lunes, julio 23, 2012

Vacaciones con las cuentas del Gran Capitán

Este blog se va de vacaciones hasta finales de agosto. Lo cual no quiere decir exactamente que no vaya a asomarme, porque posibles voy a tener para hacerlo desde la costa de Lugo, en los ratos que me deje libre la dolce far niente en la playa o el tapeo en O Noso Lar.

Antes de irme, en todo caso, os dejo aquí un texto corto sobre una de esas expresiones que se usan en nuestro idioma y que tienen un origen histórico: las cuentas del Gran Capitán.

Hacer o creer en las cuentas del Gran Capitán es algo que está muy en boga en los tristes tiempos que corren. Tiene que ver con esa acción de alguien que realiza proyectos muy ambiciosos, en realidad imposibles, partiendo de asunciones falsas; engañándose, por lo tanto, de una u otra forma. También se usa para aquél que "infla" una cuenta metiéndole dentro cosas que no tienen nada que ver.

El origen de la expresión son, en efecto, unas cuentas, y una leyenda.

Tras la batalla de Garellano, y la consecuente toma de Gaeta, el 1 de mayo de 1504 el primer hombre que desde Carlomagno soñaba con un imperio, Fernando el Católico, se hizo con el reino de Nápoles. Fue Gonzalo Fernández de Córdoba el gran muñidor de esa victoria, y también la persona nombrada virrey de hecho del nuevo reino, pues a él se encomendó su reorganización.

Fernández, sin embargo, era un soldado; no un administrador. Como todo gran general, se perdía bastante a la hora de tomar decisiones sobre los pequeños problemillas de gasto que se van produciendo en el día a día de todo gestor público. Por tal razón, el Gran Capitán, en realidad, nunca fue el gobernador que Fernando el Católico había esperado que fuese; Nápoles siguió regida de hecho por muchos de los grandes señores que ya lo habían sido con anterioridad, a los que Córdoba regó con importantes ríos de oro para que estuviesen contentos y le organizasen el momio. Además, recompensó a muchos de los mandos de sus tropas, en el fondo tan inexpertos como él como administradores, otorgándoles tierras, cargos y gabelas.

A España no tardaron en llegar las crónicas interesadas de aquella administración manirrota y, además, pronto aquellas versiones fueron adecuadamente salpimentadas con otras cosas que venían a decir que tal vez el Gran Capitán estaba traicionando a su señor, para hacerse él mismo señor de las tierras italianas. Es muy probable que el aragonés creyese todo o parte de aquellas historias, pues no era la primera vez que importantes guerreros que habían juntado su espada bajo su mando se habían pasado a intereses opuestos. Los partidarios del Católico en Italia, tales como los Colonna, terminaron afirmando sin ambages que los favorecidos por la prodigalidad de don Gonzalo ambicionaban elegirlo rey.

En realidad, el tema se debió resolver con relativa facilidad Fernando el Católico, apostando a que todo lo que ocurriese es que Fernández de Córdoba sólo fuese un manirroto presupuestario (o sea, la verdad de las cosas), le envió a un gestor contrastado, Alonso de Deza, quien salió de España con instrucciones muy precisas del destino que debían tener las tierras embargadas por la corona española en Nápoles ; le retiró, pues, al Capitán, la capacidad de favorecer a sus pares y, dicho con rapidez y claridad, descojonar el gasto público; hoy diríamos que lo intervino. Fruto de esta política racionalizadora fue la auditoría que pasaron los cuentas napolitanas en España, presentadas por el interventor Juan Bautista Spinelli, satisfactoriamente comprobadas por los oidores castellanos y aragoneses.

Pero la leyenda de las cuentas del Gran Capitán tiene que ver con la visita a Nápoles de Fernando el Católico, el 1 de noviembre de 1506. Según este relato un tanto fantasioso, el aragonés habría llegado a sus posesiones italianas un tanto mosqueado aun con la posible defección de su primer general, razón por la cual, nada más poner pie en la ciudad, requirió a don Gonzalo para que diese cuenta del déficit público existente y la razón de su producción. A lo que el general respondió que lo haría, de buen grado, en unas pocas horas.

Al día siguiente, siempre según la leyenda, se presentó ante el rey con un dietario de los gastos incurridos, que comenzó a leer ante el rey.

El primer asiento era: en frailes y sacerdotes, religiosos, en pobres y monjas, pues que rezan para que el Señor nos otorgue la victoria, 200.736 ducados y 9 reales.

El segundo asiento, por valor de 700.499 ducados, estaba destinado a los espías de los cuales había entendido los designios de los enemigos y ganado muchas victorias.


Fernando el Católico, en ese punto, mandó parar a su general, y lo dejó en paz, comprendiendo lo que él le quería decir con esa forma de presentar el presupuesto de gastos. Esto es: que la guerra es cara. Que, como se ha dicho de toda la vida en Castilla, el que quiera culo, que se moje el peces. Y que no podía seguir prestando oídos a las maledicencias sobre un jefe militar que (esto es, más que probablemente, la verdad) siempre le había sido fiel (aunque más a su difunta, la verdad) y le había traído tantas victorias.

En las décadas y siglos en que esta leyenda fue famosa, el mecanismo de construcción de las leyendas urbanas fue sumando partidas al supuesto discurso del De Córdoba, como 170.000 ducados para reparar las campanas cuarteadas por tanto repique victorioso. En mi opinión, fue esta extensión libre la que fue preñando el supuesto dietario del Gran Capitán de partidas estúpidas, inútiles o pollas, y desplazando el significado de la expresión desde su aparente origen, que parece tener más que ver con la necesidad de hacer gastos importantes para conseguir cosas importantes; al que yo creo que tiene más hoy, que es el significado ligado a aquél que diseña grandes proyectos que no puede pagar.

En septiembre, más.

viernes, julio 20, 2012

Go West


Hace ahora casi tres años, escribí en este blog la historia de la tragedia (para los blancos) de Little Big Horn. En aquel post, que quería ser, sobre todo, un homenaje a los jefes Dos Lunas y Toro Blanco, verdaderos ganadores de esa batalla, quedó, de alguna forma, pendiente la labor de ingresar ese episodio, que no deja de ser eso mismo, un episodio, dentro del marco general en que se desarrolló. Eso que Hollywood llamó la conquista del Oeste.

Si queremos ser precisos, sin embargo, la conquista del Oeste deberíamos llamarla la conquista del centro. A mediados del siglo XIX, tras la unión de Texas, la colonización de Oregón y la creación del enclave mormón en los alrededores del Salt Lake, los Estados Unidos de América eran un país dual, con un Este y un Oeste que se parecían más bien poco (dualidad que se complicaba más aún con la dicotomía Norte-Sur) y, además, estaban separados por una ancha franja central medio inexplorada. Era en esa ancha franja en la que, merced a los acuerdos de 1851, habían sido situados muchos indios desplazados de las zonas ya tomadas por el hombre blanco. Es posible que alguien pensara que de esa manera se diseñaba un status quo estable; pero no es verdad. Era sólo cuestión de tiempo que las gentes del Este y del Oeste se planteasen que ambas zonas debían estar, de alguna manera, conectadas. En algún momento, Estados Unidos llegó a pensar que la mejor alternativa para los transportes de largo recorrido sería utilizar las vías fluviales y canales por construir; pero la idea se desechó muy pronto. La conexión debía de ser por tierra.

La primera conexión entre las dos mitades de EEUU lo fue por diligencia, en 1857, merced a la concesión realizada en dicho sentido a favor de la empresa John Butterfield & Associates. La diligencia Butterfield salía de Tipton, Missouri, que era el pueblacho al que llegaba la línea de ferrocarril del Este (San Luis-Kansas), y tenía paradas en Menfis, Little Rock, Preston, El Paso y, finalmente, diversas poblaciones de California. El primer viaje lo hizo el 15 de septiembre de 1858, y tardó 24 días y 18 horas. Por lo tanto, unos 180 kilómetros diarios, lo cual no es mucho si tenemos en cuenta que la diligencia rulaba incluso de noche (en algún punto de mi biblioteca tengo un librito de aquella época con el precio, y creo que la duración, de las líneas de diligencia existentes en España. A ver si un día lo encuentro y os lo comento).

De hecho, ésta de las diligencias es otra de las imágenes popularizadas por el cine que tienen poca relación con la realidad. En las pelis vemos los carromatos lanzados a toda velocidad por la pradera. La verdad es que las diligencias del siglo XIX en EEUU avanzaban poco menos que a paso de hombre, en viajes desesperantes. Ciertamente, si las diligencias hubiesen ido a uña de caballo por la pradera, en caminos por supuesto no asfaltados y llenos de piedras y obstáculos, los que iban dentro difícilmente habrían sobrevivido.

Cada, como mucho, 25 kilómetros, la diligencia cambiaba los caballos. En alguna de aquellas casas de posta había pequeños hostales para servir comida a los viajeros (hasta nueve), que casi con unanimidad éstos calificaban de bazofia. Una cosa no ha cambiado: el límite de equipaje, 11 kilos, era casi el mismo que hoy en los aviones. Los caballos, pues, cargaban con: nueve pasajeros, o sea unos 620 kilos; 5 de tripulación, 350 kilos. La diligencia, que vaya usted a saber lo que pesaba. Y hasta 100 kilos de equipaje.

La diligencia, contra lo que parece en el cine, no resolvía bien, en realidad no resolvía casi en lo absoluto, el problema del transporte entre zonas del país. Especialmente el transporte de mercancías, que era extremadamente complejo y lento. Para resolver este problema fue por lo que nació el Pony Express, y es sorprendente cómo es posible que un servicio tan efímero (apenas funcionó durante un año), fracasado (la empresa quebró) y caro (costaba el fortunón de 5 dólares por cada 30 gramos transportados) haya adquirido tanta fama con el tiempo. Pero la cosa tiene su justificación en la admiración que despertaron sus jinetes, en muchas ocasiones apenas adolescentes, por los riesgos a que se enfrentaron.

El jinete del Pony Express viajaba solo, y desarmado. Su fuerza era su capacidad de salir de najas si lo perseguían, sobre todo los indios. Por ello, la compañía reclutaba jinetes expertos y un tanto temerarios quienes, al ingresar en la empresa, tenían que jurar que durante los viajes ni beberían, ni blasfemarían, ni se pelearían, y recibían una Biblia como reconocimiento. Cubrían trayectos como los de la diligencia, más o menos, pero en menos de la mitad de tiempo: unos diez días. A menudo, los jinetes reventaban a los caballos, situación en la cual debían tomar la saca del transporte y llevarla a pie hasta la siguiente posta. Algunos, yo no diría que muchos, morían en el viaje, o bien por caídas de caballo o sucedidos parecidos, o bien asesinados por los indios.

Si en el día presente existiese el Pony Express, sus jinetes serían pandilleros de 16 años, que acabarían reventando a los caballos a base de darles la murga con el hip-hop.

En 1862, sin embargo, el panorama cambió radicalmente con la decisión del presidente Abraham Lincoln de autorizar la construcción de dos líneas férreas: la de la Union Pacific Railroad Co., que empezaría en Nebraska para llegar a California; y la de la Central Pacific Co. of California, desde San Francisco a Nevada (trayecto posteriormente ampliado).

Los constructores del ferrocarril recibían, merced a su encargo, jugosas transferencias de subvenciones desde Washington, así como la concesión de terrenos con los que se harían años después pingües beneficios; el ferrocarril traía la colonización, la colonización dinero, y la primera mano que estaba allí para recoger las plusvalías era la de los propios constructores. De este beneficio objetivo surge la obsesión de la Union Pacific  y Central Pacific por terminar sus líneas antes que el competidor; no era una cuestión de prestigio, sino de pasta.

El proyecto de la Union Pacific comenzó el 2 de diciembre de 1863, pero la línea no avanzó significativamente hasta después de la guerra civil, cuando fue nombrado director de la compañía un militar, Grenville Dodge, en cuyo honor existe hoy la ciudad de Dodge City. Por cierto, que Dodge City es también famosa por otro tema que os sonará. Era tal la población de seres prostibularios y fieles a la pendencia de la ciudad, que tenían un cementerio para ellos solos: Boot Hill, la colina de la bota, así llamada porque allí sólo se enterraban personas que no hubiesen muerto en la cama, sino con las botas puestas.

Tras la guerra, la Central Pacific, que iba un poco retrasada, decidió hacer un intento para alcanzar a su competidor. Así, contrató a 13.000 irlandeses y 16.000 chinos, casi de una tacada. En los tebeos de Lucky Luke, los constructores de las vías son chinos e italianos; lo recuerdo porque en una escena. ante la eventualidad de una explosión, los obreros gritan: ¡Campi qui pugi!, sálvese quien pueda, en italiano. Ignoro por qué esa nacionalidad, ya que la emigración italiana a América es algo posterior.

Aquellos 29.000 pares de brazos funcionaron. En seis años, terminaron la obra, que había sido agendada para diez. Fue en 1866, cuando la Central fue autorizada a construir más línea a partir del borde de Nevada para encontrarse con la vía de la Union, cuando se produjo la mítica y famosa competencia entre ambas, a ver quién construía más vía y encontraba al otro más cerca de su casa. La competencia fue tan dura que cuando ambos ferrocarriles estuvieron cercanos, hubo enfrentamientos entre cuadrillas de obreros a hostia limpia. No sólo eso sino que, cuando ambas vías llegaron para converger, las dos compañías, buscando con ello conseguir más dinero de Washington, siguieron construyendo vías paralelas, pretextando diversas razones. Finalmente, el Congreso americano dictaminó que ambos ferrocarriles debían encontrarse en el pueblo utense (de Utah) de Promontory Point. Allí, en el promontorio, se encontraron el 10 de mayo de 1869.

Y, mientras tanto, ¿cómo estaban los indios?

Pues, cabreados. Llegada la séptima década del siglo, los indios habían comenzado a experimentar la presión de los blancos en sus tierras, a pesar de que, en su mayor parte, se trataba de tierras asimismo otorgadas por los blancos. El primero en cabrearse fue Cuervo Pequeño, jefe sioux, quien, el 18 de agosto de 1862, fue responsable de una importante matanza de colonos en Minnesota.

No les faltaban razones a los sioux para cabrearse. El Senado norteamericano había modificado ya, varias veces, los límites fijados en 1851, conforme los colonos blancos habían ido mostrando interés por parte de los terrenos adjudicados a los indios. Los sioux, para entonces, estaban divididos en dos grandes bandas: los llamados campesinos eran aquéllos que estaban dispuestos a adaptarse a la situación (aquí los habrían llamado, pocos años después, cimbrios), lo cual significaba, mutatis mutandis, vivir de los subsidios gubernamentales. Los otros, los llamados salvajes o sioux de la manta (por negarse a llevar pantalones y taparse los remueldes con mantas de colores), preferían luchar.

Dado de que los sioux se habían llevado mujeres y niños blancos, la guardia de Minnesota salió en busca de ellos. En dos pequeñas batallas, ocurridas en Big Hound y Stony Lake, los indios fueron derrotados y devolvieron los rehenes.

Otro de los lugares comunes extendidos por la literatura, el cine y el buenismo antropológico es una leyenda urbana que dice que los indios trataban de puta madre a sus rehenas. Algunos textos dicen que si les hacían una herida en la planta del pie para que pasaran semanas sin poder andar; y que para cuando se curaban, las mujeres escogían quedarse con aquellos tipos tan guais. La puñetera verdad jodida es otra. En primer lugar, pocas veces una mujer blanca se acostumbró a casar con indio y vivir su vida, porque para dormir en tipis cuya construcción ha demandado el uso de ciertas cantidades de excremento, hay que valer. La comida no les molaba, las costumbres menos y, aunque la mujer blanca de entonces no es que oliese a Vittorio y Luchino precisamente, la verdad es que solía encontrar diferencias sustanciales entre su cheire, como decimos en mi tierra, y el de su marido forzado. A lo que hay que añadir que los indios no eran precisamente muy diplomáticos con ellas.

Las mujeres que sobrevivieron al secuestro del valle de Minnesota contaron verdaderas atrocidades que, una vez publicadas en la prensa local, germinaron en un ambiente generalizado en favor del exterminio de los indios. El juicio de Fort Snelling, donde fueron imputados los responsables de los hechos, fue cercado por las turbas, que querían linchar a los indios. Lincoln, aconsejado desde Washington, quería ser clemente, y lo fue. Perdonó a cientos de los encausados, pero no tuvo más remedio que ahorcar a los 38 más violentos.

Dos años más tarde, en Colorado, los indios arapahoes y cheyenes, aprovechando su derecho de salir de la reserva para cazar (en el post sobre Little Big Horn veréis que esta estrategia fue usada también por Toro Sentado), pasaron todo el verano y la primavera asaltando diligencias por la zona. En el otoño volvieron a la reserva y dijeron que eran pacíficos, pero ya era tarde. El ejército americano, al mano del coronel Chivington, entró en la reserva de Sandy Creek, donde practicó un verdadero genocidio en el que murieron hombres, mujeres y niños, hasta el último resto de ADN.

La apertura, en 1866, de la llamada Bozeman Trail, vía que unía el río Platte con Virginia City, generó un serio conflicto con los sioux. La carretera atravesaba sus lugares de caza, y por eso el jefe Nube Roja ordenó su sabotaje. El hombre blanco tuvo que construir tres fuertes en la zona para proteger las obras: Reno, Phil Kearny, y Smith. El caso es que los indios hacían la guerra gracias al hombre blanco; la Comisaría de Asuntos Indios, en efecto, repartía entre los pieles rojas fusiles de última generación, para quedar bien con ellos y facilitarles la caza. A ratos, con esas armas, ellos cazaban blancos.

La situación con los sioux, pero también con los kiowas, los cheyenes, los arapahoes y los comanches, se hizo tan insostenible que, en 1868, se convocó una especie de conferencia de paz en Fort Laramie. Aquéllos de vosotros que visitéis el post sobre Little Big Horn leeréis allí que el deficiente cumplimiento de los acuerdos de Fort Laramie, donde Nube Roja exigió la demolición de los tres fuertes, fue uno de los argumentos con que contó Sitting Bull para encabronar a los suyos contra Custer.

En 1869, los votantes americanos enviaron a la Casa Blanca al general Ulysses Simpson Grant, quien venía con ganas de fumar la pipa de la paz, motivo por el cual invitó a los jefes sioux a Washington. Pero no sirvió de nada. Grant, en su relativa ignorancia del mundo indio, creía haber parlamentado con los jefes de los indios; sin embargo, los tipos que en ese momento hostilizaban los caminos de Kansas, Colorado o Texas, jamás habrían obedecido a un jefe sioux.

Cuando Grant se dio cuenta de que no había conseguido nada fue cuando autorizó la creación del famosérrimo Séptimo de Caballería y puso al frente del mismo al teniente coronel Custer, dado que los indios lo temían (se decía que estaba tocado por una suerte sobrenatural) y había realizado ya acciones exitosas, como la del río Wachita cuando había diezmado a las huestes cheyenes del jefe Caldera Negra.

El 11 de septiembre de 1874, Barba Gris, jefe indio, interceptó en Fort Hays, Kansas, la carreta donde iba una familia de colonos blancos, los Germaine, camino de Colorado. Los indios mataron a los dos padres y a todos los hijos varones, y secuestraron a las cuatro hijas, la mayor de las cuales tenía cinco años. Tiempo después, una partida militar, comandada por un tal teniente Baldwin, se topó con el poblado de Barba Gris por casualidad. Baldwin, sin medios suficientes pues no tenía hombres a caballo sino 23 carretas, ordenó cargar con las mismas, en algo que se ha dicho muchas veces no tiene parangón en la Historia militar. Baldwin puso en huida a los indios y recuperó a dos de las cuatro niñas. Las otras dos nunca aparecieron; así de guais eran los indios con sus secuestradas.

Más al oeste, entre Texas, Arizona y Nuevo México, eran los apaches los que ponían problemas. Habían encontrado un jefe: Jerónimo, que sería finalmente capturado en 1886. En 1874, por lo demás, se produjo la tragedia de Little Big Horn; pero la resistencia india, en buena medida, se hacía ya en vano.

En mi post sobre la materia doy por hecho que Toro Sentado tenía muy claro que iba a perder la guerra con los blancos. Meses después de Little Big Horn, cuando los indios pudieron comprobar que tamaña humillación nada había cambiado, pudieron darse cuenta de hasta qué punto era verdad.

Todavía en 1877, sin embargo, hubo algún conato. Los narices perforadas, al mando de su jefe José, desenterraron el hacha de guerra, aunque su guerra fue un tanto peculiar, puesto que la practicaban mientras intentaban huir al Canadá. Durante los 75 días que duró la aventura, José pagó religiosamente todas y cada una de las viandas que se llevaba de las granjas por las que pasaba.

En 1890, cuando el presidente Benjamin Harrison resolvió quitarles a los indios el actual estado de Oklahoma y mandarlos a Dakota, los sioux se rebelaron por última vez. Toro Sentado, que para entonces era un reputado showman que realizaba espectáculos en el Canadá y colaboraba con el circo de Buffalo Bill, regresó para ponerse al frente de sus mesnadas. El 15 de diciembre, el ejército lo mató y consiguió controlar a los indios; aunque, la vuelta a Dakota, en Wounded Knee, se produjo un tumulto que acabó con la matanza de doscientos sioux más.

Tras algún tiempo en la cárcel, el apache Jerónimo salió libre y se empleó en el circo de Buffalo Bill. El circo se forró con él. En 1905, actuó en la ceremonia de juramento como presidente de Teddy Roosevelt.

Para entonces, los indios se habían convertido en el bello jarrón chino de la Historia de los Estados Unidos.

martes, julio 17, 2012

Fra Girolamo (7)


Carlos VIII tenía una ventaja sobre todos sus predecesores: reinaba sobre una nación ya construida. Todos los anteriores reyes franceses, desde Carlomagno, no fueron sino obstetras del enorme parto que fue diseñar y crear la nación francesa. Carlos heredó el resultado de aquella obra hercúlea y, consecuentemente, las ambiciones imperialistas que la caracterizarían durante los siguientes 300 años.

Carlos soñaba con emular a San Luis de Francia y dirigir una cruzada, que ya no lo sería contra los infieles, sino por la dominación de Europa. E Italia era su lógico objetivo. Contaba con muchísimos aliados dentro de la península y, muy especialmente, con el duque de Milán, Ludovico María Sforza, quien también estaba, a su manera, construyendo un proyecto centralizador del que beberían los arquitectos lombardos de la nación italiana casi 400 años después. Ludovico María había retirado del mercado a su principal rival en Milán, su fogoso sobrino Gian Galeazzo, encerrado en el castillo de Pavía. Gian Galeazzo, sin embargo, le facilitaba un elemento importante de su estrategia, puesto que se había casado con una miembra de la casa real napolitana, lo que le otorgaba, cuando menos teóricamente, derecho a reclamar esa corona.

Como suele ocurrir en muchos momentos de la Historia, el gobernante que quiere tocar las pelotas se busca justificaciones de alto standing para explicar su proceder. Carlos no fue una excepción y, no más piafó el primer caballo que desde París salía para invadir Italia, repitió a todos que aquella invasión era una Cruzada destinada a limpiar a la impía Italia. Esta teoría, que para Carlos no era sino un movimiento estratégico, encontró sin embargo oídos y voluntad animosos en la persona de Fra Girolamo Savonarola. Al buen dominico ferrarense afincado en Florencia, aquellas manifestaciones le sonaron a confirmación de sus profecías en el sentido de que el Vaticano estaba a punto de caer hundido bajo el peso de sus pecados.

Pero pasaron más cosas que abonaron las ideas de Savonarola. Desde el principio de su política imperialista respecto de Italia, París había temido que Nápoles, resistiéndose a ser invadida, buscase apoyo en el Vaticano. Una alianza con el Papa supondría para los reyes de Nápoles una importante ayuda militar. Los franceses intentaron impedir tal alianza, pero no lo consiguieron: en 1494, el papa Borgia y los napolitamos alcanzaron algo parecido a un Memorandum of Understanding. Cuando Carlos se enteró, se cogió un globo de la hostia y, consecuentemente, comenzó a bramar que la Iglesia necesitaba una reforma.

O sea, justo lo que Savonarola llevaba años gritando desde el púlpito del Duomo.

Savonarola, pues, tomó al rey Carlos VIII como la máxima expresión de sus profecías; y creyó tanto, y tan profundamente, en ello, que no fue capaz de ver que el rey francés no era sino un hábil político más, a la búsqueda de su propio interés, preparado para vender a su madre a plazos si era necesario para conseguir lo ambicionado. Lejos de ello, Savonarola comenzó a referirse en sus sermones al rey francés como “la Espada del Señor”, es decir, el elemento del mundo mortal escogido por Dios inmortal para hacer su Justicia. Y más: “¡Florencia! El tiempo de danzar y cantar ha pasado. Es la hora de llorar tus pecados con torrentes de lágrimas. Tus pecados, Florencia. Tus pecados, Roma. Tus pecados, Italia, son la causa de esta catástrofe. ¡Arrepentíos, rezad, uníos!”

Fra Girolamo, puesto que veía en Carlos VIII a un agente de Dios, pensaba que éste se pasearía por una Italia de ciudadanos que lo recibirían de rodillas en el borde de los caminos. Pero no fue así. Para su desesperación, la entrada del francés en Italia fue lentísima. En realidad, más que lenta, fue problemática. La aventura italiana del rey francés no era nada popular entre sus ciudadanos, que temían el enorme coste en impuestos que podría tener una guerra contra la potente armada papal; ningún católico podía olvidar, además, la potencia que siempre había exhibido el Vaticano a la hora de conseguir aliados. Los franceses, por lo tanto, temían llegar a encontrarse como Hitler en el siglo XX, peleándose con casi todos y disfrutando de la ayuda de aliados más bien débiles.

El aspecto financiero adquirió más y más importancia. Ludovico Sforza tuvo que engrasar las ambiciones del rey de Francia con 200.000 florines; el propio Carlos empeñó las joyas de la corona. Se endeudó hasta las cachas con los banqueros genoveses (ya para entonces conocidos por los catalanes en España con la nada elegante expresión “moros blancos”) y buscó la paz con España y Austria a base de cederles territorios, lo que encabronó todavía más a los franceses. La expedición sólo comenzó en agosto de 1494 después de que el Sforza aflojase otros 50.000 florines del ala; a su paso por Turín, el rey francés vendió las joyas de su tía, la señora de Saboya, y de la marquesa de Montferrat. Mucho tuvo que remar Ludovico para convencerle de que se llegase a Annone, en las afueras de Milán; aunque a la mayor parte de su ejército lo envió a Génova, camino por el cual los franceses se follaron hasta a las ardillas.

La expedición tenía que fracasar. Pero no lo hizo por un golpe de suerte. La flota francesa, que iba navegando entre cubata y cubata camino de Génova, avistó la flota napolitana. Finalmente, el enfrentamiento fue inevitable y, mamados y todo, los galos le dieron a los napolitanos hasta la esquina inferior derecha del yeyuno. Luego sometieron a la ciudad de Rapallo a un cañoneo brutal, desembarcaron allí, saquearon la ciudad y no dejaron ni una virgen de menos de 104 años en las calles. El anuncio del saco de Rapallo tuvo en los italianos el efecto que tendría en los holandeses el español de Malinas algún tiempo después. Italia, siempre tan proclive al heroicismo, bajó los brazos y saludó al rey francés como si lo conociese de toda la vida.

El francés lo tenía a huevo. Tenía una alianza con Milán. El segundo gran poder italiano (secular, claro está), Venecia, no se metería con él ahora que había demostrado que sabía destrozar flotas. Y el tercero, Nápoles, acababa de recibir una paliza. Sin embargo, el francés amagaba con volver grupas todos los días impares, acojonado como estaba con los informes que le llegaban sobre las cosas que se rumoreaban de él en los puentes del Sena. Sforza lo empalmaba con proyectos inconmensurables: una vez tomado Nápoles, le decía, serás fuerte para echar a los musulmanes de Constantinopla. Sabemos, sin embargo, que la noche que Carlos durmió en el castillo de Pavía, por lo tanto en el ducado de Milán, ordenó doblar la guardia. Claramente, no se fiaba de Sforza.

El otoño de 1494 pilló a los franceses sin un puto duro, en los primeros repechos de los Apeninos, y bajo una lluvia del carajo. A Carlos, toda la ilusión por aquella movida se le estaba escapando, y llegar a las puertas de Florencia no calmó su nostalgia. Los sobrinos de Piero de Medici le presionaban para que tomase la ciudad y la provincia, tras lo cual, le decían, también tendría de su lado Lucca y Pisa, felices de liberarse del mando toscano. Lo intentó, sin mucha convicción, chocando contra las murallas de la fortaleza de Sarzana. Entonces cambió de rumbo y fue a Pisa, donde entró en medio de vítores. Vítores, en buena medida, financiados por Ludovico Sforza, probablemente también responsable de que las espontáneas turbas derribasen una famosa estatua urbana, el león Marzocco, símbolo del gobierno florentino, y la sustituyesen por otra del propio Carlos.

Pisa, pues, avanzaba la bandera de la libertad respecto de Florencia. Pero, Arno arriba, en la propia Florencia, la ciudad abrazaba otra bandera: la de la libertad respecto de Piero de Medici.

Este pobre Pierino es conocido por la Historia como el Desafortunado, aunque, en realidad, debería ser conocido como El Tonto del Culo. Piero de Medici, en efecto, era uno más de esos machos alfa musculitos que creen que todo en la vida en jugar al fútbol y andar con tías. Cuando eres administrativo de una correduría de seguros, puede que la posesión de tan limitadas convicciones nunca te delate. Pero cuando eres el gobernante de una ciudad, ya la cosa cambia. Piero era un florentino gilipollas; tenía de florentino todo ese maquiavelismo de quien busca en cada momento la idea y la alianza que más le conviene. Pero tenía de gilipollas que sus cambios eran tan bruscos, y tan frecuentes, que acababa por cabrear a todo el mundo. En apenas un parpadeo, Piero de Medici pasó de apoyar a los napolitanos a enviar a Piero Capponi, su teórica mano derecha, a parlamentar con el rey francés. Y le dio unas instrucciones tan egoístas (o sea, que negociase para él, no para Florencia) que Capponi llegó a proponerle al rey galo que expulsase de Francia a los mercaderes florentinos, con tal de ganarse su apoyo personal.

A las puertas de una Florencia donde había un cabreo del setenta y dos contra su gobernante, el rey francés reclamó salvoconducto para atravesar la provincia. El gobierno de la ciudad le respondió con evasivas, y el francés se encabronó. Para cuando la Signora envió parlamentarios al campamento de Carlos para decirle que sí, que podía entrar en territorio de Florencia, éste ya lo había hecho, y no de muy buenas pulgas.

Piero de Medici voló a Pontremoli a entrevistarse con Carlos. Ante él, se bajó los pantalones y hasta se separó las nalgas. Le entregó Pisa y diversos castillos, entre ellos Sarzana, al que obligó a rendirse porque los franceses no habían podido tomarlo. Le otorgó tantas concesiones que cuando el documento llegó a Florencia, para recabar el preceptivo (y otras veces simbólico) nihil obstat del gobierno de la ciudad, los burgueses se encolerizaron y el propio Capponi llamó a la revolución.

El gobierno de la ciudad de Florencia, ya completamente euskaldunizado de su teórico gobernador, Piero de Medici, a quien incluso negaron el saludo, decidió enviar su propia embajada negociadora ante el rey francés. Hacía falta, además de políticos hábiles, alguien con adecuado don de la palabra. Y Piero Capponi pensó en una persona a la que admiraba mucho.

Girolamo Savonarola exigió hacer el camino hacia Pontremoli a pie. Sólo la agudeza y paciencia de Capponi consiguieron que aceptase ir a lomos de una mula.

Paso a paso



La vida se hace de pequeños sueños cumplidos.

La colección de La Soli, o Solidaridad Obrera, de mayo y junio del 37. El principal periódico anarquista de Barcelona, en las turbias jornadas que comenzaron con las crisis de gobierno nacional yt catalán, y terminaron con una guerra en las calles en las que los comunistas se llevaron por delante el poder de la CNT y del POUM.

Joder que me ha costado años. Pero el que la sigue, la consigue. A veces.

martes, julio 10, 2012

Jack Johnson, en Madrid


La pelea a puñetazos entre dos hombres comenzó a convertirse en un espectáculo a finales del siglo XVIII. Fue algo menos de un siglo después cuando esta actividad, prohibida por inhumana en algunos lugares, por ejemplo de los Estados Unidos, fue parcialmente humanizada a través de las reglas del barón de Queensberry que, entre otras cosas, introdujeron los guantes; aunque aún no impidieron que las peleas siguieran siendo interminables sesiones de golpes que duraban incluso horas.

A lo largo de todo el siglo XIX, en Europa y en América el boxeo fue captando adeptos y en muchos puntos, pese a estar formalmente prohibido, era seguido incluso por los jueces que debían hacer efectiva dicha prohibición. Los boxeadores antiguos peleaban exactamente igual que la gente de la calle, esto es con golpes un tanto caóticos y curvos. Sin embargo, a finales de siglo, James John Corbett comenzó a boxear de una forma más científica, con golpes directos, mucho más efectivos; había nacido el boxeo moderno. 

El 7 de septiembre de 1892, en el Olympic Club de Nueva Orleans, Corbett noquea en el vigésimo primer asalto al entonces campeón del mundo, el respetadísimo John Lawrence Sullivan, The Big, quizás el primer gran campeón de boxeo de la Historia.

A Corbett le sigue el reinado de Bob Fitzsimmons, a quien Corbett tiene en tan mala estima que sólo por impedir que se lleve el título vuelve a boxear tras haberse retirado, aunque no puede evitar que Fitzsimmons, mucho más joven, acabe con él. Años después, el 25 de julio de 1902, será Fitzsimmons quien caerá tras un directo a su estómago propinado por James Jackson Jeffries, apodado El Calderero, quien había sido sparring de Corbett.

El boxeo, en los momentos el cambio de siglo, evoluciona muy rápidamente. Pero no para dar cabida a los negros. Haber, haber, ha habido negros en los cuadriláteros desde el principio; incluso algunos esclavizados habían llegado a boxear como espectáculo cien años antes. Pero el mundo del boxeo no está en modo alguno preparado para aceptar el hecho, que cada vez es más palmario, de que, entre que el boxeo capta sus campeones entre personas de muy baja extracción social, y los negros lo son; y que, de hecho, los boxeadores de origen africano parecen o suelen estar mejor dotados para este deporte, resulta imposible de evitar el momento en que un negro sea el mejor boxeador del mundo.
A Jeffries, de hecho, le sucederá un campeón más modesto, Tommy Burns, quien pasará muchos años tratando de evitar los desafíos de los boxeadores negros, sobre todo de Jack Johnson, el mejor dotado de ellos. Los promotores tiemblan pensando en organizar una gran pelea que el contendiente negro acabe por ganar. De ahí nace el fenómeno conocido como la troika negra, o el grupo de grandes boxeadores de origen africano que, a falta de algo mejor, pelearon incansablemente entre ellos en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

La troika negra estaba formada por Sam McVey, Joe Jeannette y Sam Langford, luego ampliada con Jack Johnson y Harry Willis. De ellos, quizás, la historia más triste fue la de Langford. Boxeador incansable, generó miles de dólares, si no millones, a lo largo de los años, para la bolsa de Tex Richard, su promotor. En los años veinte del siglo pasado, estaba ya muy viejo y casi ciego, aunque siguió peleando hasta que ya le fue totalmente imposible. Cuando se retiró, todo lo que Richard hizo por él fue contratarlo de barrendero en su gimnasio. Murió en 1956, en un asilo de beneficencia, en Massachussetts. 

Pero centrémonos en Johnson. Nació en 1878 en Galverston. Medía uno noventa, razón por la cual fue conocido como El Gigante de Galverston. Tras unos comienzos un poco dubitativos (en 1901 pierde un combate y hace un nulo), luego se tira cinco años seguidos sin perder, hasta que los jueces le escamotean la victoria que había obtenido justamente contra Marvin Hart.

Por aquel entonces, Johnson ya ha iniciado la “caza” de Tommy Burns, el súper-campeón blanco, por medio mundo. Por fin, consigue encontrarlo en 1908, en Sidney, Australia. La estrategia de Johnson es muy temeraria y Australia, además, es un país que no le hace ascos a la pelea entre un blanco y un negro. Burns, pues, no puede decir que no, y el combate se celebra el 26 de diciembre, en el Ruschcutter’s Bay Arena, ante la asombrosa cifra para la época de 16.000 espectadores. El combate es notablemente desigual; Johnson deshace a Burns en pedazos (de hecho, el boxeador blanco recibió aquella velada tantas hostias que, ya acostumbrado, se hizo cura). En un momento histórico, pues, un negro se proclamaba campeón del mundo de los pesos pesados (o el equivalente de la época).

A partir del minuto uno tras el final del combate, todos los aficionados al box, blancos, comienzan a fantasear con el blanco que se subirá al ring a recuperar lo que por esencia le pertenece a la raza superior. Todas las miradas se vuelven hacia Jeffries, El Calderero, quien, efectivamente, no tiene, probablemente, alguien que le pueda hacer sombra en el firmamento del boxeo blanco.

Tras muchos dimes y diretes, Jeffries acaba por aceptar el reto al que todo el mundo le empuja, y pelea con Johnson el 4 de julio de 1910, en Reno, Nevada. Un detalle muy americano: a la entrada del espectáculo, todos los espectadores son despojados de sus armas de fuego; se teme que si Johnson gana, el público lo linche. De hecho, el único hombre armado en ese combate es el árbitro, Tex Rickard. Unos estudios de Hollywood han pagado un auténtico pastón, 166.000 dólares, para filmar el combate.

Todo el mundo, todos los periódicos de los Estados Unidos, consideran a Jeffries favorito. Simple y llanamente, un negro no puede ganar a dos blancos seguidos. 

Pero Johnson noquea a su rival en el décimo quinto asalto. 

Tras estas dos victorias, Jack Johnson se convirtió en todo un símbolo para los negros; en un  negro tan poderoso que se permitía hacer las cosas que sólo hacen los blancos; por ejemplo, acostarse con blancas. En 1909, se casó con Etta Durya, una tía esquizofrénica que le hizo la vida imposible con sus paranoias hasta que se suicidó; después se casó con Lucille Cameron-Falconet, también blanca. Este doble matrimonio provoca una acusación por parte de la Justicia de quebrantamiento de la Mann Act, esto es, de cometer bigamia.

Johnson tiene que huir de Estados Unidos y se refugia en París, con toda su troupe, Lucille incluida. El 28 de noviembre de 1913, revalida allí su corona mundial ante el ruso André Spoul. Luego viaja a Buenos Aires, donde noquea, en una exhibición, a un boxeador vasco, apellidado Guillarachea. Los promotores quieren que vuelva a pelear por el título, pero Johnson no puede volver a Estados Unidos porque sabe que, en cuanto lo haga, lo detendrán por bígamo (y prófugo). Por esta razón, acepta pelear en La Habana, el 5 de abril de 1915, contra Jess Willard.

Las circunstancias del combate Johnson-Willard nunca se han aclarado del todo. En el asalto 26, el aspirante golpea al campeón y éste cae al suelo. Todos los testigos coinciden en señalar que, en ese momento, el combate no sólo está igualado, sino que Johnson está tan fresco y consciente como tiene por costumbre. Las fotos del campeón en el suelo lo muestran medio sentado, protegiendo los ojos del sol con el brazo; como un burgués tranquilamente semiacostado en una playa. Sin embargo, el árbitro cuenta, y decreta el KO. Nada más hacerlo, el público comienza a gritar sus sospechas de tongo.

¿Hubo tongo? Más que probablemente. Nat Fleischer, entrenador de Johnson, le confesaría décadas después al periodista español Fernando Vadillo que Johnson había recibido la visita de unos tipos que le habían prometido 70.000 dólares por dejarse ganar, más la inmunidad para sus delitos, es decir la posible vuelta a los Estados Unidos. Johnson valoraba mucho esta segunda oferta, porque allí vivía su madre, a la que no podía ver a causa de su exilio. Como aquellos hombres les dijeron que el dinero saldría de la recaudación del combate, Johnson y Fleischer, siempre según éste último, habían pactado un gesto secreto entre ambos como señal de que el manager había recibido la pasta, momento en que el negro se dejaría caer. Pasaron los asaltos y, el dinero no llegaba y el entrenador no daba la señal; por eso Johnson siguió peleando. Hasta que, en el asalto 26, Fleischer recibió un sobre, dio la señal, y Johnson cayó.

Cayó, sí. Como un gilipollas. Primero, porque en el sobre sólo había 52.000 dólares. Segundo, porque lo de la inmunidad era un engaño; el documento que le habían enseñado era una falsificación.

Contar la historia de Jack Johnson en un blog que se llama Historias de España tiene su importancia porque el ex campeón, huyendo de los Estados Unidos y del racismo, acabó recalando en Madrid, donde se convirtió en un auténtico espectáculo.

Madrid, en 1916, cuando Johnson y toda su familia y asistentes recalaron en el Palace, era una ciudad pequeña, provinciana y pacata. Una ciudad que no había visto jamás a un negro de uno noventa, masivo de músculos, encima vestido como Johnson, es decir como los negros nuevos ricos de las películas: sombrero de ala ancha con cintas de colores, manos enguantadas de amarillo, abrigo de piel sobre los hombros, traje ajustado con chaleco, brillantísimos zapatos de charol, y una leontina colgando del chaleco, de oro, que le habían regalado tras su triunfo sobre Jeffries, y que enseñaba, ufano, a todo transeúnte que se lo pedía durante sus largos paseos andando, calle Alcalá arriba y abajo, mostrándose. Bastón de junco y pajarita. Ni Madrid, ni España, habían visto jamás algo ni medio parecido.

El personal del hotel lo escucha, en la tarde, tocar el violoncelo; o le observa hacer puños en una esquina de la brasserie del hotel. Los periodistas le preguntan, y Johnson insiste en que no piensa dejar España. Dos son las razones para ello: una, que España no puede ser racista contra los negros, porque básicamente no sabe lo que es un negro; dos, que España es un país neutral, mientras que el resto de Europa, en guerra, no es precisamente un lugar interesante para recalar.

En julio, Johnson se desplaza a Barcelona, y el día 10 sube al ring en la plaza Monumental. Se enfrenta al irlandés Arthur Craven, dos metros y 105 kilos de carne blanca. Un tipo muy curioso. Boxeador y todo, cómo no lo iba a ser con ese cuerpo, su vocación real es la de bohemio y chulo, puesto que, si está en Barcelona boxeando, es sólo porque su primer proyecto personal, vivir en Montmartre pintando cuadros horribles y viviendo de las tías, no le ha salido bien. Al declararse la primera guerra mundial, Craven es movilizado, pero deserta, cruza los Pirineos, y aparece en Barcelona. Tras el gong que anuncia el primer asalto, pasan cosa de diez o doce segundos antes de que Johnson le atice una hostia monumental, que da con el irlandés en el suelo. Victoria, pues, a lo grande. A lo negro. 

Es el no va más del ex campeón. Montado a la grupa de su promotor en Barcelona, el dueño del cabaré Excelsior (que luego fue el cine Cinemar), conoce a los súper-famosos españoles de su tiempo, el primero de ellos el torero Rafael Gómez “El Gallo”, y frecuenta cafés, cafetines y cabarés, gastando a manos llenas.

Regresa a Madrid el 3 de abril de 1908, y pelea en el Circo Price con Blink McCloskey. Victoria a los puntos en sólo cuatro asaltos (era una exhibición).

El 10 de marzo de 1916 boxea en Madrid contra Frank Crozier, un jamaicano boxeador errante, al que gana a los puntos en diez asaltos. 

Se hace socio del exclusivísimo club de golf Puerta de Hierro, en el que, de aquella, no entraban abogados ni médicos, mucho menos simples ciudadanos de clase media, sino miembros de la altísima alcurnia aristocrática de la ciudad. Pero cuando no almuerza en el selecto club de Puerta de Hierro, se mete en cualquier taberna de la Cava Baja a meterse al cinto un buen cocido madrileño, que le vuelve loco. En verano, realiza una serie de exhibiciones en ciudades levantinas.

Sin embargo, Johnson tiene nostalgia de, cuando menos, el continente donde ha nacido. El 12 de febrero de 1919 pelea en Madrid con Bill Flint y, luego, decide irse a México. Una vez allí, ya no puede más y, en octubre de ese mismo año, se entrega al sheriff de San Diego. Pasa seis meses en prisión, y luego reaparece como boxeador, en Mexicali; y sigue boxeando hasta el 15 de mayo de 1928, cuando se retira tras perder contra Bill Hartwell.

Tiene 50 años y se va a vivir al Harlem de Nueva York. Parece acabado pero, simplemente, se recicla. Funda una orquesta de jazz, crea exitosos espectáculos de vodevil, y deja que un escritor, Tony van der Bergh, publique una biografía suya: The Jack Johnson story. Un libro alucinante en el que se cuenta que Johnson fundó un restaurante en Madrid y que llegó a ser torero, medio apadrinado por Joselito, pero que fue volteado por el morlaco en su primera faena.

Según el celebérrimo reportero español José María Carretero (El Caballero Audaz), con más de sesenta años, Johnson volvió a Madrid, justo en los años anteriores a la guerra civil. Lo que sí se sabe ciertamente es que aún en 1945, con 67 años, boxeó en una exhibición con su compañero de troika Joe Jeannette. 

Un año después, 10 de junio de 1946, murió en un accidente de tráfico el más madrileño de los campeones del mundo de los pesos pesados.

lunes, julio 09, 2012

Fra Girolamo (6)


Los bandos se definieron con rapidez. Los Medici cerraron filas detrás de las pretensiones de San Marcos, con el apoyo del cardenal Caraffa, de Nápoles, tradicional protector en Roma de la orden dominica. En el otro lado, los Sforza, tanto el cardenal Ascanio como su hermano Ludovico, apoyados por el vicevicario de Lombardía, el rey de Nápoles, el duque de Calabria, Bertinvolglio en Bolonia, el duque de Ferrara y las ciudades de Venecia y Génova; en suma, todos los aliados naturales de los Sforza.

Las fuerzas lombardas eran tan fuertes que, a pesar de la estudiada neutralidad del Papa, la cuestión pareció pronto perdida para los florentinos. Sin embargo, una jugada de maestro de Caraffa cambió las cosas. El cardenal napolitano siguió al Papa hasta sus habitaciones. Una vez allí, le conminó a firmar un decreto de separación, que traía consigo. El Papa negó, sonriendo. Entonces Caraffa le estrechó la mano, y en el gesto se quedó con el anillo del vicario de Cristo y, delante de él, selló la firma en el documento. El Papa no se atrevió, o no quiso, detenerlo. Tal vez, estaba demasiado cansado de aquella movida. Quince minutos después, llegaron los lombardos; pero, para entonces, Fra Domenico da Pescia, el enviado de Savonarola a Roma, tenía la decretal en la mano.

Al frente, por fin, de una comunidad propia, sin ligaduras procedentes de la autoridad de ningún provincial, Girolamo Savonarola emprendió la reforma a fondo de San Marcos, llevando a sus miembros a practicar un estado de pobreza real. Se ha dicho, con verdadero fundamento, que en aquel tiempo se practicó en el convento florentino un comunismo total. Absolutamente todo era compartido; hasta los vestidos, que eran pura estameña, eran intercambiados entre los monjes. San Marcos vendió todo lo que poseía, y los frailes hubieron de vivir del producto de su trabajo. Sólo una pequeña comunidad de elegidos era designada para el estudio y la predicación, por lo que solían ir acompañados del hermano al que se le había encomendado trabajar para mantenerlos.

Una de las cosas curiosas de aquel experimento, que se sigue produciendo incluso en los tiempos actuales cada vez que se monta una comunidad religiosa de extrema disciplina y pobreza, es que San Marcos siguió reclutando sus acólitos entre los hijos de las clases medias, incluso medio-altas, de la Toscana. La rudeza de la vida monacal no supuso, en modo alguno, que la atracción de San Marcos se produjese entre personas de baja extracción social, sino más bien todo lo contrario. De hecho, Savonarola reclutó acólitos entre las mejores familias de Florencia: los Medici, Strozzi o Rucellai; y personajes sobresalientes desde un punto de vista intelectual o profesional como Paolo d’Urbino, profesor de Medicina; Matias Blemet, un judío de gran cultura y profesor de Pico della Mirandola; quien si no entró en la orden fue porque se lo impidió la muerte. Las visiones eremíticas y sacrificadas son muy atractivas para ese fenotipo social formado por la persona que, gozando de riqueza y posición, no se siente cómodo en ella, y consecuentemente siente la pulsión de un cambio.

La reforma se extendió. Varios conventos dominicos toscanos se unieron a la orden, como hicieron dos hospitales en Lecce. Un convento de Camaldolese incluso coqueteó con la idea de cambiar su orden para unirse a la disciplina de San Marcos. De hecho, Savonarola pensó en llegar hasta Pisa y Siena, pero ahí pinchó en hueso. En Siena, de hecho, lo echaron con muy malos modos. Pero eso no le desanimó. Con la fuerza moral que daba estar dando tamaño ejemplo de pobreza, Savonarola se subió al púlpito para arremeter contra la Iglesia de su tiempo, tan obsesionada con las riquezas. “En los primeros tiempos de la Cristiandad, dijo en un sermón, los cálices eran de madera y los sacerdotes de oro; hoy, sin embargo, los cálices son de oro y los sacerdotes de madera”.

La estrategia comenzó a tener éxito. Especialmente entre las mujeres florentinas, quienes abandonaban masivamente sus vidas civiles para petar los conventos de monjas. Los visitantes de la ciudad medicea comenzaron a destacar que no se veían féminas por las calles: estaban, en buena medida, en la clausura.

Era un movimiento lógico. Las mujeres no tenían en aquel entonces lo que se dice una vida muy atractiva y, además, los tiempos eran muy jodidos. La Toscana estaba pasando por serios problemas económicos y, además, se temía una pronta invasión francesa de la península italiana.

De hecho, fue el peligro del francés, en buena medida, el que colaboró en la generación del estado mental de cosas que labró el éxito de la comunidad de San Marcos.

Carlos VIII, en París, estaba reuniendo un formidable ejército para presentar batalla al naciente imperio español en el sur de Italia, reclamado para los Angevinos franceses. Cuando en enero de 1494 murió Ferrante de Nápoles, Carlos reclamó su derecho al trono e, inmediatamente, solicitó de Roma y Florencia permiso para pasar por sus Estados camino del sur, para hacerlo suyo. Entre bambalinas del movimiento francés estaba Ludovico Sforza, el milanés, quien pensaba sacar tajada de una victoria gala. Florencia era aliado natural de Francia, pues en dicho país hacía muchas de sus exportaciones; pero, al tiempo, estaba mortalmente enfrentada con Milán.

La escalada bélica provocada por Carlos VIII y Ludovico Sforza fue oro molido para Savonarola. Ahora no sólo tenía una comunidad floreciente donde cada vez ingresaban más acólitos, sino que, encima, se cumplía una más de sus profecías. Porque Fra Girolamo había predicho en sus sermones, muchas veces, que Italia viviría la visita apocalíptica de un nuevo Ciro el Grande, que la arrasaría; y, ahora, ese peligro tenía nombre, y casi fecha. Lo había profetizado en la Semana Santa de 1492 y, en noviembre de 1494, el francés estaba a las puertas de Italia. En 1492, Savonarola había utilizado la metáfora del diluvio. El 17 de noviembre de 1494, gritó desde el púlpito del Duomo: “¡Señor, las aguas bajan sin control!”

Florencia entera se fue por la pata abajo.

miércoles, julio 04, 2012

Querido Troll

Querido Troll, esta carta es para ti.

He pensado que tenía que escribirla porque, al fin y al cabo, rara vez te dejo asomar la cabecita por los comentarios de este blog. En torno al 80% de los comentarios trolleros (y troleros) que llegan a la mesa de moderación del blog, nunca llegan a ser leídos por alguien más que no sea yo. Además, no sé si lo sabes, pero Blogger, así, sin que nadie se lo pida, te considera lo peor de lo peor. Porque los comentarios que califica como spam, inexplicablemente, los guarda. Los que el moderador borra, no los guarda en sitio alguno (lo cual, por cierto, es una putada cuando vas y borras por error a alguien). Así que, ya te digo: eres farfolla de menor calidad que las rusas que venden alargadores de pene.

Te escribo para contarte una frase que una vez escribió Oriana Falacci. Dijo: en el mundo hay dos tipos de fascistas; unos son los fascistas, y los otros los antifascistas. Tú, cuando menos, en lo que a este blog se refiere, eres del segundo tipo de fascistas. Vas por la vida escribiendo, allá donde esté tu perfil de Facebook real, que eres la polla de Montoya en la defensa de las libertades democráticas; aunque, en el fondo, y en la superficie, tu concepto de libertades democráticas es otorgárselas a los que piensan como tú, actúan como tú, defienden lo que tú defiendes y hasta se tiran pedos, como tú, con olor a pepinillo rancio. A ti, la libertad te importa un bledo.

Las personas que aman, o simplemente respetan, la libertad, lo demuestran, a cada paso que dan, desplegando respeto, pues saben que la libertad, sin respeto, es simple y llanamente imposible. La democracia es, de hecho, el respeto por las minorías. Tú esto es probable que no lo sepas porque el día que te explicaron esto en clase, si es que te lo explicaron (y si es que alguna vez has ido a clase), estabas probablemente muy ocupado apuntalando tus convicciones o haciendo cualquier otra cosa. Pero hay por ahí gente, desde John Locke (no, no es el extremo izquierda del Bolton) hasta Alexis de Tocqueville, pasando por Rousseau, o Voltaire, o Blanco White, o Luther King, que ha explicado en libros que tal vez no hayas leído (vaya, que no los has leído) que una democracia, y quien dice una democracia dice una simple y pura actitud democrática, no puede reputarse de tal si trata al otro de forma desconsiderada, despreciativa o discriminatoria; máxime si ese alguien, además, forma parte de una minoría. Construir una democracia para los blanquitos pero putear a los gitanos no es construir una democracia; puede que lo fuera para los griegos, pero hablamos de griegos de hace 2.000 y pico de años.

Tú, en cambio; tú, que te miras al espejo y ves Un Demócrata de Toda la Vida, transitas por otra vía. La vía por la cual la educación, el respeto, es sólo para aquél que lo merece; y aquél que lo merece, lo merece por pertenecer a tu (presunta) mayoría. Enfangado en los mantras de tu secta, cualesquiera que éstos sean, cualquiera que ella sea, has llegado a la misma conclusión a la que llegó Fray Tomás de Torquemada, o Adolfo Hitler, o Pol Pot, o los gobernantes parisinos que ordenaron la retaliation de la Vendée (es una región, no una tipa), o los sargentos del saco de Malinas. Has llegado a la conclusión, tú solito, de que quien no está contigo, está contra ti; y, consecuentemente, , no merece sino el desprecio.

En desprecio te quedas, afortunadamente, porque a los tiempos presentes, aunque sean lo que son, aun les queda una reserva de civilización. En otro tiempo, en lugar de poner comentarios a los posts de los blogs que no te gustan, irías por la calle con un hacha y una antorcha, buscando brujas, o gitanos, o husitas (no,  no es una nacionalidad), o marranos (no, los animales no), o cátaros (¡sin n, coño!), o falangistas, o rojos, o curas, o laicos, o peruanos, para llevártelos por delante. Por cabrones. Por distintos. Por discrepantes.

Como has tenido la mala suerte para ti de nacer en el siglo XXI, porque ya te digo que el siglo XV habría hecho tus delicias, dedicas tus energías a trolear la red. En primera instancia, te empalmas leyendo blogs de tu cuerda, que te emocionan a la par que te ponen de mala leche, porque te hacen pensar en la cantidad de relapsos que hay por el mundo que aún no han Visto La Luz. Esos blogs, probablemente, ya están provistos de las necesarias valoraciones de la escoria mundial que tiene la osadía de ser diferente a ti, por lo que, una vez leídos estos textos (en diagonal, como tienes por costumbre), ya estás bien empalmado para comenzar la caza. Y así, con la sardina enhiesta y mirando en dirección nor noreste, sales a la red, cuchillo de capar en mano, a ver qué pillas.

Entonces ves el texto. Alguien escribe que la II República se equivocó en su política religiosa; o que los alimentos trasgénicos no son malos; o que cuando ve a la Roja jugar en la tele no siente los colores; o que no le convencen las teorías del calentamiento global... en el fondo, da igual lo que sea que ha escrito tu víctima, porque tú, aunque crees que son tales o cuales ideas las que te mueven, en realidad te mueves por otra cosa: la intolerancia. Es lo mucho que te gusta ser intolerante lo que te mueve. Si tu intolerancia te ha llevado a defender la revolución bolchevique o las bases de la Italia de Mussolini, eso es mero fruto de la casualidad. La intolerancia es un tejado de dos aguas; unos caen de un lado, otros del otro.

En el momento en que lees eso que no te gusta, eres como un hamster que se subiese un día más a la ruedita que le han puesto en su jaula. Haces lo mismo que ayer, y lo mismo que harás mañana. Escribes una respuesta que incluye palabras como "intolerable", "ignorante" o "repugnante". Lo adornas con aseveraciones de hondo significado científico, del tipo "todo el mundo sabe que", "está sobradamente demostrado que", o tu preferida: "el que no piense que Bla es un ..." En los puntos suspensivos hay muchas cosas que te gusta poner.

Pero hay una sobre todas.

Cada vez que escribes "fascista", se te produce un orgasmo espontáneo. "Yo", te dice una voz interior, "nací para escribir "fascista" a todas horas".

Tengo una mala noticia para ti. Lamento tener que ser yo quien te la de, pero qué le vamos a hacer. Eres un franquista inverso. Tú (y me refiero al tipo de troll que escribe a este blog; que trolls hay muchos) es posible que hayas sufrido una aceleración del ritmo cardiaco cuando hayas leído esto. Lo comprendo. Es jodido descubrir que se es la imagen especular de lo que se combate. Pero es la verdad. Ya lo siento.

Lo tuyo, segunda mala noticia, no se quita bebiendo Danacol por las mañanas. Ni siquiera te ayudará a controlarlo. Porque el problema que tú tienes es que tú no quieres controlar tu franquismo inverso. Vives encantado en él, porque te parece lo más de lo más del pensamiento progresista.

Lo tuyo sólo se quita leyendo. Conociendo. No, no le tengas miedo a hacer cosa tal. En la Historia del mundo, y en el momento presente, hay miles de personas que tuvieron tus ideas, leyeron y, después de leer, las conservaron. No se trata de conseguir que pienses de otra forma; tú puedes pensar lo que quieras, mientras ese algo no sean cosas como que a los niños hay que encularlos o que la prostitución de las hijas que le sobran es un derecho de todo padre. Y, de hecho, lo más probable es que, leas lo que leas, sigas pensando lo mismo que piensas, porque las convicciones son el refugio más cálido del alma humana, y hay que tener muchos huevos para abandonarlas. Pero si conservas tus ideas después de haber leído, después de haber reflexionado, ya no serán las mismas ideas. Serán más sólidas y, a la vez, más endebles.

Lo más alucinante e interesante de leer para aprender es que es una experiencia repleta de trampas. Todo lector-estudiante es un Indiana Jones que camina trabajosamente por una selva de informaciones, sabiendo que, a cada paso, el suelo puede ceder o estallar porque haya una mina. Repentinamente, un concepto, un desarrollo, un dato, se convierte en una molesta pieza que no encaja en el puzzle de nuestras ideas. Esto es algo que puede pasar cuando se tiene en la cabeza un puzzle de mil piezas. Pero cuando se tiene, como tienes tú, uno de ésos de los niños chicos, de dos o tres piezas, es prácticamente seguro que ocurrirá.

Por eso, los trolles como tú llevan desde los inicios de la Historia quemando los libros que no les molan, e imponiendo la lectura de los que les molan.

Cualquier persona que haya estudiado en serio algo, salvo que tenga un contenido extremadamente técnico, ha caído más de dos, más de diez, más de cien veces en alguna trampa y ha descubierto, allí abajo, que cosas que tenía por ciertas e inamovibles no lo son tanto. Por eso tú, que vives convencido de que lo que piensas son verdades inamovibles, deberías leer. Pero te va a doler, eso sí.

De hecho, es posible que si lees mucho mucho, acabes descubriendo la auténtica información dolorosa que te espera en algún punto del camino. Esa información es: la Verdad no existe. Jesucristo no es el hijo de Dios; Lenin no era un demócrata. Jesucristo, y Lenin, y todos los demás que están en los libros, existen tantas veces como son pensados, porque todo, y todos, está sometido a interpretación. Nada es verdad, ni mentira. Sólo hay una cosa: el compromiso ético, personal, con la verdad de uno. El compromiso de que esa verdad nace de una búsqueda sincera, a cerebro abierto, de los hechos y de sus interpretaciones. La verdad, en este caso, histórica, no es sino la verdad de cada momento. Años y miles de páginas después, no es que pueda, es que debe ser otra. La persona que permanece años, y páginas, pensando lo mismo, o no está leyendo, o está haciendo trampa y, en realidad, aunque los libros tengan distintos títulos y distintos autores, está leyendo siempre la misma página.


Puedes seguir escribiendo comentarios motejándome de lo que quieras, sobre todo de tu palabra preferida. Todos irán al universo paralelo a donde van los calcetines sin pareja. Yo que tú, sería más listo. Tienes muchas maneras de hacer las cosas que yo no puedo controlar. Puedes menear mi noticia y, acto seguido, entrar a comentarla y ponerla a parir. O puedes ir a alguno de los foros que frecuentas y reclamar la aquiescencia del resto de tu tribu, mientras bailais la danza de la muerte alrededor de la marmita donde hierven vuestras convicciones.

Yo que tú, sinceramente, pasaría de comentar. Tengo cincuenta tacos, colega. Ya he tratado con suficientes franquistas en mi vida.