miércoles, febrero 29, 2012

The Irish aftermath


Esta imagen de la iglesia bruselense de Notre Mère du Grand Sablon está tomada a las seis de la mañana del martes desde la ventana de mi hotel. Algunos de los comentaristas del pasado post irlandés pueden haberse sentido un tanto contritos por la tardanza en publicar sus comentarios; pero el caso es que yo estaba allí, sin posibilidad de atenderles.

El caso es que ya cuando marchaba pensaba que, probablemente, el artículo sobre la falsa identificación entre el problema español y el problema irlandés acabaría generando comentarios en forma de pregunta. No me equivoqué. Pensé en contestarlas en los comentarios, para no molestar a aquellos de los lectores del blog a los cuales este tema en concreto no les haya interesado demasiado. Pero, finalmente, me di cuenta que la longitud que alguna respuesta demanda hacía aconsejable dedicarle un arttículo complementario a las consecuencias de ese anterior post.

Vayamos con ello, pues.

¿Por qué vascos y gallegos? ¿Por qué no catalanes, o navarros?

Son dos preguntas, y dos respuestas.

Los navarros tuvieron, cierto es, monarquía propia. El suyo es un caso especial porque, efectivamente, como yo creo que sugería el comentarista que planteaba la pregunta, la navarra es, probablemente, la identidad propia, de todas las identidades integradas en España, con mayores pilares históricos para reclamarse. También es absolutamente cierto que, finalmente, navarra fue invadida, por cierto, por tropas a cuyo frente se encontraba un tipo cuyo primer oficio en la vida fue ser rey de los catalanes (entre otros).

Pero, en primer lugar, el post iba con la identificación entre el conflicto navarro y el conflicto irlandés, que no es exactamente lo mismo que hablar de la identidad foral navarra. Segundo, esa identidad es, en mi opinión, previa la identidad euskaldún, no consecuencia de ella; Navarra, y el sentimiento de pertenencia a la misma, existen mucho antes que Euskal Herria. Más aún: Navarra no puede exhibir, ni de coña, ese pasado aislado de todo que la mitología vasca presupone para los vascos. Los Arista, de hecho, no sólo tenían contacto con los musulmanes dominadores de la península, sino que eran, mutatis mutandis, sus aliados, hasta el punto de no participar en la idea prenacional de la reconquista pelagiana. Pero eso no era porque, como vascos, no se sintiesen identificados con un objetivo español; era porque debían su poder al hecho de que los moros les dejasen en paz. Mientras eso pasaba, por cierto, los otros vascos, los de Vasconia, defendían de esos mismos musulamanes los pasos de Asturias codo con codo con el resto de los pueblos súbditos de Alfonso II. Caray con los que no tenían contacto con nadie...

No es hasta mediados del siglo IX que navarros y muladíes rompen su entente cordiale, momento en el que Navarra, por cierto, en lugar de construir una identidad propia y pasar de la idea prenacional antecitada, se alía con los soberanos asturcones. Sin embargo, todavía Fortún Arista, el último de los soberanos de la dicha rama, será bisabuelo, por parte de hija, del célebre Abderramán III (quien, por lo tanto, era, sí, un 25% pamplonica); así pues, para decantar finalmente la balanza, hace falta que Oviedo provoque en Pamplona, año 905, un golpe de Estado en toda regla.

Lo que hoy entendemos como País Vasco ya formaba parte, en su mayoría, del condado de Castilla en el siglo X; en tiempos preespañoles, pues, los vascos ya eran castellanos (o los castellanos vascos, pues no hay que olvidar que personas de escasa talla intelectual de Menéndez Pidal consideraban que la labor de Castilla había sido "meter una cuña vasca en Hispania"; y Sánchez Albornoz llamaba al País Vasco "la abuela cabreada de España"). La autoridad del señor Fernán González abarcaba buena parte de la actual comunidad autónoma. No es hasta las postrimerías del año 1000 que Navarra se anexiona Álava, y la incorporación de los territorios actualmente eúscaros a dicha corona, por ese gran rey que fue Sancho III El Mayor, data del 1029. Pero también hay que tener en cuenta que Castilla iba en el mismo paquete (tal vez por eso vayamos entendiendo por qué tantos topónimos españoles fuera del País Vasco y Navarra terminan, o terminaron en su día, en -ain o en -uri; este aspecto ha sido estudiado por españolistas peligrosos, falangistas apasionados, como Caro Baroja), que se separó en el 1035, y que poco a poco fue recuperando buena parte de los territorios un día suyos; Vizcaya, sin ir más lejos, volvió a ser castellana en 1076, a la muerte del rey Sancho, llamado El de Peñalén. Alfonso I, llamado El Batallador, vuelve a anexionar a Castilla-Vizcaya a su corona en 1109 pero, desde la muerte de este rey, 1134, Vizcaya es parte de Castilla, ya sin más cambios. A finales del siglo XII, se incorporaron a Castilla Álava y Guipúzcoa; la segunda de ellas, por cierto, voluntariamente.

Por lo tanto, la cuenta es: País Vasco castellano/español, unos ocho siglos; navarro euskaldún, menos de dos, y eso sumando retales.

Ya que estamos aquí, justo es recordar que la teoría de que los vascos nunca han querido ser españoles tiene el problemilla de demostrar por qué, cuando el rey castellano Pedro I, como recientemente hemos contado, llegó al acuerdo con el Príncipe Negro de obtener ayuda inglesa en su guerra contra el Trastámara a cambio de ceder a Londres el señorío de Vizcaya, los vascos se alzaron en protesta, exigiendo permanecer en la corona de Castilla. O por qué alzaron la misma reivindicación durante las negociaciones entre Enrique IV y Luis XI para casar a la famosa Beltraneja con el duque de Guiena, obligando al rey impotente a jurar solemnemente que las tierras vascas nunca serían separadas de Castilla. O por qué los vascos solicitaron, en 1506, su incorporación a las Cortes castellanas.


Tenemos, pues: una corona, una entidad nacional, que nunca existió, porque desde muy pronto estuvo integrada en el proyecto castellano. Y otra que, indubitadamente, existió, pero no como proyecto alternativo a la identidad prenacional que acabaría alumbrando el proyecto de España. Corona y entidad nacional que acabó por ser invadida, ciertamente; no siendo, sin embargo, menos cierto que las identidades con Irlanda acaban ahí, porque los castellanos primero; y los españoles, después, estuvieron muy lejos de practicar con los navarros el apartheid, la segregación, el empobrecimiento calculado, o la generación, dentro de Navarra, de enclaves españoles.

Pero es que además, last but not least, no hay que olvidar que Navarra, en el siglo XIX, al revés que el País Vasco, alcanza un acuerdo con España en la denominada Ley Paccionada; que es la razón de que hasta el general Franco, a su manera eso sí, respetase los fueros navarros. Y es lo que hace posible que Navarra se alzase mayoritariamente en julio del 36, y no precisamente en defensa de su separación respecto de España.

Cataluña nunca se ha identificado con Irlanda. Lo cual es lógico, porque de hacerlo, habría hecho el ridículo. Un elemento fundamental del conflicto irlandés es la pobreza relativa respecto de Inglaterra, mantenida e incluso multiplicada por los ingleses. Como decía el post anterior, España nunca ha diseñado y, consecuentemente, nunca ha llevado a cabo, estrategia alguna para reducir Cataluña a la pobreza. Por lo tanto, la identificación entre Cataluña e Irlanda es poco consistente, por decirlo de forma educada.

El primer post sobre esta materia ya decía que son los propios nacionalistas los que aducen el ejemplo. Las referencias actuales a una solución al conflicto vasco "como en Irlanda" no son pocas. Y, como ya apunté en el post, quien quiera explorar la explotación de los paralelismos entre las "tragedias" irlandesa y gallega, no tiene más que repasarse la obra de Benito Vicetto. 

España nunca ha invadido el País Vasco o Galicia, ni se los ha anexionado, los ha tratado de asimilar, que es peor.

Bueno, en primer lugar, eso de que "es peor" lo escribe alguien, supongo, que nunca ha sido invadido. Por eso, entiendo, escribe que "es peor" que a uno lo asimilen. Aquí tengo un primer punto de desacuerdo; si he de elegir, yo, al menos, prefiero que me asimilen a que me invadan.

Pero, por lo demás: para que se produzca un intento de asimilación, entiendo yo, tienen que darse dos cosas: una, la diferencia. La voluntad de ser otra cosa. Otra, la violencia, la imposición. Es evidente que en el pasado remoto hay una intención de asimilación; pero no la realizada por España. Galicia es, por utilizar la terminología del comentarista, "asimilada" por la corona astur; que tiene una identidad religiosa, pero difícilmente española. Lo mismo le pasa a los vascos que, como ya decía en mi anterior comentario, incluso dan mujeres de reyes y madres de reyes en tiempos en los que Hispania, lejos de ser una referencia estatal, política, cultural o histórica, es una referencia geográfica y religiosa.

Para poder sustantivar la afirmación que figura arriba en negrita, pues, es necesario demostrar, para el siglo VIII de la era actual: a) la existencia de una conciencia gallega y vasca; b) la existencia de una conciencia española con la voluntad de asimilar las conciencias descritas en a). Yo creo que ni a) ni b) son ciertas. Los hombres que se unen a Pelayo en Covadonga son gardingos que se apuntan a la hercúlea tarea de reconquistar la Iberia visigótica. En modo alguno se sienten españoles, si, sobre todo, por españoles entendemos señores de identidad distinta a la de los habitantes de Galicia, del País Vasco, de Cataluña, o de Portugal.

La religión en España es pro-unidad de la patria española.

El comentarista que ha escrito esto, que dice tener fondo de archivo para aburrir, es, en mi opinión, víctima de un síndrome que yo llamo Síndrome del Calentamiento Global. Le pasa a aquellas personas que dicen cosas como: "Estamos en enero y hace un calor de la hostia; qué duda cabe que el planeta se está calentando".

Puede que el planeta se esté calentando, sí. Pero hasta los meteorólogos que creen en el calentamiento global le explicarán a este imaginario comunicante que sostener que porque un día concreto de un año concreto hace calor, eso demuestra que hará más calor de aquí en adelante, es de aurora boreal. Con las mismas, si un solo día de junio va y hace un frío de la hostia, podremos concluir que el planeta se va a enfriar durante los próximos cien años.

El discurso religioso histórico español difícilmente podrá ser antivasco por cuanto, en buena medida, se genera en el Pais Vasco. Durante todo el siglo XIX, los ejércitos carlistas se paseaban por España y, cada vez que tomaban o entraban en una villa, lo primero que hacían era cantar misas. De hecho, en el bando carlista, que es el bando de los vascos, navarros, catalanes y buena parte de los gallegos, es donde militan la inmensa mayoría de los clérigos trabucaires, ultramontanos, conservadores a más no poder, retrógrados como ellos solos, representantes de la más rancia tradición católica española. No por casualidad el carlismo transmuta parcialmente en el siglo XX en una cosa que se llama tradicionalismo, esto es, defensa de las tradiciones de toda la vida.

El nacionalismo vasco, que yo sepa, tiene sus grandes iluminadores en los hermanos Arana, los cuales tenían un lema bastante evidente: Jaun Goikua eta Lege zarra, o sea, Dios y Leyes Viejas. Hombre, no seré yo quien niegue que Sabino Arana tenía su punto de inteligencia cuestionable; pero tan, tan gilipollas como para apuntarse a la ideología que, según nuestro comentarista, era, le cito, "pro-unidad de España", no le veo.

Por lo demás, si el contertulio le echa un vistazo a los debates producidos en la II República en torno a la cuestión religiosa en la Constitución, comprobará con facilidad que el más ardiente crítico de las pretensiones laicistas de la mayoría es un diputado que llevaba el muy andaluz apellido Beunza. No creo que haga falta que le explique a qué minoría pertenecía pero, vaya, se presentó a las elecciones por una sedicente coalición católico-fuerista...

Como digo, el comentarista puede ser víctima del Síndrome del Calentamiento Global. Su fondo de archivo inacabable, tal vez, se refiere a los tiempos del franquismo. Punto en el cual no le niego la mayor, ni la menor. Pero es que España, contando desde la boda de Isabel y Fernando, han pasado casi 550 años, de los cuales Franco ocupa el 6,5%.


¿Considera el autor que España (o sus reyes propietarios) conquistan Cataluña -así como el resto de territorios aragoneses- en la guerra de Sucesión?

 Como el autor es gallego, contesta a la pregunta con otra pregunta: exactamente, ¿a qué ente distinto de España pertenecían Cataluña "y el resto de territorios aragoneses" durante la guerra de Sucesión? Porque convendrá el comunicante en que para ser "conquistado" hay que ser "otra cosa" distinta del conquistador; porque nadie se conquista a sí mismo...

La guerra de Sucesión tiene el hombre muy bien puesto, porque eso es lo que es. Lo que combaten las tropas felipistas no es, por lo tanto, a las personas (no les vamos a llamar españoles para no levantar ronchas) de tal o cual sentimiento o nacionalidad, sino a los partidarios del otro sucesor. Sucesor que, a una serie de territorios, les ha prometido unos derechos especiales, que no su independencia respecto de España, puesto que el señor archiduque, a menos que esté yo equivocado, lo que quería era discutirle a Felipe V el mando sobre toda España, porque se consideraba con derecho sucesorio sobre la corona.

¿Considera el autor que en el siglo XVIII España conquistó Cataluña? Respuesta: no.

Cabe recordar, como ya he hecho otras veces en este blog que, como cuenta meticulosamente T.S. Elliot en su libro sobre el conde-duque, apenas unas décadas antes de la guerra de Sucesión, cuando Felipe IV y su primer ministro se van a Barcelona a pedir pasta para las guerras, la contestación de Barcelona, además de un no, es reclamar representantes catalanes en el Consejo de Castilla. Curiosa manera de reclamar la independencia...

¿Se puede considerar que la inmigración peninsular generalmente del sur y centro hacia Cataluña y el País Vasco un ejemplo paralelo de menor grado para formar eventualmente enclaves no-catalanes y no-vascos en dichos territorios en el momento del nacimiento de ambos nacionalismos?

¿Se puede considerar? Respuesta: no.

Repasemos cosas ya escritas en el anterior comentario. Una: la implantación presbiteriana en Irlanda viene precedida de una limpieza étnica de irlandeses en el área entre el río Shannon y la mar. Se produce mediante una legislación, las Acts of Settlement, que concede viva e intensa prelación a los protestantes sobre los católicos, que difícilmente pueden poseer tierras si, entre otras cosas, no las pudieron legar hasta finales del XVIII. La implantación protestante en Inglaterra fue planfiicada y defendida con las armas.

¿Emigraron andaluces, extremeños y gallegos a Barcelona en furgonetas de la Legión, que les protegía de ser agredidos? No (en Irlanda: Sí). ¿Tomaron esos emigrantes pisos, barrios, terrenos o lugares en los que estaban asentados catalanes que, asimismo, fueron expulsados por la dicha Legión o tropa equivalente? No (en Irlanda: Sí). ¿Existe algún papel, en algún archivo, que haya sido descubierto, donde un gobierno español establezca la planificación de estos asentamientos con el confesado objetivo de desleer el peso de los catalanes de sangre en la población de Cataluña? No (en Irlanda: Sí). ¿Fue, de hecho, aquella emigración planificada? No (para desgracia de quienes la llevaron a cabo) (en Irlanda: Sí).

Last but not least. ¿Qué son, hoy, los hijos y nietos de los partidarios setenteros del reverendo Ian Paisley? Respuesta: irlandeses protestantes. ¿Qué son hoy los hijos o nietos de aquellos emigrantes que se fueron a Cataluña? Respuesta: secretarios generales del PSC, o de Esquerra.

En consecuencia, ¿por qué razón España encargó al tonto de los Hermanos Calatrava su estrategia de creación de enclaves no catalanes en Cataluña?

¿Considera real la ocurrencia de prejuicios catalanofóbicos, y los considera más graves en calado y extensión que respecto a gallegos y vascos?

Históricamente hablando, y éste es un blog de Historia, no. La catalanofobia es un fenómeno relativamente moderno, aunque, cierto es, más antiguo de lo que parece (ya Manuel Azaña era catalanófobo a su manera, por ejemplo; como lo era la prensa de Madrid durante el siglo XIX con ocasión de las discusiones sobre el proteccionismo). Pero ojo con el Síndrome del Calentamiento Global...

En una cosa sí tiene razón el comentarista: el sentimiento anticatalán actual de una parte de la sociedad española es peor que el vascófofo (no detecto existencia de gallegofobia ni navarrofobia, la verdad). Pero para entrar en los motivos y geografía de ese problema, le sugiero se busque un blog que hable de la actualidad.

Las políticas lingüísticas han sido históricamente uniformadoras con objetivo asimilador de la lengua castellana

¿Históricamente? ¿Seguro? ¿Está el comunicante seguro de que en la Barcelona bajo el cetro de Carlos I, o de Felipe IV, o incluso, por qué no, de Fernando VII, era delito hablar catalán? ¿Aprecia el autor que los juegos poéticos florales, tan habituales en el siglo XIX en Barcelona, se celebraban en la clandestinidad, quizá? ¿Está informado el comunicante de que aquellos juegos florales premiaban los poemas patrióticos (y, por cierto, religiosos; la religión, al lado de la unidad española, como siempre) y que el ganador recibía un título catalán (Mestre en Gai Saber)?

Aprovecho para apostillarle a este comunicante que no ha de esperar para saber qué opina el autor de este blog sobre la génesis y desarrollo histórico del nacionalismo catalán. No encontrará en este blog menos de cinco o diez artículos sobre la materia.

Como segunda apostilla, el mismo comunicante habla de la posible identificación entre el asunto catalán y el escocés. Yo, sinceramente, no creo en ello.

Eduardo I, rey de pata normanda (no propiamente British, pues), es el primer rey inglés porque se da cuenta de un elemento estratégico fundamental: olvidar las posesiones continentales (no olvidemos que las serias pretensiones de su dinastía a la corona de Francia generarán la guerra de los Cien Años) y aplicarse a la dominación de la isla donde tiene asentadas las posaderas. Así las cosas, invade y anexiona Gales, donde no encuentra propiamente una organización como tal y, en realidad, ha de combatir a un señor de la guerra llamado, si no me falla la memoria, Gwynedd.  Como lo de Gales le sale de coña, mira al norte. Pero en Escocia se encuentra otra cosa: a una dinastía establecida, los reyes Canmore. De hecho, no iniciará la invasión de Escocia hasta que los Canmore se encuentren en situación comprometida tras la muerte de su rey Alejandro III y, poco después, de su nieta y heredera.

Inglaterra, pues, llamó a la puerta de Escocia y, cuando le abrieron, se lió a hostias.

Castilla, cuando llamó a la puerta de Aragón, le echó un polvo al inquilino de la casa.



No parece que sean situaciones muy parecidas.

lunes, febrero 27, 2012

9 razones por las que España no es Irlanda

Las ideologías en general, y las nacionalistas muy en particular, viven de mantras. Mantras más o menos eficientes a la hora de tocar la sensibilidad del personal. Uno de los mantras de al menos dos nacionalismos existentes en España, el vasco y el gallego, es considerar que hay muchos puntos de conexión entre su situación y la de Irlanda respecto de Inglaterra. El centro de la identificación se basa en que es consistente con el argumento de que existe un conflicto. En España, como en Irlanda, hay un conflicto secular con las nacionalidades internas. Somos la Irlanda de España, decían los primeros nacionalistas gallegos modernos, como Vicetto, Chao o Murguía. Las referencias de los vascos al proceso histórico irlandés son comunes.Esto es algo que, además, por parte euskaldún se ha usado mucho en los últimos tiempos, dado que irlandeses son muchos de los asesores del denominado proceso de paz.

Es posible, y desde luego, deseable, que esos asesores logren sus objetivos finales. Pero eso no es óbice para considerar la cuestión de si hay una Irlanda en España. Y, la verdad, esa afirmación, desde el punto de vista histórico, es una chorrada de tomo y lomo.

Son demasiadas las razones que explican por qué son ejemplos distintos. Hoy, aquí, nos ocupamos, tan sólo, de las más gruesas.

1.- Porque España nunca ha invadido el País Vasco o Galicia, ni se los ha anexionado

La Historia de la relación colonial entre Inglaterra e Irlanda comienza con una guerra y una victoria: la del conde Pembroke en 1170, año en que hace su entrada en Dublín, acto que inicia la dominación inglesa sobre la isla vecina.

Nunca las tropas hispanas, fuesen éstas astures, leonesas, castellanas o la Brigada Paracaidista, han penetrado en un ente político nacional llamado País Vasco o Galicia, con la conciencia de que fuera un sitio diferente que estaban invadiendo. Lejos de ello, las tierras de la actual comunidad autónoma gallega formaron parte bien pronto de las posesiones de la corona astur que guerreaba contra el moro. La tendencia centrífuga existió, ciertamente, y justifica, en parte, la invención del mito de Santiago y el comienzo del fenómeno jacobeo. Pero es éste un hecho que ocurre tan pronto en el tiempo que no cabe hablar de resistencia gallega contra el concepto de España. O, dicho de otra forma: la pulsión de no ser parte de la corona astur es anterior al sentimiento de pertenecer a una nación gallega.

En el caso de los vascos, el asunto está aún, si cabe, más claro. Se podría pensar, como de hecho formula una parte de la mitología vasca, que el pueblo vascón permaneció durante siglos y siglos totalmente aislado del resto del mundo, como consecuencia de su compleja orografía. Que los vascos, por lo tanto, no pasaron jamás del árbol Malato. Como decir, se puede decir; también se puede decir que George Clooney es la reencarnación del Papa Urbano II. Pero decirlo no lo convierte en verdad.

En primer lugar, las crónicas visigóticas están petadas de relatos de incursiones de los vascos mucho más allá del condado de Treviño. De hecho, varias de las veces que los vascones decidieron probar con sus razzias, llegaron a la altura de Zaragoza, por lo menos.

No son pocas las pruebas de que la integración de lo vasco en la España de la Alta Edad Media era intensa. La mayoría de los filólogos, por ejemplo, está de acuerdo en considerar que el monje de San Millán de la Cogolla, ése que, que sepamos, primero se expresó en español, era bilingüe entre ese primer idioma castellano y el euskera. Este hecho es bien patente si tenemos en cuenta que el vasquismo está ampliamente extendido a lo ancho y largo de toda España. Siendo la mayoría de los topónimos, en España y en cualquier otro lugar habitado por humanos, hidrónimos y orónimos (esto es, nombres que están señalando la presencia de algún accidente natural que identifica la población), el vasco tiene uno bien conocido: arantz, de donde arantza o Aránzazu, que significa espino. Los pueblos con espinos son relativamente abundantes en lo que hoy es el País Vasco; pero también bastante lejitos. Sin ir más lejos, en aquellos primeros tiempos de lo que luego fue España, sin AVE ni nada, aquellos vascos que por lo visto estaban solitos entre sus montañas, tratando de protegerse de una pretendida invasión española, llegaron hasta Arantzjuez, y allí dejaron su espinita clavada.

Todo eso sin olvidar a Munia, la esposa del astur rey Fruela, vasca por los cuatro costados, como bien nos recuerda en sus libros Sánchez Albornoz. Como vasco fue el refugio del futuro rey Alfonso el Casto, su hijo, durante los años duros.

En consecuencia, los españoles, ni siquiera cuando todavía no lo eran, tuvieron jamás la pulsión (más bien diría yo: la necesidad) de invadir a unos tipos que formaban parte de su tierra.

Esto no es así, ni modo, en el caso de Inglaterra e Irlanda. La oposición frontal irlandesa al Estado inglés data de conferencia de Munster, celebrada en los tiempos de la reina virgen Isabel I, en la cual los irlandeses se reafirmaron en su fe católica y le hicieron una higa a la reforma anglicana iniciada por Enrique VIII.

Ni vascos ni gallegos, por cierto, tienen figuras históricas que exhibir como la de Brian Boru, demostrativas de la existencia de una monarquía, un Estado, previa a la ocupación.

En fecha históricamente tan tardía como 1800, Gran Bretaña decreta la unión con Irlanda. A dicha fecha, la “unión” del País Vasco y Galicia “con” España no era cosa que se cuestionara.

2.- Porque nunca España ha reaccionado creando un enclave antivasco en el País Vasco o Galicia.

La afirmación anterior equivale a decir: porque nunca se ha producido, en el caso español, el hecho que es el cornerstone del problema irlandés o, más específicamente, norirlandés. El problema irlandés comienza, en efecto, ya durante las represiones ordenadas por Isabel I tras la conferencia de Munster, pues en Londres comienza a manejarse la posibilidad de crear enclaves protestantes artificiales dentro de Irlanda.

Los ejércitos ingleses que entraron en Irlanda en aquellos años llevaban la orden expresa de exterminar a los irlandeses entre el río Shannon y el mar, para sí dejar sitio para el establecimiento de colonos ingleses anglicanos. La Historia de España (y la de Galicia, y la del País Vasco) no registran una orden siquiera parecida.

En el siglo XVII, 200.000 hectáreas del Ulster habían sido repartidas ya a colonos protestantes en el Ulster. En dicho siglo, la política de Inglaterra de meter en Irlanda todo lo que fuese, siempre que profesase la fe protestante, llevó a radicar en la isla a lo peor de Europa. Tanto es así que se popularizó comentar de todo aquel que fuese un bandarra, un ladrón, un putero o un vago: “Acabará en Irlanda”.

3.- Porque la religión de España nunca ha sido antivasca ni antigallega.


En el siglo XVII, el arzobispo anglicano de Armagh, monseñor Usher, pronunció una famosa homilía en la que dijo: “La religión de los papistas es supersticiosa y herética; la tolerancia para con ellos es un grave pecado”. De esta forma, la dominación inglesa sobre los irlandeses adquirió los tintes de la justicia religiosa, basándose en el concepto de que el catolicismo era un cristianismo de baja calidad, propio de personas supersticiosas e incultas. Ciertamente, qué razón tenían los presbiterianos: como todo el mundo sabe, a las brujas de Salem se las apiolaron unos enviados del Papa, mientras los habitantes del pueblo, protestantes todos, trataban de impedirlo.

La Historia de España incluye el desarrollo de una institución importada para ejercitar la presión política y la limpieza étnica desde la religión: la Inquisición. Pero la Inquisición se cebó en judíos y moriscos, no, que se sepa, en vascos y gallegos por el hecho de serlo.

4.- Porque España nunca ha cometido el genocidio de las poblaciones vasca y gallega y nunca ha sido racista respecto de las mismas.


Los historiadores han estimado que, tras la rebelión irlandesa de 1641 y la consecuente entrada en el país de la armada inglesa, cinco sextas partes de la población adulta irlandesa en condiciones de luchar fue masacrada. Cinco sextas partes. Sic.

Ni vascos ni gallegos pueden exhibir algo que pálidamente se le parezca.

Tras la rebelión que acabamos de citar, el respeto de los ingleses por la condición humana de los irlandeses era tan profundo que centenares de hombres (sobre todo, curas católicos), mujeres y niños fueron vendidos como esclavos. Como todo el mundo sabe, las zafras en la Cuba española eran realizadas por gentes esclavizadas de Lequeitio y Guitiriz, milagrosamente liberadas por el ejército estadounidense tras la guerra del 98.

En 1847, Irlanda vive una devastadora plaga agrícola que mata sus patatas, que son la base de la alimentación de la población. En consecuencia, se declara una hambruna en la que fallecen 600.000 personas, a las que habría que añadir las 800.000 que huyen del hambre, casi todas a Estados Unidos. En la cámara de los Lores, discutiéndose la situación, se escuchó la siguiente intervención, que está en las actas: “Las patatas rojas y las algas, espolvoreadas con sal, proporcionan alimentación sana y nutritiva. Todos nosotros sabemos que los irlandeses pueden vivir de cualquier cosa, y que los prados están llenos de hierba, en el caso de que les falten las patatas”.

Sería interesante saber qué precedentes históricos existen en España de actos en los cuales gallegos o vascos hayan sido considerados, por decirlo en términos hitlerianos, Untermenschen, e igualados con los rumiantes.

De hecho, en la dinámica entre españolismo y vasquismo, si alguien ha sido racista es el segundo. Los libros y artículos de Sabino Arana están repletos de apelaciones racistas hacia la estupidez congénita y miseria personal de los no vascos. No existe una sola obra en el, por así decirlo, bando españolista, que hoy se pueda considerar tan respetada como la de Arana y que diga cosas así de los vascos.

5.- Porque España nunca ha decretado leyes específicamente antivascas ni antigallegas.

… como sí hicieron los ingleses en Irlanda.

A partir de la segunda mitad del siglo XVII, los irlandeses no podían entrar en la marina, ni en el ejército. No podían ser jueces ni funcionarios judiciales. Se les prohibió poseer caballos con un valor superior a cinco libras lo cual, en la práctica, los condenaba a realizar buena parte de las roturaciones de sus campos a brazo, y moverse apenas. Aquel católico que fuese encontrado con una espada en la mano era ahorcado.

La autorización legal para que un irlandés pudiese heredar se aprobó en 1778. Lo cual quiere decir que los irlandeses tuvieron que esperar 600 años para poder disfrutar de dicho derecho. La libertad de enseñanza de la religión católica data de 1782.

Hace bien pocas décadas, en Irlanda estuvo vigente la Special Powers Act, que permitía el arresto sin orden judicial, legalizaba los castigos corporales y la detención sin juicio, así como la censura de prensa (a los lectores que tengan la tentación de hacer un símil entre la SPA y la legislación antiterrorista española, les recomendaría que volviesen a leer la frase escrita). La ley prohibía, asimismo, que los irlandeses pudiesen siquiera poseer los libros, discos, etc., que los ingleses considerasen subversivos (cosa que también se ha hecho en España aunque, lamentablemente para los nacionalistas, el objetivo de esta medida ha sido siempre el conjunto de la población).

6.- Porque España ni ha celebrado, ni celebra, victoria militar alguna sobre vascos o gallegos.

Los vascos españolistas celebrarán, supongo yo, el 12 de octubre, día que conmemora la llegada de Colón a las cosas de La Española. Como los gallegos españolistas y como los extremeños españolistas. Pero los irlandeses britanistas no celebraban el día de la Reina ni pollas en vinagre. Celebraban el 1 de julio  de 1690, es decir la batalla de Boyne en la que Guillermo de Orange (por eso los irlandeses protestantes radicales se llaman orangistas) derrotó a Jacobo II, quien pretendía gobernar Inglaterra otorgando derechos a los irlandeses y, probablemente, derogando las nefandas Acts of Settlement en virtud de las cuales los protestantes se establecían en Irlanda, la hacían suya y comenzaban a tratar a los naturales del país como extraños.

La única victoria que se puede considerar realizada de España sobre el País Vasco es la de la guerra carlista prima. Pero, primero, no fue una victoria propiamente dicha. Y, segundo, la guerra carlista es una guerra civil en la que, pese a estar el asunto vasco y navarro en su mismo centro y ser su motor, se ventilaron otras cosas. Las guerras entre Irlanda e Inglaterra, la sublevación de 1641, la de 1796 de la Liga de los Irlandeses Unidos, o la de 1798 de los Yeomanry, jamás se han mezclado con nada.

Y, en todo caso, España no celebra a día de hoy, ni lo ha hecho nunca, las victorias cristinas en la guerra carlista paseando tamborileros por la calle y afirmando que aquel día los sucios vascos mordieron el polvo.

7.- Porque España nunca ha permitido, menos fomentado, la creación de armadas paramilitares españolistas en País Vasco o Galicia.

En 1913, cuando Inglaterra está a punto de doblar por primera vez la cerviz en el tema irlandés y aprobar su Home Rule o autogobierno, el abogado protestante Edward Carson y el capitán James Craig, éste último veterano de la guerra de los boers, crean la Ulster Volunteer Force, UVF, con 80.000 hombres al mando de un general llamado George Richardson.

Ya en el siglo XX, en Irlanda se crearon tres policías auxiliares, denominadas la A, la B y la C. Los primeros estaban disponibles para actuar en el acto, los segundos podían ser convocados y los terceros tenían funciones administrativas. Los cuerpos A y C fueron pronto disueltos, pero los B Especiales existieron durante dos décadas.

Los B especiales tienen una larga historia de asesinatos, robos, abusos, violaciones, etc., en la persona de católicos irlandeses. En el verano de 1969, los B Especiales se ganaron, finalmente, su disolución; pero no fue después de nueve muertos y 300 heridos tras una razzia en los barrios católicos de Belfast.

8.- Porque España nunca ha planificado la miseria económica del País Vasco o de Galicia.


Tras firmar, a regañadientes, la partición entre sí misma e Irlanda (aunque conservando Irlanda del Norte), Inglaterra suspendió sus inversiones en la isla vecina (que vendía el 80% de sus mercancías a Inglaterra) y le impuso el pago de cinco millones de libras anuales en concepto de indemnizaciones por los daños producidos en las distintas insurrecciones. Cabe recordar, además, que permaneció impasible durante la hambruna de mediados del XIX, deteriorando con ello la posición económica irlandesa y obligando a sus habitantes a una emigración masiva (que era, muy probablemente, lo que estaba buscando Londres).

Los historiadores no han encontrado, a día de hoy, trazas de estrategia alguna diseñada en Madrid para labrar la pobreza de Galicia, País Vasco o Cataluña. Lejos de ello, España adoptó durante casi un siglo las prácticas proteccionistas que demandaba la industria catalana y vasca, y que arruinaron al sector lanero castellano; bloqueó, en 1919, cuando por la riqueza de la neutralidad en la guerra mundial estaba en las mejores condiciones para hacerlo, la modernización de su sistema fiscal porque esas mismas empresas no querían pagar tanto; y ha otorgado a los territorios forales unas condiciones fiscales realmente privilegiadas.

9.- Por la propia naturaleza del foralismo.


En el caso de los vascos, su nacionalismo siempre ha sido, históricamente hablando, foralista. Esto es, se ha basado en reivindicar la conservación de unos fueros, es decir unos derechos propios, privilegiados.

Pero el foralismo repele el independentismo. Un fuero es un derecho otorgado, y sólo otorgan derechos quienes tienen poder sobre un territorio; los reyes, normalmente. Si alguien reclama sus fueros, automáticamente está admitiendo la autoridad de quien los otorga.

Esto lo saben bien los irlandeses, que jamás han reclamado de los ingleses la devolución de fuero alguno sino, simple y llanamente, que se fuesen a tomar por culo. El Home Rule, la autodeterminación irlandesa, no era sino un paso para la independencia, como siempre dejaron claro sus impulsores.

domingo, febrero 26, 2012

Soluciones a las letrillas


Aquí tenéis las soluciones a las letrillas anticlericales.

Riñas, odios y rencores
fomenta entre si mayores
la familia clerical
que la gente mundanal.

Fácil, ¿no? Prueba ahora con éste:

Canon, regla significa;
de ahí canónigo se fiça,
ya que bajo juramento
ha de estar todo momento.
De Dios consagrado a la gloria,
pompa y cargo, ¡palmatoria!
Más que correr hacia el coro
eligen paseo y oro
y las ropas militares
prefieren a las talares.
Rara vez se ocupan de algo
que debamos celebrarlo.
Son de corazón avaro,
no prestan al pobre amparo;
ni dan a Dios lo que sobra
aunque de la Iglesia cobran.



Si quiere la canongía
cuando llegue la oposición
ofrezca algún doblón
a los de la Compañía



Si alguno a un tomista imita
con doblones ande diestro:
venda al punto a su maestro
y dé el voto al jesuita.


¿Y una vez conseguida la canongía? ¿Cuál será el siguiente escalón? Dice la letrilla:

Será el principal cuidado
de un canónigo actual
aunque falte a lo esencial
pretender un obispado.




miércoles, febrero 22, 2012

Ejercicio de agudeza poética anticlerical

He pasado un rato divertido esta tarde leyendo alguna vieja antología de letrillas anticlericales. Es éste un subgénero de la literatura satírica española que poco, o nada, tiene que envidiarle a un Aretino. Y, bueno, como tenía abierto el ordenata, se me ha ocurrido dejaros aquí una serie de poemillas con reto; el reto, obviamente, es adivinar la palabra que falta.

Insisto: todos los poemas son anticlericales, en su mayor parte glosando la figura del canónigo, personaje central de la sociedad española durante muchos siglos, tildado de nepótico, vago, egoísta e ignorante. El más alto personaje de la literatura española (en mi modesta opinión, que sé bien que no muchos comparten) es, de hecho, un canónigo magistral: don Fermín de Pas.

Empecemos por uno fácil. Pero es que la letrilla fue famosísima en su época, así pues, todos aquéllos de mis lectores que pasen de los 180 años o así no tendrán problema en rememorarla:

Riñas, odios y rencores
fomenta entre si mayores
la familia __________
que la gente mundanal.

Fácil, ¿no? Prueba ahora con éste:

Canon, regla significa;
de ahí canónigo se fiça,
ya que bajo juramento
ha de estar todo momento.
De Dios consagrado a la gloria,
pompa y cargo, ¡palmatoria!
Más que correr hacia el _____ [pista: se refiere a la teórica obligación de todo canónigo]
eligen paseo y oro
y las ropas militares
prefieren a las talares.
Rara vez se ocupan de algo
que debamos celebrarlo.
Son de corazón ______,
no prestan al pobre amparo;
ni dan a Dios lo que sobra
aunque de la Iglesia cobran.


Los canónigos, para serlo, pasaban unas oposiciones. A ello se refiere este poemilla. Piénsese en quién podía tener poder para manipular el resultado de los exámenes, y que rime bien.

Si quiere la canongía
cuando llegue la oposición
ofrezca algún doblón
a los de la __________

En el mismo tema abunda éste:

Si alguno a un tomista imita
con doblones ande diestro:
venda al punto a su maestro
y dé el voto al __________.


¿Y una vez conseguida la canongía? ¿Cuál será el siguiente escalón? Dice la letrilla:

Será el principal cuidado
de un canónigo actual
aunque falte a lo esencial
pretender un ___________.


... bueno, y os dejo algunos fuera de concurso, por ser de mi apreciación.

Éste, por ejemplo, sobre el nepotismo de los canónigos.

El que este oficio ha de usar
ha de tomar providencia
de dexarse la conciencia
donde no pueda acusar.
Después ha de procurar
hacer por varios caminos
canónigos a sus sobrinos
y después a sus sobrinas.
Pues también cabrán pollinas
donde han cabido pollinos.

O esta letrilla, dedicada a un tal Francisco Ribera, que opositó para ser canónigo de la catedral de Toledo siendo, según las crónicas, un cabestro en asuntos teologales y aun mundanos. Los versos no tienen desperdicio:

De Badajoz vino aquí
un canónigo de sayo
con nariz de papagayo
y voz de quiquiriquí.
En toda mi vida vi
ciencia más despilfarrada
que parece vendimiada
que no lo fue ni en la voz.
¿Qué vino de Badajoz
sino una badajada?

Disculpas a los extremeños, obviously.









Un escalón en la creación de España


Durante lo que habitualmente conocemos como Baja Edad Media, Europa dilata. Cada vez en periodos más cortos y de forma más violenta. Finalmente, se produce el alumbramiento; un alumbramiento enormemente doloroso y en el que se acumulan toneladas de sangre y que, desde mediados del siglo XIX, conocemos como Guerra de los Cien Años, la primera auténtica guerra europea que registra nuestra Historia. La Guerra de los Cien Años es un enfrentamiento bélico intermitente cuyos principales protagonistas son Inglaterra y Francia; sin embargo, de una forma o de otra, implica a todos los países de Europa y, además, como fenómeno que es de madurez de las monarquías frente al poder feudal que identifica los tiempos medievales, en realidad es el proceso más, por así decirlo, visible, de una serie de procesos en todos los países que avanzan en una dirección parecida.

España no es una excepción. El tiempo de la Guerra de los Cien Años viene a coincidir con nuestro propio tiempo bélico; una guerra en la que se ventilará, en buena medida, la relación de fuerzas entre las coronas de Castilla y Aragón que acabará decretando, pocas décadas después, cierta dependencia de ésta respecto de aquélla, comenzando con ello el proyecto de la nación española. Pero esta dinámica no es ni fácil ni incruenta. Es, como casi siempre, una guerra. La guerra entre los dos Pedros: el Cruel, en Castilla; y el Ceremonioso, en Aragón.

Alfonso IV, rey de Aragón, conocido como El Benigno, casó en segundas nupcias con Leonor de Castilla, que aportaba al matrimonio, como en la serie Los Serrano, hijos ya bastante maduros. Leonor ambicionaba para sus vástagos un papel de árbitros en la política peninsular, razón por la cual, a base de presiones y zalamerías sabiamente administradas, fue arrancando de su marido sabrosas donaciones para ellos, especialmente para el mayor, Fernando. De hecho, el rey Alfonso convirtió a Fernando en poco más que una especie de rey de Valencia, si tal cosa existiese, pues le cedió terrenos amplísimos en dicha demarcación. Lo que no sabemos, a día de hoy, es si Fernando se pagaba sus trajes.

La hostilidad de Pedro, el heredero de la corona maña, hacia los apliques entre su padre y su madrastra, debía ser bastante obvio, porque Leonor y su prole, nada más enfermar el rey, se refugiaron ipso facto en Castilla. El rey castellano Pedro I los recibió con los brazos abiertos, aunque ni los respetaba ni en realidad tenía planes para ellos; en su mente, el infante Fernando traía consigo tierras que él ambicionaba, tales como Alicante, Orihuela o Játiva.

Pedro I había llegado a rey con 16 años, tras la muerte de su padre Alfonso XI. Todo nos hace indicar que era persona de escaso miedo y bastante falta de escrúpulos; condiciones que le vinieron muy bien para ser rey de una nación en la que las revueltas nobiliarias eran frecuentes y, además, existían alternativas a su persona en la de los hermanastros bastardos del rey, sobre todo Enrique de Trastámara. Prueba inequívoca de esa propensión a hacer lo que le daba la gana es el famoso episodio en el que el rey, apenas a los dos días de su boda con Blanca de Borbón, se empalma dubidú al ver a María de Padilla, y se va con ella.

El conflicto entre Castilla y Aragón tuvo desde el principio una importante implicación internacional, pues fue por proteger a un aliado histórico como Génova que Castilla inició las hostilidades. El navegante catalán Françesc de Perelló atacó dos embarcaciones aliadas de Génova en Sanlúcar de Barrameda; gesto que fue contestado por el rey castellano con el embargo de los bienes de todos los comerciantes catalanes residentes en Castilla (a tomar por culo el consumo de cava en las behetrías). En agosto de 1356, aduciendo este episodio y la huida de Leonor de Castilla entre otros temas, Pedro I le escribe a su homólogo aragonés una carta que termina d’aquí adelant no nos haiades por amigo. Pedro reunió a sus asesores y, tras largas discusiones, decidió aceptar el desafío y declarar, por su parte, la guerra.

La guerra entre Castilla y Aragón fue desde el principio una guerra sucia, pues ambas partes hicieron todo lo posible por atizar los problemas en el seno de su enemigo. El más hábil en este punto fue Pedro el Ceremonioso, quien rápidamente atrajo hacia su zona de influencia a Enrique de Trastámara y al infante Fernando. A finales de 1356, Enrique pasó a Aragón con sus mesnadas, que eran numerosas, atraído por una serie de promesas territoriales en varios puntos de la corona aragonesa. Asimismo, Pedro inició acercamientos hacia Fabrique y Tello, los dos hermanos de Enrique; y tramó un alianza secreta con nobles castellanos para apoyarlos en una rebelión en Andalucía a cambio de la cual Aragón recibiría Sevilla, Algeciras, Cádiz, Jaén y Tarifa; casi nada. El Ceremonioso, por lo tanto, tenía todo un plan para penetrar en el poder castellano por su trastienda. La movida, sin embargo, fracasó. Pedro I, además, incitó al infante Fernando, cabreado por la preferencia aragonesa por Enrique, a montar bulla dentro del reino enemigo.

En marzo de 1357, los ejércitos castellanos toman Tarazona, en medio de los intentos de Guillermo de la Jugue, legado pontificio, para negociar una paz. El rey aragonés presentó batalla en Magallón, pero el Cruel la rechazó. Finalmente, el papado forzó una tregua, que se hizo efectiva en mayo de aquel mismo año, por la cual los territorios invadidos por Castilla quedaban bajo custodia pontifical.

La tregua fue usada por ambos bandos para buscar aliados. Castilla buscó la amistad, fundamentalmente, de Inglaterra, mientras que Aragón consolidaba su relación con Navarra y alguno de los reinos musulmanes de la península. Sin embargo, la principal alianza fue la alcanzada entre El Ceremonioso y el infante Don Fernando, quien aceptó pasarse a Aragón para hacerle la guerra al castellano. Pedro I reaccionó muy violentamente, temeroso de que la defección de Fernando le crease una oposición interior. Puso en marcha la rueda de reprimir y se apioló a los críticos a cientos; entre ellos, a Fabrique, hermano de Enrique de Trastámara; y a Juan, hermano de Fernando. Al tercer Trastámara, Tello, lo buscó pero no lo encontró. Algo más tarde, fue Leonor de Castilla la asesinada, convirtiéndose con ello en una de las escasas mujeres de estirpe real (pregunta a mis lectores: ¿acaso la única?) muertas violentamente en nuestra Historia.

Los castellanos rebeldes realizaron una operación semi-coordinada de pinza. Enrique atacó por Soria y Fernando por Murcia. Pedro, mientras tanto, siguiendo su táctica habitual de rehuir en lo posible el combate ofrecido por el contrario, decidió cambiar el teatro del enfrentamiento. Así, aprovechando la condición de potencia naval de su aliado portugués, organizó una expedición por mar para pillar a los aragoneses por su culo. Lo intentó en Guardamar, sin suerte, pero con el tiempo la flota se consolidó, de modo que en junio de 1359 tenemos a la armada castellana en la bocana del puerto de Barcelona. Ciertamente, la expedición fracasó en el ataque a la ciudad y, tras diversas vicisitudes, acabó licenciando a los marinos en Cartagena; pero para los catalanes fue una mala noticia, pues les demostraba que Castilla, cosa que ellos no habían esperado, estaba en condiciones de hablarles de tú a tú en el Mare Nostrum.

En septiembre de ese mismo año, los castellanos son derrotados por Enrique de Trastámara cerca de Moncayo, en Araviana. Esta derrota enervó a Pedro I de tal manera que intensificó la represión de los elementos contrarios a él en Castilla, con asesinatos masivos que están en la base del sobrenombre con el que ha pasado a la Historia. Sin embargo, esta represión consiguió taponar la rebelión de la nobleza enriquista que se estaba preparando y, de hecho, hizo zozobrar la invasión de Castilla que éste preparaba. En abril de 1356, Pedro I había recuperado el resuello y derrotó a las tropas de Enrique en Nájera.

Una vez más cambian las tornas, y de tal forma que Pedro el Ceremonioso de repente pierde el culo por firmar una paz. Ya está a punto de hacerlo cuando una novedad le detiene: en el reino de Granada (que entonces abarca todo el sur y parte del centro de Andalucía), Mohamed VI, El Rey Bermejo, aragonesista hasta las cachas, le arrebata el poder a Mohamed V, aliado de los castellanos. Este cambio debilita notablemente la posición de Castilla, que es ahora la que corre para lograr una paz, que de hecho se firma en Deza-Terrer (mayo de 1361). Bajo los eternos auspicios del inevitable legado papal (en este caso, Guido de Bolonia), ambas partes se devuelven terrenos conquistados y prisioneros y se prometen amigos para siempre will you always be my friend. No obstante, Pedro I, como Vito Corleone, sólo estaba firmando una paz falsa y, de hecho, mientras abrazaba a sus hermanos castellanos y aragoneses, pensaba en la venganza; pocos meses después, Mohamed V recupera el poder en Granada con apoyo castellano, y es el propio Pedro I quien traspasa con su lanza, cual pincho moruno (broma cruel), al Rey Bermejo, en Tablada.

Cubiertas las espaldas, Pedro I invade Aragón, llegando hasta Calatayud, que sitia con éxito (por lo que se ve, de aquélla los calagurritanos todavía no eran lo suficientemente tercos…) Este movimiento pilló a Pedro el Ceremonioso sin pasta y sin tropas, pues las había licenciado. Es por ello que llama a Enrique de Trastámara y se echa en sus brazos. En las Cortes de Monzón, el hasta ahora resistente se ha convertido, sin ambages, en candidato al trono de Castilla, por encima de todos los demás. El Trastámara, pues, ganó la preminencia en el trono castellano gracias a su tropa de marines.

En 1363, Pedro I realiza una nueva campaña en Aragón que llega a amenazar Zaragoza; aunque luego vira hacia Levante, donde llega incluso a asediar Valencia. En lugar de presentar batalla a la oposición castellana que apoyaba a los aragoneses, se refugió en Murviedro donde, tras semanas de gestiones y cartas, se llegó a la paz de tal nombre, que establecía la entrega a Castilla de Calatayud, Tarazona y Teruel; condiciones que, de todas formas, nunca se cumplieron.

En el bando aragonés, aquella paz humillante afectó sobre todo a los castellanos que se habían refugiado en el Este de España por ser opositores a la política de Pedro I. La mayoría de esos castellanos en guerra con Castilla eran partidarios del infante Fernando, al que consideraban con más sólidas credenciales para ser rey de Castilla; y el apoyo decidido de Pedro el Ceremonioso a Enrique Trastámara les jodía. La bomba estalló cuando Fernando anunció su marcha a Francia con sus tropas. El rey aragonés trató de retenerlo y, cuando vio que no podía, solucionó el problema de forma categórica: lo hizo asesinar.

Hecho esto, Enrique de Trastámara tenía las manos desatadas para convertirse en el líder de la oposición castellana; y contaba, además, con la ventaja de que Aragón seguía necesitando sus tropas. Por ello, el bastardo inició una operación de limpieza de los partidarios de la paz con Castilla, especialmente el consejero del rey Bernat de Cabrera; quien primero fue convertido en súbdito de Navarra en el pacto entre dicha corona y Aragón (Tratado de Uncastillo, agosto de 1363): y después, tras un proceso por traición, ejecutado en Zaragoza.

A finales del mismo año de 1363, Castilla realizó una nueva campaña de invasión en tierras aragonesas, de modo que a principios de 1364 estaba de nuevo sitiando Valencia. El Ceremonioso contraatacó, obligando a los castellanos a abandonar el sitio y, posteriormente, comenzó a recuperar ciudades, mientras Pedro I se refugiaba en Murviedro.

Más o menos por aquel tiempo se produjo el hecho que habría de desequilibrar definitivamente la balanza de aquella guerra tan compleja: la entrada en Aragón de las llamadas compañías blancas, tropas mercenarias francas a la orden de Bertrán de Duguesclin. La implicación de Francia con infantería propia obligó a Pedro I a volver grupas hacia Castilla.

La entrada de Duglesclin, que se venía a combinar con la presencia en el ejército castellano del llamado Príncipe Negro (el delfín de la corona inglesa, llamado así por la color de su armadura), despeja toda duda que pudiera caber frente a quienes dudasen de que el episodio de la guerra entre los pedros fue, en realidad, uno más de los escenarios de lo que conocemos, desde mediados del siglo XIX, como Guerra de los Cien Años. Y también fue el punto culminante de la guerra civil castellana, pues lo que aquí hemos llamado guerra de los pedros es, en realidad, dos guerras: una, la de Castilla y Aragón, en la que se ventila la dominación en la península; y otra, entre Pedro I y el Trastámara, en la que se ventila el poder en Castilla.

Para entender la dedicación con que los franceses se aplicaron en apoyo de los aragoneses debemos de tener en cuenta que la primera mitad del siglo XIV, o sea los primeros actos de la Guerra de los Cien Años, no son sino un rosario de victorias inglesas, que varias veces provocaron el colapso de la caballería franca, que aún vivía en el pasado, bajo las flechas de sus compañías de arqueros. Todo eso había cristalizado en la paz de Brétigny, en la que Francia tuvo que aceptarlo todo menos que su rey tuviese que lamerle el culo al inglés cada mañana antes del desayuno.

Pero, más allá de la implicación internacional, lo que se produce en Castilla desde 1366 es una situación típica de guerra civil, es decir dos Españas, o mejor dos Castillas, enfrentadas frente a frente. Pedro I es el Ricardo II español (aunque no tuvo un Shakespeare que lo cantase en términos, la verdad, bastante poco históricos). Igual que el malhadado rey inglés poco tiempo después del que relatamos, Pedro es un rey que quiere serlo, que reclama para sí el poder absoluto que tendrán sus sucesores en el trono algunos siglos después, y que por lo tanto se cree con derecho para gobernar el país con la colaboración de su estrecha camarilla de amiguetes. Enrique de Trastámara, por su parte, acepta la jefatura del partido de los nobles de toda la vida, que quieren recuperar los tiempos pasados y probablemente por eso elijen a un descendiente de Alfonso XI. Facción enriqueña y nobiliaria le llama al partido Trastámara el medievalista Sánchez Albornoz.

A finales de 1365, notablemente reforzado con ese ejército de desharrapados y soldados de fortuna que se han quedado sin trabajo tras Brétigny, Enrique de Trastámara decide invadir Castilla. Entra por Cataluña, dejando tras de sí los relatos de los rosarios de violaciones, robos y destrozos causados por los franceses, que de toda la vida se han llevado con los catalanes como los catalanes creen que se llevan con ellos los españoles. Llegada la armada a Calahorra, y por presión de los capitanes extranjeros, Enrique se proclama rey de Castilla con el nombre de Enrique II. Fue coronado de nuevo semanas después, en Las Huelgas, tras el arrollador avance de norte a sur de sus tropas y la toma de Burgos. En mayo entra en Toledo y en junio en Sevilla, forzando la huida del rey Pedro a Portugal.
Pedro I, huido, se llegó a Bayona, entonces dominada por los ingleses. Allí le recibió el senescal de Aquitania, Thomas Felton, en nombre del Príncipe Negro. En septiembre de 1367, Pedro firma con Inglaterra el tratado de Libourne, en virtud del cual Londres le prestaba a Castilla los marines a cambio de que Castilla se deshiciese de Vizcaya y la villa de Castro Urdiales… ¿alguien se imagina a Bildu yendo a montarla a Westminster con pancartas de We are Basque, not British? Guipúzcoa, Treviño y Vitoria serían para el tercer firmante del acuerdo: Navarra.

Mientras el Príncipe Negro reclutaba unos 10.000 combatientes en Aquitania, en España, una parte relevante de las Compañías Blancas era licenciada, básicamente por los desafueros que seguían cometiendo allí donde iban. En enero de 1367, las tropas inglesas cruzaron la frontera navarra hasta San Juan de Pie de Puerto.  Entraron en Álava en marzo. El 3 de abril, en Nájera, las tropas de ambos bandos castellanos se enfrentaron. Fue una victoria sin paliativos de los ingleses, que casi lograron capturar a Enrique de Trastámara, quien hubo de huir a Francia a uña de caballo.

Dado que Pedro I, su sobrenombre lo deja claro, era propenso a la brutalidad, no le importó que las tropas anglo-gasconas que le habían dado la victoria en Nájera se desempeñasen en tierras de la actual comunidad autónoma riojana con una violencia similar a las compañías blancas. Lo cual no le ayudó precisamente a allegar partidarios en la guerra civil castellana.

En Francia, el huido Enrique estrecha lazos con los francos. En el tratado de Aigües-Mortes, agosto de 1367, el bastardo consigue una nueva ayuda militar. En paralelo, en el otro bando las cosas se ponen chungas pues, cuando el inglés se quita la armadura negra y reclama su soberanía sobre los vizcaínos, Pedro va y dice que va a ser que no, que es que se pasó de frenada, que si tal, que si pascual. El mismo mes de agosto que el Trastámara estaba reclutando los soldados franceses, el Príncipe Negro abandona Castilla. En septiembre, tras la entrada de Enrique en tierras castellanas por Calahorra, el Cruel se da cuenta de la capullada que ha hecho tangando al heredero de la corona inglesa, y trata de atraerlo de nuevo para su causa. Pero el Príncipe Negro no era persona a la que se pudiese sacar dos veces a la pista a bailar el mismo vals. Como resultado de la situación, Enrique barre las tierras castellanas de norte a sur, y en abril de 1368 está echando lapos en las murallas de Toledo. Pedro I se refugió en Andalucía, al calor del califato nazarí, desde donde intentará liberar Toledo a principios de 1369.

En el campo de Montiel, las tropas de Pedro y Enrique se encuentran, y del enfrentamiento se produce una victoria sin paliativos del Trastámara. Pedro se refugia en el castillo de Montiel y envía a uno de sus hombres a contactar con el francés De Duglescin, al que ofrece el oro y el moro por pasarse a su bando. El taimado gabacho hace como que acepta y cita en su tienda al rey castellano para sellar el pacto. Pero es una celada. En la noche del 22 al 23 de marzo de 1369, entrando Pedro I en la tienda del francés, allí le está esperando Enrique de Trastámara quien, tras una pelea de cine, acaba con la vida de su hermanastro.



Hay que ser muy cuidadosos a la hora de valorar las consecuencias de la guerra castellano-aragonesa. Digo esto porque lo que os acabo de relatar es un caso muy curioso de la Historia en el que quien pierde, gana. Porque, increíblemente, para mí no hay duda de que el gran ganador de aquella guerra entre Castilla y Aragón sería la primera; que, formalmente, la perdió.

Las razones son varias.

Pocas décadas después de la celada de Montiel, Castilla, por obra y gracia de su reina Isabel, ejercería la fusión por absorción de la corona de Aragón, con la aquiescencia de la dinastía reinante en dicho reino, que sabía lo suficiente de geopolítica como para entender que su futuro estaba en la asociación con el gigante castellano. ¿Cómo pudo ser esto, pues, si Pedro el Ceremonioso había terminado por ganar la guerra pretérita entre los dos pedros?

Pues por la sencilla razón de que Aragón, en el objetivo de vencer sobre los castellanos, primero; y apoyar el partido del bastardo golpista, después, se dejó su capacidad de tener algún día soberanía económica suficiente como para ser independiente. Un problema que comenzó a sufrir Aragón en los albores del siglo XIV y que permanece vivo en los discursos del actual molt honorable president de la Generalitat catalana.

Aragón salió de la guerra literalmente drenado de todo recurso importante. Hay que decir, en todo caso, que las raíces de este problema ya existían antes del conflicto. Un aspecto que sería interesantísimo estudiar (de hecho, si me tocara el Euromillones, es, probablemente, a lo que yo me dedicaría) y del que, cuando menos en mis lecturas, se habla poco, es de la prevalencia de Castilla sobre Aragón por razones fiscales. En mi opinión, uno de los factores principales que fortalece a Castilla en el siglo XV es el hecho de que se trata de una nación con un sistema tributario mucho más eficiente que su vecino aragonés. Las muy queridas libertades territoriales de los catalanes, valencianos, aragoneses y baleáricos fueron un lastre para su nacimiento como nación fuerte, porque el sistema constitucional aragonés tendía a la confederación y, como demuestra muy bien la guerra civil estadounidense, cuando una coalición está confederada, es muy difícil coordinar adecuadamente los recursos. Castilla, en cambio, tenía un sistema fiscal mucho más eficiente, centralizado, que le garantizó, durante toda la tardo Edad Media, un flujo de recursos adecuado para construir su poder.

Castilla salió de la guerra con Aragón razonablemente bien desde el punto de vista económico, a pesar del tristísimo espectáculo que debían ofrecer las plazas mayores de sus villas, petadas de hombres ociosos, con los pies o las manos cortadas tras las numerosas represiones masivas dictadas por el rey cruel. En cambio, Aragón ingresó en la incapacidad de financiarse y, en esas circunstancias, su asociación a una potencia mayor era sólo cuestión de tiempo.

Para colmo, esta situación situó a los aragoneses ante una disyuntiva fatal que explica una parte importante de la geopatía del nacionalismo catalán: castellanos, o franceses. No por casualidad decía Françesc Cambó que Francia es la principal razón de que los catalanes no deban coquetear con dejar de ser españoles. La política de alianzas de Enrique de Trastámara (que tampoco es reprochable; se alió, literalmente, con el que quedaba en el marco de un enfrentamiento europeo) hizo que Aragón entrase en la órbita francesa; en una órbita que, la Historia lo demuestra, no admite hermandades ni colegueos; cuando se está con el francés, se le rinde pleitesía, y punto.

El final de la guerra con Castilla colocó a Aragón en una vía de sentido único cuya estación terminal era acabar en los brazos (literalmente) de aquél a quien había combatido.

Castilla, en cambio, se encontraba en la típica situación de quien ha resuelto una guerra civil con la derrota de una de las partes, dispuesta a mirar hacia adelante, sin grandes obstáculos interiores. Es cierto que tenía compromisos con Francia, y de hecho los cumplió en la batalla naval de La Rochela y probablemente, por esa causa, perdería Portugal, otro predio que naturalmente le debiera haber pertenecido, por cuanto cuando Juan I se quiso ceñir la corona lusa, con rapidez llegaron en ayuda de los locales las tropas inglesas, que dieron su medida en la mítica batalla de Aljubarrota y comenzaron, con ello, la secular alianza entre británicos y portugueses.


La guerra de los pedros, y la guerra civil castellana que le siguió o más bien se confundió con ella, es, por todo ello, un episodio fundamental en el nacimiento de esa cosa que llamamos España.

lunes, febrero 20, 2012

Heráclito Basileus

Siempre he sentido cierta debilidad por la Historia de Bizancio. Por razones lógicas, no es algo que en España se pretenda enseñar ni medio bien y, sin embargo, en mi opinión es un periodo histórico de gran interés, repleto, además, de anécdotas y hechos casi irrepetibles. Creo, además, que demasiado habitualmente Bizancio es pasto de ignorantes. Prácticamente lo que todo el mundo sabe del imperio constantinopolitano es que es una época de la Historia cuyos protagonistas se pasaban el tiempo discutiendo polladas religiosas, como, por ejemplo, el sexo de los ángeles. Esta es una idea que desconoce la gran importancia que tiene para Bizancio la discusión religiosa, pero no en sí, sino como expresión, digamos, metafórica, del gran enfrentamiento existente alrededor de la ciudad de Constantinopla; que no es otro que la construcción de una auténtica alternativa, greco-ortodoxa, a la dominación romana.
Bizancio es el resultado de la inevitable decadencia de Roma. Romanos se hacen llamar los bizantinos cientos de años después de haber abandonado Roma; romano se hace llamar el general Belisario, el último gran general de Constantinopla, así como su ejército. Romanos en su raíz son el Senado y el Consulado bizantinos, hasta que finalmente sean sustituidos por una telaraña, tan meticulosa como intrincada, de cargos griegos. Los emperadores bizantinos, especialmente los primeros, sienten una gran nostalgia de Roma y sufren por su dominación bárbara; es ese sufrimiento el que obligará al mayor de los emperadores del Este, Justiniano I, a intentar reconquistar la península italiana; intentar, con ello, acopiar un pálido reflejo de lo que un día fue el Imperio Romano.

La Historia, sin embargo, nos procura estos fenómenos inversos y extraños. Los españoles rebeldes, acopiando fuerzas y unidad para responder ante el francés invasor que es hijo de la Revolución Francesa, acaban, paradójicamente, adoptando muchos de los principios revolucionarios. Y Constantinopla, ganando fuerza, riqueza e influencia para mantener la luz del imperio romano, acaba siendo un poder distinto, distante y competidor de la propia Roma.
Ambas puertas friccionarán en la bisagra que las une, que es el cristianismo. Las polémicas entre arrianos y cristianos, primero; pero, sobre todo, entre nestorianos y monosifistas, son muchísimo más que una sutil discusión teológica sobre las naturalezas de Jesucristo; discusión que, aún hoy, hace a los católicos occidentales repetir, cada domingo, aquello de engendrado y no creado, de la misma naturaleza que el Padre… Las trifulcas religiosas del siglo VII y siguientes expresan el conflicto entre Constantinopla y Roma; y entre aquélla y Alejandría.

Algún día hablaremos de Justiniano, el más grande de los emperadores bizantinos; que tuvo la suerte de asociarse con una de las mayores inteligencias políticas de la Historia de la Humanidad, su mujer Teodora. Hoy, sin embargo, nos toca situarnos precisamente en su muerte, para poder llegar, poco a poco, a la figura de un emperador tristemente olvidado, a pesar de lo hercúleo de su labor. Me refiero a Heráclito.

Heráclito será emperador de Oriente, sin embargo, aproximadamente medio siglo después de la muerte de Justiniano. Antes que él, la situación se cocerá lentamente para la aceptación de un emperador de grandes poderes, como siempre se cuecen estas cosas, esto es mediante el caos.

En el año 565, Justino II hereda de Justiniano un imperio enorme y arruinado. Los historiadores suelen decir del nuevo emperador que traía ideas muy buenas pero que, en cualquier caso, no pudo llevarlas a cabo por la situación en la que estaban las finanzas públicas. Otra característica de Justino es que había heredado el tremendo orgullo imperial, más que de Justiniano, de Teodora, lo cual le llevó a tomar una decisión poco acertada. Tras unos años de vacilaciones, finalmente decidió denunciar el acuerdo de paz que Justiniano había firmado con los persas, que pasaba por el pago desde Constantinopla de un importante impuesto. Justino consideraba esto humillante y, como digo, dejó de pagar. Esto dio pábulo a los persas para iniciar de nuevo la guerra, guerra que colocó pronto a Justino en un estado que cabría calificar de sicopatía, en el que pasaba, casi sin solución de continuidad, de periodos de cólera desatada a otros de abulia tan profunda que, de hecho, desde el año 573 no será él, sino su mujer Sofía, quien reine en el Imperio.

Sofía, no sabemos si por respeto intelectual u otro tipo de querencias, se apoya en un alto funcionario palaciego, llamado Tiberio, para el que poco a poco irá requiriendo títulos y prebendas (lo cual da que pensar que algún tipo de frote habría) hasta verlo recibir, en 574, el título de César que lo asociaba al trono.

Tiberio reinará del 578 al 582, apenas cuatro años. Un emperador apenas interesante para la Historia del que nadie o casi nadie habla pero que, sin embargo, fue enterrado y llorado por los bizantinos como si hubiese muerto Montoya la Polla. La razón, sencilla: en los cuatro años que reinó, Tiberio se dedicó, básicamente, a pulirse el Tesoro imperial reconstruido por Justino, tacita a tacita, dándole a la gente lo que quería, bajando los impuestos, y todo eso. Aquéllos de mis lectores con el colmillo más retorcido musitarán: negando la crisis...

Mauricio, que sucede a Tiberio en el 582, había sido nombrado César por éste tras dar el braguetazo con su hija Constantina. Afortunadamente para Constantinopla, era todo lo que no era su suegro. Cutre hasta la médula, al parecer los miembros de su corte se desesperaban con su incapacidad de gastar un mango en cualquier cosa. Cualquier cosa que no fuese el ejército pues Mauricio, que por encima de todo era un soldado, soñaba con reconstruir las legiones romanas y volver a poner el Mediterráneo de rodillas a sus pies.

Mauricio aprovechó la feliz (para él) circunstancia histórica de que la corona persa entró por entonces en un proceso de primarias cainitas; momento que es aprovechado por el emperador para atacar y forzar una negociación. En la dicha negociación, conseguirá Mauricio la devolución de la ciudad fronteriza de Daras (cuya pérdida había causado que Justino II se volviese tolili), amén de zonas de Armenia y Mesopotamia. El esfuerzo en Oriente, sin embargo, coloca en grave situación los intereses bizantinos en Occidente, donde, desde el 568, Italia se está viendo invadida por el norte por una raza de germánicos, los lombardos, que de hecho darán su nombre a dicho área; aparte de a una verdura de dudoso gusto, que algunos españoles con mala suerte hubieron de consumir, forzosamente, durante todas las navidades de su infancia.

Asimismo, el problema fronterizo se agravará en los Balcanes, donde ávaros y eslavos presionan, desde el año 580, en Iliria y Tracia, cometiendo crímenes masivos en la persona de los bizantinos. En el 591, Mauricio firma la paz con los persas, lo cual le da la oportunidad de volver grupas hacia el Oeste y comenzar a arrear de capones a los eslavos.

La guerra, sin embargo, viene durando demasiado tiempo, y costando demasiados impuestos. Mauricio, que como todas las personas de espíritu militar es incapaz de entender que haya gente a la que la vida de campamento e instrucción le pese, ha ordenado que sus tropas estén acampadas, en régimen semipermanente, en la orilla exterior (exterior según se mira desde Constantinopla) del Danubio, para así impedir las penetraciones eslavas. Los eslavos no penetran, efectivamente; pero a costa de que los soldados estén demasiado lejos de casa. La cosa se va encendiendo a base de borracheras inocentes que se convierten en conciliábulos más o menos organizados que terminan en golpe de Estado. Un centurión de las tropas bizantinas, que lleva el poco elegante nombre de Phocas, o sea Focas, se alza en jefe de los conjurados, levanta el campamento y se dirige a Constantinopla. Las noticias de su llegada despiertan simpatías dentro de la ciudad entre los que están hasta los huevos, y son muchos, de que les suban el IVA cada día por la tarde para así pagar la guerra.

Tan rarito es el ambiente de Constantinopla que Mauricio le envía a Focas una embajada de negociadores, que lo tratan con honores de jefe de Estado; Focas, sin embargo, los despacha sin atenderlos. Muy seguro se siente el centurión de su fuerza; pero lo cierto es que es la suya una zapaterina seguridad, que tiene sus agujeros. Entre los propios conspiradores hay muchas gentes que se imaginan (y ya veremos que no se equivocarán) que Focas de Basileo sería un desastre; por ello, envían mensajeros al hijo de Mauricio, Teodosio, ofreciéndole a él la corona y a su padrino, Germano, el consulado.

Cuando Mauricio se cosca de todo esto, se coge un globo de la hostia. Hace comparecer a Germano ante él, lo más flojo que le dice es hijoputa, y ordena su ejecución. Germano sale del palacio imperial echando leches y se refugia en la iglesia de la Virgen, donde, a pesar de estar en sagrado, las tropas van a entrar para cargárselo. Pero el pueblo, en un movimiento espontáneo, rodea el templo para impedir la entrada de los milicos. Mauricio, visto que no puede alcanzar a Germano, le da una mano de hostias, con un bastón, a su hijo Teodosio.

El detalle desata la revolución en la ciudad. Las calles son de las turbas, que arramblan con todo. Queman la casa de Constantino, el valido de Mauricio. El visir y el emperador, disfrazados de gente común, escapan en un pequeño esquife con el que ganan, por mar, la iglesia de San Autónomos Mártir.

Focas entra en Constantinopla con sus tropas y, por la fuerza de las armas, se hace coronar emperador en la iglesia de San Juan Bautista; y corona emperatriz a Leoncia, su churri. Nada más salir de la iglesia, montado en un caballo blanco, comienza a diseñar en su cabeza el que será su reinado, todo moderación y concordia.

Lo primero que hace Focas es enviar una partida de soldados a la iglesia donde Mauricio se encuentra bloqueado con cinco de sus hijos. Siguiendo sus órdenes, los soldados decapitan a los infantes delante de su padre antes de cargárselo a él. Fue, eso sí, clemente tanto con la mujer como con las hijas, a las que encerró en un convento de por vida, tal vez para ahorrarles el espectáculo de ver las cabezas de su padre y marido, y de los hermanos e hijos, expuestas, durante largo tiempo, en el Campo de Marte. A partir de ahí, se sique una represión en la ciudad en la cual fueron separadas cabezas de cuerpos de todos aquéllos que alguna vez le dieron la hora a Mauricio; incluso su único hijo superviviente, Teodosio, que es masacrado en la iglesia donde había conseguido refugiarse.

Aquellos militares que no terminaban de fiarse de Focas en el poder tenían sus razones. El reinado del centurión es un puto caos, tanto que, rápidamente, el rey Chosroes II de Persia lo huele, y comienza a pensar en volver a declarar la guerra. El pistoletazo de salida, en el 604, es la defección del único buen general bizantino, Narses o Narsés, quien, harto de las polladas del emperador ex chusquero de mierda, directamente abandona el servicio. A partir de ahí, se librará una guerra de cinco años en la que Bizancio no ganará ni una escaramuza y en la que perderá Siria, Palestina, Mesopotamia, Asia Menor, Calcedonia, y terminará por ver a los persas casi meando contra los muros de la capital.

Focas acabará matando a Constantina, viuda de Mauricio; y también a Germano, a quien acusa de complotar contra él. Pero para entonces, el emperador ni siquiera puede acudir a los espectáculos del hipódromo, pues allí la gente le hace lo que a Zapatero en el desfile del 12 de octubre, sólo que al cuadrado. Cuanto más miedo tiene, más gente ejecuta Focas. Y cuanto más ejecuta, más gente se pone contra él.

Puesto que la anterior familia real ha sido laminada, será finalmente un exarca del norte de África, Heraclio, quien decida ponerse al frente de los golpistas; acción para la cual el propio Senado constantinopolitano se lo pide de rodillas. Heraclio pone a su hijo del mismo nombre (Heraclín, pues), al mando de una flota, y a su sobrino Niketas al de las tropas de tierra, que envía a Egipto. El 3 de octubre del 610, el padre ya situado en Alejandría, el hijo coloca los barcos frente a Constantinopla. Potio, un cortesano muy cercano a Focas que lo ha traicionado, pide el derecho de detenerlo, mientras la ciudad entera aclama a los barcos. Entra en el palacio con una pequeña fuerza y, efectivamente, encuentra al emperador, lo despoja de sus ropajes, y lo lleva frente a Heraclín con las manos atadas a la espalda. Tras hacerlo decapitar, el hijo de Heraclio ordena que se mutile el cadáver y, con dos lanzas, en una de las cuales ha clavado una mano y en otra un trozo del cuerpo del ex emperador, organiza una macabra manifestación por las calles de la ciudad, que los parientes de Focas ya no verán, porque en el momento que se produce están sufriendo el mismo destino que su otrora protector.

Heraclio fue un emperador, desde el principio, sorprendente. Para los bizantinos, acostumbrados a figuras hiperprotocolarias que parecían vivir una vida aparte del resto de los mortales, su capacidad de implicarse en los asuntos de la gente es sorprendente. En tonos laudatorios refiere el historiador Nicéforo el caso del terrateniente Vitilinos que, teniendo un litigio de lindes con una viuda, ordenó a sus criados matar a uno de sus hijos. La mujer fue a Constantinopla, reclamó justicia ante el emperador, y éste hizo llevar a Vitilinos al hipódromo donde, frente al pueblo, lo entregó a los hermanos del muerto para que acabasen con él.

Del 610 al 620, Heraclio se centra en la reforma de la administración bizantina y, sobre todo, la reorganización del ejército, ineficiente e incapaz. En el 619, no parece estar claro por qué causas, el emperador, en un gesto también poco común en la Historia, considera su labor realizada y amaga con volverse al norte de África de donde vino. El pueblo de Constantinopla alucina y, a través de Sergio, el patriarca de la plaza, le ruega que se quede.

En realidad, más que probablemente Heraclio quiere huir de la derrota. En los últimos años, los persas no han hecho sino avanzar en la Capadocia, Armenia y Siria; en 614, toman Jerusalén. El sitio de la ciudad santa de los cristianos (que no tardará en serlo también de los musulmanes) dura veinte días. La ciudad cae finalmente, entre otras cosas, porque sus defensores tienen entre ellos una numerosa quinta columna: los judíos que, por odio a los cristianos, se alían con los invasores. Lo que sigue tras caer la ciudad es una matanza de cristianos y una destrucción masiva de iglesias. La del Santo Sepulcro, kilómetro cero del cristianismo, es incendiada. La más querida reliquia de la ciudad, la cruz en la que murió Jesucristo, es robada por los persas, que se la llevan a la ciudad de Ctesifón.

La presencia de los persas en lo que hoy conocemos como Oriente Medio es mucho más que una conquista militar; es un órdago a la grande al imperio bizantino, de todos sus enemigos. Ya hemos visto a los judíos aliarse a los persas en la toma de Jerusalén. Pero, más allá, a todo lo largo y ancho de Palestina, los nestorianos, que se sienten ninguneados por el monosifismo calcedonita, se apresuran a pactar con los persas el respeto a sus creencias a cambio de volverse, ellos también, contra los que, al fin y a la postre, creen en el mismo Dios padre que ellos. Es en gran parte por la inquina nestoriana por lo que cae la provincia de Egipto; Alejandría es tomada en el 618.

Por si esto fuera poco, en el 617 tropas ávaras y de otras tribus eslavas penetran en Tracia, Tesalia y el Épiro, amenazando Tesalónica en una batalla de la que Heraclio sale vivo de milagro; tras una celada del kagán ávaro, avisado en el último momento, el emperador huye disfrazado de gentil, con la corona escondida bajo el sobaco (y no es una forma de hablar).

Pasado este trago, sin embargo, la toma de Jerusalén, y el robo de la reliquia de la Santa Cruz, juega a favor de Heraclio. Para los, por así llamarlos, europeos, la cosa ya consiste en algo muy parecido a la guerra santa, motivo por el cual el emperador acaba por firmar una alianza con sus hasta ahora enemigos eslavos, y puede iniciar (622) una larga campaña de seis años contra los persas. Campaña en la explotará, hasta la saciedad, el carácter de la guerras como guerra entre creyentes.

En el 626, no obstante, los ávaros, a pesar del chute de pasta (200.000 piezas de oro) que les ha supuesto la alianza con los bizantinos, viendo Constantinopla débilmente defendida, la sitian para tomarla. Heraclio no llegará a tiempo para defenderla, pero, aun así, la ciudad no caerá, merced a las arengas sin descanso del patriarca Sergio. El 10 de julio, el kagán ordena un asalto por mar y tierra, y la flota eslava es destrozada por los bizantinos. Altamente supersticiosos, los ávaros y su kagán, que esta vez más debería llamarse kagón, creen, tras esta derrota, las soflamas de Sergio, según las cuales la Teótokos, o sea la Virgen María soi-meme, combatía al frente de las tropas de los sitiados. Pronto, muchos eslavos supervivientes comienzan a contar la coña de que si vieron a una extraña mujer en esa almena o en aquel barco, y tal. El corolario de todo aquello es que los sitiadores levantan campamento y se van, voluntariamente, a tomar por culo Danubio arriba. Sergio compuso un himno en honor de la Virgen combatiente que aun se canta hoy en las iglesias ortodoxas durante la celebración de este día de salvación de Constantinopla.

En el 627 los jázaros, aliados del imperio, penetran en Albania y luego de ahí al imperio persa, llegando a sitiar Tiflis. Por su parte, Heraclio avanza por Media y Asiria, superando las difíciles zonas montañosas como antes lo hizo Alejandro, y se llega hasta Nínive, en la que no deja enteros ni los llaveros. De ahí enfila cagando melodías hacia Ctesifón, donde recupera parte del botín que los persas habían hecho. Tras retirarse a Genzaca, es informado allí de que Siroés, noble de la corte de Chosroes II, se ha rebelado contra él por su incapacidad de ganar la guerra. Finalmente, tras el éxito del golpe de Estado, el nuevo rey de los persas encierra al antiguo en una habitación llena de oro y piedras preciosas. «Disfruta de lo que has preferido sobre todas las cosas», le dice, antes de cerrar la puerta para siempre. Así pues, probablemente, Chosroes es el único hombre en la Historia que murió, de hambre y de sed, rodeado de cosas con las que podía haber comprado restaurantes enteros.

Siroés pide la paz, y Heraclio la acepta. Pero a cambio, por supuesto, de la devolución de la Santa Cruz y, además, Siria, Palestina y Egipto. En marzo del 630, en medio de una gran procesión triunfal, el emperador resitúa la reliquia en la iglesia de Jerusalén.


Pocas veces en la Historia de la Humanidad un rey consiguió tanto con tan poco. Heraclio fue el gran heredero del sueño de Justiniano, quien quiso rememorar el imperio romano conquistando Europa y el norte de África para Constantinopla y, con ello, creó un imperio de pies de barro que era incapaz de defenderse; Bizancio no será grande en la Historia, en la cultura y en el pensamiento, hasta que no sea pequeña, esto es, hasta que no pierda aquellas partes de su territorio que no podía conservar.

Una parte importante de estos territorios, sin embargo, siguieron siendo bizantinos bajo Heraclio porque él, que era un hombre de guerra a quien llamaron a ser emperador por el caos que suponía su predecesor, lo que quería era guerrear. Y en su afán por ganar batallas imposibles, acabó inventando un elemento estratégico de primer orden que daría, y sigue dando, mucho juego: la guerra santa.

Sin el sentimiento de recuperación y venganza vinculado a la recuperación de la reliquia de la Santa Cruz, Bizancio difícilmente habría ganado la partida contra los persas. Así pues, fue este emperador bizantino el que enseñaría un camino que más adelante sería hollado por muchos otros. Lo cual, nos guste o no, tiene su mérito.

Tras el periodo de los heráclidas, que bien podría ser llamado de los pollas, Bizancio, al calor de los emperadores macedonios y lo que vino detrás, fue grande. Muy grande. Se convirtió en un experimento duradero que ejercería la función de centinela de la Europa cristiana. Pero eso sólo fue posible gracias a que la integridad del Estado constantinopolitano se salvó por la espada de Heraclio, el emperador que, a juzgar por sus gestos, curiosamente, no tenía demasiadas ganas de serlo.

jueves, febrero 16, 2012

De generales

Estos días pasados he participado en un debate en internet, en un grupo de frikis de la Historia y tal, sobre cuál era el mejor general de la Historia de la Humanidad. La discusión ha sido intensa y un tanto, o un mucho, peraltada hacia lo sajón; pues ingleses y estadounidenses son la mayoría de los miembros y miembras del frikigrupo. No obstante, la presencia de personajes de diversas nacionalidades ha salpimentado las propuestas.

Yo creo que, tras días de intercambios dialécticos, hemos llegado a la conclusión de que es bastante difícil, cuando no imposible, responder a la dicha pregunta. Por razones varias.

Rationale Guan: El approach del experto/friki no siempre es el mismo. Hay personas que en la valoración de un militar ponen en juego factores meramente bélicos (o sea, su poder como estratega); y otras que hacen jugar factores políticos (sobre todo en el caso de los constructores de imperios: Alejandro, Napoleón, Julio...). Así pues, no está muy claro cuál ha de ser el ámbito de la valoración.

Rationale Tú: Entre aquéllos que hacen un acercamiento meramente bélico al problema, están aquéllos que tienden a valorar al general poderoso, es decir, a aquél que tuvo efectivos sobrados y, además, supo utilizarlos; y están los que tienden a valorar más a los que consiguieron cosas con dos de pipas, es decir sacaron petróleo de una piedra seca. Un ejemplo de mi admiración a este respecto (pronto escribiré por qué) es Heraclio de Bizancio, el inventor de la Guerra Santa.

Rationale Zrí: El hecho de estar contemplando en el análisis seis o siete mil años de Historia de la Humanidad, durante los cuales habrá habido, qué se yo, no menos de 20.000 o 30.000 guerras, hace que las comparaciones sean odiosas o directamente imposibles. Por ejemplo: la discusión: ¿Patton, Monty, Zhukov, Guderian o Rommel?, es una discusión asequible. Pero la discusión: ¿Cayo Mario, Sun Tzu o Clausewitz?, es bastante más jodida.

¿Qué breakthrough bélico fue, realmente, más eficiente? ¿La movilidad de los carros de combate alemanes ayudó más a su victoria que el uso inglés del long bow contra los franceses?

Por todas estas razones, he pensado que sería interesante haceros llegar a través del blog una lista casi completa de los nombres que se han manejado en esta discusión. Además, creo que esto tiene una función colateral pues, como veréis, en la lista no hay, prácticamente, militares españoles. La inclusión de don Gonzalo es cosa mía; y también pensé en Ambrosio Spinola, pero lo cierto es que, dentro de mis conocimientos (ya he dicho mil veces que la Histoira bélica no es lo mío) tengo dudas a la hora de valorarlo como un Number One.

Pero, como ya he dicho, soy consciente de que a la lista le falta una pasada por la Historia de España y, aunque podría habérmelo currado, lo he dejado así, valeiro que se dice en mi tierra, a propósito. Así me he hecho unas risas imaginando el rictus de trompa de Tiburcio cuando lea esto, y los saltos de indignación que probablemente ejecutará Eborense cuando no vea a ninguno de los estrategas de nuestra Guerra de la Independencia, ni a ningún militar hispano de la mar océana, en la lista.

Así las cosas, todo lo que llegue en los comentarios será trasladado a mi reunión de frikis, acompañado de una breve descripción de los méritos que queráis apuntar en defensa de vuestros candidatos.

La lista va más abajo. Y no hay más que verla para darse cuenta de que, lentamente, la discusión sobre el mayor general de la Histoira se está convirtiendo en una discusión sobre si podemos limitar la lista de los mejores generales de la Histoira a menos de 100 nombres.

  • Alejandro Magno
  • Smrat Chandragupt Maurya
  • Gengis Khan
  • Aníbal.
  • Atila.
  • Mauricio de Orange
  • Napoleón Bonaparte
  • Erwin Rommel.
  • George Patton
  • Georgy Khukov
  • Guillermo el Conquistador
  • Escipión Africano
  • Hernán Cortés
  • Julio.
  • Cayo Mario.
  • George Washington
  • Robert E. Lee
  • Belisario
  • Sun Tzu
  • Omar Bradley.
  • Thomas Jonathan “Stonewall” Jackson
  • Roy S. Geiger
  • James Gavin
  • Carlomagno
  • Juan I Tzimisces
  • Robert Giscard
  • Saladino
  • al-Malik al-Zahir Rukn al-Din Baibars al-Bunduqdari
  • Winfield Scott
  • Heinz Guderian
  • Erich von Manstein
  • Takeda Shingen
  • Caballo Loco.
  • Jefe José de los Nez Percé
  • Arthur Wellesley, duque de Wellington
  • James Custer
  • Võ Nguyên Giáp
  • Leónidas.
  • Temístocles
  • John Pershing
  • Juana de Arco
  • Marqués de Lafayette
  • Simon Bolivar
  • Ramsés II
  • Ciro el Grande
  • Ferdinand Foch
  • John Churchill, primer duque de Malborough.
  • Gonzalo Fernández de Córdoba.
  • Carl von Clausewitz
  • Heraclio, emperador de Bizancio.
  • Shaka Zulú
  • Alexander Nevski

Por cierto, que, por la impresión que tengo, si hemos de hablar de un ganador, tendríamos que señalar al primero de esta lista.

miércoles, febrero 15, 2012

El marxista naïf (y 10: los errores de Allende)


Una vez contada la historia de Salvador Allende y del allendismo, creo se impone un epílogo sobre sus errores.

No ha de entenderse mal este enfoque. Hablar de los errores de Allende no es hablar de que Allende fuera el único que se equivocase. Los errores de otros, y sobre todo de los Estados Unidos, existen y son materiales a la hora de explicar lo que pasó en Chile en el año 1973, bien que han sido ya bastante explicados. Es Allende, sin embargo, quien permanece más inmune a la crítica, como siempre le pasa a la figura histórica a la postre martirizada.

Salvador Allende Gossens, sin embargo, lejos de ser una persona que no dio más pasos que los que le eran lícitos; lejos de ser una persona que siempre trabajó para que no ocurriese lo que ocurrió, fue, en realidad, de palabra, de obra o de omisión, uno de los arquitectos de la situación de guerra civil larvada, o no tan larvada, que hizo crisis en Chile mediante el golpe de Estado militar, o sea la rociada de gasolina en la hoguera.

En realidad, a mi modo de ver, titular estas notas El marxista naïf es buscar para Allende la mejor sospecha posible. La más comprensiva con él. Otras personas piensan, lo han dicho y lo han escrito, que en realidad el médico de Valparaíso no tenía nada de inocente ni de bienpensado. Que, realmente, llegó a la primera magistratura de Chile con un plan para tensionar la sociedad y la política chilenas hasta el punto que lo hizo. Yo, sinceramente, al menos a mi nivel actual de conocimientos, no lo pienso. La imagen que yo me hago de Salvador Allende es la de una persona enormemente ideologizada, como había que serlo para liderar un Partido Socialista Chileno que, en los años sesenta, no es que no hubiese abandonado el marxismo; es que se declaraba leninista; y, además de ideologizada, de alguna forma tomada por esa desesperación de aquél que comienza a pensar que, en expresión muy común en España, se le había pasado el arroz. En 1970, Salvador Allende era un político fracasado, un jarrón chino polvoriento de la Historia de Chile; sólo el catastrófico fracaso de la presidencia de Frei lo pudo resucitar.

Salvador Allende, por lo tanto, tuvo que alcanzar la presidencia de Chile con una sensación clara de ensayo único: lo que debiera hacer, debía hacerlo una vez, o no hacerlo. No habría otra oportunidad, al menos para él. Como buen conocedor de la política chilena, pues no en vano llevaba muchos años practicándola al máximo nivel, sabía que no podía preterirla pero, aun así, percibía la necesidad de eliminar las desigualdades inherentes al capitalismo; lo cual pronto lo llevó, en la creación de la Unidad Popular, a la idea de acabar con el capitalismo mismo.

Y aquí está el primer error de Allende: su idea de construir el socialismo en plena legalidad democrática, lejos de ser la aportación genial que sus admiradores quieren ver, fue su primer, fundamental, error. El gran error que surge de la inocencia y el buenismo del presidente y que condicionará todo el proceso; porque a unos, los partidarios de la Unidad Popular, especialmente los radicales, les regalará un aval para hacer lo que querían hacer; y a los otros, la democracia cristiana y el Partido Nacional, les dará la apoyatura argumental que necesitarán para plantear su total oposición al allendismo.

El experimento chileno de Allende, lejos de demostrar que el socialismo puede construirse en libertad, demuestra exactamente lo contrario. El socialismo, y hablamos del socialismo del PSCh, esto es de inspiración marxista-leninista, es un cambio sistémico. Es hacer las cosas de otra manera. Como ya he insinuado antes, está en el propio programa electoral de la Unidad Popular de 1970: Parlamento, no; Asamblea del Pueblo. Justicia separada del Ejecutivo, no; tribunales populares. Economía de mercado, no; intervención estatal de la economía, dejando lugar sólo para la pequeña propiedad y el pequeño negocio, quién sabe si, además, como una opción meramente estratégica. Y digo esto de estratégica por dos razónes.

La primera, porque la Democracia Cristiana, tras las elecciones del 70, dio su apoyo a la presidencia de Allende tras la exigencia de un pliego adicional al programa electoral que introducía, básicamente, el respeto a la economía de mercado; pero el propio Allende declararía que aceptó aquello, simple y llanamente, para que le votasen.

La segunda, que precisamente eso (admitir la pequeña propiedad en los primeros albores de la revolución) está ya en Lenin; y todos sabemos lo que hizo Lenin al llegar al segundo cuarto del partido.

Los cambios sistémicos sólo se pueden imponer mediante la revolución, lo cual sólo en muy escasas ocasiones no incluye ciertas dosis, en ocasiones elevadísimas, de violencia gratuita y ciega. Como ya he escrito, muy lerdo hay que suponer a Allende para no imaginarse que su postrer propuesta de someter el socialismo a referendo supondría perder dicha consulta, pues los números de todas las elecciones anteriores cantan. 

Así pues, Allende pretendía implantar el socialismo, no sólo mediante la legalidad sino, además, en minoría. Ciertamente, esto lo hizo también Lenin; eso quiere decir bolchevique: la minoría. Pero Lenin lo hizo llevándose a los marineros de Kronstadt a la Duma para que apuntasen con sus fusiles a los socialrevolucionarios cuando tomaban la palabra; lo hizo cerrando los periódicos de otras ideologías, masacrando a los kulaks, destruyendo a la burguesía rusa. Vladimir Lenin prácticamente no hizo uso de un solo elemento democrático para arrimar el ascua a su sardina. Entendía que la única forma que tiene una minoría de imponerse a una mayoría es a hostia limpia.

La pretensión del allendismo de subirse a las instituciones democráticas chilenas para construir el socialismo nos conduce directamente al segundo error de Allende: la blandura con su izquierda. Hay que reconocer que la ultraizquierda chilena fue extremadamente inteligente respecto de la Unidad Popular. Con el socialismo altamiranista dentro de la coalición de gobierno, el MIR, la VOP y resto de grupos radicales no tenían ninguna necesidad de estar dentro de ella. Ellos no querían gobernar porque los ministerios eran fajas demasiado estrechas para ellos y, además, eran lo suficientemente listos como para imaginarse que Allende no les invitaría al club; pues hasta él habría entendido que un ministro mirista colocaba las cosas en su punto de ebullición.

El MIR y su mundo, por lo tanto, permanecieron fuera de la Unidad Popular; pero tan dentro que, de hecho, cuando todo acabó, eran ellos quienes permanecían alrededor del presidente, compartiendo su martirio. Pero esa extraterritorialidad fue tóxica para el proyecto de la Unidad Popular. Uno no puede controlar a alguien que no es socio suyo, salvo usando a la policía. Allende, sin embargo, quizá porque en su fuero interno entendía, si no compartía, los postulados de la ultraizquierda, o quizá por mero cálculo político relacionado con los equilibrios en el seno de la coalición, no sacó las porras lo suficiente para parar a los radicales. En la Historia hay un hilo invisible que une al Manuel Azaña que, un día de mayo de 1931, se niega en redondo a que la guardia civil reprima a quienes están quemando iglesias, colegios y bibliotecas; y al Salvador Allende que, un día detrás de otro, deja encima de su mesa papeles que le informan de la toma ilegal de fundos por parte de patotas de la ultraizquierda, y no hace nada, o casi nada.

Sobre Salvador Allende gravitaron siempre dos graves pecados a los ojos de Occidente. Uno, el hecho evidente de que había expropiado ocho veces más empresas de las que decía iba a expropiar; dos, que en su Chile, el Chile cuyo ejército, carabineros y policía en general, obedecían sus órdenes, quienes no sólo no creían en el camino legal hacia el socialismo sino que además lo decían públicamente, camparon por sus respetos desde el minuto 1 de su presidencia; y sólo cuando sus actos fueron especialmente execrables, es decir cuando hubo muertos, reaccionó como debía.  Hasta la pastueña y bastante sectaria II República española fue más dura con su MIR, de soltera CNT-FAI.

Salvador Allende tenía prisa por construir el socialismo. Sabía que había ganado un mandato pero, preso de su misma teoría de respeto a las instituciones, sabía que debía devolverlo si no ganaba de nuevo. Esas prisas provocan el tercer error de Allende, que es la instrumentación de una política económica y social desastrosa. A despecho de acciones tan loables como eficientes desde el punto de vista de la imagen, como la campaña del medio litro de leche, el allendismo es, básicamente, un compendio de chapuzas económicas que no podía tener más resultado que el que tuvo: pobreza, estanflación, caos.

El problema del análisis de Allende, o quizá mejor debiéramos decir de Vuscovic, es el approach tremendamente maniqueo en que se basaba. Algo que marxistas y marxistoides aun hoy en día se resisten a entender: ni ellos son el compendio de todas las virtudes, ni sus enemigos, que eso son: enemigos, son una plétora de sevicias.

Ambos dos errores conceptuales los cometió Vuscovic, mientras su presidente aplaudía con las orejas; y, cuanto más se equivocaba Epi, más aplaudía Blas. El superministro económico asumió que, por principio, el mal de la empresa chilena era el empresario, también conocido como ladrón de la plusvalía del obrero. Para los marxistas chilenos, la plusvalía del obrero, como el dinosaurio de Monterroso, siempre estaba ahí, y siempre estaría. Todo lo que había que hacer, era liberarla. Estamos, por lo tanto, ante un marxismo decididamente naïf, yo diría que incluso de tonos anarcoides, porque asume la bondad intrínseca de la cogestión obrera igual que los ácratas que implantaban el anarquismo en los pueblos de Aragón antes y durante nuestra guerra civil estaban convencidos de que todos los humanos aceptarían el egalitarismo sin una protesta. 

La realidad, sin embargo, no fue ésa. Las nacionalizaciones no sólo fueron muchas, sino que se produjeron en un cortísimo espacio de tiempo que no llega a dos años. En consecuencia, el allendismo le dio la vuelta a la tortilla al tejido industrial chileno, lo colocó bajo la cogestión obrera, bajo la coordinación de camaradas no siempre bien preparados; y, como consecuencia, gripó la producción.

En este punto, el allendismo, o el vuscovismo, se portó como ese general imbécil que no se da cuenta de que a las tropas que avanzan y toman terreno enemigo hay que alimentarlas de alguna manera, y proveerlas de nuevos suministros. Da la impresión de que Allende creía que el socialismo era algo que caería de cajón, por su propia lógica; idea que es, en un político tan experimentado como él, de un simplismo intolerable. Allende primero creó el problema y luego, con total desparpajo, reclamó la solución, en su famoso discurso, ya citado, de que los chilenos tienen que entender que hay que trabajar y hay que producir más, bla.

La política económica de Allende fue tan caducamente equivocada que hay que remontarse, casi, siglos atrás para encontrar gentes que, como él y su gobierno, tuviesen una creencia tan intensa en que, en materia monetaria, un Estado puede hacer lo que se salga del pingo. En España, por ejemplo, esas convicciones provienen de los tiempos en que el país nadaba en la plata de América. Décadas, si no un siglo, antes de que Allende tuviese uso de razón, el mundo ya sabía que la masa monetaria no se puede hacer crecer sin tasa, porque eso, al final, alimenta la inflación. Sucintamente, en el Chile de Allende se tomaban medidas para frenar la depreciación del peso que, en realidad, lo que hacían era depreciarlo más; con ello los chilenos, todos los chilenos, se levantaban, cada mañana, un centímetro más pobres.

Por supuesto, en el ámbito económico no hay sino citar otro de los grandes errores de Allende, cual es su famosa doctrina expropiatoria. La Doctrina Allende fue notablemente lesiva para Chile y es, además, una teoría de dudosa legalidad. Como ya hemos tenido ocasión de comentar, la Doctrina Allende se basa en un hecho moralmente comprensible: si quien es expropiado ha obtenido sus riquezas mediante la explotación, no merece justiprecio; o, dicho de otra forma: si los esclavos hubiesen sido hecho libres, en alguna nación, mediante la nacionalización de las tierras o las fábricas en las que trabajaban, no habría sido justo pagarle indemnización a sus propietarios.

Que las ideas sean prístinamente comprensibles y moralmente exigibles no quiere decir, necesariamente, que sean legales. Allende no pudo evitar que su Doctrina sonase a subterfugio para no pagar y, en puridad, no es posible afirmar que no lo fuese. Pero es que, además, sólo los muy tontos piensan de sí mismos que podrán permanecer en el orden internacional sin guardar unas mínimas reglas de respeto hacia el Derecho y las reglas de juego entre naciones.

Con todo, y por lo menos para mí sin duda, el gran error de Allende, si exceptuamos el primero que los genera todos que es su extraña concepción de socialismo impuesto en el marco de la democracia, es su relación con el estamento militar. Como ya he insinuado en otros párrafos, es bastante habitual que en España, puesto que los españoles suelen desconocerlo casi todo incluso de sí mismos, se sea notablemente injusto con Chile desde un punto de vista histórico. Sobre todo hace unas pocas décadas, cuando nosotros ya éramos democracia y Latinoamérica era un rosario de espadones, los españoles tendían a mirar a Chile por encima del hombro, considerándolo uno más de esos países cuya Historia bien podía resumirse como un continuo de asonadas militares y periodos de dictadura.

Ese destino, no obstante, no es el que vivió Chile; se adapta mucho mejor a la Historia de España. Chile tiene prolongados periodos de parlamentarismo, y su ejército exhibe una tradición constitucionalista que nosotros no podemos aseverar de nosotros mismos. Tanto es así que algunos de los partidarios de Pinochet recuerdan la resolución del Congreso chileno de finales de agosto, en la que con palabras apenas veladas se reclamaba del Ejército la intervención para restablecer el orden; declaración que, según esta peripatética teoría, daría legitimidad constitucional al golpe de Pinochet (y, hemos de suponer, también su gesto posterior de cagarse y mearse encima de esa misma Constitución).

Saltos mortales dialécticos aparte, el problema estriba en que no fueron Washington, ni Eduardo Frei, ni siquiera la derecha o la ultraderecha chilenas, quienes señalaron a los militares el camino del poder. Fue Salvador Allende. El presidente Allende, convencido del gubernamentalismo del ejército chileno, decidió hacerlo suyo, ponerlo de su parte. Así las cosas, en los últimos veinte o treinta meses de su vida, apenas se dejó ver en público si no era rodeado de uniformes y, de hecho, convirtió al general Carlos Prats en su vicepresidente político plenipotenciario. En el marco de un análisis tremendamente simplista, Allende parece haber asumido que, una vez que el ejército chileno se bajase del faetón de la neutralidad política, iba a realizar ese gesto siempre por el lado izquierdo. ¿Por qué, en un país mayormente de centro-derecha, cuya institución militar además, como suele ocurrir siempre, tiene perfiles más conservadores que la media?

Alguien debió engañar a Allende; quizá, supongo, José Tohá, su ministro, primero de Interior, luego de Defensa, y el propio general Prats. Alguien le tuvo que decir al presidente que controlar la subversión reaccionaria en el seno de un ejército implicado de hoz y coz en la labor gubernamental, estaba chupado. Alguien se lo tuvo que contar; pero también es cierto que él se lo tuvo que creer. Que es algo que hacen, con demasiada asiduidad, las personas crédulas.

El Allende de las últimas boqueadas, el Allende de la primera semana de septiembre de 1973, se me aparece como un hombre desconectado de la realidad, víctima de sus propios análisis simplistas. Todavía cree en la fidelidad del ejército; todavía quiere fijarse en la prueba de total fidelidad aportada por el general Pinochet tras el tancazo. Sus círculos más ultraizquierdistas no le dicen eso; le dicen que hay una conspiración reaccionaria, y que la violenta aplicación de la Ley de Armas es su primer escalón. Pero Allende no lo ve, quizás porque para entonces ya no puede fiarse de esa misma ultraizquierda, que tantas veces le ha puesto las cosas difíciles y le ha engañado. Es probable, incluso, que cuando decide sacar a pasear el refrendo sobre el socialismo, piense que Chile le va a votar en masa, y que toda esa gente que ahora está contra él va a aceptar el resultado sin más.

El fondo de toda la cuestión es, a mi modo de ver, que Allende está convencido de tener la razón. Y, por alguna razón, eso le basta. Siendo más cierto que la Historia de la Humanidad está empedrada con los nombres de muchos personajes que tuvieron la razón, y de los que hoy no sabemos nada.

La mayor prueba del fracaso del allendismo es que, aunque al comunismo le quedaban el día que murió aun 16 años de vida, su experimento no se volvió a intentar. La vía hacia el socialismo desde la democracia parlamentaria quedó cegada en el momento en que él se reventó el velo del paladar.


Volvieron a florecer las alamedas. Pero lo fueron plantadas por hombres con mucha mayor dosis de realismo que Salvador Allende Gossens, el marxista naïf.