martes, julio 10, 2012

Jack Johnson, en Madrid


La pelea a puñetazos entre dos hombres comenzó a convertirse en un espectáculo a finales del siglo XVIII. Fue algo menos de un siglo después cuando esta actividad, prohibida por inhumana en algunos lugares, por ejemplo de los Estados Unidos, fue parcialmente humanizada a través de las reglas del barón de Queensberry que, entre otras cosas, introdujeron los guantes; aunque aún no impidieron que las peleas siguieran siendo interminables sesiones de golpes que duraban incluso horas.

A lo largo de todo el siglo XIX, en Europa y en América el boxeo fue captando adeptos y en muchos puntos, pese a estar formalmente prohibido, era seguido incluso por los jueces que debían hacer efectiva dicha prohibición. Los boxeadores antiguos peleaban exactamente igual que la gente de la calle, esto es con golpes un tanto caóticos y curvos. Sin embargo, a finales de siglo, James John Corbett comenzó a boxear de una forma más científica, con golpes directos, mucho más efectivos; había nacido el boxeo moderno. 

El 7 de septiembre de 1892, en el Olympic Club de Nueva Orleans, Corbett noquea en el vigésimo primer asalto al entonces campeón del mundo, el respetadísimo John Lawrence Sullivan, The Big, quizás el primer gran campeón de boxeo de la Historia.

A Corbett le sigue el reinado de Bob Fitzsimmons, a quien Corbett tiene en tan mala estima que sólo por impedir que se lleve el título vuelve a boxear tras haberse retirado, aunque no puede evitar que Fitzsimmons, mucho más joven, acabe con él. Años después, el 25 de julio de 1902, será Fitzsimmons quien caerá tras un directo a su estómago propinado por James Jackson Jeffries, apodado El Calderero, quien había sido sparring de Corbett.

El boxeo, en los momentos el cambio de siglo, evoluciona muy rápidamente. Pero no para dar cabida a los negros. Haber, haber, ha habido negros en los cuadriláteros desde el principio; incluso algunos esclavizados habían llegado a boxear como espectáculo cien años antes. Pero el mundo del boxeo no está en modo alguno preparado para aceptar el hecho, que cada vez es más palmario, de que, entre que el boxeo capta sus campeones entre personas de muy baja extracción social, y los negros lo son; y que, de hecho, los boxeadores de origen africano parecen o suelen estar mejor dotados para este deporte, resulta imposible de evitar el momento en que un negro sea el mejor boxeador del mundo.
A Jeffries, de hecho, le sucederá un campeón más modesto, Tommy Burns, quien pasará muchos años tratando de evitar los desafíos de los boxeadores negros, sobre todo de Jack Johnson, el mejor dotado de ellos. Los promotores tiemblan pensando en organizar una gran pelea que el contendiente negro acabe por ganar. De ahí nace el fenómeno conocido como la troika negra, o el grupo de grandes boxeadores de origen africano que, a falta de algo mejor, pelearon incansablemente entre ellos en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

La troika negra estaba formada por Sam McVey, Joe Jeannette y Sam Langford, luego ampliada con Jack Johnson y Harry Willis. De ellos, quizás, la historia más triste fue la de Langford. Boxeador incansable, generó miles de dólares, si no millones, a lo largo de los años, para la bolsa de Tex Richard, su promotor. En los años veinte del siglo pasado, estaba ya muy viejo y casi ciego, aunque siguió peleando hasta que ya le fue totalmente imposible. Cuando se retiró, todo lo que Richard hizo por él fue contratarlo de barrendero en su gimnasio. Murió en 1956, en un asilo de beneficencia, en Massachussetts. 

Pero centrémonos en Johnson. Nació en 1878 en Galverston. Medía uno noventa, razón por la cual fue conocido como El Gigante de Galverston. Tras unos comienzos un poco dubitativos (en 1901 pierde un combate y hace un nulo), luego se tira cinco años seguidos sin perder, hasta que los jueces le escamotean la victoria que había obtenido justamente contra Marvin Hart.

Por aquel entonces, Johnson ya ha iniciado la “caza” de Tommy Burns, el súper-campeón blanco, por medio mundo. Por fin, consigue encontrarlo en 1908, en Sidney, Australia. La estrategia de Johnson es muy temeraria y Australia, además, es un país que no le hace ascos a la pelea entre un blanco y un negro. Burns, pues, no puede decir que no, y el combate se celebra el 26 de diciembre, en el Ruschcutter’s Bay Arena, ante la asombrosa cifra para la época de 16.000 espectadores. El combate es notablemente desigual; Johnson deshace a Burns en pedazos (de hecho, el boxeador blanco recibió aquella velada tantas hostias que, ya acostumbrado, se hizo cura). En un momento histórico, pues, un negro se proclamaba campeón del mundo de los pesos pesados (o el equivalente de la época).

A partir del minuto uno tras el final del combate, todos los aficionados al box, blancos, comienzan a fantasear con el blanco que se subirá al ring a recuperar lo que por esencia le pertenece a la raza superior. Todas las miradas se vuelven hacia Jeffries, El Calderero, quien, efectivamente, no tiene, probablemente, alguien que le pueda hacer sombra en el firmamento del boxeo blanco.

Tras muchos dimes y diretes, Jeffries acaba por aceptar el reto al que todo el mundo le empuja, y pelea con Johnson el 4 de julio de 1910, en Reno, Nevada. Un detalle muy americano: a la entrada del espectáculo, todos los espectadores son despojados de sus armas de fuego; se teme que si Johnson gana, el público lo linche. De hecho, el único hombre armado en ese combate es el árbitro, Tex Rickard. Unos estudios de Hollywood han pagado un auténtico pastón, 166.000 dólares, para filmar el combate.

Todo el mundo, todos los periódicos de los Estados Unidos, consideran a Jeffries favorito. Simple y llanamente, un negro no puede ganar a dos blancos seguidos. 

Pero Johnson noquea a su rival en el décimo quinto asalto. 

Tras estas dos victorias, Jack Johnson se convirtió en todo un símbolo para los negros; en un  negro tan poderoso que se permitía hacer las cosas que sólo hacen los blancos; por ejemplo, acostarse con blancas. En 1909, se casó con Etta Durya, una tía esquizofrénica que le hizo la vida imposible con sus paranoias hasta que se suicidó; después se casó con Lucille Cameron-Falconet, también blanca. Este doble matrimonio provoca una acusación por parte de la Justicia de quebrantamiento de la Mann Act, esto es, de cometer bigamia.

Johnson tiene que huir de Estados Unidos y se refugia en París, con toda su troupe, Lucille incluida. El 28 de noviembre de 1913, revalida allí su corona mundial ante el ruso André Spoul. Luego viaja a Buenos Aires, donde noquea, en una exhibición, a un boxeador vasco, apellidado Guillarachea. Los promotores quieren que vuelva a pelear por el título, pero Johnson no puede volver a Estados Unidos porque sabe que, en cuanto lo haga, lo detendrán por bígamo (y prófugo). Por esta razón, acepta pelear en La Habana, el 5 de abril de 1915, contra Jess Willard.

Las circunstancias del combate Johnson-Willard nunca se han aclarado del todo. En el asalto 26, el aspirante golpea al campeón y éste cae al suelo. Todos los testigos coinciden en señalar que, en ese momento, el combate no sólo está igualado, sino que Johnson está tan fresco y consciente como tiene por costumbre. Las fotos del campeón en el suelo lo muestran medio sentado, protegiendo los ojos del sol con el brazo; como un burgués tranquilamente semiacostado en una playa. Sin embargo, el árbitro cuenta, y decreta el KO. Nada más hacerlo, el público comienza a gritar sus sospechas de tongo.

¿Hubo tongo? Más que probablemente. Nat Fleischer, entrenador de Johnson, le confesaría décadas después al periodista español Fernando Vadillo que Johnson había recibido la visita de unos tipos que le habían prometido 70.000 dólares por dejarse ganar, más la inmunidad para sus delitos, es decir la posible vuelta a los Estados Unidos. Johnson valoraba mucho esta segunda oferta, porque allí vivía su madre, a la que no podía ver a causa de su exilio. Como aquellos hombres les dijeron que el dinero saldría de la recaudación del combate, Johnson y Fleischer, siempre según éste último, habían pactado un gesto secreto entre ambos como señal de que el manager había recibido la pasta, momento en que el negro se dejaría caer. Pasaron los asaltos y, el dinero no llegaba y el entrenador no daba la señal; por eso Johnson siguió peleando. Hasta que, en el asalto 26, Fleischer recibió un sobre, dio la señal, y Johnson cayó.

Cayó, sí. Como un gilipollas. Primero, porque en el sobre sólo había 52.000 dólares. Segundo, porque lo de la inmunidad era un engaño; el documento que le habían enseñado era una falsificación.

Contar la historia de Jack Johnson en un blog que se llama Historias de España tiene su importancia porque el ex campeón, huyendo de los Estados Unidos y del racismo, acabó recalando en Madrid, donde se convirtió en un auténtico espectáculo.

Madrid, en 1916, cuando Johnson y toda su familia y asistentes recalaron en el Palace, era una ciudad pequeña, provinciana y pacata. Una ciudad que no había visto jamás a un negro de uno noventa, masivo de músculos, encima vestido como Johnson, es decir como los negros nuevos ricos de las películas: sombrero de ala ancha con cintas de colores, manos enguantadas de amarillo, abrigo de piel sobre los hombros, traje ajustado con chaleco, brillantísimos zapatos de charol, y una leontina colgando del chaleco, de oro, que le habían regalado tras su triunfo sobre Jeffries, y que enseñaba, ufano, a todo transeúnte que se lo pedía durante sus largos paseos andando, calle Alcalá arriba y abajo, mostrándose. Bastón de junco y pajarita. Ni Madrid, ni España, habían visto jamás algo ni medio parecido.

El personal del hotel lo escucha, en la tarde, tocar el violoncelo; o le observa hacer puños en una esquina de la brasserie del hotel. Los periodistas le preguntan, y Johnson insiste en que no piensa dejar España. Dos son las razones para ello: una, que España no puede ser racista contra los negros, porque básicamente no sabe lo que es un negro; dos, que España es un país neutral, mientras que el resto de Europa, en guerra, no es precisamente un lugar interesante para recalar.

En julio, Johnson se desplaza a Barcelona, y el día 10 sube al ring en la plaza Monumental. Se enfrenta al irlandés Arthur Craven, dos metros y 105 kilos de carne blanca. Un tipo muy curioso. Boxeador y todo, cómo no lo iba a ser con ese cuerpo, su vocación real es la de bohemio y chulo, puesto que, si está en Barcelona boxeando, es sólo porque su primer proyecto personal, vivir en Montmartre pintando cuadros horribles y viviendo de las tías, no le ha salido bien. Al declararse la primera guerra mundial, Craven es movilizado, pero deserta, cruza los Pirineos, y aparece en Barcelona. Tras el gong que anuncia el primer asalto, pasan cosa de diez o doce segundos antes de que Johnson le atice una hostia monumental, que da con el irlandés en el suelo. Victoria, pues, a lo grande. A lo negro. 

Es el no va más del ex campeón. Montado a la grupa de su promotor en Barcelona, el dueño del cabaré Excelsior (que luego fue el cine Cinemar), conoce a los súper-famosos españoles de su tiempo, el primero de ellos el torero Rafael Gómez “El Gallo”, y frecuenta cafés, cafetines y cabarés, gastando a manos llenas.

Regresa a Madrid el 3 de abril de 1908, y pelea en el Circo Price con Blink McCloskey. Victoria a los puntos en sólo cuatro asaltos (era una exhibición).

El 10 de marzo de 1916 boxea en Madrid contra Frank Crozier, un jamaicano boxeador errante, al que gana a los puntos en diez asaltos. 

Se hace socio del exclusivísimo club de golf Puerta de Hierro, en el que, de aquella, no entraban abogados ni médicos, mucho menos simples ciudadanos de clase media, sino miembros de la altísima alcurnia aristocrática de la ciudad. Pero cuando no almuerza en el selecto club de Puerta de Hierro, se mete en cualquier taberna de la Cava Baja a meterse al cinto un buen cocido madrileño, que le vuelve loco. En verano, realiza una serie de exhibiciones en ciudades levantinas.

Sin embargo, Johnson tiene nostalgia de, cuando menos, el continente donde ha nacido. El 12 de febrero de 1919 pelea en Madrid con Bill Flint y, luego, decide irse a México. Una vez allí, ya no puede más y, en octubre de ese mismo año, se entrega al sheriff de San Diego. Pasa seis meses en prisión, y luego reaparece como boxeador, en Mexicali; y sigue boxeando hasta el 15 de mayo de 1928, cuando se retira tras perder contra Bill Hartwell.

Tiene 50 años y se va a vivir al Harlem de Nueva York. Parece acabado pero, simplemente, se recicla. Funda una orquesta de jazz, crea exitosos espectáculos de vodevil, y deja que un escritor, Tony van der Bergh, publique una biografía suya: The Jack Johnson story. Un libro alucinante en el que se cuenta que Johnson fundó un restaurante en Madrid y que llegó a ser torero, medio apadrinado por Joselito, pero que fue volteado por el morlaco en su primera faena.

Según el celebérrimo reportero español José María Carretero (El Caballero Audaz), con más de sesenta años, Johnson volvió a Madrid, justo en los años anteriores a la guerra civil. Lo que sí se sabe ciertamente es que aún en 1945, con 67 años, boxeó en una exhibición con su compañero de troika Joe Jeannette. 

Un año después, 10 de junio de 1946, murió en un accidente de tráfico el más madrileño de los campeones del mundo de los pesos pesados.

lunes, julio 09, 2012

Fra Girolamo (6)


Los bandos se definieron con rapidez. Los Medici cerraron filas detrás de las pretensiones de San Marcos, con el apoyo del cardenal Caraffa, de Nápoles, tradicional protector en Roma de la orden dominica. En el otro lado, los Sforza, tanto el cardenal Ascanio como su hermano Ludovico, apoyados por el vicevicario de Lombardía, el rey de Nápoles, el duque de Calabria, Bertinvolglio en Bolonia, el duque de Ferrara y las ciudades de Venecia y Génova; en suma, todos los aliados naturales de los Sforza.

Las fuerzas lombardas eran tan fuertes que, a pesar de la estudiada neutralidad del Papa, la cuestión pareció pronto perdida para los florentinos. Sin embargo, una jugada de maestro de Caraffa cambió las cosas. El cardenal napolitano siguió al Papa hasta sus habitaciones. Una vez allí, le conminó a firmar un decreto de separación, que traía consigo. El Papa negó, sonriendo. Entonces Caraffa le estrechó la mano, y en el gesto se quedó con el anillo del vicario de Cristo y, delante de él, selló la firma en el documento. El Papa no se atrevió, o no quiso, detenerlo. Tal vez, estaba demasiado cansado de aquella movida. Quince minutos después, llegaron los lombardos; pero, para entonces, Fra Domenico da Pescia, el enviado de Savonarola a Roma, tenía la decretal en la mano.

Al frente, por fin, de una comunidad propia, sin ligaduras procedentes de la autoridad de ningún provincial, Girolamo Savonarola emprendió la reforma a fondo de San Marcos, llevando a sus miembros a practicar un estado de pobreza real. Se ha dicho, con verdadero fundamento, que en aquel tiempo se practicó en el convento florentino un comunismo total. Absolutamente todo era compartido; hasta los vestidos, que eran pura estameña, eran intercambiados entre los monjes. San Marcos vendió todo lo que poseía, y los frailes hubieron de vivir del producto de su trabajo. Sólo una pequeña comunidad de elegidos era designada para el estudio y la predicación, por lo que solían ir acompañados del hermano al que se le había encomendado trabajar para mantenerlos.

Una de las cosas curiosas de aquel experimento, que se sigue produciendo incluso en los tiempos actuales cada vez que se monta una comunidad religiosa de extrema disciplina y pobreza, es que San Marcos siguió reclutando sus acólitos entre los hijos de las clases medias, incluso medio-altas, de la Toscana. La rudeza de la vida monacal no supuso, en modo alguno, que la atracción de San Marcos se produjese entre personas de baja extracción social, sino más bien todo lo contrario. De hecho, Savonarola reclutó acólitos entre las mejores familias de Florencia: los Medici, Strozzi o Rucellai; y personajes sobresalientes desde un punto de vista intelectual o profesional como Paolo d’Urbino, profesor de Medicina; Matias Blemet, un judío de gran cultura y profesor de Pico della Mirandola; quien si no entró en la orden fue porque se lo impidió la muerte. Las visiones eremíticas y sacrificadas son muy atractivas para ese fenotipo social formado por la persona que, gozando de riqueza y posición, no se siente cómodo en ella, y consecuentemente siente la pulsión de un cambio.

La reforma se extendió. Varios conventos dominicos toscanos se unieron a la orden, como hicieron dos hospitales en Lecce. Un convento de Camaldolese incluso coqueteó con la idea de cambiar su orden para unirse a la disciplina de San Marcos. De hecho, Savonarola pensó en llegar hasta Pisa y Siena, pero ahí pinchó en hueso. En Siena, de hecho, lo echaron con muy malos modos. Pero eso no le desanimó. Con la fuerza moral que daba estar dando tamaño ejemplo de pobreza, Savonarola se subió al púlpito para arremeter contra la Iglesia de su tiempo, tan obsesionada con las riquezas. “En los primeros tiempos de la Cristiandad, dijo en un sermón, los cálices eran de madera y los sacerdotes de oro; hoy, sin embargo, los cálices son de oro y los sacerdotes de madera”.

La estrategia comenzó a tener éxito. Especialmente entre las mujeres florentinas, quienes abandonaban masivamente sus vidas civiles para petar los conventos de monjas. Los visitantes de la ciudad medicea comenzaron a destacar que no se veían féminas por las calles: estaban, en buena medida, en la clausura.

Era un movimiento lógico. Las mujeres no tenían en aquel entonces lo que se dice una vida muy atractiva y, además, los tiempos eran muy jodidos. La Toscana estaba pasando por serios problemas económicos y, además, se temía una pronta invasión francesa de la península italiana.

De hecho, fue el peligro del francés, en buena medida, el que colaboró en la generación del estado mental de cosas que labró el éxito de la comunidad de San Marcos.

Carlos VIII, en París, estaba reuniendo un formidable ejército para presentar batalla al naciente imperio español en el sur de Italia, reclamado para los Angevinos franceses. Cuando en enero de 1494 murió Ferrante de Nápoles, Carlos reclamó su derecho al trono e, inmediatamente, solicitó de Roma y Florencia permiso para pasar por sus Estados camino del sur, para hacerlo suyo. Entre bambalinas del movimiento francés estaba Ludovico Sforza, el milanés, quien pensaba sacar tajada de una victoria gala. Florencia era aliado natural de Francia, pues en dicho país hacía muchas de sus exportaciones; pero, al tiempo, estaba mortalmente enfrentada con Milán.

La escalada bélica provocada por Carlos VIII y Ludovico Sforza fue oro molido para Savonarola. Ahora no sólo tenía una comunidad floreciente donde cada vez ingresaban más acólitos, sino que, encima, se cumplía una más de sus profecías. Porque Fra Girolamo había predicho en sus sermones, muchas veces, que Italia viviría la visita apocalíptica de un nuevo Ciro el Grande, que la arrasaría; y, ahora, ese peligro tenía nombre, y casi fecha. Lo había profetizado en la Semana Santa de 1492 y, en noviembre de 1494, el francés estaba a las puertas de Italia. En 1492, Savonarola había utilizado la metáfora del diluvio. El 17 de noviembre de 1494, gritó desde el púlpito del Duomo: “¡Señor, las aguas bajan sin control!”

Florencia entera se fue por la pata abajo.

miércoles, julio 04, 2012

Querido Troll

Querido Troll, esta carta es para ti.

He pensado que tenía que escribirla porque, al fin y al cabo, rara vez te dejo asomar la cabecita por los comentarios de este blog. En torno al 80% de los comentarios trolleros (y troleros) que llegan a la mesa de moderación del blog, nunca llegan a ser leídos por alguien más que no sea yo. Además, no sé si lo sabes, pero Blogger, así, sin que nadie se lo pida, te considera lo peor de lo peor. Porque los comentarios que califica como spam, inexplicablemente, los guarda. Los que el moderador borra, no los guarda en sitio alguno (lo cual, por cierto, es una putada cuando vas y borras por error a alguien). Así que, ya te digo: eres farfolla de menor calidad que las rusas que venden alargadores de pene.

Te escribo para contarte una frase que una vez escribió Oriana Falacci. Dijo: en el mundo hay dos tipos de fascistas; unos son los fascistas, y los otros los antifascistas. Tú, cuando menos, en lo que a este blog se refiere, eres del segundo tipo de fascistas. Vas por la vida escribiendo, allá donde esté tu perfil de Facebook real, que eres la polla de Montoya en la defensa de las libertades democráticas; aunque, en el fondo, y en la superficie, tu concepto de libertades democráticas es otorgárselas a los que piensan como tú, actúan como tú, defienden lo que tú defiendes y hasta se tiran pedos, como tú, con olor a pepinillo rancio. A ti, la libertad te importa un bledo.

Las personas que aman, o simplemente respetan, la libertad, lo demuestran, a cada paso que dan, desplegando respeto, pues saben que la libertad, sin respeto, es simple y llanamente imposible. La democracia es, de hecho, el respeto por las minorías. Tú esto es probable que no lo sepas porque el día que te explicaron esto en clase, si es que te lo explicaron (y si es que alguna vez has ido a clase), estabas probablemente muy ocupado apuntalando tus convicciones o haciendo cualquier otra cosa. Pero hay por ahí gente, desde John Locke (no, no es el extremo izquierda del Bolton) hasta Alexis de Tocqueville, pasando por Rousseau, o Voltaire, o Blanco White, o Luther King, que ha explicado en libros que tal vez no hayas leído (vaya, que no los has leído) que una democracia, y quien dice una democracia dice una simple y pura actitud democrática, no puede reputarse de tal si trata al otro de forma desconsiderada, despreciativa o discriminatoria; máxime si ese alguien, además, forma parte de una minoría. Construir una democracia para los blanquitos pero putear a los gitanos no es construir una democracia; puede que lo fuera para los griegos, pero hablamos de griegos de hace 2.000 y pico de años.

Tú, en cambio; tú, que te miras al espejo y ves Un Demócrata de Toda la Vida, transitas por otra vía. La vía por la cual la educación, el respeto, es sólo para aquél que lo merece; y aquél que lo merece, lo merece por pertenecer a tu (presunta) mayoría. Enfangado en los mantras de tu secta, cualesquiera que éstos sean, cualquiera que ella sea, has llegado a la misma conclusión a la que llegó Fray Tomás de Torquemada, o Adolfo Hitler, o Pol Pot, o los gobernantes parisinos que ordenaron la retaliation de la Vendée (es una región, no una tipa), o los sargentos del saco de Malinas. Has llegado a la conclusión, tú solito, de que quien no está contigo, está contra ti; y, consecuentemente, , no merece sino el desprecio.

En desprecio te quedas, afortunadamente, porque a los tiempos presentes, aunque sean lo que son, aun les queda una reserva de civilización. En otro tiempo, en lugar de poner comentarios a los posts de los blogs que no te gustan, irías por la calle con un hacha y una antorcha, buscando brujas, o gitanos, o husitas (no,  no es una nacionalidad), o marranos (no, los animales no), o cátaros (¡sin n, coño!), o falangistas, o rojos, o curas, o laicos, o peruanos, para llevártelos por delante. Por cabrones. Por distintos. Por discrepantes.

Como has tenido la mala suerte para ti de nacer en el siglo XXI, porque ya te digo que el siglo XV habría hecho tus delicias, dedicas tus energías a trolear la red. En primera instancia, te empalmas leyendo blogs de tu cuerda, que te emocionan a la par que te ponen de mala leche, porque te hacen pensar en la cantidad de relapsos que hay por el mundo que aún no han Visto La Luz. Esos blogs, probablemente, ya están provistos de las necesarias valoraciones de la escoria mundial que tiene la osadía de ser diferente a ti, por lo que, una vez leídos estos textos (en diagonal, como tienes por costumbre), ya estás bien empalmado para comenzar la caza. Y así, con la sardina enhiesta y mirando en dirección nor noreste, sales a la red, cuchillo de capar en mano, a ver qué pillas.

Entonces ves el texto. Alguien escribe que la II República se equivocó en su política religiosa; o que los alimentos trasgénicos no son malos; o que cuando ve a la Roja jugar en la tele no siente los colores; o que no le convencen las teorías del calentamiento global... en el fondo, da igual lo que sea que ha escrito tu víctima, porque tú, aunque crees que son tales o cuales ideas las que te mueven, en realidad te mueves por otra cosa: la intolerancia. Es lo mucho que te gusta ser intolerante lo que te mueve. Si tu intolerancia te ha llevado a defender la revolución bolchevique o las bases de la Italia de Mussolini, eso es mero fruto de la casualidad. La intolerancia es un tejado de dos aguas; unos caen de un lado, otros del otro.

En el momento en que lees eso que no te gusta, eres como un hamster que se subiese un día más a la ruedita que le han puesto en su jaula. Haces lo mismo que ayer, y lo mismo que harás mañana. Escribes una respuesta que incluye palabras como "intolerable", "ignorante" o "repugnante". Lo adornas con aseveraciones de hondo significado científico, del tipo "todo el mundo sabe que", "está sobradamente demostrado que", o tu preferida: "el que no piense que Bla es un ..." En los puntos suspensivos hay muchas cosas que te gusta poner.

Pero hay una sobre todas.

Cada vez que escribes "fascista", se te produce un orgasmo espontáneo. "Yo", te dice una voz interior, "nací para escribir "fascista" a todas horas".

Tengo una mala noticia para ti. Lamento tener que ser yo quien te la de, pero qué le vamos a hacer. Eres un franquista inverso. Tú (y me refiero al tipo de troll que escribe a este blog; que trolls hay muchos) es posible que hayas sufrido una aceleración del ritmo cardiaco cuando hayas leído esto. Lo comprendo. Es jodido descubrir que se es la imagen especular de lo que se combate. Pero es la verdad. Ya lo siento.

Lo tuyo, segunda mala noticia, no se quita bebiendo Danacol por las mañanas. Ni siquiera te ayudará a controlarlo. Porque el problema que tú tienes es que tú no quieres controlar tu franquismo inverso. Vives encantado en él, porque te parece lo más de lo más del pensamiento progresista.

Lo tuyo sólo se quita leyendo. Conociendo. No, no le tengas miedo a hacer cosa tal. En la Historia del mundo, y en el momento presente, hay miles de personas que tuvieron tus ideas, leyeron y, después de leer, las conservaron. No se trata de conseguir que pienses de otra forma; tú puedes pensar lo que quieras, mientras ese algo no sean cosas como que a los niños hay que encularlos o que la prostitución de las hijas que le sobran es un derecho de todo padre. Y, de hecho, lo más probable es que, leas lo que leas, sigas pensando lo mismo que piensas, porque las convicciones son el refugio más cálido del alma humana, y hay que tener muchos huevos para abandonarlas. Pero si conservas tus ideas después de haber leído, después de haber reflexionado, ya no serán las mismas ideas. Serán más sólidas y, a la vez, más endebles.

Lo más alucinante e interesante de leer para aprender es que es una experiencia repleta de trampas. Todo lector-estudiante es un Indiana Jones que camina trabajosamente por una selva de informaciones, sabiendo que, a cada paso, el suelo puede ceder o estallar porque haya una mina. Repentinamente, un concepto, un desarrollo, un dato, se convierte en una molesta pieza que no encaja en el puzzle de nuestras ideas. Esto es algo que puede pasar cuando se tiene en la cabeza un puzzle de mil piezas. Pero cuando se tiene, como tienes tú, uno de ésos de los niños chicos, de dos o tres piezas, es prácticamente seguro que ocurrirá.

Por eso, los trolles como tú llevan desde los inicios de la Historia quemando los libros que no les molan, e imponiendo la lectura de los que les molan.

Cualquier persona que haya estudiado en serio algo, salvo que tenga un contenido extremadamente técnico, ha caído más de dos, más de diez, más de cien veces en alguna trampa y ha descubierto, allí abajo, que cosas que tenía por ciertas e inamovibles no lo son tanto. Por eso tú, que vives convencido de que lo que piensas son verdades inamovibles, deberías leer. Pero te va a doler, eso sí.

De hecho, es posible que si lees mucho mucho, acabes descubriendo la auténtica información dolorosa que te espera en algún punto del camino. Esa información es: la Verdad no existe. Jesucristo no es el hijo de Dios; Lenin no era un demócrata. Jesucristo, y Lenin, y todos los demás que están en los libros, existen tantas veces como son pensados, porque todo, y todos, está sometido a interpretación. Nada es verdad, ni mentira. Sólo hay una cosa: el compromiso ético, personal, con la verdad de uno. El compromiso de que esa verdad nace de una búsqueda sincera, a cerebro abierto, de los hechos y de sus interpretaciones. La verdad, en este caso, histórica, no es sino la verdad de cada momento. Años y miles de páginas después, no es que pueda, es que debe ser otra. La persona que permanece años, y páginas, pensando lo mismo, o no está leyendo, o está haciendo trampa y, en realidad, aunque los libros tengan distintos títulos y distintos autores, está leyendo siempre la misma página.


Puedes seguir escribiendo comentarios motejándome de lo que quieras, sobre todo de tu palabra preferida. Todos irán al universo paralelo a donde van los calcetines sin pareja. Yo que tú, sería más listo. Tienes muchas maneras de hacer las cosas que yo no puedo controlar. Puedes menear mi noticia y, acto seguido, entrar a comentarla y ponerla a parir. O puedes ir a alguno de los foros que frecuentas y reclamar la aquiescencia del resto de tu tribu, mientras bailais la danza de la muerte alrededor de la marmita donde hierven vuestras convicciones.

Yo que tú, sinceramente, pasaría de comentar. Tengo cincuenta tacos, colega. Ya he tratado con suficientes franquistas en mi vida.

lunes, julio 02, 2012

Fra Girolamo (5)


El gesto de Lorenzo de Médici de llamar a Girolamo Savonarola a su lado en el momento de su muerte hizo al prior de San Marcos extraordinariamente popular en Florencia. Por dos razones. La primera, porque la especie lanzada por sus acólitos de que se había enfrentado valientemente al poderoso alimentó su valía como líder de los republicanos de la ciudad. La segunda, porque la muerte del Medicis, al fin y a la postre, venía a “demostrar” o cumplir una de las profecías de Savonarola; para colmo, tres meses después, también murió otro de los señalados proféticamente por el fraile: el Papa. A partir de ahí, pues, muchas personas comenzaron a creer que, verdaderamente, Savonarola tenía revelaciones divinas. La muerte de Inocencio VIII, el primer Papa que admitió públicamente su paternidad, levantó algunas esperanzas de reforma en la iglesia de Roma; pero la elección de un Borgia para el solio dio al traste con todas esas teorías, lo que reforzó la furibunda dialéctica savonaroliana. El fraile comenzó a afirmar en sus predicaciones que había tenido visiones más o menos alucinógenas que le anunciaban el desastre de la Iglesia y su vuelta a los orígenes.

miércoles, junio 27, 2012

El embajador que lo sabía todo del prepucio de Luis XVI

Aluciniqui se ha quedado el modesto autor de este blog en la mañana de ayer... ¡12.000 visionados en una noche, en un blog de algo menos de 1.000 visitas diarias! La razón, que el pasado post Una boda que te cagas fue, asimismo, posteado en Meneame, y la cosa gustó. Se ve que a los meneantes estos temas entre escabro y escatológicos les van cantidubi.

Hoy me siento, pues, hasta cierto punto obligado ante vosotros, dado el interés despertado; y es por ello que he decidido contaros esta pequeña historia, para mí mucho más divertida que la anterior. La historia de un rey que decían impotente, pero que sólo era, por así decirlo, estrecho; y de los muchos desvelos que hizo un embajador español por descubrir la verdad.

lunes, junio 25, 2012

Una noche de bodas que te cagas

En el año del Señor de 1830, un genial escritor francés, llamado Prosper Mérimée, le escribió una carta a su gran amigo, y no menor luminaria literaria, Stendhal. La carta, con toda probabilidad, no estaba destinada a ser conocida por nadie salvo por su autor y su receptor. No obstante, terminó, cuando menos, incluida en un pequeño folleto, publicado en Rotterdam en 1898, titulado Sept lettres de Mérimée a Stendhal. Ignoro, sinceramente, si hay otras ediciones de la misiva; todas las referencias que conozco de esa carta son de fuentes terceras contemporáneas a la publicación que cito.

La carta no tiene desperdicio, a pesar de su brevedad, y viene muy a cuento para hacer patente, en este blog de Historia, la distinta calidad que, en los tiempos pasados, tenía el matrimonio. Y muy especialmente el matrimonio entre personas de sangre real.

El casamiento entre reyes e infantes, en efecto, eran tan sólo negocios. Todo el mundo lo sabía. Cuando Alfonso XII conoció a su segunda esposa, María Cristina la austrohúngara, se quedó tan prendado de su madre que le comentó a su hermana, con total naturalidad: "Ya es mala suerte que, teniendo que casarme con la hija, me guste tanto la madre". Era, para él, una confesión de lo más normal. Ni por asomo se le podía ocurrir que alguien pensara que no iba a tener ojos nada más que por su novia; en la misma medida que ni por asomo se le ocurriría a él poner en peligro los arreglos inherentes a su casorio intentando echarle un quiqui a su futura suegra.

La boda entre reyes, como entre muchos particulares, era, pues, un negocio. Un negocio productivo. Su razón de existencia era sólo una: garantizar la descendencia de la dinastía. Si algo aprendieron pronto los reyes en cualquier nación de Europa, era el enorme follón que se montaba cuando a un rey se le ocurría diñarla sin descendencia. Todos los países eran un hervidero de intereses contrapuestos, enfrentados; y todos ellos afloraban a la superficie cuando se planteaba la cuestión de una sucesión real poco clara. Algún día, si queréis, os cuento con pelos y señales (sobre todo pelos) la tremenda angustia en que vivió la Francia de Luis XVI ante el hecho de que el Delfín, luego Rey, fuese incapaz de dejar preñada a su María Antonieta; mientras los duques de Anjou (rama competidora a la hora de heredar la corona Capeta) parían niños sin problemas.

La Humanidad europea, desde la Edad Media hasta prácticamente los tiempos de Mary Quant, ha admirado a la mujer rotunda, ancha de caderas y bien dotada de mamellas. Ambos elementos eran considerados definidores de la madre prolija; el canon de belleza rubensiano está buscando, o más bien promoviendo, la mujer dotada de un canal de parto anchuroso y fácil, por el cual pudieran salir las sucesivas inseminaciones reales sin grandes problemas. Pues había que inseminar varias veces, que muchos niños morían jóvenes y, de haber sólo uno (recuérdese, sin ir más lejos, el caso del príncipe Baltasar Carlos, cuya muerte, según el doctor Marañón, cambió el rumbo de la Historia de España) la cosa se podía torcer. De hecho, en algunos países, como Francia, era habitual que la novia, por así llamarla, fuese ponderada, inmediatamente antes de la boda, por una caterva de cortesanas que, en unas ocasiones, se limitaban a estimar sus posibilidades como madre; en otras, al modo gitano, comprobaban la persistencia del virgo potens.

Pero la mujer, digámoslo rápidamente, en todo este tema no tocaba puñetero pito. Las hijas, para un rey, no eran sino enganchaderas que, a sus ojos, podían garantizarle honores y reinos para sus nietos; eran pues, conejas cuya función era casarse y parir varones que heredarían las posesiones de sus maridos quienes, además, se verían impelidos a ser aliados de su suegro (aunque esta última jugada no siempre salía bien, la verdad; y, si no, que se lo digan a Federico del Palatinado, quien se casó con una hija de Jacobo de Inglaterra creyendo que así lo tendría por aliado para echar a los Habsburgo católicos de Alemania).

El carácter de negocio del casorio es algo tan evidente que alumbra costumbres que hoy nos provocan la risa. Por ejemplo, la costumbre (que nunca he visto reproducida en ninguna película de época, y la verdad me llama la atención) de reducir la noche de bodas a una ceremonia breve en la cual un pollo llegaba a la habitación de la esposa y metía en la cama media pierna desnuda, hasta la rodilla. Así, en la biografía de Ana de Bretaña, escrita por Le Roux de Ligny, éste nos informa de que el casorio se pactó por poderes mediante un enviado del emperador llamado Polhain; y añade que la ceremonia de la noche de bodas eut lieu d'aprés les coutumes allemandes: la jeune Princesse fut mise au lit, le beau Polhain, mignon du roi Maximilien, introduisit sa jambe nue jusqu'au genou dans la couche nuptiale, en présence, bien entendu, des trois autres envoyés et de Françoise de Dinan, gouvernante de la Duchesse (...)

El autor nos informa de dos cosas: una, de que la costumbre es alemana. Otra, de que Polhain, el representante del esposo, era un guapo mozo... ¿será una señal de que metió algo más que la pierna? En fin, en lo de la costumbre parece acierta, pues esto de la pierna desnuda por poderes entrando en la cama la noche de bodas es costumbre que perduró, fundamentalmente, en Polonia.

Esto los alemanes. Pero los franceses, que a base de tener tan claras las cosas conservaron la misma dinastía casi más siglos que nadie, tenían tan claro que un matrimonio real no tiene nada que ver ni con el amor ni con nada de lo que hoy consideraríamos sustancioso, que incluso impedían el placer sexual. Esto lo hacían, básicamente, no dejando a los reyes solos. Del Rey Sol, hombre cuya vida está muy documentada, se ha llegado a estimar que pasó en toda su vida 8 minutos solo. Y el dato es creíble si acudimos a testimonios como éste del erutito Jean-François Jamet el Joven, quien le cuenta en carta a su amigo Lefranc de Pompignan que, a principios del siglo XVII nos rois et nos reines, dans les premiers jours de leur mariage, étaient accompagnés, à la ruelle du lit, de une vielle dame de qualité, experte et rompue au métier, choisie pour modératrice de leurs plaisirs nuptiaux. O sea, literalmente: en la noche de boda y siguientes, cuando rey y reina empezaban a jincar, tenían a su lado a una vieja que, es de suponer, les llamaba la atención si se emocionaban demasiado.

Así las cosas, no es extraño que los contrayentes, especialmente las contrayentes, llegaran al condumio sin saber muy bien si aquello iba de follar o de jugar el parchís: el hijo de Luis XV, cuando se casó con una hija de Felipe V de España y de Isabel de Farnesio, pasó varios días tras el matrimonio, convencido de que todo lo que tenía que hacer para preñar a su mujer era besarla y abrazarla (indiscreción que le revela la Farnesio a su hijo Felipe, entonces en Italia, en una carta de 10 de marzo de 1746; misiva que tampoco tiene desperdicio).

Y así, como sin quererlo, llegamos de nuevo al motivo de este post. La carta, de indudable corte rabelasiano, que Mérimée le hace llegar a Stendhal, para contarle un chascarrillo de España que le ha llegado. Y vaya chascarrillo.

Entre los variados matrimonios de Fernando VII, crecientemente presididos por la obsesión por tener descendencia, se encuentra el del rey con María Josefa Amalia de Sajonia; ella había muerto, con sólo 25 años, un año antes de la carta de Mérimée.

Josefa tenía en el momento de la boda 16 años y era extremadamente piadosa. Tanto, que se negó a consentir relaciones con el rey hasta que el papa le envió una carta informándola de que hacerlo no era delito a los ojos de Dios (y un huevo no lo era; pero, en fin, el que manda, manda...).

Pero no sólo el matrimonio era casi una violación, sino que, además, presentaba el agravante de que, en palabras de Mérimée, la novia desconocía cosas que savent en Espagne las petites filles de 8 ans; se refiere, obviamente, a las cositas del acoplamiento entre hombre y mujer. Para evitar estos desconocimientos, el corresponsal informa en la carta de la costumbre española de que, un cuarto de hora o así antes de empezar la noche de bodas, la princesa de sangre ya casada más cercana en categoría al rey pase quince minutos con la novia explicándole the basics sobre lo que va a pasar. O sea, lo común: te la va a meter, si te duele no te quejes, tú tranquila que luego no es tan malo... esas cosas.

Al llegar la noche de bodas de MJA, esa princesa de sangre debía ser la cuñada del rey, María Francisca de Braganza, mujer de D. Carlos, quien se negó a darle dichos consejos. Esta princesa era hermana de Isabel de Braganza, la anterior esposa de Fernando, lo cual fue, según todos los indicios, el motivo para que pusiese pies en pared. De hecho, Mérimée así lo afirma, afirmando que no quiso colaborar en el buen fin de la noche de bodas de "aquella alemana que venía para sustituir a su hermana".

A falta de la princesa, la función había de ser cumplida por la camarera mayor. Pero ésta, de quien Mérimée no nos da el nombre, era, nos refiere el francés, una mujer vieja y religiosa que, una vez convocada, argumentó que elle n'avait jamais fait assez d'attention à ce que son mari lui faisait, o sea que nunca se había fijado en las cosas que su marido le hacía en la cama, así pues difícilmente las podría describir.

Como conclusión, pues, la jovencita de 16 años María Josefa Amalia de Sajonia fue colocada en la cama nupcial en un estado mental y de conocimiento en el que no distinguía un pene de la prima de riesgo.

Entra el rey, grueso, entrado en años y, es posible (Mérimée no lo dice, pero de lo que sigue se sospecha), empalmado como un mandril. MJA, que lo ve, trata de salir de la habitación, pero el rey la trinca y le empieza a meter mano. Pequeño dato sin importancia: el novio no habla ni una palabra del único lenguaje que habla la novia, o sea el alemán. A la hora de magrear a su esposa, Fernando sabe que cuenta con la indudable ventaja de que ella, que recordamos apenas es una niña, es su posesión; hasta el Papa ha dicho, negro sobre blanco, que se la puede follar y, de hecho, sabe bien que si a ella se le ocurre escribirle la típica carta a su madre o su padre quedándose del hombre que le mete los dedos por donde se le antoja, todo lo que va a recibir es una respuesta de sus prócederes animándola a sonreír mientras lo haga.

Finalmente, ella se zafa y comienza a correr por la habitación. El rey, que la persigue, fofo y viejo, se arrea unas hostias como panes contra los muebles. En ese momento, dice Mérimée, Fernando VII, entra en un estado de colère épouvantable. Llama a su cuñada y a la camarera mayor y, cuando acuden, les traita de P. et B. (confieso que mi francés no me llega para hacer conjeturas sobre el significado de las siglas) y las conmina a preparar a la novia en un cuarto de hora. Vestido en camisón, se sienta a esperar en el pasillo, fumándose un puro.

¿Qué le cuentan las dos pobres señoras a la niña sobre lo que va a pasar? Pues lo suficiente, estima el autor de la carta, para que sa digestion fut troublée. O sea, que al contarle a una niña, apresuradamente, los secretos del sexo, a ésta, probablemente, se le cortó la digestión.

Cuando el rey vuelve y retoma la noche de bodas donde la dejó, relata Mérimée, no encuentra resistencia alguna, pero à son premier effort pour ouvrir un porte, celle d'à coté s'ouvrit naturellement et tacha les draps d'un couleur tour autre que celle que l'on attend après une première nuit de noces... o sea, que la reina, la niña, literalmente se caga, de miedo y quizás de dolor, encima del rey. Tras lo cual, Fernando se limpia como puede y, nos dice la carta, no vuelve a tocar a su esposa en ocho días.




Sic transit gloria Monarchiae.

viernes, junio 22, 2012

A euro, oiga, a euro







Pues hala, ya está. Algunos avezados lectores ya se han enterado antes, pero declaro oficialmente a la venta La derrota de Aquiles. Un ensayo sobre el fracaso de la Unión Soviética. Disponible aquí.




miércoles, junio 20, 2012

Fra Girolamo (4)


Aquella visita al Medici dio comienzo a la breve, pero intensa, historia de la relación entre el famoso noble florentino y el no menos famoso fraile y agitador político ferrarense. Que contamos, más o menos, en este capitulito de la serie.

lunes, junio 18, 2012

Preguntas al aire (la ofensiva de Extremadura)

Leer buenos libros responde preguntas, pero también plantea muchas otras. Especialmente, cuando no eres un experto en la materia. Ya he escrito muchas veces en este post que el tema estrictamente militar se me hace un tanto complicado de entender y de abarcar en mis lecturas históricas y por ello, aunque en la Historia es inevitable encontrarse con hombres batallando, no es de eso de lo que más me empapo.

Sin embargo, la afición por la Historia y por los saberes bélicos va unida muy a menudo. Aunque de vez en cuando tengo la oportunidad de plantearle cuestiones así a mi amigo Tiburcio, creo que no está de más exponer al aire, de cuando en cuando, alguna de estas preguntas.

La, o las, que me rondan la cabeza últimamente, tienen que ver con la guerra civil, y con un punto bélico de la misma.

En la primavera de 1937 cayó el gobierno de la Victoria. O sea, el gobierno Largo Caballero, en el que éste ocupaba no sólo la presidencia del Consejo, sino el Ministerio de la Guerra, esto es la dirección militar de la contienda. Fue un gobierno un tanto raro, por no decir bastante, en el que la enemiga entre Largo Caballero y el Partido Comunista se fue haciendo cada vez más y más intensa. Se dice habitualmente que Largo labró su caída el día que echó de su despacho al embajador soviético, Rosemberg, quien le estaba "aconsejando" sobre algunos movimientos bélicos. Según Largo, él se portó con todo decoro y diplomacia, aunque con firmeza. Según otros testigos, le montó un pollo de la hostia. Marcel Rosemberg desapareció en los sótanos del estalinismo sin haber dado su versión.

La crisis de gobierno por la cual cayó Largo fue, no es una coña, bastante larga (y, por seguir con el chistecito fácil, escasamente caballerosa). Azaña la cuenta con bastante puntillosidad en sus escritos. De tiempo atrás, los comunistas venían criticando la dirección de la guerra llevada por Caballero, y muy especialmente su apoyo al general Asensio, a quien los comunistas motejaban, los días que estaban de buenas, de simpático; y al que, de una forma un tanto cínica todo hay que decirlo, culparon de la pérdida de Málaga (la pérdida de Málaga, tal es mi opinión responde un poco a esa frase tan española que dice entre todos la mataron, y ella sola se murió). El enfrentamiento hizo crisis con la retirada de los dos ministros comunistas en una sesión del consejo de ministros; que vino continuada por una actitud por parte de la Ejecutiva del PSOE (o sea, Prieto) y de los republicanos burgueses, en el sentido de que sin los comunistas, el ministerio entraba en crisis.

Azaña, que todavía se creía que estaba dirigiendo un Estado y coordinando la acción de un gobierno, en lugar del cachondeo soberano en que se había convertido la España republicana, ambicionaba reducir el gobierno pues consideraba, y en esto no se equivocaba, que no es de recibo que un Ejecutivo que está librando una guerra, y por lo tanto está centrando todos sus esfuerzos en ello, tenga 18 ministros. Le dijo varias veces a Largo (y después a Negrin) que con 8 o 9 iba de sobra; lo cual, teniendo en cuenta que en el momento en que hablaba el Presidente los ministerios militares no estaban unificados, venía a significar arbitrar apenas cinco departamentos puramente no bélicos, o así. Sin embargo, esa reducción fue apenas posible, pues los ministerios, para entonces, existían, además de (en algunos casos, en lugar de) vertebrar acciones administrativas, para hacerle sitio a todas las fuerzas del Frente Popular más, en algunos casos, a la CNT, que no había formado del FP, pero que como si.

Repasemos la Historia de estos hechos. El día 7 de aquel mes, según las Memorias de Manuel Azaña, presidente de la República, Largo Caballero, que era su primer ministro, le habló sapos y culebras del general José Miaja. Miaja parece ser, en realidad, la gran bestia negra de Largo, no tanto por ser quien más se le opuso, como por ser aquél de quien el socialista hubiera esperado una actitud distinta, más proclive a su política. Simplificando mucho, se podría decir que Largo Caballero acabó por ser el más "militar" de los dirigentes de la guerra por el lado republicano; y, por militar hemos de entender civil dispuesto a dejar el tema de la guerra en manos de los militares. Como digo, esta frase no deja de ser una simplificación pues, al fin y al cabo, si con la mano derecha Largo se creaba un Estado Mayor más o menos formado por militares, con la izquierda permitía que el movimiento antiinsurreccional espontáneo en plan "Armas para el Pueblo" siguiese existiendo; para desesperación de los comunistas, que pensaban (y no se equivocaban) que las guerras civiles no se ganan con pasión revolucionaria, sino con buenos ejércitos. Hubiera sido posible, en teoría, un acuerdo entre ambas partes pues, en el fondo, tengo por mí que Largo y los comunistas querían lo mismo: ganar la guerra oponiendo un ejército al ejército que les atacaba. Sin embargo, los caminos eran distintos: los comunistas querían que la guerra la ganase su ejército, lo cual suponía instituir en las filas la figura del comisario político, y en los rangos esa otra figura muy comúne en el bando republicano del militar nacido del pueblo, y de la que es máximo exponente, que no único, Enrique Líster. A esto, Caballero no estaba dispuesto a jugar porque, exactamente igual que los comunistas, al mismo tiempo que peleaba por ganarle la guerra a Franco, peleaba por ganar otra guerra aguas adentro de la República: la guerra por la dominación, mando y control del proceso revolucionario.

Desde 1934, en realidad desde el año anterior, Largo había jugado una baza. La baza que comenzó a vivir con el famoso eslógan de su periódico Claridad: "¡Atención al disco rojo!" Con este inocente símil automovilístico, Largo dejaba claro que consideraba llegado el momento de virar definitivamente la República, romper amarras con las organizaciones burguesas y armar en España la revolución de corte marxista que ambicionaba. Sólo el fracaso del golpe de Estado revolucionario de octubre le hará cambiar de idea y volver al pacto con Azaña, Martínez Barrio, y resto de políticos republicanos, a quienes Alá les conserve, allá donde estén, la clarividencia política.

A finales de 1933, Largo Caballero echa de la dirección de la UGT al tridente socialisto-conservador liderado por Julián Besteiro, una de las almas de la huelga general del 17 que, sin embargo, ha dejado de creer en las posibilidades de la revolución marxista. Con este movimiento, Largo entra en un proceso sin marcha atrás que marca una espiral revolucionaria creciente y de la que forma parte su unión con los comunistas; unión que, por supuesto, él espera controlar, que es lo mismo que esperan hacer sus probables socios.

Los comunistas, por su parte, se encuentran en ese momento directamente afectados por el cambio estratégico operado en el internacionalismo bolchevique con la llegada de la década de los treinta. A lo largo de los veinte, la URSS, o sea Stalin, ha mantenido una operativa, a la que no es ajena el auge del fascismo (puesto que se aprovecha de la debilidad intrínseca que provoca en la izquierda) de considerar los acuerdos con los socialistas totalmente imposibles. Son los tiempos en los que Moscú moteja a los socialistas europeos (notablemente, los alemanes) de socialfascistas (de la misma manera que llama anarcofascistas a los ceneteros, expresión que recuperará en su momento durante la guerra civil). Esta estrategia se calza una hostia del cuarenta y dos en Alemania, donde la década de los veinte deja claro que ni siquiera en un entorno hiperinflacionario en el que hasta los probos funcionarios son pobres de solemnidad, la revolución bolchevique es posible. Vale que Karl Liebnecht y, sobre todo, Rosa Luxemburgo, no eran los dos líderes ideales para sacar adelante este tema (dudaban demasiado), pero, en realidad, el embate contra la democracia parlamentaria y la República de Weimar fracasó, en mayor medida, por la miopía comunista a la hora de buscar alianzas; alianzas, en todo caso, punto menos que imposibles, puesto que Stalin no estaba dispuesto a compartir el poder con nadie una vez triuntante, y esto es algo que todo el mundo sabía, pues para entonces la suerte de anarquistas, nihilistas, social-revolucionarios y mencheviques en la URSS era sobradamente conocido.

De aquella hostia surge la nueva estrategia, diseñada y explicada por el búlgaro Dimitrov al frente de la Internacional Comunista, del socialismo en un solo país (ahora es posible ser comunista dentro de las fronteras propias sin sentir la necesidad de cumplir el mandato de la revolución mundial) y de la alianza estratégica con las fuerzas burguesas. El comunismo, por lo tanto, puede, y debe, buscar el monopolio de la izquierda desde dentro de los sistemas liberal-parlamentarios, colaborando con ellos y, lo que es más importante, pactando con ellos. Hasta el fracaso alemán, el comunismo propugna el llamado frente obrero: se aliará con cualesquiera organizaciones obreras cuyos integrantes deseen dicha colaboración; pero esto es algo que no se discutirá con los dirigentes (porque los dirigentes son seudofascistas). En 1934 y en España, por ejemplo, esta teoría (no acordar estratégicamente nada con los dirigentes) hará que los comunistas se apunten al golpe de Estado revolucionario sólo en Asturias y en el último minuto, y sólo bajo su lema bottom-up, la famosérrima UHP (Unión de Hermanos Proletarios); aunque, con el tiempo, acaben intentando monopolizar los hechos asturianos como si ellos los hubiesen concebido y llevado a cabo (más cierto es, sin embargo, que es la implicación anarquista la que explica por qué en Asturias prendió lo que no prendió en todo el resto de España).

La nueva estrategia comunista cambia el Frente Obrero por el Frente Popular; que ya sí que es una alianza desde arriba, una alianza de despachos, una alianza estratégica que se hace para conseguir cosas en el futuro. Así pues, Largo va al Frente Popular convencido de que lo maneja totalmente, de que lo posee, de que él es el Lenin Español (entre otras cosas, no se da cuenta de que ese mito lo puesto en marcha, y alimentado, los comunistas); mientras que los comunistas van al Frente Popular convencidos de que lo van a poder manipular para hacerlo suyo (cosa que, de hecho, ocurrirá durante la guerra). Los comunistas se llevan a Santiago Carrillo a Moscú, donde el fogoso becario socialista ve la Luz, tras lo cual la fusión, a escala de imberbes, entre socialistas y comunistas es un hecho; fusión que se hace a total ventaja de los últimos sin que Largo Caballero aparente darse cuenta.

La guerra coloca a a estos dos contendientes en el mismo gobierno, y luchando en el mismo bando. En Moscú, Stalin se asusta. Los republicanos que clamaban por la intervención en la guerra española en su día, y todos los corifeos que han tenido y tienen durante décadas, en enciclopedias de Historia, en foros de internet y en cualesquiera ubicaciones, no entienden por qué Europa entera bajó los brazos cuando estalló la guerra civil española. En realidad, la explicación es muy fácil y bien conocida. Las potencias europeas temían cualquier movimiento que pusidera en ídem la maquinaria de Hitler. Pero más que nadie lo temía Josif Stalin, que sabía que el objetivo de Alemania era su país (Alemania nunca quiso extenderse hacia el Oeste; si abrió ese frente fue sólo por la alianza táctica entre Inglaterra, Francia y Polonia); y sabía, además, que necesitaba tiempo para armar su ejército.

También sabía Stalin que sus dos futuros aliados, Inglaterra y Francia, tenían el mismo miedo que él, y que lo último que querían era un follón a sus espaldas. Es crudo decirlo, pero que Franco quisiera tomar España para montar allí una dictadura y poner a todo Dios a ir a misa y cantar loas a Isabel y Fernando (seguiremos luchando...) por las calles, no les parecía un follón; probablemente, porque ya se preocuparon los franquistas anglo y francoparlantes de explicárselo ipso facto nada más empezar la guerra (y, en este punto de tranquilizar a las potencias liberales, cumple una función crucial, a mi entender, la pastoral colectiva de los obispos en apoyo de Franco; por eso, entre otras cosas, el general tenía tanta prisa en que la publicaran).

El follón que temían Londres y París (incluso el París de Leon Blum y su Frente Popular) era una revolución probolchevique que colocase una pica estalinista en Madrid. Una novedad de este tipo podría colocar a la sociedad francesa, que tenía entonces, como sigue teniendo, una derecha escasamente proclive al acuerdo con otro que no sea ella misma, y con posiciones de filosofía política notablemente radicales; una novedad de ese tipo, digo, podía colocar a Francia al borde de su propia guerra civil; y, consecuentemente, a Inglaterra en una posición de extremada debilidad frente a Alemania.

Así pues, Stalin no quiso soltar la presa española porque le reportaba unos pingües beneficios (se llevó el oro y, una vez en casa, se lo fue aplicando a base de ventas de armas donde incluso él mismo fijaba la relación de cambio) y porque era un paso en su estrategia para hacerse, finalmente, con el Frente Popular; pero tenía que hacerlo de forma refrenada, para que sus socios liberales en Europa no pensaran que iba a favorecer en España la eclosión de un proceso revolucionario.

Ésta es la razón, al fin y a la postre, de que los comunistas alumbrasen la teoría de que había que ganar la guerra y, después, hacer la revolución; y de que a Stalin, más que estorbarle Franco, en ese punto le estorbase el empeño anarquista y poumista de sostener que revolución y guerra eran el mismo proceso. Y que Largo no pusiera freno a este radicalismo revolucionario es lo que, en mi opinión, hizo que en la primavera de 1937, los comunistas decidieran (en Moscú, no en Madrid) que no podían seguir apoyándolo. La bronca con Rosemberg fue sólo una anécdota o, si se prefiere, la disculpa perfecta.


Pero volvamos a Largo, Azaña, y Miaja. Lo que Largo Caballero tenía contra Miaja era su política de contemporizar (cuando no, en la visión del político socialista) identificarse con, las teorías e ideas que sobre la guerra defendían los comunistas. Y que conocemos por algunas cartas que se han publicado de aquellos tiempos, que los asesores soviéticos enviaron a Moscú. Los comunistas, como acabamos de escribir, querían controlar la dirección de la guerra y consideraban que Largo era en exceso comprensivo con el movimiento popular con que se había iniciado la resistencia republicana en los primeros compases de la guerra y que, en su opinión (y en la mía), impedía la creación de un ejército que como tal pudiese considerarse. De ahí la campaña comunista, que al parecer Miaja observó sin reaccionar, contra el general Asensio, principal asesor militar de Largo. Según Largo, la inquina de los comunistas tenía su centro en que él se negaba a dejarles nombrar comisarios en los ejércitos y que, en general, se oponía a que se hiciese política en el frente.

Algunas horas después del encuentro con Largo, diversas representaciones del Frente Popular visitaron a Azaña para convencerlo de que la situación del gobierno era insostenible. José Giral, que visitó a Azaña en representación de los republicanos, le informó de que los dos ministros comunistas, Uribe y Hernandez, estaban dispuestos a plantar batalla en el siguiente consejo. También le dijo que las izquierdas burguesas, los comunistas y los socialistas estaban unidos en este tema; aunque, obviamente, cuando se refería a los socialistas, se tenía que referir a los prietistas. Sucintamente, anunció Giral, en el siguiente consejo de ministros los comunistas pedirían una rectificación en la dirección de la guerra, además de insinuar la salida (= expulsión) del gobierno de las centrales sindicales, UGT y CNT.

En el siguiente consejo, sin embargo, no pasó nada. Pero en el siguiente, los comunistas pusieron encima de la mesa la necesidad de disolver el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), a lo que Largo, apoyado únicamente por los cenetistas, se negó. Los dos comunistas respondieron retirándose y, cuando Largo tratase de continuar el consejo, republicanos y prietistas intervinieron para decir que, en esas circunstancias, consideraban que se había planteado una crisis de gobierno.

Largo Caballero, en el conjunto de cartas que redactó tras la guerra y que forman su especie de autobiografía, relata que se reunió con Azaña, ante el que presentó su dimisión. El presidente de la República, en una actitud que casa bastante con lo que cuenta en sus diarios, le pidió que la retirase, animándole a irse, como tenía previsto, a coordinar la ofensiva que se preparaba en Extremadura para cambiar el sentido de la guerra, tras la cual, si todo le salía bien, le dijo Azaña, el ambiente sería otro. Largo dice que accedió de mala gana; lo cual difícilmente es verdad. Lo de la mala gana, digo.

Nos sigue contando Largo que para la misma tarde de la entrevista con Azaña estaba prevista la salida hacia Extremadura. Sin embargo, antes de poder realizarla, se presentaron en su despacho, Ramón Lamoneda, Juan Negrín y Anastasio de Gracia; todos, socialistas que acabarían orbitando bastante cerca del planeta comunista. Venían a comunicarle que los tres ministros socialistas designados por la Ejecutiva del partido habían dimitido, como respuesta a la dimisión comunista. Largo les contestó con la lógica parda de preguntarse por qué unos socialistas mostraban tantos escrúpulos en respetar las decisiones de los comunistas, si se tomaban contra un presidente socialista (estos pequeños matices de la Historia del PSOE no suelen ser muy tratados, ni por sus líderes, ni por sus turiferarios). Los tres se escudaron en que era una decisión de la Ejecutiva.

La interpretación que hace Largo en sus memorias de esta reunión tiene muchos visos de ser cierta. Caballero dice, y no le falta razón, que habiendo él dimitido, no tenía sentido empujarle. Más bien, añade, lo que pasó fue que tanto socialistas como, sobre todo, comunistas, se enteraron de lo de Extremadura, y se pusieron nerviosos. El historiador poumista Víctor Alba asevera, en este sentido, que un mando comunista, el jefe de la aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros, recibió instrucciones del Partido de no prestar aviones a la operación extremeña (¡ole con el Frente Antifascista!). Asimismo, Largo dice en sus memorias que, en realidad, Lamoneda, Negrín y De Gracia venían de una reunión con Bujeda, dirigente comunista, en la que éste había dicho que lo de Extremadura había que pararlo como fuese, porque, dijo, era el principio de un golpe de Estado que Largo Caballero prentendía dar con el apoyo de la CNT.

Largo visitó a Azaña con nuevas noticias; es decir, lo que le había contado el trío de la bencina del PSOE. El presidente de la República hizo sus llamadas y, según dice Largo que le dijo, no encontró oposición a que siguiera siendo primer ministro. Y es posible que así fuera, porque los comunistas, lo que querían, es que dejase de ser ministro de la Guerra, cargo que compaginaba. En todo caso, es un hecho cierto que Azaña le encargó a Largo la formación del nuevo gobierno.

El veterano estuquista de la UGT aceptó, pero sobre la base de que habría que cambiar la estructura del gobierno. Así que preparó con los suyos un esquema, en el que, sobre todo, refundía todos los ministerios militares en uno solo (como ocurre hoy en día, sin ir más lejos). Hecho este esquema, lo envió a las formaciones del Frente Popular. Al poco de salir la carta de Presidencia, los mismos tres mensajeros, Lamoneda, Negrín y De Gracia, visitaron al presidente para pedirle el ministerio de Defensa, de nueva creación, para Indalecio Prieto. Para Largo, eso era como pedirle a Mouriho que deje el banquillo del Madrid a Tito Vilanova. Así pues, Largo se negó, no sin razón, aduciendo que no tiene mucho sentido poner al frente de la guerra a un tipo que no cree que la guerra se pueda ganar. Un par de horas después, del PSOE llegó una carta oficial anunciando la postura del partido (del mismo partido al que pertenecía Largo) de no participar en su gobierno, a menos que los comunistas fuesen invitados a participar en él, y Prieto ocupase la cartera de Defensa.

Aunque hay gente para todo y, por lo tanto, hay quien niega todo lo que se tercie, resulta muy difícil de defender la idea de que no hubiese una coalición comunisto-prietista contra Largo Caballero, en la que Negrín participaba encantado en ese punto, con la aquiescencia sorda de los republicanos.

Esa misma noche, Azaña convocó en su despacho a José Díaz (PCE); Ramón Lamoneda, secretario de la Ejecutiva del PSOE; Indalecio Prieto (a pesar de que, dimitido el gobierno, todo su puesto era el de vocal de dicha Ejecutiva); Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes y de Unión Republicana; y Salvador Quemades, en representación de Izquierda Republicana (un tipo curioso, este Quemades, que viajó de la CNT a IR sin billete de vuelta). El último en ser convocado fue el propio Largo.

Azaña, claramente, había hablado antes con José Díaz, y se había asegurado de que los comunistas estaban dispuestos a aceptar a Largo presidente del gobierno si dejaba Defensa. Además, el PSOE seguía vinculando su presencia en el gobierno a la de los comunistas (con lo que, en la práctica, también pedía la dimisión de Largo como general en jefe); IR se negaba a estar en un gobierno sin los comunistas; UR dijo que no pondría obstáculos a lo que se hiciese; e Indalecio Prieto, simple y llanamente, se quedó callado (según Largo; según Azaña, Largo no estaba físicamente presente en la reunión, y Prieto fue el primero en hablar).

Según Azaña, el famoso temor de Bujeda, o sea el golpismo de Largo, no estaba totalmente exento de base. Nos cuenta en sus Memorias que Martínez Barrio le dijo, pocas horas después de la defección comunista del gobierno, que temía la actitud de la UGT y la CNT si Largo salía del gobierno (es probable que lo hablase con más gente; por ejemplo, con los comunistas. Y es probable que por eso éstos aceptasen que siguiese presidiendo el Ejecutivo, sólo que sin controlar la guerra). Azaña, sin embargo, no creía en esa posibilidad porque, dice en sus memorias, "la gente ya está harta de abusos y de ineptitudes"... curiosa forma de describir la operativa del bando republicano en la primera mitad del 37.

Azaña, ya lo hemos visto, decidió apostar por la patada a seguir, y le dio el consejo a Largo de que se fuese a Extremadura. Pero, nos dice en sus memorias, lo hizo pensando que el político socialista reconstituiría el gobierno antes de salir de Valencia, y no después; y, por eso, se quedó ojiplático cuando supo que Largo pretendía marcharse sin dejar el tema resuelto. Probablemente, era a Azaña al que, en este punto, le faltaba información sobre lo poco que los comunistas estaban dispuestos a hacer para que la ofensiva extremeña tuviese éxito. Además, el ambiente en la zona republicana se hizo tan proclive a la idea de que los anarquistas preparaban un levantamiento en defensa de Largo que Azaña acabó llamando a Joan Peiró, "único de los cuatro ministros de la CNT que se reputaba de moderado y sensato", dice en sus memorias; entrevista en la que el líder anarcosindicalista le dejó claro que tenían claro que la cosa no iba contra ellos (aunque, en realidad, no tardó ni un mes en ir; menudo clarividente, Peiró).

Si seguimos con las informaciones y opiniones de quien entonces era el primer magistrado de la República, el famoso esquema de Largo Caballero estaba creado para no formar gobierno. Para ir a un enfrentamiento frontal. Azaña cuenta en sus memorias que era un gobierno que otorgaba una preeminencia elevada al PSOE y a la UGT, concentraba todo el poder militar en las manos de Largo, y nombraba a Prieto ministro de Agricultura y Comercio. En realidad, la conspiración comunisto-prietista no fue sino la forma en que don Indalecio le devolvió a Largo la ración de mierda que éste le había hecho comer a aquél en el 36, cuando había fomentado la candidatura de Azaña a presidente de la República, a sabiendas de que llamaría a Prieto a formar gobierno, para después bloquear esa iniciativa en los órganos del partido, que entonces controlaba el estuquista (y en la guerra controlaba Prieto). Cierto es que en España hay toda una caterva de historiadores y mediopensionistas, algunos de ellos muchas veces subvenci, ejem, quise decir premiados, que niegan esto. Pero, al menos en mi opinión, desde que, en aquel lejano día de agosto de 1930, cuando Indalecio Prieto decidió, por su cuenta y riesgo, acudir a la reunión del Pacto de San Sebastián, y Largo Caballero reaccionase en contra para defender su liderazo en el partido; desde aquel día, digo, estos dos compañeros de partido no habían hecho otra cosa que arrearse navajazos en los riñones. En los riñones de España, quiero decir.

Por esta oposición frontal a la propuesta de Largo fue por lo que Azaña convocó la famosa reunión nocturna. Reunión a la que, es un matiz que nos hace Azaña en las memorias, Largo no quería asistir, por lo que se avino a permanecer en el edificio, a disposición del presidente si le llamaba. Finalmente, cuando todos los grupos formarlon posición en el sentido que ya hemos descrito (punto éste en el que Largo y Azaña coinciden en lo esencial), el presidente acabó por llamar al estuquista. "La discusión entre ellos", dice Azaña, y se refiere a Largo y Díaz, "rebotó". La situación la resumió Azaña: todos estaban dispuestos a que los sindicatos entrasen en el gobierno; pero los sindicatos sólo participarían en un gobierno de Largo; Largo quería, para formar gobierno, conservar Guerra o Defensa Nacional en sus manos. Díaz se negaba. La reunión terminó sin acuerdo, con un tibio compromiso de Díaz de consultar una vez más a su Comité Central. Los comunistas no tardaron ni dos horas en reunirse, reiterar su negativa, y remitirle a Azaña la comunicación.

Así las cosas, Azaña decidió, afirma en sus memorias, aprovechar la "tranquila energía" de Negrín. Que es una forma bien pollas de explicar una decisión así. Quizá porque no quería confesar por escrito que el nombre de Negrín le había sido sugerido, tal vez por los comunistas, en mi opinión poco probable. Tal vez, más probable, por Prieto, quien sabía que su tiempo para ser presidente del gobierno había pasado, y que temía terminar como Largo, enfrentado con los comunistas (como, de hecho, le ocurrió). Azaña consulta con Martínez Barrio, quien le confiesa que ha pensado para primer ministro en Álvarez del Vayo; se ignora por qué no, ya puestos, no le propuso también a Azaña los nombres del fantasma de Primo de Rivera, o de La Chelito, o de Torrebruno.

Azaña dice que diseñó un Plan B por si fallaba lo de Negrín. Consistía en encargar a un republicano (¿Giral?) formar gobierno, tarea en la que fracasaría; y, acto seguido, dar por finiquitado el Frente Popular, reunir las Cortes, pasarles el marrón, y hacer un discurso radiado al país (y abrirle de paso los frentes a Franco, supongo...). Si es verdad que tenía este Plan B, entonces no podía estar seguro de que la candidatura de Negrín iba a tener apoyos suficientes; o sea, no estaba al tanto del pasteleo. Todo el día lo pasó Azaña convencido de que los sindicatos no aceptarían ni la presidencia de Negrín, ni la pretensión de éste de reducirles el número de carteras. Pero Negrín le visitó esa noche; y tenía la lista del nuevo gobierno.




En no pocas de mis lecturas sobre la guerra civil, sobre todo por parte de historiadores más de izquierdas, se producen de cuando en cuando unas masturbaciones épicas con el tema de la nonata campaña de Extremadura y las consecuencias que habría tenido. De hecho, en sus tiempos, cuando sólo era un proyecto en el papel, eran muchos, entre ellos el propio Largo, que decían a quien quería oírle que era una operación "susceptible de cambiar el rumbo de la guerra".

Aquí es donde mi nivel de conocimiento y comprensión se frenan. De lo que sabemos de aquella acción, ¿es razonable sostener que la República tenía una baza? ¿Contaba con fuerzas y disciplina interior suficientes como para ambicionar que sus planes saliesen bien y, de nuevo, una porción y la otra de las fuerzas nacionales quedasen desconectadas, al menos por tierra? En aquel punto de la guerra, en el que, si no estoy errado, ciertas superioridades nacionales (como la aérea) se iban haciendo patentes, ¿sería esa partición tan catastrófica para los planes de Franco como pretendían sus enemigos? ¿Qué había supuesto aquella acción en materia de desguarnecimiento de otros frentes, notablemente el del Norte?

Hay más incógnitas. ¿Verdaderamente ocurrió, como pretenden algunas fuentes anticomunistas (seamos más precisos: antiestalinistas; pues algunas de estas fuentes, como Víctor Alba, eran comunistas), que los comunistas hicieron todo lo posible por petardear aquella ofensiva? La cosa tendría sentido, desde luego, porque si Largo esperaba contrarrestrar con aquella ofensiva la creciente influencia comunista, tendría lógica, como digo, que los comunistas se la griparan. Según Azaña, Largo le sugirió algo así como que si retornaba victorioso de Extremadura, se ocuparía de apiolarse a todos los militares en el mando de ideología comunista o pleitesía roja (como Miaja). Si le metieron los comunistas la zancadilla, ¿lo hicieron solos, o en compañía de otros?

Resumamos: ¿tuvo la República, de verdad, una oportunidad de tomar la iniciativa en la guerra en Extremadura? Y si la tuvo o no la tuvo, ¿actuó coordinada?

miércoles, junio 13, 2012

Gobierno de concentración

El primero fue el político catalán Josep Antoni Duran Lleida. Pero no ha sido el único. Catedráticos, ex gobernantes, etc., abogan porque España tenga un gobierno de concentración para resolver la situación que está cayendo. Yo, personalmente, así, de primeras, no tengo nada que oponer a la petición, que hasta me podría parecer bien. Sin embargo, tengo mis dudas sobre su practicabilidad.

El gobierno de concentración es una figura ajena a la Historia de España. En dicha Historia se cuentan, en mi opinión, tres concentraciones que de tal se puedan reputar, eso sí, retorciendo el concepto para que "concentración" pueda aparejarse con "coalición de amplio espectro" que, en realidad, son cosas distintas.

La primera es la concentración (que, más bien, fue una alianza estratégica, pues no significó la actuación coordinada de los pactantes) de las fuerzas republicanas y socialistas con el ala izquierda dominante del liberalismo dinástico, tras la Semana Trágica de Barcelona, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia y todo lo que vino detrás, que se concretó en el grito ¡Maura, no! Aquella concentración terminó como el rosario de la aurora. Canalejas, poco tiempo antes de su desgraciada muerte, estaba ya literalmente hasta los cojones de la alianza con las fuerzas más a la izquierda de él; y, de hecho, alguna de ellas no tardaría mucho en montar una huelga general, en 1917. Sin embargo, aquella fue una concentración que yo reputo exitosa, porque, básicamente, bloqueó el acceso al poder gubernamental de Antonio Maura (y de su alter ego, Juan de la Cierva), pues el viejo político conservador presidió muchos menos gobiernos que los que, por lógica, debería haber encabezado en un turnismo normal. La coalición antimaurista, en efecto, provocó que los conservadores aceptasen la idea de otros liderazgos (notablemente, el de Eduardo Dato); y, lo que es más importante, al Borbón le entró en la cabeza la idea de que mantener a Maura lejos de la presidencia era lo que había que hacer.

La segunda concentración es la unidad de acción, más o menos coordinada, que se produce entre las derechas españolas en el año 33, que las lleva a la victoria frente a un ámbito republicano muy desgastado por la "anécdota" de Casas Viejas, entre otras. Esta especie de concentración conservadora provoca la definitiva desafección de parte del radicalismo (el de Martínez Barrio), que se acerca a las izquierdas; pero, básicamente, permanece unida en torno, primero, al Partido Radical, y después la CEDA (y fin de la historia, porque sólo dos personas tan desconectadas con la realidad como Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Portela Valladares pudieron pensar que éste último sería capaz de aglutinar una parte significativa de ese efecto a su favor).

La tercera concentración que yo veo es la que sigue a la victoria del 33, esto es la del 36: el Frente Popular. El Frente Popular es, de hecho, el mayor ejemplo de concentración que al menos yo veo en la Historia de España, porque se trató, en buena medida, de una coalición bastante organizada y discutida, aunque, finalmente, fueran sólo los partidos republicanos burgueses los que formasen gobierno; y, sobre todo, una coalición muy amplia, pues englobó desde posiciones claramente burguesas hasta el radicalismo marxista del Bloc Obrer y Camperol (al que reputo, en ese tiempo, situado bastante más a la izquierda que el Partido Comunista).

Como tercer ejemplo y medio, habría que citar la Solidaridad Catalana que, en la segunda década del siglo XX, dio la espantá del Parlamento español. Y paro de contar, porque no quiero contar en esta lista los gobiernos de concentración producidos durante la guerra civil, puesto que se montaron, obviamente, en medio de situaciones bélicas y, además, más abajo comentarmos sobre eso, fueron una concentración, digamos, bastante diluida. 

Si aceptáis los párrafos anteriores (que no tenéis por qué), tendréis que aceptar dos hechos:

1) Las concentraciones en España siempre han sido imperfectas. Lo cual quiere decir que los que se concentran no se someten a una disciplina común. Se limitan a unirse porque el momento lo demanda, pero todos ellos conservan su autonomía. No hay más que ver los ejemplos que yo mismo he desechado, es decir los gobiernos del lado republicano durante la guerra civil, que se combatieron con saña entre ellos (hasta llegar a matarse unos a otros, literalmente) y se caracterizaron por cosas tan poco edificantes en gobiernos de concentración como que unos estuviesen haciendo levas mientras otros, sus socios, recomendasen a sus jóvenes no atenderlas.

Otro ejemplo de imperfección en la concentración, hasta el punto de no citarlo en la lista porque no puede considerarse tal, es la pretendida convergencia republicana tras la caída de Isabel II. A pesar de que los progresistas republicanos eran conscientes de que la I República estaba amenazada por todas partes (carlistas y alfonsinos) y que eso sólo se podía contrarrestar con una república fuerte, se dividieron en federalistas y unionistas, en intransigentes y benévolos, y se combatieron unos a otros de tal manera que, en la realidad, el momento en que Salmerón sucede a Pi i Margall, se produce al frente del gobierno de España un cambio mucho más radical que el que pudo operarse cuando Felipe González dejó sitio a José María Aznar.

Las concentraciones españolas, pues, no son concentraciones. El mejor ejemplo es el Frente Popular: un club al que todos los que se apuntan lo hacen para manipular al resto de los socios, y laminarlos. Azaña entró en el FP para controlar primero, y capitidisminuir después, a los revolucionarios marxistas; Prieto entró en el FP para usarlo de trampolín para ganarle a Largo la batalla por el poder en el PSOE; Largo entró en el FP para usarlo de escudo en su procura del liderazgo total del obrerismo español, dictadura del proletariado mediante, y que no le volviera a pasar lo del 34; y los comunistas entraron en el FP porque se lo ordenó la Internacional, para establecer una alianza táctica con la burguesía, a la que con posterioridad iban a asestar el rejón de muerte (o ésa, por lo menos, era la estrategia de Dimitrov).

Ni uno solo de los socios del Frente Popular se apuntó al mismo para sacar a España del marasmo en que estaba a finales de 1935. A mi modo de ver, el espíritu de unión del Frente Popular está bien quintaesenciado en el gesto de Felipe Sánchez Román, que una tarde redacta la carta programática de la coalición y, horas después, se niega a firmar lo que él mismo ha escrito.

2) Las concentraciones, en España, se hacen contra alguien. No a favor de nada ni para resolver nada. Los progresistas de principios del XX se unen para servir de dique de contención del maurismo. La Solidaridad Catalana se une contra Madrid. Las derechas del 33 se unen contra la coalición constitucional republicana y, según los integrantes de ésta, contra la propia República. El Frente Popular se crea contra las derechas.

No hay en España demasiados ejemplos, si es que hay alguno, de una concentración a la británica: un momento en el que, a causa de una situación comprometida o desesperada, todas las fuerzas políticas relevantes se ponen a las órdenes de una de ellas, la mayoritaria, sacrificando en ello todos (incluyendo quien les encabeza) posiciones partidarias y reivindicaciones de toda la vida, en aras de ofrecer una sola política que dé imagen de unidad. Como ya he dicho líneas arriba, ni siquiera en medio del mayor y más urgente de los motivos de concentración, la guerra, los españoles han mostrado capacidad para realizar estas premisas.

No sé si hace falta recordar que durante la guerra civil española hay un caso de un gobernante asesinado minutos antes de tomar posesión: Antonio Sesé; y jamás a ningún historiador serio se le ha ocurrido siquiera insinuar que los franquistas o la quinta columna tuviesen algo que ver en su asesinato, porque es bien evidente que fueron quienes hasta bien poco antes compartían "concentración" con él quienes se lo cargaron. De aquellos tiempos es la enternecedora escena que cuenta Diego Abad de Santillán en la que, reunidos los anarquistas con sus socios en el palacio de la Generalitat, es tal el clima de buen rollo y colaboración que se respira en la reunión que, una vez en contacto con una batería artillera situada en la costa controlada por anarquistas, les da orden de llamarle cada diez minutos... y bombardear el palacio si no se pone (o sea, si lo han detenido, o se lo han apiolado). La escenita de marras, en ¿Por qué perdimos la guerra? Página 98 en esta versión.

Típicamente ácrata, por cierto, eso de decirle a los artilleros "obrad como queráis".

Ni siquiera el, para muchos, y por ello no muy bien documentados, monolítico bando franquista, se salva de este juicio. La coalición ganadora de la guerra civil, a pesar de que se formuló como un proyecto militar y se colocó bajo un mando único inicialmente bélico, pero rápidamente reconvertido a mando político; a pesar de todo eso, digo, incluso el bando franquista registró en el seno de su "concentración" unas tensiones de tal calibre que acabaron a tiros.

El único ejemplo de concentración real que ofrece la Historia de España, y limitado a la parcialidad de lo económico, son los llamados pactos de la Moncloa. Es el único momento en el que se llega a un pacto de gobierno en el que no gana nadie; en el que todos ceden y, consecuentemente, todos consiguen. Sin embargo, las diferencias de tono del discurso político y el día de hoy dan que pensar que la argamasa que unió a las fuerzas que firmaron los pactos de la Moncloa no fue, como se ha podido pensar, la gravedad de la situación económica, sino el miedo a una involución. Si no fuese así, entiendo yo, los Pactos de la Moncloa II ya se estarían negociando, con luz y taquigrafos.

Por eso dudo tanto de que un gobierno de concentración sea la solución para el momento presente. Léase el punto 1). No sería un gobierno de concentración. Cualquier tentativa de este calibre, a mi modo de ver, respondería más al modelo estratégico del Frente Popular: una reunión pretendidamente justificada por algún hecho importante (en el 36, el avance del fascismo; en el 2012, la crisis económica) en la que todos los participantes se unirían con un interés espurio al oficialmente declarado.

Además, en el caso español, también desde el punto de vista histórico, existe otro elemento que no hay que olvidar: el papel de los interlocutores sociales y, muy especialmente, de los sindicatos. El sindicalismo español, tanto el de clase como el orgánico, está acostumbrado a ser parte del gobierno. Lo fue durante la guerra civil, incluso llegando al paroxismo de que organizaciones que rechazaban la autoridad, como las anarquistas, la ejercieron de hecho en regiones enteras, como Cataluña o Aragón. Lo fue durante el franquismo, que hizo de la Organización Sindical un centro de poder tan importante que luego se pasó veinte años desactivando la bomba que él mismo había cebado. Esto ha introducido históricamente en las diferentes coaliciones (pues no se puede hablar de concentraciones casi en ningún caso, como este post argumenta) un elemento extraño: unos miembros que no lo son por la fuerza de los votos, sino por la fuerza de la calle, de la Constitución o de normas de corte fascista corporativo y que, por lo tanto, no están sometidos a ningún cedazo sobre su actuación. Pueden hacer, decir y defender lo que quieran, porque no hay referendo que los apee en el caso de que se equivoquen; y lo saben. Cualquier partido político que se mete en una coalición y la petardea sabe que corre un riesgo: el riesgo de que el personal se cosque de la estrategia, no le guste, y a la próxima no le vote. Pero cuando no se está en una coalición por la fuerza de los votos sino por mor de otras fuerzas de valoración más compleja, la cosa cambia.

Por todas estas razones, cabe pensar, por lo tanto, que un gobierno de concentración, lejos de ser una salida, podría ser todo lo contrario: un desastre.

Mejor la dejamos como está, que así es la rosa.