lunes, marzo 29, 2010

Companys (4)

Pasa la crisis de mayo, Companys, que ha asumido las funciones de jefe del Consell de la Generalitat, forma un gobierno en el que está el catedrático Pere Bosch Gimpera. La presencia de Bosch genera la oposición cerril de los anarquistas, puesto que no representa a organización alguna, y provoca un discurso de Companys en el que, airado, brama: «Soy el Presidente de la Generalitat. He asumido las funciones de jefe del Consejo. Y ahora se intenta negarme el derecho a escoger mi gabinete. ¡Prou! ¡Catalanes, basta de esto!» Llama la atención eso de «ahora». Los faístas no han hecho otra cosa desde que empezó la guerra, y hasta el penúltimo minuto el mismo Companys que ahora no los soporta aplaudía con las orejas.

En mayo de 1937 cae Largo Caballero, en parte, o cuando menos como razón epidérmica principal, por negarse a perseguir al POUM como reclaman los comunistas. Largo, ya lo he dicho, tenía muy poquito de autonomista. Pero menos aún tenía su sucesor, Juan Negrín, a quien la dinámica de la guerra, además, obligará a asentarse en Barcelona en octubre de ese mismo año.

Con las culpas o dudas de su actuación anterior a y contemporánea de los sucesos de mayo; con la marcha de la guerra, que pinta mal; y, finalmente, con la perspectiva del trasado del gobierno de Madrid a la misma Barcelona, Companys entra en un periodo de fuerte tensión mental, con episodios de depresiones airadas, que en agosto de ese año le hace a Prieto decir ante Azaña, que lo anota: «Companys está loco; pero loco de encerrar en un manicomio». Negrín, por su parte, dice de él que es una persona sin pensamientos elevados, es decir, sin capacidad de estadista. El presidente del gobierno de Madrid opina del presidente de Cataluña que es una especie de paleto simplón.

El fondo del conflicto son las industrias de guerra. En momento ya tan avanzado para el conflicto como mediados de 1937, cuando la República está perdiendo o a punto de perder algunas cartas de su mazo sin las cuales no puede armar una jugada ni medio buena, todavía el gobierno de España carece de control sobre la industria de guerra más importante que tiene, que es la catalana. El presidente Azaña, en La Pobleta, recibe al nacionalista Carles Pi i Sunyer, que llega para explicarle lo mucho que Madrid está puteando a los catalanes, y le contraataca exhibiendo una idea que, probablemente, es bastante generalizada entre quienes dirigen la guerra: Cataluña no está haciendo todo lo que podría hacer por el esfuerzo bélico. Renace, por lo tanto, la sempiterna desconfianza entre no catalanes y catalanes, y por las mismas razones que ya ocurriera esto mismo 200 años antes.

En agosto, el gobierno central incauta el parque de artillería de Barcelona. En septiembre, interviene las industrias de guerra. La respuesta de Companys es una puñalada de pícaro: sin previo aviso, suspende el pago de jornales en las industrias, generando un caos que no le hace ningún favor al bando republicano. Por lo demás, desde ese mes de septiembre, los actos de negligencia o directamente de sabotaje se multiplican en las fábricas. A los anarquistas no les ha gustado que les pongan encima una autoridad que no les comprenda.

Quede claro, no obstante, que al catalanismo no le faltan argumentos en este terreno. Como la relación entre Companys y Largo siempre fue difícil, la consecuencia fue el constante desencuentro en este asunto de las fábricas de guerra, con agravios bastante gordos hacia Barcelona. Por ejemplo, Cataluña solicitó en su día el traslado a su zona de la maquinaria y equipos de la fábrica de pólvora de Toledo, a lo que Largo, displicentemente, se negó; luego Toledo se perdió en manos de Franco, y la pólvora rellenó los cartuchos del caudillo.Además, le intima Companys a Prieto, y tiene toda la razón, que si en Murcia se pudo fabricar pólvora durante la guerra, fue por la generosa cesión de maquinaria que realizó Cataluña.

Pero también eso que algunos llaman «españolismo» tiene sus argumentos. En noviembre de 1936 Prieto, entonces ministro de Marina y Aire, propuso a Companys que el gobierno de Madrid se comprometiese a comprar toda la producción de las industrias de guerra catalanas, proveerlas de materias primas y anticipar fondos para pagar los sueldos si la propia Generalitat le acaeciesen problemas de liquidez; y no pedían a cambio controlar las industrias (como hicieron en septiembre del 37), sino coordinarlas. En cristiano: algo tan simple y lógico como que fuesen los militares los que decidiesen quién iba a producir qué y cuándo. Companys dejó morir de inanición esa propuesta, y da la impresión de que hay que ser muy nacionalista para llegar a entender por qué. En febrero de 1937, se firma un acuerdo de papel mojado, por el cual Cataluña se reserva un cuarto de su producción bélica a cambio de que el Estado central financie la totalidad de la industria; pero, posteriormente, se reproducen los episodios de honda desconfianza mutua, en la que incluso representantes del gobierno central ven prohibida su entrada a los talleres.

En junio del 37, bajo intensa presión moscotiva, el POUM es declarado ilegal. Companys protesta, como protesta por la creciente implicación de los militares directores de la guerra con los comunistas. Azaña, para quien tampoco los prosoviéticos son plato de gusto, se despacha en su diario con displicencia: «que Companys finja escandalizarse, como campeón del Derecho, después de cuanto ha ocurrido en Cataluña bajo su mando personal, es de un cinismo insufrible». Corona la entrada con una frase lapidaria, de las de sacar a pasear en una tertulia: «Lo mejor de los políticos catalanes es no tratarlos».

Para cuando el poder anarquista de Aragón es desmantelado, más o menos entre las acciones de Brunete y de Belchite, Companys es ya como una partícula sometida a dos atracciones distintas, que no sabe a donde ir. En el mismo día defiende la medida (ante un filocomunista, el doctor Marcelino Pascua) y la pone a parir (durante una cena pública). El diputado Manuel Muñoz, que lo visita ese mes de septiembre, lo encuentra preñado de reproches hacia el gobierno de la República y resuelto, por tropecientas vez, a dimitir. Pero el 9 de noviembre, el Parlament recusa esta dimisión.

Ese mes de noviembre, Companys se ausenta un par de semanas de España, para ir a Bélgica a visitar a su hijo en el manicomio. En la zona franquista, esta visita disparó la Radio Macuto. Se dijo que lo del hijo era sólo la fachada y que, en realidad, Companys había ido a negociar una paz aparte para Cataluña que la abatiese ante el franquismo a cambio del reconocimiento de su estatus. A mi modo de ver, este asunto de las pretendidas negociaciones de las autonomías (pues Euskadi se llevó lo suyo también) con las potencias europeas para arreglar, presuntamente, paces propias, es un asunto no suficientemente estudiado aún. Resulta difícil hacer aseveraciones ciertas en este terreno a la luz de lo que se sabe. Quizás, es que tampoco hay demasiado interés por saber más. Es lo que podríamos denominar memoria histórica eficiente.

1938 es el año de la ofensiva de Franco en Aragón y del reinicio del terror en Cataluña, sólo que ahora son los comunistas y su SIM los que van a por los anarquistas y poumistas. Y se aplican con profesionalismo estalinista: en agosto, un tribunal popular solicita 28 penas de muerte, ¡y el tribunal impone 58! Tela.

En 1938, a Companys ya todo lo que le queda es la retórica. Él dice que se le ha arrebatado a Cataluña la industria, la economía y la justicia; y no miente. Es así y, por eso, sólo le quedan las pataletas. Las tiene, por ejemplo, con Azaña. Y Negrín. En sus broncas, el presidente del gobierno amaga con dimitir para dejarle a él el poder, pero sólo lo hace para acojonarle y, supongo, invitarle a reflexionar sobre qué apoyos tendría él al frente del gobierno. El 16 de agosto, al calor de la crisis de gobierno provocada por las dimisiones de Aiguader y Aguirre, un par de periódicos catalanes anuncian un posible nuevo gobierno presidido por Besteiro, con Negrín de ministro de cualquier gilipollez sin importancia. En una reacción inmediata, igual que Franco recibía toneladas de telegramas de adhesión cada vez que era criticado en el extranjero, Negrín recibe cienes y cienes de telegramas de todos los mandos habidos y por haber en el Ejército Popular de la República. Ítem más: los tanques republicanos, rusos, desfilan por el paseo de Colón de Barcelona, en claro apoyo al presidente del Consejo de Ministros. Esa mañana, pues, Negrín vino a decir, como Cisneros, éstos son mis poderes. Y el que crea que la tiene más larga, que intente darme por culo.

Si ets catalá, l'assenyalo el deure! Ésta es la frase serena pero categórica que pronuncia en la radio Companys en enero del 39, iniciada la ofensiva franquista sobre la región. Si eres catalán, te señalo tu deber. Pero Cataluña caerá, como una fila de fichas de dominó; Barcelona, casi sin resistencia. El 22 de enero, se intima la evacuación de la capital. Poco a poco, todos van acercándose a los Pirineos. En sus últimas etapas catalanas, Companys residirá en Darnius, Azaña en La Bajol y Negrín en La Agullana. Ni siquiera son capaces de dormir todos bajo el mismo topónimo. A esos niveles ha llegado aquel consenso de hierro que un día se llamó Frente Popular. Cuando Companys sale de España, lo citan en La Bajol, a las siete de la mañana. Cuando llega, hace una hora que Azaña se ha ido; el presidente de la República se ha negado a salir con él, por miedo de que Companys trate de hacer parecer ese gesto como la huida de dos iguales.

El martirio final de El Pajarito está a punto de comenzar.