miércoles, mayo 28, 2008

Mera

La guerra civil española, y en realidad todas las guerras, es como una buena película de Stanley Kramer: puedes disfrutarla fijándote en los protagonistas, pero a menudo los secundarios son incluso más interesantes. La guerra de España tiene muchos de estos side shows, cuyo conocimiento y exégesis, en realidad, daría para toda una vida de investigador histórico.

De la abultada nómina de secundarios de la guerra civil española hoy quiero sacar a colación uno que tuvo verdadera mala suerte, pues tan sólo le faltó un mes para contemplar el final de aquello contra lo que había luchado. El 25 de octubre de 1975, en efecto, moría en París Cipriano Mera.

Mera es el primer militante anarcosindicalista que consiguió el mando de un cuerpo del ejército, aunque este hecho, muy probablemente, se debe no sólo a sus méritos sino a la prematura muerte de Buenaventura Durruti en el frente de Madrid. Nació en 1896, en el pueblo madrileño de Tetuán de las Victorias, hoy, como casi todo madrileño sabe, plenamente integrado en el casco urbano que nuestro alcalde Gallardón fríe a impuestos.

Siguió la tradición del barrio, pues en Tetuán quien no se hacía trapero se hacía albañil; escogió lo segundo. Siempre sintió que sus ideas eran las anarcosindicalistas y por ello militó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) desde muy joven. En 1936 había llegado ya a la categoría de líder obrero y por eso fue una de las principales cabezas de la pavorosa huelga general de la construcción que, cuando estalló el golpe de Estado, llevaba ya cosa de setenta días de desarrollo, que se dice pronto.

Manuel Azaña conoció a Mera junto al (entonces) comunista Valentín González El Campesino, ya en la guerra, en 1937. En su diario deja un recuerdo insulso de este combatiente, muy al uso del estilo infatuado y superior que gastaba este señor al que algunos valoran tanto: «Nada en su persona me había llamado la atención. Es hombre seco, la faz terrosa, rasurado, de cejas espesas y prominentes, en cuya sombra se cobijan los ojos, que deben de ser pequeños. Avellanado y taciturno, es él quien parece un campesino, y no el otro.»

Resulta difícil saber cuántas celdas conoció Mera. Fue encarcelado en los años anteriores a la República por participar en huelgas. Lo volvió a ser en 1933 después de haber actuado en comités destinados a impedir el voto a las derechas, que aún así ganaron las elecciones. Fue encarcelado incluso después de la victoria del Frente Popular, a causa de una huelga, lo cual hay que reconocer que tiene su mérito revolucionario.

De hecho, cuando Mola, Franco, Queipo y el resto de la reata se alzan en diversos puntos de España, Mera está en la cárcel. Es liberado el 19 de julio tras gestiones en ese sentido llevadas a cabo por el general Pozas, que acaba de ser nombrado ministro de la Gobernación. Inmediatamente, participa en diversas acciones bélicas y muy especialmente en la operación de Cuenca.

Es el 19 de julio de 1936 y Mera, ya lo hemos dicho, sale de la cárcel. En unas horas, casi todo el pescado estará vendido: Sevilla cae del lado de los franquistas, también lo hace Galicia, gran parte de Castilla, Navarra; resiste Cataluña… Durante gran parte de la guerra, el frente estará partido en dos o, si lo preferís, habrá dos guerras: una en el sur (Andalucía primero, luego Extremadura, Toledo, Madrid…); y el norte por otro (País Vasco, Asturias, el frente de Aragón…). Y esto, la existencia de los dos frentes, es probablemente posible gracias a Cipriano Mera pues Mera, el día 19 de julio, cuando el Estado Mayor está a por uvas y viéndolas venir, se acuerda de que el viaje entre Madrid y el Mediterráneo tiene una llave; y esa llave se llama Cuenca.

Cuenca es, en 1936, una provincia de derechas hasta las trancas. Es por ello que el general Franco, cuando ha coqueteado con la idea de presentarse a las elecciones, lo ha hecho como diputado por Cuenca. La provincia, en todo caso, llevaba en aquellos años desde 1919 dándole acta de diputado al un militar, el general Joaquín Fanjul. Por lo demás, en Cuenca no hay fuerzas militares. Apenas la dotación de la Caja de Reclutas de la capital y, por supuesto, los cuartelillos de la guardia civil.

El Comandante Militar de la pequeña guarnición conquense, un teniente coronel, trata de convencer a la guardia civil de que se ponga del lado de los sublevados; pero la Benemérita duda. Se producen unas horas de toma y daca. Pero en Madrid alguien, Mera, se ha coscado de la movida, se ha dado cuenta de que tener Cuenca significa dejar expedito el camino entre Madrid y Valencia, y aparece en la capital en un par de camiones con apenas unas decenas de leales mal armados. Cuenca ciudad primero, y la provincia después, es tomada de forma incruenta. Ya no dejará de ser republicana hasta que acabe la guerra.

Para entonces, Mera manda una columna de 3.000 hombres, que es destinada en noviembre a la Cuesta de las Perdices primero y luego, cuando los franquistas apretaron, a la ciudad universitaria; y conviene decir esto por la cantidad de personas que parece existir hoy en día seriamente convencida de que Madrid lo defendieron las Brigadas Internacionales en solitario. Si alguien estuvo en el frente más caliente, ésos fueron los hombres del Mera Team.

Colocado al frente de una división, la XIV, en febrero de 1937, Mera participó en la batalla de Guadalajara, quizá la más clara victoria republicana de toda la guerra; y, concretamente, lleva a cabo la toma de Brihuega, donde le da una mano de hostias a Bergonzzolli y sus volátiles tropas italianas. Luego participa en la famosa batalla de Brunete.

Tras esas acciones, Mera asciende a teniente coronel, lo cual quiere decir que toma a su mando un cuerpo de ejército, el IV o también denominado del Centro porque ésta fue su demarcación geográfica. Tenía a su mando entre 40.000 y 50.000 hombres.

Conforme avanzaba la guerra, no obstante, Cipriano Mera se fue dando cuenta de la imposibilidad de ganarla. Probablemente, tras la caída de Cataluña se convenció incluso de la imposibilidad de un armisticio, porque ese tipo de acuerdos no pueden hacerse entre dos ejércitos en situaciones tan dispares como el franquista y el republicano. Esto le hizo acercarse al coronel Segismundo Casado, el cual, en Madrid, diseñaba en secreto una operación para rendir el ejército republicano y terminar la guerra. De hecho, Cipriano Mera y Julián Besteiro fueron los dos grandes avales políticos que tuvo el movimiento de Casado.

Una vez producido el golpe y ante la reacción comunista, en Madrid se entabló una guerra dentro de la guerra civil. Mera y el mayor Liberino González organizan una columna y entran en Madrid para ayudar a Casado. Esta intervención fue decisiva para lograr la rendición de las fuerzas de Barceló y Ascanio, que dio la puntilla final a la República.

Edmundo Rodríguez Aragonés, dirigente de la UGT que al final de la guerra era comisario del Ejército de Centro, nos dejó un retrato de aquellas horas del golpe de Estado de Casado (Los vencedores de Negrín, Roca, México D.F., 1976; es relativamente fácil de encontrar en libreros de viejo). A todas luces, el hecho de que Rodríguez tuviese connivencias con los comunistas (de otro modo, ni de coña sería comisario del Ejército de Centro) hizo que los confabulados no le hicieran participar en su movida y, de hecho, le dejaran ir a ver a Casado sin saber gran cosa, para así retenerlo.

Rodríguez retrata a Mera, en los minutos previos a la alocución de radio en la que se anunció el golpe, «taciturno y huraño, con su mano aún vendada, impaciente, pendiente de su discurso». Es un comentario un poco despectivo, pues es fácil comprender que la palabra no suele estar entre las habilidades natas de un albañil. No ha de sorprender, sin embargo, pues ya hemos dicho que Edmundo Rodríguez terminó la guerra siendo un filocomunista, y si algo construyó nuestra guerra civil fue un odio cerval, sin paliativos, a muerte y sin piedad entre comunistas y anarquistas.

Rodríguez, además, reserva su desprecio para don Cipriano, al aseverar en su libro que no comprendió por qué fue designado, junto con Casado y Besteiro, para hablar en la radio. «Mera», dice que le dijo Casado, «habla como un hombre del pueblo y dará confianza y seguridad. Su voz sincera y ruda será la nota popular».

Esto es, a todas luces, mentira. Si Mera habló por la radio aquel día es porque era el jefe de las únicas fuerzas reales con que el golpe podía contar. Estaba ahí para dejar bien claro a todos los anarquistas que escuchasen la alocución qué es lo que debían hacer.

Lo que sabemos por Rodríguez del discurso de Mera es que en él pidió la paz, pero una paz honrosa que, de no llegar, dijo, debería llevar a los republicanos a luchar hasta morir. Asimismo, le acusa de haber trufado su intervención de insultos hacia el primer ministro Juan Negrín, al que al parecer motejó de ladrón y cosas peores. Probablemente, Rodríguez dice la verdad. En ese momento, Negrín era la verdadera bestia negra de los anarquistas a causa de lo que consideraban una connivencia total con los comunistas.

El 29 de marzo de 1939, Cipriano Mera sale desde Valencia hacia Argelia, donde es confinado en un campo de concentración. Una vez libre, se va a Marruecos y se emplea en las obras del ferrocarril que los franceses proyectan construir entre Tánger y Dakar. No obstante, en 1940 el gobierno franquista lo reclama al francés. Mera es entregado, encerrado en la vieja cárcel de Porlier y condenado a muerte en 1943. No obstante, es indultado, aunque sigue preso y realizando trabajos forzados, entre otros lugares, en Cuelgamuros (Valle de los Caídos).

En 1946 recibe la libertad condicional y, tras intentar quedarse en España, acaba por irse a Francia, a pie desde Madrid. Allí trabaja como albañil hasta 1956.

Mera vivió siempre en barrios obreros; en Tetuán cuando estaba en España y en el barrio de Billancourt de París, donde está la fábrica de la Renault, cuando se fue a Francia. Nunca aceptó oferta alguna para recibir dádivas o cobrar por sus memorias o algo parecido.

Un periodista español, Luis Romero, lo entrevistó ya muy mayor en París, cuando el cáncer estaba ya acabando con él. Le dijo: «Usted tendría [en la guerra] la ocasión de llenar una maleta con lingotes de oro, joyas o cualquier otro objeto de valor que hubiese podido llevarse y situar en el extranjero. Ahora no viviría en esta casa, su compañera estaría mejor y a su edad no se vería obligado a tan duro trabajo».

Mera le miró y se limitó a contestar: «¿Y la conciencia?»

Ideas como ésta son las que albergaba la cabeza de este militante obrero, en el cual San Manuel Azaña Mártir sólo supo ver el rostro de un puto campesino.