forma más ecléctica de definir la rebelión comunera es como un dolor de parto. La era estaba pariendo un corazón, como diría Silvio Rodríguez, y esos dolores provocaron grandes movimientos y dinámicas. Ese corazón en fase de parto era el imperio español, cuya estructuración apartó a las comunidades como el estorbo que eran para ello.

Nos encontramos en 1504, en Castilla. Un lugar en ese momento extraordinariamente dinámico y en crecimiento exponencial, como cabe corresponder a un territorio que se convirtió en el primer beneficiario tanto de las nuevas posesiones de la península obtenidas tras la expulsión de los reyes musulmanes (y, finalmente, de los musulmanes mismos) como de las no menos importantes posesiones americanas. Castilla mola y es el centro del mundo, como es fácil de dirimir para cualquiera que se pasee por ella hoy en día y se detenga a ver los pedazos de iglesias, conventos y catedrales levantados en aquellos tiempos en esas tierras, signo inequívoco de un poder acojonante, como lo son los hermosos palacios levantados en Trujillo, capital mundial del sueño español de América.

Hay otro factor que cabe resaltar, y es que Castilla presenta, frente a la Francia, a Borgoña, a los estados alemanes e incluso Inglaterra, la diferencia relativa de ser una nación con un poder feudal algo menor. Ya sé que es una imagen histórica clara la de la Castilla agobiada por el poder de los nobles, pero con ser algo cierto, es menos cierto que en otras naciones de Europa porque en España el fenómeno de las ciudades y de las regalías (lugares y explotaciones con obediencia debida al rey, no al señor feudal) son más frecuentes que en otros países, aunque sólo sea porque cuando una parte no desdeñable de España fue liberada del poder musulmán, para entonces ya Isabel y Fernando estaban intentando crear una monarquía moderna, motivo por el cual tomaron buen cuidado de quedarse muchas tierras para sí y otorgar fueros municipales a no pocas villas.

A pesar de esta inteligencia estratégica, Isabel de Castilla fue bastante torpe al pensar en su muerte. Confieso que me resulta difícil entender por qué, pero lo cierto es que, teniendo lo que tenía en la familia, es decir una heredera que estaba mal de la chota (ya sé que está de moda reivindicar a la reina Juana, que si no estaba loca y tal; pero, en mi opinión de mero lector a quien las teorías se la traen al pairo, estaba como las maracas de Machín viajando por un acelerador de partículas); sabiendo eso, digo, y conociendo como conocía a su marido, personaje que no se casaba con nadie ni con nada, no dejara más claros los términos de su testamento. O quizás, como veremos ahora, es que no tuvo más margen.

Para cuando Isabel la Católica abandonó este valle de lágrimas, noviembre de 1504, Juana ya estaba casada con el príncipe centroeuropeo Felipe, AKA Renaissance Clooney. Como digo, es obvio que Isabel conocía a su marido Fernando, un personaje taimado y pragmático que era capaz de cualquier cosa, desde dirimir un hecho de justicia prevaricando a todas luces si eso le iba a suponer llevarse una pasta hasta casarse con otra a su viudez para seguir medrando el reino. Que Isabel amó a Fernando está para mí fuera de toda duda, pero, como en todos los matrimonios, ella iría aprendiendo con los años, a base de experiencias tan poco edificantes como verle marchar tantas veces por la puerta del palacio camino de Murcia, donde tenía barragana oficial y cada vez que iba corrían los nobles espermatozoides por los desagües de las calles. Lisbeth inventó eso que tanto monta, monta tanto, pero quizá a base de ver cómo su marido montaba casi a todo lo que se movía delante de su campo de visión se acabó por dar cuenta de que no le podía dejar en herencia la corona de Castilla. Ella sabía que dejarle a Aragón la herencia castellana es como si mañana se federasen Reino Unido y Mónaco y los Windsor le dejasen en herencia el machito a los Grimaldi. Castilla debía ser heredada por un rey castellano pero, al mismo tiempo, no había que perder mucho tiempo buscándolo porque eso, ella lo sabía muy bien que había llegado a ser reina a base de apartar a quien debería haberlo sido, no haría sino aventar el sempiterno guerracivilismo español y abocar a la nación a darse de hostias again.

Por este motivo, pues la verdad no se me ocurre otro para semejante idiotez, Isabel dejó Castilla en herencia a su hija Juana, a pesar de saber que era como dejarle el país a una mesa de escayola. Miento; una mesa de escayola es setenta veces más estable.

Orillar a su viudo en favor de Juana tenía, sin embargo, el problema de que suponía colocar, de facto, el país en manos de un extranjero, il bello Philippo. Este Pompeyo medieval, tan guapo como él aunque carente de su genio militar, se creía tan Magnus como lo pudiera ser cualquiera, y era muy ambicioso. Los castellanos, por lo demás, eran, como corresponde siempre a una nación ardiente y que está en pleno heyday, muy celosos del mando en su país, y no habrían aceptado a Felipe así como así. Así las cosas, Isabel no tuvo más remedio que nombrar a su marido Fernando regente hasta la mayoría de edad de Carlos, el nieto de los católicos e hijo de Juana y Felipe; aunque dejando claro que era Juana la heredera.

En suma: a partir de 1504, Fernando el Católico y Felipe el Hermoso iniciaron una nada soterrada guerra particular por el mando en Castilla; ambos con un ojito puesto en Fernando, el otro hijo de Juana y su marido, que, al contrario que su primogénito, fue educado en España y contaba pues con las simpatías locales.

En términos generales, en la búsqueda de alianzas para esta guerra sin lanzas, Fernando el Católico obtuvo el apoyo de las ciudades. Lógico. Muchas de ellas habían recibido sus fueros y privilegios gracias a él, tras la conquista de territorios al moro. Y todas, en general, sabían que Felipe era un rey centroeuropeo y venía, por lo tanto, de un mundo donde los reyes acostumbraban a aliarse con la nobleza en contra de los nacientes poderes de la burguesía. No obstante, no sabemos en qué podrían haber parado estos enfrentamientos porque, en septiembre de 1506, Felipe se fue de botellón a Burgos, estuvo allí varios días comiendo y bebiendo como una cerda, y se pilló un melocotón de tal calibre que algo, sea ese algo la aorta, la vegiga o el hígado, le petó inesperadamente y lo clasificó por la B de Varios; muerte con la que se inició el periplo de su mujer acompañada por el cadáver de su marido, que es, como todo el mundo sabe, cosa propia de personas en pleno uso de sus facultades mentales. La muerte del rival, asimismo, provocó el regreso a Castilla de Fernando, retirado en Aragón, y el aplazamiento del problema hasta 1516 cuando, a la muerte del rey mañico, se abrió su testamento.

En sus últimas voluntades, Fernando permanecía en el gesto de su mujer de nombrar a su hija Juana heredera universal; en mi opinión, es posible que con ello cumpliese con alguna promesa a Isabel, porque de lo contrario no se entiende que alguien tan fino y taimado como el Católico cometiese el desliz de seguir poniendo una potencia mundial en manos de una tía que las mañanas que tenía la ciclotimia en fase beta era poco menos que incapaz de abrocharse el puño de una camisola. Aunque no paraba ahí la torpeza de Fernando, pues, dada la incapacidad de la heredera, nombraba gobernador de los reinos a Carlos y, en su ausencia, a Fernando. Recuérdese: Carlos estaba en Alemania y ni siquiera hablaba español, y Fernando había sido educado en Castilla.

Hay, pues, tanto en Isabel como en Fernando la obsesión continua por dar a los castellanos la seguridad de que no van a ser gobernados por extranjeros; se obstinan en proteger el derecho dinástico de una persona que no valía ni para abrir un huevo Kinder y, a causa de esa defensa, crean unos retruécanos tan chiripitifláuticos que no hacen sino crear las bases de graves enfrentamientos. Esto refleja hasta qué punto el proyecto de los Reyes Católicos fue un proyecto parcial y por lo tanto parcialmente fracasado. Porque no sólo no consiguieron construir la monarquía moderna que ambionaban, o más bien como la ambicionaban, sino que, de hecho, desde que ellos murieron España casi no ha hecho otra cosa que ser gobernada por extranjeros, hasta el punto de haber terminado por hacer suyas dos dinastías, una de las cuales lleva el nombre de otro país y la otra es de otro país. Que tiene huevos, con perdón.

Para gobernar con eficiencia ese patio de Monipodio fue nombrado el cardenal Cisneros, hombre de grandes habilidades y valentía fuera de toda duda, cuyo gobierno se resume en el concepto de andar todo el puto día parándole los pies a las casas nobles españolas, casi todas ellas embarcadas en una estrategia de abducción, en su propio provecho, del niñato-gobernador que vivía en esas tierras que algunas veces ganan mundiales de fútbol jugando bien, y otras jugando mal.

La nobleza castellana era una nobleza fundamentalmente lanar, lo cual fue una desgracia para la economía española. En realidad, si el guión de la Historia de España lo hubiese escrito alguien inteligente, Castilla debería haberse convertido, no más tarde del siglo XVI, en una potencia textil como luego lo sería Cataluña. Sin embargo, para que eso fuese así era necesario erosionar los intereses de quienes ganaban dinero vendiendo la lana en basto para que la hilasen y elaborasen otros por ahí fuera. El negocio de gran parte de la nobleza era tener rebaños de ovejas a punta pala que cruzaban España de punta a punta, en constante transhumancia, gracias a los muy muchos privilegios de la Mesta, su lobby económico. El jovencito Carlos, a través de sus posesiones de Flandes, les garantizaba a estos ovejeros un mercado común en condiciones cojonudas, y por eso la nobleza abrazó la causa carlista y procuró preterir todo lo que pudo a Fernando.

Por su parte Carlos, que como decía tenía 17 años, salió echando hostias hacia España, a tomar posesión de su finca. Si no tomó el AVE es porque aún no se había inventado.

Carlos venía con honrada intención de entender a Castilla y hacerla suya. Verdaderamente, al final de su vida demostró ser ya tan español que se retiró a morir a Yuste. No obstante, la cosa no era tan fácil. Venía avalado por los nobles, que tenían un enfrentamiento económico con la burguesía urbana y con el propio campesinado, que ya llevaba cien años bastante soliviantado en todas partes contra el poder feudal. No hablaba español y no era considerado un castellano ni de coña. Todo esto, sin embargo, podía equilibrarse con mano izquierda, savoir faire y un poquito de diplomacia.

Carlos, sin embargo, tenía 17 años. Además, creía que Castilla le pertenecía. Y, además, sabía que no le pertenecía, pues era de su madre.

Era casi inevitable que la cagara. Y a fe mía, mi señor lector, que en el tal terreno de la inopinada deposición, Su Alteza no habrá de decepcionarte en el post venidero.

Y me voy a darle al NBA 2k10, que me acaban de fichar los Oklahoma Thunder.