miércoles, julio 25, 2007

Memes

El ínclito Wonka, lector de estas notas, me ha colocado dentro de una cadena bloguera de la que, como casi todos los que nos vemos en ella, no sabía nada hasta el día en que me encontré en ella eslabonado. Se trata de una especie de tú la llevas bloguero destinado a la difusión masiva de memes (el meme, al parecer, es algo así como la mínima unidad de información cultural, o sea como el gene pero con conceptos) en los que se debe confesar ocho secretos inconfesables (hasta el día de la confesión, se entiende). Yo me lo he pensado mucho, porque tenía mucho donde elegir.

Así pues, vamos allá con los ocho secretos inconfesables, y a la vez confesables, de JdJ.

1.- Soy tremendamente maniático. Con los años he conseguido que nadie lo note, o eso creo yo, pero muchas cosas que hago cada día están presididas por la manía. Supongo que todo empezó por mi madre, que nunca ha soportado que en la mesa se pusiera el pan boca abajo; decía que eso hacía llorar a la Virgen y yo debí creérmelo. Es el día de hoy y, si estoy en una encopetada comida de trabajo y percibo que alguien cercano a mí ha dejado el pan boca abajo, trato de buscarme la vida para darle la vuelta. Quiero decir que me porto bien y eso pero si, por una casualidad, mi compañero comensal se levanta al baño o a atender el móvil, le coloco el pan. En La Coruña vivía en un sexto piso y a la altura del quinto había una ventana baja. Un día le di al pasar un golpe con los nudillos en el cristal y, a partir de entonces, ya no podía pasar sin dar dicho golpe; incluso, algunos días que recuerdo se me olvidó, me las arreglé para que mi madre me enviase a la calle a algún recado (lo cual, no ha de olvidarse, eran doce pisos gratuitos, seis de bajada y seis de subida) para poder dar el toque. Luego me dio por dar el golpe con la cabeza. Era ridículo.

2.- Soy incapaz de ver Cuando ruge la marabunta. De todas las pelis que me dieron miedo en la infancia, ésta es la que más miedo me dio. Sólo tenía siete años y aún así me las ingenié, no sé cómo, para informarme en enciclopedias y esas cosas sobre la escasa probabilidad que existe de que Galicia experimente una invasión de hormigas carnívoras. No obstante haber pasado los años y todo eso, no obstante de vivir en Madrid y por ello ser consciente de que las hormigas llegarían a Madrid con la panza llena tras su paso por Getafe, Parla, Majadahonda, Las Rozas o San José de Valderas; no obstante todo eso, digo, es una película que no puedo ver. Me sigue dando demasiado repelús.

3.- No soporto a Tarantino. Me parece banal, aburrido e inconsistente. En realidad, éste no es un secreto inconfesable. Es un secreto que he debido guardar para poder seguir siendo medianamente popular en mi entorno. Por alguna razón que desconozco, hay personas en este mundo que soportan mejor que les digas que su aliento huele a repugnancia galáctica que una confesión tan sencilla como: «Tarantino me parece un tostón».

4.- Sólo he sido fan de un conjunto rockero: Los Bravos. En aquella época, yo era un niño, en casa no teníamos tocadiscos, así pues aquella fue una afición radiofónica. Pero recuerdo que era capaz de pasarme horas escuchando las radiofórmulas gallegas esperando que pusieran alguna canción de Los Bravos, cosa que era frecuente porque eran muy populares. Nunca llamé a los programas de peticiones por dos razones: una, porque juzgué que se me notaba bastante la edad al teléfono, así pues era poco probable que me tomasen en serio; otra, porque mis padres, previsores, habían colocado el teléfono en la pared aproximadamente a un metro sesenta del suelo, y yo no llegaba. Pero recuerdo bien que el día que se publicó que el grupo se disolvería porque Mike Kennedy se iba a casar, pasé dos horas hincado de rodillas rezando… ¡para que no se casase!

Los hechos son, por cierto, que no se casó y que Los Bravos, de aquélla, no se separaron. Lo cual demuestra que los designios del Señor son, verdaderamente, inescrutables (o que le mola Los chicos con las chicas).

5.- En los años de mi adolescencia se investigó en mi colegio (Santa María del Mar, padres jesuitas, La Coruña) el misterioso origen de unas explosiones. Se producían a primera hora de la tarde en diversos lugares de la campa que rodeaba (y rodea, creo) el colegio, y nadie sabía muy bien a ciencia cierta por qué. Las explosiones desaparecieron con el mismo misterio con el que aparecieron.

Pues bien: todo tiene que ver con el día que descubrimos, en clase de química, la fantástica reacción exógena que realiza el sodio sólido al contacto con el agua. Es un experimento jodidillo porque la reacción es muy, muy exógena; con ir a Youtube y teclear sodium en el buscador, se accede a decenas de videos sobre el asunto.

En clase de química nos enseñaron echando un pequeño trozo de sodio en un matraz con agua. El sodio era previamente envuelto en papel de periódico para que se fuese humedeciendo poco a poco, eliminando la violencia de la reacción.

Algunas personas (éste es mi meme, así pues no daré más nombres), por llamarnos de alguna manera, nos sentimos fascinados por el experimento y nos hicimos la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si cogiésemos una cantidad algo mayor de sodio envuelta en periódicos y la dejásemos en algún paraje inhóspito y solitario? ¿Qué ocurriría cuando pasara lo que, indefectiblemente, acaba ocurriendo en La Coruña en los meses escolares, esto es que se ponga a llover?

Nuestro experimento falló un montón de veces. Cogimos el sodio (por no decir que lo robamos), lo envolvimos, lo abandonamos y luego esperamos. Se ponía a llover, pero no pasaba nada. Entonces, antes de irnos a casa, regresábamos al lugar del crimen, recuperábamos el sodio y lo reintegrábamos al laboratorio.

Era una cuestión de dosis y de capas de periódico. Investigamos por el método de prueba y error, y error, y error. Hasta que un día… ¡bingo! Estábamos en clase de latín, tras la comida, se puso a jarrear y, de repente, en la lejanía, detrás del comedor, se escuchó un sonido, como una pequeña detonación.

Dado que habíamos dado con las dimensiones adecuadas, celebramos un par de explosiones más. Luego lo dejamos, conscientes de que el FBI nos seguía de cerca los pasos. Además, a las chicas, cuando les contamos nuestra hazaña, no pareció impresionarles, por lo que cegamos esa vía de desarrollo personal por no considerarla rentable.

He oído que en los laboratorios de química escolares hoy ya no se guarda sodio. Y es que los maestros son gente sabia.


6.- Nunca he conseguido entender la genialidad del Ulises de Joyce.

7.- Mi sueño incumplido confesado (mucha gente lo conoce) es aprender a tocar el piano. Pero el inconfesado es conducir un camión de gran tonelaje por una autopista.

8.- Finalmente: no suelo comer paella. Y, para ahorrar explicaciones, suelo decir que no me gusta. Aunque no es del todo verdad. La verdad es que me gusta, pero en bocadillo. Y las pocas veces que me he atrevido a decir tal cosa, he tenido la sensación de estar blasfemando gravemente, o algo así.

Bueno, paso la bola a Omalaled, Dani Durán, a Berna Wang y a la parejita Chiki/Mike, amén de al inefable Tiburcio, a ver si se confiesan.