martes, junio 19, 2007

Iraq, un país inexistente

Sigo necesitando de nuestro amigo Tiburcio para sobrellevar estos tiempos un tanto complejos. De verdad, ardo en deseos de tener algún rato para poder escribiros, yo que sé, una historia que empieza con la contratación de doscientos vascos y termina con la armada española bombardeando Chile y Perú. O la historia del escritor español que pudo compartir el destino, por todos conocido, de Federico García Lorca. Las historias bullen en mi cabeza, pero sigo residiendo en un inmueble pretecnológico. Qué le vamos a hacer...

¿Qué le vamos a hacer? ¡Pero si Tiburcio es más divertido! Hoy nos trae un jugosísimo comentario sobre un asunto que no pertenece a la Historia de España, aunque, por muchas razones, no deja de ser de nuestra incumbencia: el nacimiento de Iraq.

Espero que os guste este comentario en el que Tiburcio, además, se adelanta a apuntar un par de cosas de un temita del que no dejo yo de comprometer que hablaré algún día: el acuerdo Sykes-Picot. Muy jugoso. Al tiempo.

Os dejo con él.

Iraq, un país inexistente
Copyright by Tiburcio Samsa, que aparece por cortesía de la ASELREX (Asociación Española de Elefantes Reencarnados Expatriados).



Resulta chocante que la peor de las guerras que hay en la actualidad esté ocurriendo en un país que fue inventado hace menos de cien años. Dicen que un camello es un caballo diseñado por un comité. Iraq fue un país inventado por un comité. El comité en cuestión fue la Conferencia de El Cairo de 1921.

Al término de la I Guerra Mundial, Gran Bretaña se encontró en posesión de lo que entonces se llamaba Mesopotamia, un mero nombre geográfico que definía el territorio mal determinado que había entre los ríos Éufrates y Tigris y sus regiones aledañas. Si se quería precisar un poco más, se podía decir que Mesopotamia estaba compuesta por las dos provincias hasta entonces otomanas de Bagdad y Basra.

El primer paso hacia la creación de Iraq se dio cuatro días después de que las hostilidades hubiesen debido cesar entre los turcos y los británicos. El 4 de noviembre de 1918, las tropas británicas entraron en Mosul con pretextos fútiles y expulsaron de allí a los turcos. El Comisionado Civil británico en Bagdad, A.T. Wilson, demostró su capacidad para justificar lo injustificable y sus conocimientos históricos. Desempolvó el nombre de Iraq y declaró que la provincia otomana de Mosul formaba parte de ese Iraq, del que hacía siglos no se había oído nada. Ominosamente, esta operación turbia se debió a que los británicos tenían indicios de que había petróleo en la zona de Mosul. Mal empezaba el país.

Por cierto que había otro pequeño detalle relativo a Mosul, que podía acarrear problemas: en el acuerdo Sykes-Picot por el que franceses y británicos se habían repartido Oriente Medio, Mosul correspondía a los franceses. El 1 de diciembre de 1918, el Primer Ministro francés, Clemenceau, visitó en Londres a su homólogo británico, Lloyd George. Lloyd George le pidió un pequeño favor: si le podía regalar Mosul. «Lo tendrá, lo tendrá», concedió Clemenceau y su ego, generalmente sobredimensionado, debió de estar a punto de reventar al comprobar que dos palabras suyas bastaban para determinar el destino de un territorio y sus habitantes. La generosidad de Clemenceau era producto del cálculo político (su prioridad era mantener el apoyo británico en el continente europeo) y de la ignorancia (no sabía que había petróleo en Mosul).

Como los norteamericanos casi noventa años después, los británicos descubrieron muy pronto que una cosa era controlar Iraq y otra muy distinta saber qué hacer con él. En 1919, a A.T. Wilson, que se parecía mucho al ínclito Paul Bremer, tanto por el inmenso poder de que gozó en Bagdad como por su megalomanía, que no iba acompañada por una inteligencia preclara como suele ser el caso de los megalomaniacos, le encargaron que organizara un plebiscito para conocer los deseos de los iraquíes. A. T. Wilson interpretó la palabra plebiscito como «mantener conversaciones con los notables del país». Los resultados que obtuvo fueron que los iraquíes deseaban un único estado que incluyera Mosul y que no tenían muy claro a quién querían como gobernante. Wilson preparó un informe en el que recomendaba que se estableciese un sistema de gobierno en Iraq con un rey, un consejo de estado y una asamblea legislativa. Pero el informe no se publicó y su ejecución se pospuso porque en abril de 1920 ocurrió algo de gran importancia: la Conferencia de San Remo otorgó a los británicos el mando en Iraq. ¡Por fin tenían una excusa legal para quedarse en Iraq! El sistema de gobierno para el país podía esperar.

Como a los norteamericanos en 2003, los británicos en 1920 se encontraron con la sorpresa de que los iraquíes querían una independencia real y no deseaban un ejército de ocupación. En el verano de ese año estalló una revuelta en Iraq que los británicos tardaron tres meses en aplastar.

A comienzos de 1921 resultaba evidente que Oriente Medio se estaba calentando, aunque comparando la situación con la actual pueda parecernos que aquello era Suiza. En Palestina ya habían aparecido los primeros síntomas de malestar entre una población árabe que comenzaba a despertar al nacionalismo y unos inmigrantes judíos prestos a crear allí su hogar nacional. Ibn Saud había emprendido la unificación de la península arábiga por la fuerza. El hashemita Feisal, expulsado por los franceses de Damasco, andaba a la busca de alguna corona que ponerse en la cabeza. Su hermano Abdullah estaba en Amman conspirando para atacar a los franceses en Siria. Para colmo, el Tesoro británico estaba intentando recortar gastos y la opinión pública inglesa aún estaba conmocionada por la brutalidad con la que se había aplastado la revuelta iraquí. Fue en este contexto que el entonces Secretario para las Colonias, Winston Churchill, convocó la Conferencia de El Cairo.

Cuando se reunió la Conferencia, con respecto a Iraq, sólo había un punto de consenso claro: la fórmula a la que se llegase no debería ser onerosa para el erario británico. Los más informados incluso podían encontrar un segundo punto de consenso: que el Reino Unido conservase algún tipo de control sobre la región de Mosul, que parecía albergar importantes reservas petrolíferas. Fuera de eso, todas las opciones estaban abiertas.

Podría decirse que Iraq fue creado porque a nadie se le ocurrió una idea mejor. Aunque qué podía esperarse de una conferencia a cuya alma mater, Winston Churchill, le disgustaban tanto los árabes, sobre cuyos territorios estaba a punto de decidir, que no permitía que pisasen ni tan siquiera los jardines del hotel en el que se alojaba.

Muy pronto se decidió que Iraq sería una monarquía. Las mayores discusiones surgieron en torno a la figura del rey. Churchill quería recortar la presencia militar británica en el país lo antes posible para ahorrar dinero y deseaba un rey que le garantizase un Iraq probritánico y estable. El hashemita Feisal fue el elegido y las razones de su elección Churchill las expuso sucintamente en el telegrama que envió al Primer Ministro Lloyd George: «… ofrece las expectativas de ser la solución mejor y más barata». El problema fue presentar a ese rey sacado de una tienda de todo a 100 como un monarca legítimo y aceptado por su pueblo, pueblo al que no le ligaba ningún vínculo cinco minutos antes. Prometo un futuro post sobre el bueno de Feisal.

Un detalle interesante es que durante mucho tiempo Churchill se planteó la conveniencia de establecer un estado kurdo. Por un lado desconfiaba de que un gobernante árabe fuese a tratar con justicia a los kurdos. Por otro, le atraía la idea de que hubiese un estado tapón entre el nuevo estado iraquí y la agresiva Turquía de Kemal Attatürk. Sin embargo, por una vez, Churchill que sabía ser tan obstinado en imponer sus ideas contra viento y marea, acató la propuesta del comité correspondiente de que Mosul formase parte de Iraq.

Al final, la fórmula que salió de la Conferencia de El Cairo fue la de que Iraq sería un país unificado y teóricamente soberano regido por un gobernante adicto. Esto parecía garantizar al Reino Unido un cierto control sobre el territorio a bajo costo. Curiosamente es la misma fórmula a la que EEUU recurrió en 2005: no cuestionar la unidad del país y asegurarse la elección de un Gobierno adicto, que garantice la seguridad interior lo suficiente como para que no haga falta una presencia militar norteamericana sustancial.

La fórmula inventada por los británicos podía funcionar siempre y cuando se dieran dos premisas:

1) Un bajo nivel de conciencia nacional por parte de las comunidades que integran Iraq.

2) La percepción de que el Imperio británico era fuerte y no vacilaría a la hora de asegurarse que Iraq no saliese de su regazo.

Estas dos premisas empezaron a vacilar durante la II Guerra Mundial. Pero eso ya es otra historia.