viernes, marzo 22, 2024

Milenarismo

(Con esta crónica, me abro; santas vacaciones para todos)



De la Edad Media europea se dicen muchos meconios, alguno de los cuales hemos abordado ya en este blog. Todos ellos están bien instilados en la conciencia cultural y social de nuestro tiempo, así pues no se puede hablar de uno más sólido que el otro. Sin embargo, entre las ideas con un fuerte nivel de implantación, por así decirlo, sin duda se cuenta el caso del milenarismo. El milenarismo, que es palabra que ha acabado por designar casi cualquier predicción catastrófica, designa inicialmente las ideas ligadas a la llegada de una nueva era, o tal vez del final del mundo, o del advenimiento del Juicio Final, conforme la humanidad occidental se fue acercando al año 1000, es decir, al primer giro de milenio tras el nacimiento de Jesús.

La idea es una idea menos inocente, o inocua, de lo que pueda parecer. Defender el milenarismo equivale a defender que, en las postrimerías del año 1000, el hombre europeo era lo suficientemente lerdo como para ser extraordinariamente supersticioso. Es una manera, por lo tanto, de llevar el retrato de la Edad Media a donde le interesa a muchos, es decir, al terreno de la ignorancia.

La idea del milenarismo, sin embargo, surge de un sentimiento de superioridad intelectual renacentista. Pues es, aproximadamente, en el siglo XVI donde se pueden seguir las trazas de sus primeras formulaciones.

La cosa es que en los primeros historiadores y enciclopedistas, por así decirlo, de la Edad Media, no existe traza ni relato de milenarismo. Hermann Contract, un monje benedictino alemán que escribió el Chronicon Hermanni Contracti y que es un señor que, métetelo en la cabeza, si no sabes quién es, mucho de la Edad Media europea no sabes, nada dice en su libro sobre el tema, y eso que la obra es una Historia del mundo desde su creación hasta el año 1054. Sigeberto de Gembloux, otro benedictino, esta vez valón, que escribió otra Historia del mundo desde su creación hasta el 1111 (ésta se llama Chronicon a secas), tampoco dice nada. Y tampoco dice nada Vincent de Beauvais, un dominico francés que escribió el Speculum Maius, obra que es tenida por la primera enciclopedia occidental. Todavía a finales del siglo XV, obras como las del cartujo alemán Werner Rollevinck siguen sin ofrecer traza del milenarismo.

De hecho, la difícil veracidad del milenarismo se deduce fácilmente de la forma en que los historiadores más o menos contemporáneos citan los hechos ocurridos cerca de esa fecha con total naturalidad. Juan el Diácono (ojo, que hay cuatro historiadores que llevaron ese nombre; yo me refiero al veneciano, muerto en el 1008) refiere en su obra Chronicon Venetum et Gradense: Anno 1000 Otho imperator ad Italicum regnum tertio repetere disponent per vasti Cumani lacus gurgites adire voluit. Es decir, que en el año 1000 el emperador Otón se dispuso a pasar por tercera vez a Italia, atravesando el lago de Como;: algo que probablemente no podría hacer si sus soldados estuviesen esperando el fin del mundo.

Más allá: Thietmar de Mesbourg, en sus Annales, califica el año 1000: Post salutiferum intemeratae Virginis partum, consummata milenari numeri linea claron mane illuxit saeculo. O sea: la avenida del milenio después del saludable parto sin tacha de la Virgen, llegó y contempló el brillo sobre el mundo de una mañana radiante.

Las crónicas inglesas se ocupan, en el año 1000, de los trabajos constantes de los pueblos de la isla, conocedores de que los vikingos daneses estaban preparando una flota en Normandía para pasar el Canal; y tampoco parece que pensaran que diera igual, puesto que antes de que izasen velas iba a llegar el Juicio Final. En Francia, ni Amoin de Fleury, ni Odoran de Sens, ni Adhemar de Chabannes, todos ellos cronistas de las primeras décadas tras el 1000, nos dicen nada. Por lo demás, ninguna de las biografías de personajes contemporáneos del año 1000, como Mayeul de Cluny, la emperatriz Adelaida, de Abón de Fleury o de Bernward de Hildesheim, reflejan un adarme de que estas personas (por cierto: todas ellas, o beatos, o santos) estuviesen esperando la avenida de nadie ni de nada con el año 1000.

Siglos después, historiadores de la post ilustración francesa decimonónica, como el suizo Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi, hablarán de une cessation absolue de tout travail du corps et de l'esprit; pero, como puede verse, eso no lo decía basado en las fuentes, sino porque lo había visto en el Netflix de la Revolución Francesa.

Con todo, el gran propagandista del miedo del año 1000 fue el famosérrimo historiador francés Jules Michelet. La fuente fundamental de Michelet, según se deriva de leerlo, fue el concilio de Trosly, celebrado en el año 909; y cuyas actas y reflexiones demostrarían, según él, que “los hombres del siglo X no tenían otra esperanza en medio de sus desgracias terribles que la del Juicio Final”. Aparte de que esta afirmación es ya muy dudosa a la luz de los hechos (si tan asténicos estaban los europeos, ¿por qué se fueron a miles a recuperar Jerusalén?), veamos lo que dice el concilio.

El texto del canon es el siguiente:

Nobis ergo, qui censemur episcopi maxima et prope importabilis incumbit sarcina pastoralis officii, dum instat reddenda ratio negotii nobis commissi cum exactione lucri et dum jamjamque adventus illius in majestate terribilis [dies] ubi omnes cum gregibus suis venient pastores in conspectum Pastoris Supremi.

Os traduzco: Para nosotros, que tenemos el título de obispo, la carga pastoral deviene en un peso insoportable cuando se acerca el momento de rendir cuentas de la misión que nos ha sido confiada, y del beneficio que hemos generado. Pronto se verá llegar la jornada majestuosa y terrible en la cual todos los pastores comparecerán junto con su grey ante el Pastor Supremo.

Las palabras pertenecen al obispo Herivée de Reims; y, cuando menos en mi opinión, no pasan de ser una admonición general; la admonición normal en el cristianismo frente a los sufrimientos del siglo, recordando que llegará el día de la recompensa en el juicio final. No hay referencia concreta al año 1000; esa referencia la infirió Michelet de la fecha del concilio; que, de todas manera, predata al año 1000 en 90 años, por lo que difícilmente en ese momento el año 1000 podía ser un argumento de tranquilidad para los obispos superados por las cargas de su trabajo, pues es ley de vida que todos llevarían bastantes años muertos en el último año del milenio.

Otra teórica fuente de los historiadores defensores del milenarismo es la llamada Libellus de Antichristo, escrito por el monje Adso de Montier-en-Der, en la Champaña. Se ha interpretado que esta carta la habría escrito Adso para combatir la superstición de que en el año 1000 se produciría el advenimiento del Anticristo. Pero la cosa es que Adso dedica el libro a la reina de Francia Gerberga, y para satisfacer su necesidad de conocer las Escrituras. Por lo tanto, el Libellus está muy lejos de ser la obra para formación de las masas incultas y supersticiosas que los intelectuales decimonónicos quisieron ver; sino una simple guía para una persona, la reina, que incluía una descripción del carácter del Anticristo, necesaria, dice Adso, porque es un tío que, cuando te ronda, normalmente no te enteras bien. Pero, vamos, que si existe alguna duda, Adso termina sus enseñanzas escribiendo: Arbitror quod nullus sit que sciat quantum temporis existat inter Antichristum et Judicium, sed in dispensatione Dei manet, qui judicabit saeculum, ea hora que praefixit esse judicandum ante saecula. Es decir: Considero que nadie sabe cuánto tiempo hay entre el Anticristo y el Juicio, pues es decisión de Dios, que juzgará al mundo a la hora que él señaló para ser juzgado. Dicho de otra forma: el año, el día y la hora del Juicio sólo los conoce el boss.

Ciertamente, parece que en Francia y Alemania hubo algunos visionarios en el siglo X que predicaban el inminente fin del mundo. Pero, vaya, que hace unos años, durante una visita turística a Londres con mi señora, nos encontramos a un tipo en el Speaker's Corner que defendía exactamente lo mismo. Y no era maya, ni nada. De hecho, Abbon de Fleury, que es el cronista que se refiere a un pavo de París que andaba diciendo lo del fin del mundo, lo pone de vuelta y media y termina su disertación recomendándole al personal que esté a lo que dice la Biblia y no a lo que dice un piernas: Cui praedicationi et Evangeliis ac Apocalypsi et libro Danielis, qua potui virtute, restiti. Cuando Abon de Fleury escuchó esta predicación era un joven médico. Luego se hizo monje y acabó en Fleury, donde cuenta que tuvo que combatir la convicción de algunos loreneses, que suena un poco a Martes y Trece a lo puto bestia, en el sentido de que el fin del mundo llegaría el día en que coincidiesen en el mismo día el Viernes Santo y la Anunciación. Pero de decir que cuatro gilipollas creyesen una mierda a sostener, como se hizo 900 años después, que lo creían todos, hay un pequeño trecho que sólo recorren los que se creen la polla de Montoya (como los enciclopedistas), los periodistas y los licenciados en Historia.

Michelet, reconozcámoslo, tenía una “prueba” más: la crónica del monje Godwell o Godwellus, en la que dice: Anno 1010 in multis locis tali rumore audito, timor et moeror corda plurimorum occupavit et suspicati sunt finem saeculi adesse. Sanioris animi quique de vitae suae correctione studuerunt, salubriori consilio utentes. Más o menos: En el año 1010,cuando un rumor se escuchó en muchos lugares, el miedo y la tristeza se apoderaron de los corazones de muchos, y sospecharon que el fin de la era estaba cerca. Los de mente más sana decidieron ser correctos en sus vidas, utilizando un plan más saludable. El rumor, dice el monje, era la cercanía del fin del mundo.

El problemilla para Michelet es que Godwellus escribió estas palabras en el año 1224; dicho de otra forma, es como si un historiador actual hablase de un rumor surgido en una región castellana en el año 1800; y, ojo, sin los medios ni fuentes con los que hoy se puede contar para ello. Eso, más el problema que genera explicar por qué los limusinos, que son los personajes a los que se refiere la crónica, iban retrasados en diez años. A lo mejor es que el Juicio Final va a llegar en años distintos según el sitio, como la hora del Ángelus en Canarias y la península.

Con todo, la principal fuente, por citada y por su autoridad, es Raoul Glaber, Rodolfus Glaber, quien escribió su Historia en cinco tomos en Cluny. Dice Glaber que en el año 1030, se produjo en Francia y en Italia un vasto movimiento de reconstrucción de iglesias, cada país “buscando el honor de tener las más bellas”, como en un movimiento de renovación general. De esta voluntad repentina por renovar el parque sagrado sacaron los historiadores decimonónicos franceses la idea de que era resultado del presunto periodo anterior de astenia total y ausencia de iniciativas que se había producido porque habían estado esperando el Juicio Final. Una interpretación de la que ni Glaber, ni nadie, dice nada.

Hay que recordar, en este sentido, que el Papa Gregorio V fue elegido en marzo del 999; elección que no se entiende si la Europa entera estaba entregada a la astenia de los minutos de descuento del mundo. En el Imperio, Otón III creó precisamente en dicho año el reino de Polonia, y cabría preguntarse para qué lo hizo (bueno; considerando la mala hostia que suelen tener los alemanes hacia los polacos, lo mismo quiso gastarles una broma pesada). En España, fue en dicho año cuando ciñeron sus coronas Sancho el Grande en Navarra, y Alfonso V en Asturias.

En las décadas anteriores al año 1000 se celebraron numerosos concilios y sínodos; y no existen pruebas de que alguno se ocupara de una supuesta creencia popular en el fin del mundo. Lejos de ello, fueron años de fundaciones de monasterios e iglesias. El historiador Louis de Mas-Latrie contó, entre el 950 y el año 1000, 112 monasterios creados o reparados. En el periodo fueron reconstruidas o consagradas por segunda vez las catedrales de Orléans, de Senlis, la iglesia abacial de Mont-Majour, Arles, Montier-en-Der o Saint-Vincent-du-Mans, sólo en Francia.

Nos encontramos, por lo tanto, ante algo así como un milenarismo inverso. La creencia supersticiosa no es la de los habitantes de la Edad Media, sino la de quienes les recordaron. La creencia en el milenarismo no es sino una elaboración intelectual diseñada para demostrar que hubo tiempos peores, y para colaborar en esa imponente labor de imagen pública que se viene realizando desde la Ilustración contra la Edad Media europea. Era necesario demostrar que el hombre medieval era un bruto ignorante, estúpido, lobotomizado por la religión y que, para colmo, no se lavaba ni consideraba que la mujer fuese un ser humano. Era necesario demostrar todo eso, y para demostrarlo utilizó unas a-modo-de-pruebas, que están muy lejos de serlo.

Como ya os he dicho, es necesario irse hacia, como muy pronto, los Annales Hirsaugienses, obra en la que se dice que en el año 1000 homines metuebant instare diem novissimum; es decir, el hombre temía la venida del último día. Pero Juan Tritemio, autor de estas líneas, las escribió ya al final del siglo XV, si no a principios del XVI. Estamos hablando, pues, de un escritor que, ex novo,  resucita un miedo del que nadie o casi nadie habló en las crónicas contemporáneas con la misma diferencia de tiempo respecto de los hechos que podemos tener nosotros con el Siglo de Oro.

El milenarismo, como el derecho de pernada, como la inquina de la Iglesia hacia la ciencia o hacia los gatos, como la desaparición del hábito de bañarse, como los instrumentos de tortura que se enseñan en los museos, como tantas y tantas cosas, es el fruto de una operación de propaganda que se basa en un principio fundamental, y es que hay dos maneras de resaltar el blanco de un diente: una es blanquear el diente; la otra, hacer más roja la encía.

El hombre moderno, que es una etnia muy particular cuya última mutación es el licenciado en Historia woke, necesita creer en sí mismo. Necesita creer cosas como que la Historia de España se mide en antes y después de La Pepa; o, mejor, que lo que hay antes de La Pepa no se puede considerar, propiamente, Historia de España. Para ello, como digo, hace dos cosas: o blanquear el diente, es decir defender que desde la Revolución Francesa hasta acá no habido más que cosas chulísimas; o ennegrecer la encía, es decir, convencerte de que el pasado es una oscura cueva de seres medio subnormales, que se pasaban el día diciendo Penitenciacite, oliendo a cabra y golpeando a sus mujeres con una piedra.

Tú eliges.

4 comentarios:

  1. Además de todo lo que expone, hay otro factor: Que el calendario no estaba unificado en la Europa de entonces.

    Una Greta ibérica del año 999 podría pensar que las incursiones de Almanzor (buen candidato a Anticristo, por lo demás) anunciaban el fin del mundo pero si hubiera consultado su calendario, le hubiera salido que estaba en el año 1037 de la era Hispánica, número que no es especialmente inspirador para las numerologías. Para ella, el año 1000 habría sido unas décadas antes, durante el reinado de al-Hakam II en unos años en los que la frontera permaneció en calma.

    La mayoría de las religiones (incluyendo las laicas) tiene su mito del juicio final (Aunque la mayoría de los creyentes suele considerar eso como Abraracúrcix la caída del Cielo: Algo que no va a pasar mañana) y ocasionalmente se forman grupitos que anuncian el apocalipsis (Hasta ahora han fallado todos) pero eso tiene poca relación con el calendario y más con las angustias del momento.

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  2. Por cierto, el fijar el inicio de España en La Pepa, inicialmente se inventó para satisfacer el ego del fascismo de provincias, pero creo que su éxito también se vio favorecido por factor que le leí a otro comentarista del blog (Creo que Don Cide Hamete) y es que les sirve de justificación a los de Contemporánea para no estudiar nada anterior a 1812, así que hay poderosos intereses a su favor.

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  3. I appreciate the sincerity and authenticity that permeate your writing. Connect with Aviator influencers and experts through our blog.

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