martes, septiembre 15, 2009

Why not?

Este verano he paseado mucho por Madrid. Es una actividad siempre recomendable: aprovechar una porción de las vacaciones para encontrarse o descubrir algunos de los rincones de la ciudad donde uno mismo vive.

He paseado varias veces por la Puerta del Sol. Sí, ya sé que soy masoquista. Hace cosa de un par de años que la Puerta del Sol fue expropiada a los madrileños por una UTE (Unión Temporal de Empresas) formada por el Ministerio de Fomento y el Ayuntamiento de Madrid. Desde entonces hay que tener narices, o más bien no tenerlas, para aventurarse por allí, con tanto polvo y tanta molestia. Pero yo, aún así, lo he hecho.

Paseando, paseando, me he dado cuenta de que, al menos que yo haya visto, la vieja Casa de Correos, el edificio que hoy ocupa el gobierno de la Comunidad de Madrid, tiene dos placas conmemorativas. Una recuerda a las víctimas de la represión francesa durante la rebelión del 2 de mayo de 1808; aunque está redactada de una forma que hasta el embajador de Francia podría comer sobre ella. La otra placa está dedicada a todos los madrileños que aportaron su esfuerzo y su tesón durante los atentados del 11 de marzo del año 2004.

Ambas placas están bien puestas. Recensionan hechos históricos de gran calado para la Historia de Madrid, hoy en día representada por esa casa de Correos desde la que nos gobiernan. Pero he dado en pensar que, en realidad, y cuando menos en mi opinión, falta una tercera placa.

Desde el balcón de aquella Casa de Correos, un 14 de abril, concretamente el de 1931, fue proclamada la II República Española. Fue aquel día un día muy movido. A Madrid, como a otras ciudades de España, fueron llegando con cuentagotas los datos sobre los resultados de las elecciones municipales convocadas para tratar de normalizar la vida del país tras la caída del dictador Primo de Rivera y unos doce meses de evolución dubitativa. Los primeros resultados que llegaron fueron los de las grandes ciudades, donde las estructuras de recuento estaban más desarrolladas; ciudades donde la victoria republicana era patente, en casos amplia, en casos abrumadora. España utilizó una convocatoria electoral de tono menor (unas elecciones locales) para decirle al rey Alfonso XIII que se había cansado de sus estupideces, de sus dimes y diretes, de su forma un tanto peculiar y anticuada de entender el papel arbitral de un rey constitucional; en realidad, levemente constitucional, porque cuando un general de alzó para, entre otras cosas, dejar en suspenso esa constitución de la que teóricamente nacía la jefatura estatal del Borbón, éste no tuvo reparo en apoyarlo.

En Eibar, los ciudadanos proclamaron la República. En Madrid, en la mañana de aquel día, alguien colocó una bandera tricolor (extraña la pasión con que los republicanos catalanes adoptan esta enseña, teniendo en cuenta que la banda morada que la diferencia de la enseña monárquica tiene su origen en el pendón de Castilla) en las terrazas del Palacio de Comunicaciones, hoy sede del Virreinato Gallardonita. El conde de Romanones, viejo y maniobrero político liberal que se había convertido en el último baluarte de un rey al que hasta políticos conservadores como Sánchez Guerra habían abandonado, se fue a la casa del doctor Marañón, de notables contactos republicanos, a parlamentar con Niceto Alcalá-Zamora, el político del régimen que se había pasado a las huestes del cambio. Romanones, probablemente, intentó una transición larga. Alcalá-Zamora, sabiendo o sospechando que lo que hasta aquel momento era un alarde de civismo social podía terminar a hostias si el Borbón osaba ponerse de canto, le dijo que don Alfonso tenía que estar fuera de Madrid para la puesta de sol.

España, está bien claro, dio una lección al mundo con su incruenta transición política a la muerte de Franco. Pero también dio una lección al mundo el 14 de abril. A menos de un kilómetro de distancia de lugar donde la gente se concentraba espontáneamente como si fuesen a celebrar el año nuevo, en el palacio real, se celebraba el último consejo de ministros de Alfonso XIII. No faltó gente en aquel consejo que aún le dijo que debía quedarse y resistir. Pero el Borbón, por una vez en su vida, pensó recto, e hizo lo que tenía que hacer: ponerse en la frontera. Pero aquel consejo no se celebró escuchando el estruendo de las piedras contra los cristales. Una España se iba y otra nacía; pero no siguieron la tradición hispana de darse de hostias. Esto es tanto así que los ministros que estuvieron en aquel consejo, terminado aquél, salieron en sus coches, y cruzaron la Puerta del Sol, trabajosamente, eso sí, a causa de la multitud, pero sin ser hostigados por las gentes.

En un palacete de la calle Príncipe de Vergara, después General Mola y después Príncipe de Vergara again, esperaba el futuro gobierno de la República. Era la casa de Miguel Maura, líder de un pequeño grupo conservador republicano. Allí estaban casi todos los prohombres del Pacto de San Sebastián esperando acontecimientos. Llegó el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil. Los periodistas se le echaron a la chepa y le preguntaron que hacia allí.

-Vengo -dijo Sanjurjo; el mismo Sanjurjo que dos años después encabezaría un golpe de Estado contra la República -a poner a la Guardia Civil a las órdenes del gobierno legítimo de la República Española.

En un determinado momento Maura, si hemos de creer a sus propios recuerdos, ya no puede más y anuncia que se va a la Puerta del Sol, sede del Ministerio de la Gobernación. Todos salen de la casa y se abalanzan a los coches. La escena fue tan espontánea, tan naif, que en el coche en el que va Maura, no recuerdo bien si con Azaña, se les cuela un mediopensionista que nunca llegaron a saber quién era. Llegan a la Puerta del Sol y la atraviesan muy trabajosamente, en medio de los vivas y los parabienes de la multitud.

Llegados a las puertas del ministerio, llaman, y les abre un funcionario del Ministerio de la Gobernación, conocido de Maura. Éste le informa de que los que están allí tienen la intención de proclamar la República, y le dice que ya no tiene función que siga ahí. El funcionario musita una disculpa, y se va. Ni un tiro. Ni un golpe. Ni un empellón. Así se hizo la transición de poderes.

¿Por qué no recordamos aquella extremada muestra de civismo? ¿Acaso no es un hecho fundamental de la Historia de España que debería merecer un recuerdo en el lugar donde ocurrió? ¿Cómo es posible que en la Puerta del Sol de hoy no exista (al menos que yo sepa) ni el más mínimo indicio de lo que ocurrió allí hace ahora algo más de setenta años?

Se me ocurren dos razones.

La primera es que la República dejó pronto de ser cívica. Apenas unas semanas después de su proclamación, en muchas ciudades de España se produjo una quema de conventos y edificios religiosos que, además de suponer un atropello intolerable a la libertad de las personas, supuso la licuación de muchos tesoros artísticos y bibliográficos que los energúmenos de turno no tenían neuronas suficientes como para apreciar. Por lo demás, las revueltas obreras comenzaron pronto, con notable número de bajas, como en Sevilla. Luego, la acción de los radicales de derecha. En efecto, la República, casi desde su primer día, no dejó de ser un problema de orden público y, además, acabó diviviendo a los españoles en dos mitades irreconciliables que, como suele ocurrir en estas situaciones, acabaron por resolver sus diferencias a leches.

Pero es que el 2 de mayo de 1808 no trajo cosas mucho mejores. El 2 de mayo fue el principio de un proceso por el cual el pueblo español recuperó la soberanía sobre su destino, y la aplicó dándole el poder omnímodo a un tipo que ha sido, con mucho, pero con mucho, el peor rey que ha tenido España en toda su Historia. Un rey que, con sus ideas ultramontanas y su enorme capacidad de mentir, corromperse y putear, embarcó a España en un proceso que también la partió en dos y que de hecho no provocó una guerra civil, sino tres. Tres. Un proceso que también provocó riadas de españoles exiliados y que conformó la dinámica política del país en forma de rosario bananero de pronunciamientos militares. Si nos ponemos así, ¿por qué celebrar, por qué alabar el 2 de mayo? Medido por sus consecuencias, el 2 de mayo es una mierda. Pero lo celebramos porque, independientemente de lo que pasó después, el 2 de mayo fue una prueba de patriotismo, valentía y sacrificio; como lo fue el 14 de abril de civismo.

Hay una segunda razón posible: España es una monarquía, las monarquías no conmemoran la proclamación de una república. Este argumento, si es que alguien lo esgrime, es de una miopía tan intensa que más vale calificarlo de ceguera. En primer lugar, porque en las conmemoraciones históricas los bandos se difuminan. ¿O es que no vemos a los políticos alemanes acudiendo a las conmemoraciones del desembarco de Normandía? En segundo lugar, porque un gobierno, cualquier gobierno que de ello se precie, no debe nunca dar la espalda a su Historia. Hacerlo nos aboca a procesos en los que la propia interpretación histórica deambula por los mismos derroteros que el color político de esos mismos gobiernos: hoy la memoria histórica (horroroso pleonasmo) se acuerda de unos, mañana se acordará de otros.

Los hechos de nuestra Historia nos pertenecen a todos. A quienes los admiran, y a quienes los denuestan. Y aquellos hechos que son grandes, que marcan un antes y un después, aquellos hechos de que alguna forma nos han hecho como somos, deben ser reconocidos y conmemorados.

No hay ninguna razón, como no sea la desidia o el deseo de no saber, para que nuestra Puerta del Sol, nuestra Casa de Correos, no reconozca con mayor intensidad con que lo hace el hecho inolvidable de que fue desde su balcón desde donde nació el segundo sueño republicano español.