domingo, septiembre 24, 2006

El ingenio de Miguel de Molina

La larga marcha de los homosexuales hasta conseguir una adecuada equiparación legal, cultural y social ha sido, verdaderamente, muy larga. Pese a que la homosexualidad existe desde que el mundo es mundo y ha sido vista por algunas civilizaciones como el amor auténtico, las grandes religiones que han estructurado la vida de las sociedades le han sido, en general, hostiles. Por ello, la homosexualidad es una realidad que se ha visto constantemente nublada por prejuicios e ideas preconcebidas que hacían del homosexual un apestado social.

El cantante Miguel de Molina fue una de las personas insistentemente perseguidas, en este caso por el franquismo, por su condición de presunto homosexual. En el caso de Molina, además, se juntaban dos agravantes más. El primero, que había trabajado, durante la guerra civil, cantando para las tropas republicanas, motivo por el cual fue considerado un rojo. Y, el segundo, que contaba con el favor del público.

Era andaluz, de Málaga. Y, por eso, tenía un gracejo bien propio de esas tierras y que, en la anécdota que hoy quiero referir, le permitió salir del paso más que bien.

Durante los primeros años del franquismo, a Molina se le prohibió trabajar muchas veces e, incluso, en una ocasión fue secuestrado y apaleado por unos desconocidos. Su situación se hizo tan insostenible que , incluso, durante uno años hubo de exiliarse en Argentina. Sin embargo, eso no le permitió cosechar éxitos cada vez que actuó. Cierto día, realizándolo en un club de la Gran Vía, Molina salió al escenario y empezó a cantar Ojos verdes, uno de sus éxitos. En un palco cercano al escenario se habían situado unos jóvenes, vestidos de etiqueta y probablemente borrachos, los cuales le interpelaban con la evidente intención de no dejarle cantar.

Cansado de la provocación, Molina paró a la orquesta, se dirigió al palco y le preguntó a los jóvenes si pensaban dejarle cantar.

‑Te dejaremos cantar –contestó uno de los reventadores‑ si nos cuentas cómo llegaste a ser maricón.

A lo que Molina contestó:

‑Pues como tú, preguntando.

El público estalló en una ovación cerrada. Los alborotadores fueron echados del local y Molina continuó cantando.

La anécdota la cuenta en su libro Del Doctor Fleming a Marañón (edición del propio autor, 1972) el otorrinolaringólogo Mateo Jímenez Encinas. Quien, por cierto, era franquista hasta el corvejón.