jueves, enero 10, 2013

¿Qué hacemos con Filipinas? (2)


Si suenan disparatados todos estos proyectos de conquistar Indochina a partir de las Filipinas, ¿qué no diremos de la idea de apoderarse de China? Manel Ollé ha dedicado el libro “La empresa de China” a describir todos los delirios hispanos de finales del XVI sobre cuál sería la mejor manera de hacerse con el Imperio del Medio. 

El primero de los iluminados fue el agustino Martín de Rada, quien en 1569 dirigió una carta a Felipe II, en la que le venía a decir que conquistar China no sería mucho más difícil que conquistar el imperio azteca, que unos cuantos hombres bragados podían conseguirlo ya que “la gente de China no es nada belicosa (…) mediante Dios, fácilmente y con no mucha gente, serán sujetados.” Cinco años después el escribano real Hernando Riquel cifró el número de combatientes necesarios para la conquista: “menos de sesenta buenos soldados españoles”. No está mal la proporción: cada soldado español tendría que ocuparse de domeñar a tres millones de chinos. Por su parte, el Cabildo de México se dedicaba a soñar como la lechera del cuento. En una carta que dirigió a Felipe II en 1567 le pidió “repartir la tierra de las dichas Islas del Poniente (Filipinas) y de la China, perpetuándola entre los descubridores y pobladores.”

En 1576 el gobernador de Filipinas Francisco de Sande propuso un plan de conquista de Filipinas marginalmente más realista: harían falta entre cuatro y seis mil hombres armados de pica y arcabuz. Bien esto ya era una proporción más factible: un español por cada 30.000 chinos. El plan propuesto consiste en empezar conquistando una provincia china. A partir de ahí, se conquistará el resto del imperio con ayuda de los propios chinos que verán a los españoles como libertadores. Eso a menos que se encontrasen con un inca o un azteca y les contase su propia experiencia. La argumentación de Sande no ofrece desperdicio y merecería figurar en una antología de la chulería y desprecio del extranjero. La conquista sería sencilla porque los chinos son cobardes, ineptos para cabalgar y usar armas, ladrones, haraganes, preferirían vender a sus hijos antes que ponerse a trabajar y es un país sin ciencia ni saber.

De Sande podría ser un iluminado, pero no estaba solo en sus desvaríos. En 1578 el oidor de la Audiencia de Guatemala, Diego García de Palacios, propuso que se reclutasen 4.000 hombres en América y se les embarcase en seis galeras rumbo a China.

Curiosamente, la Corte a miles de kilómetros de distancia, era mucho más realista sobre las posibilidades de una empresa tan descabellada. El Consejo de Indias le hizo notar a García de Palacios que China era un país inmenso y que “para la defensa y amparo de este tan extendido reino (hay) casi cinco millones de hombres de guarnición, los cuales de arcabuces, picas y carceletes, espadas y flechas y de las demás armas, máquinas e instrumentos bélicos que se usan en esta Europa.”

Renunciar a un sueño es lo más difícil. El jesuita Alonso Sánchez, que había recorrido China entre marzo de 1582 y marzo de 1583, escribió una relación en la que decía que la evangelización de China tendría que hacerse a punta de arcabuces. Dados los beneficios espirituales que los chinos podrían extraer de la evangelización, todo estribaba en calcular el número de arcabuces que serían necesarios. En un ejercicio de “realismo”, Alonso Sánchez los calculaba en 10.000. Adviértase que a cada memorial que se dirigía a la Corona se iba elevando el número de fuerzas necesarias. Empezamos con menos de 60 buenos soldados españoles en 1564 y veinte años después ya estamos en 10.000. Aun en 1586 Juan Bautista Román volvió a elevar la cifra de combatientes necesarios: unos 15.000 entre soldados españoles, cristianos que se reclutarían en Japón e indios filipinos. Eso sí Román contaba con un arma secreta: “no consiste en la multitud del ejército la victoria, que del cielo nos ha de venir fortaleza”.

En 1586 se celebraron en Manila las juntas generales de los estados de Filipinas, para debatir cuestiones de interés general para las islas. El partido belicista volvió al ataque con sus planes para la conquista de China. El encargado de redactar la estrategia de ataque fue Alonso Sánchez, que propuso que la empresa la acometiesen juntos los castellanos de Manila y los portugueses de Macao. Los primeros atacarían por Fujien y los segundos por Guangdong. En cuanto a los contingentes necesarios, Sánchez volvió a incrementar las cifras: entre 10.000 y 12.000 hombres de todos los reinos de España, 6.000 indios de las Visayas y 6.000 japoneses, a los que habría que sumar los hombres que aportasen los portugueses.

Alonso Sánchez era un hombre con una misión y no dudó en realizar el arriesgado viaje a España para defender el proyecto. El 28 de junio de 1586 embarcó en Cavite, rumbo a Acapulco, adonde llegó el 1 de enero de 1587. Sánchez permaneció en México hasta mediados de 1587. A mediados de septiembre de ese año llegó a Sanlúcar de Barrameda y finalmente en diciembre pudo tener audiencia con Felipe II y presentarle su memorial. Sánchez no podía saber que su memorial llegaba en un momento muy inconveniente, ya que Felipe II tenía toda su atención puesta en la preparación de la Armada Invencible.

Durante toda la primera mitad de 1588 se discutieron en Madrid las distintas propuestas de las juntas generales de Filipinas. La empresa de China, que ya había tenido sus detractores tanto entre quienes la consideraban irrealizable como entre quienes dudaban de que España tuviese títulos legítimos para apoderarse de China, quedó definitivamente enterrada cuando llegaron a la Corte las noticias del desastre de la Armada Invencible.

A la postre, la empresa de China sería redimensionada al objetivo infinitamente más modesto de establecer un enclave comercial en la costa, similar al que tenían los portugueses en Macao. En 1598 el gobernador Francisco Tello de Guzmán autorizó a Juan Zamudio a viajar a China para obtener alguna concesión que pudiera servir para el comercio. Zamudio obtuvo El Pinal, una isla cerca de Cantón, así como el uso de unos almacenes en dicha ciudad. La factoría, aunque prometedora, fue abandonada al cabo de dos años. En su abandono influyó sobre todo la inquina de los portugueses de Macao, que no querían competencia y le pusieron todos los palos en las ruedas que pudieron.  A ello se sumó el desinterés de Felipe III, que prefería mantener las paces entre sus súbditos portugueses y castellanos y más ahora que los holandeses habían empezado a penetrar en los mares asiáticos. Finalmente hay que hacer notar la dejadez de los españoles de Manila, que se habían acostumbrado al sistema del Galeón de Manila y tampoco presionaron por defender el establecimiento de El Pinal.

Hasta ahora he hablado básicamente de fracasos y empresas descabelladas, pero también hubo momentos en los que Filipinas mostró que podía ser una base estratégica clave para que España fuera un actor a tener en cuenta en Asia.

El 15 de enero de 1606 Pedro de Acuña partió de Manila con una flota y más de 3.000 hombres con la misión, que consiguió, de conquistar las islas Molucas. Nueve años después el Gobernador Juan de Silva concibió la operación estratégica más osada que los españoles intentarían nunca en Asia. Se trataba de dirigir una armada hispano-portuguesa contra Java, Banda y las Molucas para limpiarlas de holandeses. Casi tan importante como ese objetivo estratégico sería el hecho de que por primera vez portugueses y españoles colaborarían en Asia, en lugar de ponerse zancadillas. La empresa prometía y desde un punto de vista estratégico era razonable, pero tal vez estuviera por encima de las posibilidades reales de Filipinas. Para organizar su armada, de Silva prácticamente tuvo que dejar desguarnecidas las islas y al final, esa armada que había costado tanto organizar y en la que se habían depositado tantas esperanzas, acabó regresando a Manila destartalada, víctima de las fiebres y sin haber pegado un solo tiro.

En 1626 salió de Filipinas una expedición bajo el mando de Antonio Valdés con rumbo a Formosa, donde los españoles se instalaron. Formosa representaba una importante escala en las rutas comerciales entre China y Manila. Inexplicablemente, los españoles perdieron interés en la isla a los pocos años, desguarneciéndola para hacer la guerra a los moros de Mindanao. En 1642 los holandeses, aprovechándose de esta incuria española, se la arrebataron a los españoles.

Para mediados del siglo XVII los españoles ya habían adoptado una clara actitud defensiva y estaba claro que Filipinas no serviría de plataforma estratégica para conquistar nada. A lo más que llegábamos era a darnos de tortas con los moros de Mindanao, que se negaban a dejarse conquistar.

miércoles, enero 09, 2013

¿Qué hacemos con Filipinas? (1)


Hoy el blog se hace anfitrión de Tiburcio Samsa, quien en su propio blog publica en estos días tres tomas, que aquí reproduzco, dedicadas a la pequeña Historia de España en Filipinas. Son tres tomas que irán seguidas y que nos entretendrán mucho la semana.

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Los españoles llegaron a las islas Filipinas de casualidad. Dado que el Tratado de Tordesillas había reservado el hemisferio oriental a Portugal, en 1518 el Emperador Carlos encargó a Magallanes que buscase una ruta por el oeste hacia las islas de las especias. Tras un viaje accidentado, el 16 de marzo de 1521, Magallanes llegó a la isla de Leyte. Magallanes apreció maravillado la belleza de las Filipinas y comprobó en sus propias carnes el “bahala na” filipino. Habiendo intentando mezclarse en la política local entre los distintos caciques, fue emboscado y asesinado el 27 de abril de 1521 por los hombres de Lapu Lapu, que no supieron valorar sus esfuerzos por intervenir en sus asuntos. En realidad Magallanes fue la primera víctima de una pauta que se repetiría en los siguientes siglos con los españoles: no saber ni qué coño estaban haciendo en las Filipinas ni qué coño hacer con ellas.

A Carlos V saber que había unas islas muy hermosas con unos nativos a los que a ratos les daba el “bahala na” y te acuchillaban, no le emocionó ni poco ni mucho. Su interés estaba puesto en las islas de las especias, las Molucas. En los años siguientes envió hasta tres expediciones a las islas. Las tres fracasaron. En 1529, aburrido, firmó con Portugal el Tratado de Zaragoza y le vendió sus derechos sobre las islas. Tan poco era el interés de Carlos V por las islas, que no se mencionaron en el Tratado, aunque, según la demarcación estipulada, caerían en lo sucesivo en la órbita portuguesa.

Aunque con el Tratado de Zaragoza España había renunciado a Asia, la renuncia se hacía muy dolorosa, cuando el continente albergaba tantas riquezas. En 1535 fue nombrado como primer Virrey de Nueva España D. Antonio de Mendoza, quien inmediatamente se aplicó a extender las fronteras del virreinato en dirección a lo que hoy es el suroeste de EEUU y a explorar la costa pacífica. Por esas fechas España volvió a pensar en las Filipinas. Desde el Tratado de Zaragoza Portugal no había hecho ningún intento por colonizarlas. Era imaginable que si España le presentaba el hecho consumado de su ocupación, Portugal no protestase demasiado. En 1542 el Virrey Mendoza envió a Ruy López de Villalobos a Filipinas con la misión de establecer una colonia en ellas. La expedición fue un fracaso: la enemistad de los moros de Mindanao y la pobreza del lugar escogido para el asentamiento hicieron que no prosperase. El único logro de la expedición de Villalobos fue que dio a las islas su nombre definitivo de “islas Filipinas” en honor al Príncipe heredero Felipe.

A pesar de todos los fracasos, a los españoles les costaba renunciar a poner el pie en Asia. Apenas llegado al Trono, Felipe II decidió en 1559 que había que buscar una ruta que permitiera hacer el tornaviaje a México desde Filipinas y dio instrucciones en ese sentido al Virrey de Nueva España, Luis Velasco. En sus instrucciones señala que las Filipinas estaban dentro de la esfera de influencia española y apunta al objetivo final de la empresa: insertarse en las lucrativas rutas comerciales con China. Es muy probable que Felipe II supiese que las Filipinas estaban en la esfera portuguesa y que estuviese jugando al despistado. De hecho tanto el Virrey Velasco como algunos consejeros le indicaron que las Filipinas eran portuguesas, pero el que manda, manda.

La expedición zarpó del Puerto de La Navidad el 21 de noviembre de 1564. La mandaba Miguel de Legazpi, pero el principal personaje allí era el fraile y navegante Andrés de Urdaneta, quien estaba convencido de que existía una ruta de tornaviaje. La flota llegó a Filipinas en febrero del año siguiente. Mientras Miguel de Legazpi daba los primeros pasos para iniciar la colonización de las islas, Urdaneta se aprestó a buscar el tornaviaje. En junio de 1564 partió de Cebú en dirección a México y el 8 de octubre llegó a Acapulco, después de 129 días de navegación. El descubrimiento del tornaviaje fue lo que hizo posible la colonización de Filipinas, ya que permitía comunicarse con las islas sin pasar por el territorio controlado por los portugueses. Una consecuencia indirecta fue que Filipinas se gobernaría desde el Virreinato de Nueva España y se vería más como un apéndice del mismo, como la última colonia española de América, que como el trampolín hacia Asia. Pero eso sólo ocurriría en el siglo XVII, cuando España, cada vez más agotada, ya no tenía fuerzas para empresas imperiales. Antes de que eso ocurriera, durante unas pocas décadas a finales del siglo XVI y comienzos del XVII sí que pareció que Filipinas podría convertirse en la cabeza de un gran imperio español en Asia.

Las primeras décadas del dominio español en Filipinas fueron prodigiosas. La colonia apenas se había establecido y tuvo que hacer frente al ataque del pirata chino Limahong que estuvo a punto de apoderarse de Manila en 1574 y que además coincidió con la rebelión de Lakandula y Rajah Suleiman, a la rebelión pampangueña de 1585, a las depredaciones del pirata Cavendish, quien además capturó el Galeón de Manila en 1587 causando grandes pérdidas monetarias, y a la gran revuelta de la comunidad china en 1603, que estuvo en un tris de conquistar Intramuros. Pues bien, a pesar de todos esos conflictos los españoles intentaron que Filipinas fuera su trampolín para la conquista de Asia.

En 1578 el Gobernador Francisco de Sande recibió al sultán de Borneo, que le pidió ayuda contra su hermano, que le había usurpado el Trono. De sande no necesitó que se lo repitieran dos veces. Montó una expedición con 400 españoles, 1.500 filipinos y 300 nativos de Borneo partidarios del sultán legítimo. El sultán recuperó el trono con la ayuda española y Borneo se incorporó a los dominios españoles… durante tres años. Los que necesitó el usurpador para arrebatar nuevamente el trono a su hermano con ayuda portuguesa.

En 1593 el Gobernador Gómez Përez Dasmariñas organizó una expedición para conquistar las Molucas. La expedición quedó abortada cuando los remeros chinos se sublevaron y mataron al gobernador y a ochenta de los españoles. A pesar de este desastre, tres años después los españoles de Manila se dejaron seducir por los cantos de sirena de los aventureros Blas Ruíz de Hernán González y Diego Belloso, que se habían convertido en los factótums del país, y les convencieron de que Camboya podía convertirse en una dependencia de España. El Gobernador Antonio de Morga no veía muy claro el asunto, pero la presión del bando belicista y el de las órdenes religiosas, que ya se veían evangelizando camboyanos, fue más fuerte.

Y así, el 19 de enero de 1596 120 soldados partieron a bordo de tres naves a las órdenes de Juan Juárez de Gallinato. La expedición no fue demasiado gloriosa: uno de los barcos embarrancó en la desembocadura del Mekong y sus hombres tuvieron que subir a pie hasta Phnom Penh, otro se extravió y acabó en el estrecho de Malaca. El tercero al menos llegó a destino. Los adjetivos “bienvenida” y “venturosa” no describen adecuadamente la presencia de los expedicionarios españoles en Phnom Penh. Su estancia terminó con el barrio chino saqueado, las fortificaciones quemadas y el rey camboyano muerto. Casi parecían hooligans ingleses de vacaciones en Benidorm.

Gallinato se retiró, entendiendo que Camboya era un berenjenal, pero Belloso y Ruíz pensaban que era un berenjenal donde podían hacerse ricos y se quedaron a seguir liándola parda. Pronto los aventureros, los buscavidas y los frailes de Manila empezaron a urgir al Gobernador a que enviara otra expedición a Camboya, que aún quedaban cosas que romper. Al Gobernador le dieron tanto la barrila que autorizó a que Luís Pérez Dasmariñas, el hijo de Gómez, organizase costeándola él mismo una expedición. La expedición estuvo compuesta por tres barcos, doscientos soldados y marinos y cuatro frailes. Lo de lo frailes sería para despistar más que nada. Nuevamente los españoles demostraron lo negados que eran en las cosas de la mar. La nave almirante, donde iba Luís Pérez Dasmariñas se perdió de resultas de una tempestad y terminó en Cantón, donde quedó varada durante 18 meses. Una de las naves logró llegar hasta Phnom Penh justo para ver cómo a Belloso y a Ruíz los corrían a gorrazos. Los camboyanos capturaron y quemaron la nave española. Sólo sobrevivieron tres de los españoles.

¿Qué aprendieron los frailes y el partido belicista de Manila de todo esto? ¡Que había que mandar otra expedición a Camboya! El dominicano Gabriel Quiroga de San Antonio se embarcó en un largísimo viaje hasta España para presentar un memorial al Rey Felipe III en el que se le encarecía las ventajas de emprender la mencionada expedición. En apoyo de su peregrina idea publicó en 1604 en Valladolid una “Breve y verdadera relación de los sucesos del Reino de Camboya al Rey Don Felipe Nuestro Señor”. No sé si la relación se puede encontrar hoy en día en español, pero existe una traducción al inglés que la editorial White Lotus publicó en 1998 y que es fácil de encontrar.

El epílogo de la relación de Quiroga de San Antonio merecería figurar en una antología del disparate. Aparte de conquistar Camboya, sugiere emprenderla también a gorrazos con Cochinchina, Siam y champa y deja la puerta abierta para darle unos capones a Laos. Señala la riqueza de estos reinos, pero afirma que el principal beneficio de la guerra será “la salvación de tantas almas y la difusión del evangelio”. Precisamente en lo que estaban pensando Belloso y Ruíz todo el tiempo mientras saqueaban el barrio de los comerciantes chinos en Phnom Penh. Otros beneficios que se obtendrían de la empresa sería hacerles la cusqui a los holandeses que ya habían hecho acto de presencia en esas latitudes y hacerse con los productos que producían dichos reinos. Otra ventaja que se sacaría me parece muy interesante: dar una ocupación a todos los ociosos e inútiles de México, Perú y Filipinas, que ellos solos se bastarían para la empresa, sin que fuera necesario enviar tropas desde España.

jueves, enero 03, 2013

Soixante huit (8: La batalla de Saint-Germain-des-Pres)


De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo capítulo.


Resumen de lo publicado: Las cosas entre las huestes de Sauron y los hobbits cada vez van peor. En varios puntos de Hobbiton,  durante los variados enfrentamientos, los nasgul han detenido a hobbits que iban pertrechados de armas prohibidas. Sus comparecencias en la Corte de Mordor ponen los ánimos en punto de ebullición; más todavía cuando los jueces de Sauron, en una muestra de miopía estratosférica, los condenan a penas de relativa severidad. Mientras tanto, algunos hobbits tratan de que los enanos sindicales se les unan en la guerra contra Mordor; pero los enanos, que son muy suyos, prefieren seguir viendo el espectáculo sin intervenir.

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6 de mayo de 1968. Una fecha muy importante que conviene retener.

Esa mañana, con el Quartier Latin tomado por la policía y la huelga en la universidad de París prácticamente total, salvo en las facultades de medicina y derecho, es el día señalado para que Daniel Cohn-Bendit y otros siete compañeros deban comparecer ante la denominada Comisión de Asuntos Contenciosos y Disciplinarios de la Universidad. La fecha es recibida en las calles cercanas a la universidad con la difusión, a mano, de un manifiesto en el que sus inspiradores aprovechan que, hace casi medio siglo, todavía faltaba mucho para que en Europa se desarrollasen las legislaciones estrechas de derecho a la intimidad y a los datos personales. Ese manifiesto incluye los nombres de todos los miembros del Consejo de la Universidad, las direcciones de sus casas, sus números de teléfono, todo, y termina con un inquietante: a vous de jouer, camarades.  Vosotros mismos, camaradas.

El manifiesto contiene, en su texto ideológico, estopa para casi todo el mundo. Para los reaccionarios burgueses, desde luego; como para los fascistas. Pero también para los “estalinianos” de la UEC, pero también a los distintos grupúsculos trotskistas (la JCR, la FER, la VO), a los prochinos de la UJC (m-l) o CV de base, e incluso a los “anarquistas a la Cohn-Bendit”.

El texto continúa afirmando que no es la universidad, sino “toda la sociedad la que debe destruirse” y viene firmado por “los estudiantes indignados”, sin más. Puestos a expresar alguna afinidad, estos indignados terminan su comunicado dando vivas a la Zengakuren, es decir a la organización estudiantil comunista japonesa.

Los ocho estudiantes, acompañados del ya inevitable Leclerc, llegan a la universidad cantando La Internacional (lo cual, no nos cansaremos de escribirlo, no deja de tener cierto contrasentido, tratándose de estudiantes mayoritariamente anarquistas). Intentan entrar a la vista todos juntos, pero la Comisión se niega. Hora y media de dimes y diretes después, se acuerda que el “juicio” sea, finalmente, conjunto.

Fleischl, Duteuil y Cohn-Bendit serán defendidos por dos de sus profesores de universidad: Henri Lefevre (filósofo marxista francés, desarrolló el llamado humanismo marxista, interpretación de Marx que algunos, sin ir más lejos muchos de los comunistas del 68, consideran el auténtico marxismo; y otros, entre ellos muchos de los que han llevado a la práctica la dictadura del proletariado, un oxímoron. Sus teorías se oponían al estructuralismo de Althusser; polémica que sirvió para ligar de cojones durante muchos años en según qué círculos universitarios españoles. En 1978, cuando consideró que se había apartado de la ortodoxia soviética, regresó al Partido Comunista, del que se había separado. Murió en 1991); y Alain Touraine (sociólogo investigador de la sociedad post-industrial, desde el 2010 es Premio Príncipe de Asturias; aunque ningún apasionado de las ideas de Mayo del 68 habría aceptado recibir un premio de un miembro de la Casa Real española o de alguna otra, parece ser que los años lo volvieron más pragmático que eso).

Olivier Castro será defendido por su padre, abogado, y por otro profesor de Nanterre, Paul Ricoeur (quien ya desde diez años antes, tras comenzar a enseñar en la Sorbona, se había convertido en uno de los principales filósofos franceses. Su gesto de participar en la defensa de Castro, sin embargo, no fue muy bien pagado por los estudiantes, quienes acabaron por tratarlo de colaboracionista y de personaje ridículo. En 1969, durante unos conflictos en Nanterre, universidad de la que había sido nombrado rector, Ricoeur trata de proteger a los alumnos de la policía, y lo que consigue a cambio es que los educandos le caneen a fondo. Así las cosas, se fue a enseñar a Estados Unidos. Paul Ricoeur, que moriría en el 2005l, siempre tuvo un alma reivindicativa; ya se destacó en sus acciones contra la ejecución de Sacco y Vanchetti. Su error, quizá, fue no adscribirse a ningún partido o movimiento).

Por último, René Riesel será defendido por un abogado de su familia. Y el último, Michel Pourny, elaborará ante la comisión el típico discurso anarquista en plan “no admito la autoridad de esta Comisión”, y se largará de la sala.

De todas formas, esta comparecencia es un trámite previo. Los estudiantes son informados de que el viernes deben comparecer de nuevo, y será entonces cuando deban proceder a desplegar su defensa. A eso de la una, los estudiantes salen de las instalaciones universitarias y remontan el bulevar Saint Michel cantando La Internacional otra vez. Caminan por las calles del Quartier Latin, por las cuales, desde las 9 de la mañana, han estallado las granadas lacrimógenas en enfrentamientos entre los estudiantes, convocados por la UNEF, y la policía. A las 12,30, hora prevista para la reunión de los Comités de Defensa de la Represión, hay unos 6.000 manifestantes en la zona, y se decide marchar hacia algún lugar de la ciudad. A pesar de los votos y argumentos insistentes de los maoístas, que siguiendo su catón quieren ir a los barrios populares, se decide marchar hacia la Bastilla. Y es en esa marcha donde se popularizará el que será el eslogan más repetido en Mayo del 68; eslogan que no tiene nada que ver con juegos de palabras más o menos conceptualmente felices, sino con una reivindicación. Los manifestantes gritan: “¡No somos un grupúsculo!” Éste es, de hecho, el eslogan de Mayo del 68; tiene poca erótica, poco atractivo; pero cierto es que los chicos y chicas de Mayo del 68 estaban más bien poco interesados en ser realistas pidiendo lo imposible o prohibir las prohibiciones; lo que más les interesaba era contestar el discurso oficial, gubernamental, que hacía responsables de las movilizaciones a “grupúsculos” de izquierdas, a los que, al tiempo de nombrarlos así, trataba de quitar importancia. Aquel grito de Mayo del 68 era una forma de decir que los grupúsculos, en realidad, eran grupazos.

A las tres de la tarde, tras haber cruzado el Sena, la policía reacciona con una carga muy fuerte. Los estudiantes reaccionan cruzando coches en la calzada y utilizándolos de barricada. Una hora más tarde, la masa de manifestantes ha llegado a la plaza Maubert, donde permanecerán más de dos horas, llevando a cabo una batalla campal con la policía. Es a esa hora, más o menos a media tarde, cuando el SNE Sup publica un comunicado diríase que histórico, en el que llama a los profesores a tomar su sitio en la calle junto a los manifestantes. Son pocas las veces que, en democracia, una organización política o sindical ha llamado, negro sobre blanco, a tirarle piedras a la pasma.

En la rue des Fossés-Saint-Bernard, unos estudiantes rodean una lechera y la atacan. La dotación policial que está dentro tiene que salir a la naja y refugiarse en una cafetería.

Hemos dicho que el  SNE Sup, en ese momento, está llamando al profesorado a la lucha. Pero no es el único movimiento profesoral. En Nanterre, a las cinco y media, en medio de un ambiente extrañamente calmo, el decano Pierre Grappin ha convocado una reunión de todo el personal enseñante. Hay más de 200. Cuando Grappin comienza a hablar, un profesor de literatura, Guy Michaud, le interrumpe para repetir la consigna del SNE Sup: los profesores deben estar en la calle, luchando codo con codo con los alumnos. Algo menos de 100 asistentes, en ese momento, abandonan la sala, camino de la calle. Diez de ellos serán recibidos minutos después por el ministro Alain Peyrefitte. Le dicen que cese la represión inmediatamente y, para sustentar esta postura, le argumentan que la violencia en Nanterre se ha exagerado, y que, en realidad, ha sido la suspensión de las clases por el decano la que ha emputecido las cosas. Es táctica común de la guerrilla urbana, ciertamente, crear el problema y luego tratar de convencer al mundo de que el problema real es la reacción que se ha tenido al mismo. Lo que ya es de traca es que señores catedráticos se traguen eso. Pero ya se sabe que, cuando queremos tragar, no hay truño suficientemente ancho para nuestra epiglotis.

Un poco antes de las siete, los estudiantes y profesores, ya unidos, abandonan como pueden la plaza Maubert y tiran por el bulevar Raspail. Pronto se les unirá una delegación de profesores de la facultad de Ciencias que viene de intentar convencer a sus mayores de que cese la represión. Está Laurent Schwartz, y Claude Chevalley (importante matemático francés, muerto en 1984; tenía inquietudes políticas, aunque nunca militó).

En el bulevar Saint Michel, algunos estudiantes han roto una valla y la queman en medio de la calzada. De nuevo, gases lacrimógenos. Las barricadas se levantan, sobre todo, en la rue du Four, donde vuelan las piedras. La carga policial obliga a los manifestantes hasta recular, en un hecho no exento de simbolismo, hasta el monumento a Diderot.

Es la batalla campal de Saint-Germain-des-Pres. El enfrentamiento entre estudiantes y gobierno que colocará Mayo del 68 en un punto de no retorno, por varias razones. La primera porque el poder, representado aquí por una anacrónica comisión de conflictos universitaria, no sabe ver que los ocho estudiantes inculpados no podían, aquel lunes, salir de su audiencia igual que entraron. Ciertamente, para entonces los estudiantes ya eran responsables de hacer algo más que gritar por la calle (porque aquéllos de entre quienes desde el primer día se manifestaron en Mayo del 68 y tenían intenciones pacíficas no llegarían ni al 1%); pero hubiera sido un movimiento más inteligente haberlos exonerado aquella mañana, cuando menos en parte, de sus acusaciones; y no hacer la tontería que se hizo, esto es citarlos para el viernes parea que se defendiesen. El mero detalle está demostrando el estrabismo catastrófico que sufría el poder político francés aquel mes de aquel año; nadie, en la Administración gala, pareció darse cuenta de que, con la dinámica que tenían los acontecimientos, esperar al viernes equivalía a aplazar la solución varios siglos; entre un día y otro, eran muchas las cosas que podían pasar.

La segunda cosa que pasó es que con la batalla de Saint-Germain-des-Pres, la guerrilla urbana estudiantil se profesionalizó. Días después, cuando los obreros se unan a las manifestaciones, los estudiantes les darán clase, en plena calle, sobre la mejor manera de resistir los gases lacrimógenos o de montar una barricada. En Saint Germain, lo que había comenzado el 22 de marzo se convierte, por una vez y para siempre, en un movimiento revolucionario (en realidad, debe escribirse termina de convertirse; siempre lo fue). En un movimiento revolucionario que ya ha ido mucho más lejos que la revolución oficial. En mi opinión, en aquella manifestación violenta, aquella batalla en toda regla por el centro de París, la policía no queda en demasiado buen lugar; pero el Partido Comunista es, de hecho, el gran perdedor. La ortodoxia revolucionaria, la estrategia política basada en que exista una élite que dice cuándo ha de tirarse la piedra y cuánto esconderse la mano, queda con el culo al aire en la tarde del 6 de mayo. A partir de aquel día, quien en Francia, en Europa o en el mundo considera que debe hacer la revolución, aprende que no necesita un Politburó para llevar a cabo sus deseos. Unos jovenzanos de Nanterre y La Sorbona le provocan al Poder, en cinco o seis horas del 6 de mayo de 1968, más problemas de los que le ha dado todo el PCF desde el final de la guerra mundial.

Y la tercera cosa que ocurre es la actitud de los profesores. Como ya he escrito o insinuado, la verdad, bastante difícil de entender. Pero está ahí, al fin y al cabo. La mitad del estamento profesoral (son la mitad de los asistentes a la asamblea de Grappin los que la abandonan), premios Nobel incluidos, se apunta al bombardeo, y se baja a la calle a tirar adoquines. A la larga, lo pagará muy caro, porque su actitud, cuando sea conocida por el votante francés, animará una década entera de neogaullismo; en el gobierno y, también, en la universidad.

A las ocho y media de la noche, prime time galo, Alain Peyrefitte es entrevistado en la ORTF por el periodista Yves Mourouzi. El señor ministro parece un disco rayado: las autoridades universitarias han derrochado paciencia con los estudiantes. Todo esto es resultado de que, en términos de libertad, a los estudiantes se les ha dado la mano y ellos han cogido, primero el codo, luego el hombro. Hay en París 160.000 estudiantes y la mayoría lo que quiere es examinarse.

De donde no hay…

lunes, diciembre 17, 2012

Las armas y las letras


Además de dejaros algunas recomendaciones breves sobre lecturas recomendables en estas fechas de mayor asueto, os dejo una un poco más profunda.

Cuando, hace cosa de un mes y pico, un amigo me regaló Ayer no más, la novela de Andrés Trapiello, acababa de recibir de Amazon una copia de Las armas y las letras. Había resuelto leerla cuando comprobé que se había publicado una reedición del libro, pues la misma persona que me regaló la novela me había hablado de él con anterioridad. Cualquiera que siga este blog sabe que el asunto de la intelectualidad, especialmente la de izquierdas, tiene su interés para mí. Así, a bote pronto, en este blog se puede leer un perfil de Ilya Ehrennburg, personaje que siempre me ha interesado mucho; también he hecho un par de apreciaciones sobre la polémica, fundamentalmente francesa, en torno a eso que se ha dado en llamar «terrorismo intelectual»; sin dejar de mencionar una pieza específicamente dedicada al modo y forma en la que la intelectualidad europea se las arregló para no ver el genocidio chino.

En otros muchos puntos de este rincón de internet he dicho y he escrito que, de las variadas guerras que se produjeron en el siglo XX entre Estados Unidos y la URSS, esto es entre la cerrada defensa del capitalismo y la cerrada defensa del marxismo, la de la opinión pública fue, sin duda, la que los segundos ganaron más de calle. La URSS y, sobre todo, sus corifeos y turiferarios, conscientes o inconscientes, demostraron durante 70 años una capacidad de adaptación al entorno que ya la quisiera para sí el más esforzado marine de las Fuerzas Especiales. Como bien relata el poumista Víctor Alba en su libro El Frente Popular, la URSS pasó, en apenas unos meses, de calificar a los socialistas europeos de socialfascistas a formar con ellos coaliciones políticas (entre otros países, en España) sin que nadie, en realidad, se levantase para afearles el gesto. Y así siguieron durante todo el siglo. Hace muchos años, había un tipo, que pretendía ser mago, que salía en los programas de Íñigo en la tele asegurando que era capaz de hipnotizar a un burro con un dedo. En realidad, nunca sabías si el burro obedecía al dedo, o es que aquel tipo movía el dedo adonde movía el burro la cabeza. En la segunda mitad del siglo XX, a la alternativa comunista le pasa un poco lo mismo; ya no se sabe si crea ella la ilusión de los jóvenes sacando a pasear la igualdad racial y los derechos del Tercer Mundo, o es que son los comunistas los que adoptan esas banderas porque son las que le molan a la gente. Pero el caso es que les funcionó. De cojones.

En toda esta batalla propagandística, los intelectuales, reales y sedicentes, son una pieza fundamental. Es anécdota bien conocida la cacofónica manera que tenían de presentarse, en la Barcelona de la Transición, los impulsores de los manifiestos de izquierdas: «Fírmalo, que ya lo han firmado Llach y Lluch». El segundo aportaba el apoyo partidario; el primero, el de la intelectualidad, porque, para entonces, los cantantes-protesta, los cantantes con sentido, con letra, eran ya considerados intelectuales. Con los años, el caño se ha abierto hasta convertirse en una boca de metro por la que se han colado hasta los comediantes.

La base de la cuestión es bien clara: un intelectual es, por definición, alguien que utiliza el intelecto más que la media; que, consecuentemente, puesto que lee y se cultiva, tiene más datos para formarse una opinión que la media; y, consecuentemente, tiene una opinión que vale más que la media. Nadie se preocupa de sustentar su propuesta Bla con la firma de 60.000 tornero-fresadores (aunque la propuesta vaya de siniestralidad laboral, de la cual saben mucho); les vale con que la firme Almodóvar. Es más, si se la firma el manchego, saben que, en días tres o cuatro, no les van a faltar cientos de firmas, porque un buen intelectual, en política, es como un cometa: porta una larga, larguísima cola de rocas heladas.

Las armas y las letras, sin embargo, no va ni de Llach, ni de Lluch (aunque, como veremos al final de este comentario, acabe hablando de un Lluch...). No va, por lo tanto, ni de los políticos con veleidades de pensamiento; ni de los profesionales del espectáculo que pretenden vivir de los réditos de quienes sí visitan las bibliotecas. Es un libro coral por el que desfilan decenas de intelectuales, sin cursivas. Poetas, pensadores, dramaturgos. El tipo de gente que respira el mismo tipo de oxígeno cargado de sentido que respira el autor del libro.

Estamos ante una obra en constante construcción. En realidad, la edición ahora publicada es como una especie de revisión de las anteriores, a la luz de las novedades producidas en los últimos años, entre ellas no, desde luego, la menos importante, el trabajo realizado por Trapiello con los escritos de guerra del chileno Carlos Morla Lynch. Más aumentado que corregido, el libro gana en peso y en poso y, si antes podía ser una aproximación interesante al fenómeno de los intelectuales españoles y la Guerra Civil, ahora se ha convertido en una obra de consulta imprescindible para los estudios en este terreno. A pesar, eso sí, de sus limitaciones.

Bueno, no se trata exactamente de limitaciones. Se trata de que la aproximación del autor es la que es. Trapiello, lo dice en algún punto del libro si no recuerdo mal, ni es historiador, ni pretende hacer un libro de Historia, en el sentido de explicar los fenómenos que están pasando mientras los protagonistas de su obra, los intelectuales, se mueven, hablan, callan, publican, son censurados, se quedan, se exilian, regresan, mueren fusilados y, sobre todo, huelen la muerte a su alrededor. La suya es una nómina extraordinariamente bien documentada de vivencias. Un caleidoscopio de errores, de sufrimientos, y de consuelos, por lo general, si existen, bastante magros. Pero esta condición de cronista literario, mejor dicho de cronista de la literatura (el devenir de sus sujetos se describe más a través de lo que escriben que de lo que viven) hace que, en ocasiones, los desarrollos se queden un poco cortos.

Tomemos el ejemplo de uno de los personajes más citados en la obra: el poeta Rafael Alberti. No sale nada bien parado este hombre del libro de Trapiello, por mucho que sea tratado con una deferencia que me quedo por saber si es fruto de la admiración, de la distancia intelectual, de ambas cosas o de ninguna de ellas. Trapiello, ya lo he dicho, lo cita muchas veces, las más en combinación con su señora María Teresa León (a la que, prístino se hace, admira bastante menos), y no pocas de ellas son para construir, con sutileza, la imagen de un revolucionario de salón que, lejos de sufrir en los frentes, vive la vida de un huido marqués en su palacio madrileño, aunque se pone el mono de obrero para salir a la calle. Los zamburdiazos también son varios, y muy graves, para Pablo Neruda, el único señor que conozco que ha confesado una violación en sus memorias y es admirado por ello. En ambos casos, como digo, la labor analítica del escritor del libro es encomiable. Pero Alberti, como todo comunista de los años treinta del siglo pasado, no puede ser analizado, tal es mi opinión, en absoluta desconexión con el partido al que perteneció, y al que, en consecuencia, obedecía. Trapiello elabora hipótesis en su libro sobre qué puede haber de verdad sobre lo que Alberti y su costilla dicen en sus memorias sendas sobre el Miguel Hernández de los últimos estertores de la guerra; está prácticamente seguro de que la versión de León (Miguel Hernández estaba en Madrid, y decidió ir al frente en lugar de aceptar un puesto en un avión que lo llevaría a Elda) es errónea, y caracolea con la idea de que la de Alberti (misma escena, pero ahora Hernández está en Elda, o en Monóvar, y lo que rechaza es salir de España) también lo sea. Pero no hace mención, o no suficiente en mi opinión, de la hipótesis más probable: que tanto León como Alberti, en su condición de disciplinados comunistas, simple y llanamente, mientan por eso mismo: por disciplina. Que las memorias comunistas de aquella época están, por lo general, convenientemente teledirigidas, es algo que se hace bastante evidente en cuanto se lee un par; por no mencionar la saña con la que (aun hoy en día) la Historia oficial comunista (que, pásmate lector, muerta muerta, lo que se dice muerta, no está) se aplica a denigrar toda versión no coincidente (léase Walter Krivitski, un suponer).

Yo diría que los personajes que salen peor parados de este libro son: Rafael Alberti, José Bergamín y no pocos de los «intelectuales», formalmente considerados como tales, de la mitad franquista de la Historia, como Pemán (eso, los muertos; de los vivos citados, el peor parado, sin duda con merecimiento, es Ian Gibson). Eso quiere decir que un lector apasionado de la memoria histórica no debe leer estas páginas. Primero, porque, ya lo he dicho, no son un libro de Historia. Y segundo porque, conforme a la premisa primera, y al propio sentir del autor sobre la guerra civil, no la verá convertida en un problema de buenos buenísimos y malos malísimos; incluso encontrará, ya lo he dicho, frases no precisamente encomiásticas hacia el circo lorquiano patrocinado por el intelectual otrora irlandés. Lejos de ser éste un libro binario, en ambos lados encontrará el lector logreros de pacotilla, versadores industriales suscritos a una causa, a veces cegados por ella, a veces impulsados a actuar así por el miedo simple, puro y acerado. Y en ambos lados encontrará, oh sorpresa, personas que querrán creer en lo que creen. Todo ello, bajo el factor común, lógico en un intelectual, de considerar la producción republicana, con todos sus defectos, de muy superior factura que la franquista; lo cual es lógico, pues el franquismo no deja de ser un régimen político en buena parte instrumentado contra la intelectualidad, exactamente igual que se instrumentó contra todo lo demás que se consideraba responsable de los males de España: los partidos políticos, la expresión libre, el debate abierto, el cosmopolitismo. Culturalmente hablando, en realidad, y esto es algo que Las armas y las letras describe muy bien, el franquismo vivió de las vacas sagradas intelectuales que, basadas en una esperanza primera (porque no siempre pareció que Franco fuese a montar el franquismo), o en una suerte de acomodación posterior a los hechos, se acabaron quedando en aquella Casa Común del Orden y el Concierto. Para los intelectuales puramente orgánicos del franquismo, puramente franquistas, como Pemán, como Laín, no guarda Trapiello juicios como para enmarcarlos del orgullo. Ni siquiera Ridruejo, tan admirado por cierto antifranquismo, merece,me parece a mí, su nihil obstat, cuando menos incondicionado.

Lo que casi no hay en Las armas y las letras, al menos en mi visión (un libro es un porcentaje lo que escribe su autor, y otro lo que su lector lee) son gentes que estén, verdaderamente, a la altura de los tiempos que viven. Por eso, precisamente, creo que su lectura es recomendable; eso sí, para personas con alguna proporción de humildad en su forma de ser; como no la tengan, sea cual sea su cojera, se van a cabrear leyendo. Cita Trapiello en su libro una obrita (no tengo delante el libro, pero creo que es algo así como Meditaciones en el desierto, de Agustí Calvet o, como se seudonombró, Gaziel) que me he quedado con ganas de leer, pues parece que conecta con esta idea de que los intelectuales pudieron ser, hacer, otras cosas distintas en medio de aquella batahola de actos repuganantes que fue la guerra civil; no digamos, ya, en el franquismo, durante el cual habría sido mucho más fácil haber completado la célebre nómina de Azaña, añadiendo a la Paz las otras dos P de las que habló.

Hay una cosa en la que yo, personalmente, me siento distante de Andrés Trapiello. En sus líneas, en lo que escribe, creo reconocer esa posición de quien coloca distancia con la militancia en ambos bandos de la guerra civil, aunque establece diferencias basándose en el distinto nivel de brutalidad de ambos. En esto, en todo caso, no sé si habrá experimentado el autor alguna evolución, porque el personaje central de su última novela, en alguno de sus puntos, argumenta precisamente contra esta discriminación matemática, basada en el número de víctimas. Sea así o no, lo cierto es que a mí es un punto de vista que me cuesta compartir; no, en modo alguno, porque todos los muertos me parezcan iguales, sino porque los veo salir del mismo sitio, y eso sí que los iguala.

Creo que la distancia temporal de la guerra civil, el atemperamiento de sus pasiones, la innecesariedad del concepto de reconciliación, la progresiva desaparición del hecho como negocio editorial/fílmico/mediático (hablamos, pues, del día que lleguen las famosas calendas griegas, y pasen, y sigamos aun más allá...) acabarán por colocar en el frontispicio de la guerra civil el concepto de error. Porque todo en España, entre 1936 y 1975, es una excrecencia del mismo pozo ponzoñoso. Todo proviene del mismo error y del hecho de que, cuando menos en mi opinión, nadie, salvo quizá el Besteiro del discurso con el que, como presidente de las Cortes, saluda a la Constitución del 31; nadie, digo, estuvo ni medio a la altura de los hechos.

Hombres y mujeres del presente tenemos la puta manía de observar a los hechos y personas del pasado asumiendo que eran distintos. Sabemos que nuestros políticos de hoy son corruptos, ignorantes e interesados; pero nos resistimos a pensar eso mismo de quienes admiramos en el pasado. De ahí surgen mitos extraños, como la pretendida santidad de Pablo Iglesias (y cito a éste por ser figura histórica de proporciones especialmente angélicas), o la pretendida alta calidad de los debates parlamentarios de la República.

Pablo Iglesias llegó a hacer, en sede parlamentaria, una llamada al asesinato del jefe conservador. Por su parte, el Diario de Sesiones de la República está repleto de debates zafios; que, de hecho, las Cortes del 31 petaron el palacio de la Carrera de San Jerónimo de personas que eran incapaces de hilar dos pensamientos con elegancia; así como de personas que realizaron afirmaciones tan repugnantes que desaparecieron de las actas (aunque fuesen chulescamente publicadas por los medios partidarios de quienes las habían pronunciado).No ha habido, quizás, en democracia, un político más corrupto que Alejandro Lerroux; y las andanzas de Maura o de Cambó como empresarios no son, precisamente, como para contarlas en Caritas.

La II República española, lejos de ser la oportunidad de arrancar, sin ira, el motor del progreso social en España, como pretendió, con muy bellas palabras, Niceto Alcalá-Zamora en el primer discurso que pronunció ante aquellas Cortes, fue también la misma almoneda de cieno que pueda ser la hora presente; con el agravante de que en aquellos momentos, y ello era patente, llevaban los españoles décadas incubando el proyecto inacabado de exterminarse mutuamente. A pesar de ello, nadie movió un dedo para parar aquel golpe. Lejos de ello, empujaron la maza para acelerarla. Nunca he comprendido, y es por ello que aquí ya le he dedicado varias tomas, lo poco que la Historia de la guerra civil se ocupa de los seis meses primeros de 1936. Menos de 200 días durante los cuales decenas y decenas de personas murieron presa de la violencia política de ambos bandos; algunos de ellos infumablemente linchados en plena calle, muertos a golpes de azada, o tiroteados de la forma más vil, por ser obreros, por ser católicos, por ser cualquier cosa; no pocos de ellos, como simple medida preventiva, pues no masacrarlos era darles la oportunidad de masacrar, ellos, en la hora siguiente.

Todo eso es el Error. El Error, así, con mayúsculas. El Error que convierte en una soberana gilipollez la discusión sobre cuándo, cómo, con quién, se fraguó el golpe de Estado del 36, cuál era la nómina de los tirios, cuál de los troyanos, bla. Qué más da cuándo y con quién habló Mola por primera vez de dar un golpe de Estado. Lo realmente importante es que el 17 de julio tuvo claro que podía darlo, que pisaba terreno razonablemente firme (y, aun así, se equivocó, porque el golpe fue un fracaso). Lo realmente importante es que había un Error, y que en julio del 36, estaba maduro, como ese monstruito que sale del huevo en las películas de Alien. Y lo más interesante del libro, o quizás de otro libro que acaso escriba alguien alguna vez, es el repaso meticuloso, nombre a nombre, hombre a hombre, de qué hizo y qué no hizo cada uno para evitar ese Error.

Nadie, lo he dicho, hizo nada por evitarlo, y sí por alimentarlo. Nadie trabajó contra el Error.

La República la traen unas derechas dinásticas hasta antesdeayer, oportunistas, maniobreras, caciquiles, que no buscan sino seguir reproduciendo ese machito. Sólo así se explica que un jurisconsulto fino y sabedor  como Alcalá-Zamora se inventase ese fistro, increíble incluso en una Historia tan surrealista como la española, de un gobierno que no apoya nadie, y esperar que gane unas elecciones.

El gran sustento de República, el Partido Socialista, está dirigido por un hombre que tiene una ciega pasión de liderazgo, a la que es capaz de sacrificarlo todo y que le lleva a bombardear lo que haga falta: el gesto de Prieto de acudir al Pacto de San Sebastián, luego las tendencias moderadoras de Besteiro, a quien acorrala y desprecia a través de sus terminales en la UGT, como bien reflejan las actas de las reuniones del sindicato donde decidió dar el golpe de Estado del 34, reproducidas en el libro sobre la materia de Amaro del Rosal. Francisco Largo Caballero pactó con un dictador militar para machacar a la CNT y terminó su vida política efectiva con el único apoyo de peso de la CNT en el llamado gobierno de la Victoria; no creo que hagan falta más pruebas de que le daba igual ocho que ochenta, con tal de ser él el ochenta. Por el camino, colocó en el frontispicio del PSOE el dudosísimo mérito de haber organizado un golpe de Estado contra un régimen votado por las urnas e inflamó a las masas, trabajándose a cincel el estallido de una guerra civil que él creía que ganaría con apenas amagar con sacarse el huevo izquierdo de la bragueta.

La derecha pura y dura, ciega y ultramontana, hizo bien poco, si es que hizo algo, por integrar, aunque fuese a trompicones o de una forma meramente estética, a las clases propietarias en el proyecto republicano. Como consecuencia de ello, le hizo ofertas tan elevadas que, cuando gobernó, para cumplirlas tuvo que romper el país en dos. Tampoco hizo gran cosa por evitar la deriva del poder eclesial porque, contra lo que sus líderes propugnaban, ellos no controlaban a los curas, sino al revés. Para colmo, aquella República tan timorata para todo les dio el salvoconducto que necesitaban para alimentar su cabestrez con los sucesos de mayo del 31. Imagínese el lector qué pensaríamos de un gobierno constitucionalista en el País Vasco que, apenas mes y medio después de haber ganado las elecciones, observase sin actuar cómo turbas de incontrolados arrasaban los batzokis, las ikastolas y las herrikotabernas. Imagínese el lector, digo, el discurso del PNV al día siguiente.

Todo ello, por no mencionar a los monárquicos, que trabajaron desde el primer segundo de la República, no para el retorno de la monarquía, sino para el retorno de una monarquía poco menos que censitaria, orgánica y con olor a la naftalina de la Historia. Todavía años después de aquella República, cuando el general Franco decida pilotar la Restauración de la Restauración, el titular de la corona escribirá comunicados al mundo en el que pasará de hablarles a los españoles de democracia, de libertades, y se explayará sobre sus derechos históricos a reinar. Empeñados en ser históricamente tontos del culo, aquellos monárquicos seguían esposados a la pata del Cid. Y qué decir de los tradicionalistas, aquellos trabucaires que llevaban ya, de aquella, cien años recetándole a España una ordalía de sangre.

De José Antonio Primo de Rivera se ha producido todo un intento de décadas por convertirlo en un atormentado derechista de tendencias moderadas, un buen hombre que vivió una mala hora. Pero no hay que olvidar que José Antonio se estrenó en la vida pública saltando desde las localidades del público a darle una mano de hostias a un conferenciante que se estaba metiendo con su padre. Y, sobre todo, que mandaba a decenas de adolescentes, de cuya simplista fogosidad tenía que estar bien informado, a montarla en cada esquina. Y los mataban. Y los mandaba de nuevo. Y los volvían a matar.

Indalecio Prieto es el corolario histórico del maniobrero. Lo cual tiene su lógica, porque al fin y al cabo competía por conseguir espacio bajo la canasta socialista, esperando ver caer el rebote del Poder, con otro político como Largo, todo él codos y codazos. Sea por lo que sea, el hecho es que se pasó cinco años empujando, él también, el cajoncito de la República hacia el precipicio, colaborando para enmerdar las cosas, con sus medias palabras y sus giros veletoides, hasta el punto de conseguir que en un mitin de su propio partido, los de su propio partido intentasen matarlo. Salió de allí a la naja, dejando a su secretario detrás, sin que se sepa que le importase gran cosa.

Como bien cuenta Eduardo de Guzmán en su libro sobre 1930, la gran parte de la histórica reunión de San Sebastián se invirtió en discutir los intereses de los nacionalistas. Vascos y catalanes, especialmente estos últimos, condicionaron cada uno de los históricos pasos que quería dar esa República con un persistente qué hay de lo mío, sin lo cual no había consenso posible. Para cuando estalló la guerra civil, en las calles de Barcelona, donde se podría perder la vida por llevar unos zapatos medio caros, quedó bien claro lo de puta madre que lo habían hecho aquellos gobernantes para reducir las tensiones sociales. Por no mencionar el acto de deslealtad constitucional del 34, en cuyo diseño y aliento no faltó la participación de elementos que lo mejor que se puede decir de ellos es que eran parafascistas.

Las llamadas izquierdas burguesas, por su parte, fueron los surfistas de la República. Juntos como hermanos, miembros de su Iglesia, se aplicaron a destruir, a golpes de pica, no muy certeros pero constantes, el bloque radical, pensando que lo heredarían; ciegos y ajenos al proceso que las izquierdas obreristas diseñaban, para más inri con su aquiescencia, no se dieron cuenta de que con el PR desaparecía el último bloque burgués cohesionado. A partir de entonces, ya no eran sino pequeños lobbies de poder, carne de Frente Popular; temblorosos politicastros entrados en carnes, subidos sobre una tabla de surf, apenas en equilibrio sobre la creciente ola de la Historia. Lo que no es perdonable es la ciega ilusión con que se prestaron. En el exilio se quedaron al frente del machito, con un éxito, lógicamente, más que cuestionable.

Todos, absolutamente todos, empujaron el trenecito de la Historia de España hacia la cuesta abajo de una nueva guerra. Y los intelectuales, esta vez, no fueron cometa, sino esa cohorte de rocas frías y obedientes que lo siguen (y hasta hoy). Un proceso que se adivina en la obra de Trapiello, pero que aun tiene, creo yo, mucho terreno que hollar. Una más de las muchas cosas que, después de 70 años de historiografía, de más de 50.000 libros, permanece impoluto, esperando una investigación.

Quizá el capítulo que peor entiendo del libro es el último. ¿Por qué dedicarle un capítulo a Manuel Azaña? Su condición intelectual no la pongo en duda yo; la pone él, con sus acciones. En mi opinión, Manuel Azaña estuvo muy lejos de ser la persona moderada, interpolada entre los sentimientos encontrados, que a su condición de reflexionador cabría otorgarle (y de la que él cree en sus diarios, o en su tan insulsa como lacrimógena Velada de Benicarló). Fue, primero que todo, un hombre ambicioso, al que no le importó forzar la máquina de la demagogia, en sus masivos discursos, dándole a la gente lo que quería oír, a pesar de que, si no era capaz de ver adónde le llevaba aquella retórica, es que, sobre no ser listo, además, va a resultar que era, más que tonto, gilipollas. La cerrada ceguera de las derechas implicándolo en un golpismo que le era ajeno, el del 34, ha tenido para Azaña la virtud de enlodar, hasta disimularla, la ira poco contenida con que recibió la derrota del 33, ira que demuestra que tenía lo que ningún político equilibrado debería tener (y todos poseen): un concepto patrimonial del Poder. Luego, a mediados del 36, acabaría sosteniendo reuniones masturbatorias con Giral, con Sánchez Albornoz, con Barrio, con todos esos tipos que todos juntos pesaban ya menos en España que un buen líder sindical de cualquier tajo de la construcción de Madrid, para provocarse mutuamente placer con la idea de instaurar una dictadura republicana que retrotrajese el orden. Si hubiesen hablado de pedirle ayuda a Los Cuatro Fantásticos no habrían sido menos realistas.

Azaña tiene bien poco derecho, creo yo, a tener sitial en un libro que se subtitula los intelectuales y la guerra civil. Ninguna de las dos cosas es cierta; ni es un intelectual, ni en la guerra civil; ni siquiera semanas, si no meses, antes, tocó pito. Con ambas afirmaciones, está todo dicho.

Lo mejor de los buenos libros es ese poso que te dejan al voltear la última página. A partir de ese momento, la lectura pasa a engrosar las vivencias pasadas, y lo que te deja es un sentimiento; las imágenes, dolores o risas que te convocará, a partir de ese día, pensar en ese tomo que leíste un día. La sensación indeleble de este libro, para mí, es agria. Yo diría que muy agria. En mi caso, por dos razones. La primera es la cantidad de sufrimiento, a menudo gratuito, que contienen sus páginas.

La segunda es la sensación, recocida página a página, de que las cosas, tal vez, no podían haber ocurrido de otra forma.