lunes, febrero 04, 2008

El día que Hitler declaró la guerra a los Estados Unidos

Nuestro admirado Tiburcio sigue inasequible al desaliento con la idea de desasnarnos en materia de segunda guerra mundial. Algún día debería escribir algún librito juntando todas estas letras, un libro que bien podría titularse Aprendiendo a comprender la guerra mundial.

Hoy, su cuarto a espadas se dirige a un episodio quizá no muy conocido: la declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos. Espero que el texto os ilumine como lo ha hecho conmigo.

Os dejo con él.

El 11 de septiembre de 1941, cuatro días después del ataque japonés a Pearl Harbour, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos. El momento escogido para la declaración de guerra parecía que lo hubiera elegido su peor enemigo. 6 días antes la ofensiva sobre Moscú se había detenido y los soviéticos habían pasado al contraataque. Resultaba evidente que no podría haber otro intento de noquear a la URSS hasta el siguiente verano. ¿Por qué Hitler decidió atizar un avispero cuando ya estaba metido en un berenjenal?

Antes que nada hay que disipar un equívoco que a veces se oye. El Pacto Tripartito que vinculaba a Alemania y a Japón no forzaba a Hitler a declarar la guerra a Estados Unidos. La declaración de guerra sólo era automática si Estados Unidos era el agresor, lo que no había sido el caso. Hay quien ha sostenido que, con este gesto, Hitler pretendía mostrar a Japón que estaban en el mismo barco. Sin embargo, curiosamente no pidió a Japón que hiciera un gesto recíproco y declarara la guerra a la URSS. Además, había algo futil en el gesto. Con el ataque a Pearl Harbour Japón se había colocado en el barco alemán lo quisiera o no. Tampoco me convence la idea de que al declarar la guerra a EEUU, Hitler se aseguraba de que Japón no concluyese una paz por separado.

Aunque haya habido historiadores que hayan sostenido que Hitler pensó que podría mantener a Estados Unidos al margen de la guerra en Europa, me parecen más creíbles las afirmaciones de Alfred Jodl, quien afirma que en diciembre de 1940, al firmar la directiva que ponía en marcha la operación Barbarroja, Hitler le dijo que debían solucionar todos los problemas continentales de Europa en 1941, porque para 1942 EEUU estaría en condiciones de intervenir en Europa. El ejemplo de la I Guerra Mundial dejaba claro que era muy probable que EEUU acudiese en ayuda de sus primos anglosajones. Y si ese ejemplo no hubiese bastado, ahí estaban las acciones norteamericanas de los últimos meses: firma de un convenio con Gran Bretaña en septiembre de 1940, que puso a disposición de dicho país 50 destructores para la lucha antisubmarina; el Préstamo-Arriendo (marzo de 1941) que facilitó a Gran Bretaña la adquisición de armamento y fue vista por muchos como un paso hacia la beligerancia total.

Hitler era consciente de que Roosevelt estaba deseando entrar en guerra y hasta diciembre de 1941 no quiso darle ocasiones. Así, el día antes del inicio de Barbarroja, ordenó a los oficiales de la Armada que se abstuvieran de cualquier acción hostil contra navíos de EEUU, incluso si estaban atacando submarinos alemanes. ¿Por qué de pronto, en el peor de los momentos, pasó de evitar la guerra con EEUU a desearla?

Ian Kershaw lo atribuye a la chulería de no dejar que Estados Unidos le tomase la delantera. Más o menos: “Ya que vamos a ir a la guerra, que sea yo el que lo diga” (paréntesis: una amiga mía a su regreso de unas vacaciones en Inglaterra quedó con su novio para decirle que rompía. El novio, que se olía la tostada, no la dejó hablar y antes de que ella hubiera podido decir nada, anunció la ruptura. Al final quedó jodido, pero con el honor a salvo). Incluso Kershaw estima, -y no es el único- que Hitler pensó que la intervención japonesa le aseguraba la victoria. Mientras los japoneses debilitaban a los británicos en Asia y mantenían ocupados a los norteamericanos, él podría centrarse en la tarea de destruir la URSS.

Me parecen más atractivas las tesis de John Lukacs en The Hitler of History. Lukacs dice que para noviembre de 1941 Hitler se había dado cuenta de que no podía ganar la guerra que se había propuesto. La Blitzkrieg había fracasado en la URSS. La ofensiva contra Moscú fue entonces más la jugada del ludópata que se apuesta el reloj cuando ha perdido todo su dinero, que el órdago a grande del jugador de mus que lleva tres reyes. Lo que quedaba ahora era una guerra larga, de desgaste y de resultado incierto. Así, la declaración de guerra no habría sido el gesto de chulería del que cree que va a ganar, sino el acto fatalista y dramático del que ve que los hados le son adversos y dice: «¿Es eso lo que queréis? Pues adelante.»

Un inciso: he leído en ocasiones que Hitler minusvaloraba a Estados Unidos y que no era consciente de todo su poderío. Me cuesta creer eso. Hitler tenía un ojo muy fino para calibrar el poderío de los adversarios, aunque a menudo ese ojo quedase desenfocado por su tendencia a magnificar sus debilidades. En el caso de Estados Unidos, parece que Hitler tenía en poco las cualidades combativas de sus soldados y la calidad de su armamento, pero que en cambio respetaba su poderío industrial. Si vemos la aplicación con que Hitler eludió las provocaciones hasta finales de 1941, creo que hay motivos para pensar que respetaba y hasta temía un poco a Estados Unidos.

En todo caso, en una cosa Ian Kershaw tiene razón: declarando la guerra Hitler no hizo sino adelantarse a lo inevitable.