miércoles, febrero 21, 2018

La sentencia más famosa

En este post te voy a hablar de una sentencia que, desde algunos puntos de vista, es la sentencia más famosa jamás dictada. O, por lo menos, la más conocida. De hecho, tú mismo la has escuchado muchas veces en su parte dispositiva e, incluso, me apuesto a que la has declamado. ¿Que no? Ya verás como sí.

Ernesto Arturo Miranda fue siempre una persona jodida para sus padres. En 1963, año que es crucial para nuestro relato, tenía 22 años; dos patitos durante los cuales Miranda había tenido ya la ocasión de dejar claro de qué palo iba. A los cinco años murió su madre, y Ernesto nunca aceptó el nuevo matrimonio de su padre. Esto, más el ambiente en el que creció, lo empujaron a la delincuencia juvenil. A los 15 años fue condenado a pasar una temporada en un reformatorio, pero su comportamiento allí fue tan malo que la condena se extendió hasta su mayoría de edad. Regresó a Arizona, su lugar de origen, y tras un breve paso por el Ejército se colocó de cargador nocturno e inició una tormentosa relación con una mujer divorciada.

El 3 de marzo de 1963, Lois Ann Jameson, de Fénix, Arizona, decidió ir al cine. Regresó del cine en autobús, por lo que tuvo que andar las pocas manzanas que separaban la parada de su casa. Antes de llegar, sin embargo, un coche llegó a gran velocidad, se paró junto a ella, y del coche salió un tipo que la metió en el asiento trasero. El desconocido la ató, la amordazó, la llevó a las afueras, y allí la violó. Después regresó al punto de secuestro, donde la soltó.

Lo que mejor recordaba Lois Ann Jameson era el color del coche donde fue secuestrada: era un coche verde.

Un cuñado de Lois le hizo durante aquellos días de guardaespaldas para que se sintiera segura al coger el autobús. Pasaban los días, y la policía no avanzaba en la investigación, lo cual empezaba a generar cierto mosqueo en Fénix. Un día, en la parada del autobús, el cuñado reparó en un coche verde que, le pareció, más que desplazarse, parecía estar merodeando por la zona. Apuntó la matrícula y se la dio a la policía. Horas después, el propietario del vehículo, Ernesto Miranda, era detenido en su casa bajo los cargos de violación, secuestro y robo.

Hasta aquí hemos contado una historia como, desgraciadamente, se producen muchas al día dentro y fuera de los Estados Unidos. Pero ésta, os lo he dicho, es una historia muy especial que, a vuestra manera, vosotros también conocéis.

Miranda había sido arrestado en su casa y había sido llevado en custodia a una comisaría, donde había sido identificado por un testigo. Entonces, fue interrogado por dos policías durante dos horas; los polis, de hecho, no pararon hasta que no le arrancaron una confesión escrita del crimen. En el juicio subsiguiente, tanto las confesiones orales como la escrita se presentaron como pruebas, y Miranda fue condenado a dos condenas de 20 a 30 años por los delitos de secuestro y violación. Los abogados de Miranda apelaron, pero la Corte Suprema de Arizona declaró que en ningún momento los derechos constitucionales del detenido habían sido violados.

John J. Flynnal, abogado defensor de Miranda, no pensaba sin embargo que esto fuese cierto. En su opinión, Miranda no había sido adecuadamente informado de que podía permanecer sin incriminarse, ni tampoco se le había dado la oportunidad de hacerse asistir por un abogado. Lo mismo pensaba la American Civil Liberties Union (ACLU), que decidió apoyarlo en su movida. Así pues, el tema pasó al Supremo.

La máxima Corte estadounidense, en realidad, no dirimió sólo el caso Miranda versus Arizona, aunque es así como se conoce generalmente; acumuló otros casos menos conocidos:

En Vignera versus New York,  el tal Vignera había sido detenido por la policía en el marco de la investigación de un robo en una tienda de ropa. Fue llevado a dos comisarías distintas, y en la segunda reconoció verbalmente haber cometido el robo, por lo que fue arrestado formalmente. Fue trasladado a un centro de detención, donde fue interrogado por un ayudante del fiscal en compañía de un periodista que tomó nota de todo. En el juicio, tanto la confesión oral como la transcripción del periodista se usaron como pruebas, y Vignera fue sentenciado por robo de 30 a 60 años. La apelación fue desestimada.

Westover versus United States era el caso de un tal Westover, que había sido detenido por la policía de Kansas City como sospechoso de robo. Los polis de Kansas recibieron informes del FBI en el sentido de que el detenido era ya buscado en California por otro delito. La noche del arresto y la mañana siguiente, Westover fue interrogado por la policía. Cuando terminaron, llegaron los agentes federales y continuaron. El FBI estuvo haciendo preguntas dos horas y media, tiempo tras el cual el detenido firmó dos confesiones que habían sido preparadas por los propios federales sobre los dos robos pendientes en California. Las confesiones se usaron en el juicio en el que Westover resultó condenado por dos veces a 15 años en el maco. La Corte de Apelaciones confirmó las condenas.

Por último, el caso California versus Stewart se basaba en una serie de investigaciones sobre delitos de tironeros. El problema es que uno de esos robos había salido tan mal que la víctima había muerto. Stewart fue detenido porque le pillaron endosando unos cheques que habían sido robados en estas acciones. Fue detenido en su casa; la policía detuvo también a su mujer y a tres amigos que estaban en el domicilio en ese momento; lo que se dice, un completo. Pasó Stewart nueve días en una celda, durante los cuales fue interrogado otras tantas veces. En la novena sesión, Stewart acabó por reconocer que había robado a la persona muerta, pero que no pretendía hacerle daño. En el juicio se usó esta confesión y Stewart fue condenado por robo y asesinato en primer grado, lo que le supuso la pena capital. En este caso, sin embargo, la Corte Suprema de California eliminó la sentencia, aduciendo que el reo debería haber sido advertido de su derecho a permanecer en silencio y su derecho a tener consejo legal.

Este conjunto de cuatro casos, que como digo conocemos con la sinécdoque Miranda v. Arizona, son los que plantearon ante la Corte Suprema la cuestión de cómo se garantiza, en concreto, la quinta enmienda de la Constitución estadounidense.

La Quinta Enmienda es, probablemente, el más famoso de los anexos de la Constitución americana. Inspirada en el derecho común inglés, establece una serie de garantías procesales para las personas que son acusadas de crimen, entre los cuales se encuentra la prohibición de be compelled in any criminal case to be a witness against himself. Es decir, los ciudadanos estadounidenses reciben en dicho texto el derecho a no tener que declarar contra sí mismos. Pero la madre del cordero estaba en la cuestión: ¿cómo se garantiza en la práctica ese derecho?

La Corte Suprema, en su fallo, estatuyó que «la acusación no podrá usar confesiones, tanto exculpatorias como inculpatorias, que provengan de los interrogatorios tras un arresto a menos que se pueda demostrar el uso de procedimientos adecuados que aseguren el ejercicio del privilegio contra la autoinculpación.

En consecuencia el Supremo, que en su fallo revertía las sentencia de Miranda, Vignera y Westover y se mostraba a favor del fallo de la Corte de Apelaciones californiana en el caso Stewart, estableció que, antes de cualquier interrogatorio, el detenido deberá ser advertido de que he has the right to remain silent, that anything he says can be used against him in a court of law, that he has the right to the presence of an attorney, and that if he cannot afford an attorney one will be appointed for him prior to any questioning if he so desires.

En otras palabras: tiene derecho a permanecer en silencio, aunque cualquier cosa que diga podrá ser usada en su contra. Tiene derecho a un abogado, y si no puede pagarlo se le designará uno de oficio.

¿Qué? ¿La habías leído mil veces, o no?

En fin, por si te interesa saberlo, Ernesto Miranda salió lógicamente libre y, a partir de entonces, una de sus fuentes de ingresos fueron los autógrafos. Firmaba autógrafos por ser «el auténtico Miranda de Miranda versus Arizona» por un dólar y medio.

No obstante, como canta Ruben Blades, si nasiste p'a martillo/del Cielo te llueven los clavos. En 1976, Miranda se metió en una pelea en un bar, de resultas de la cual fue apuñalado, y murió. Lo que no sé, la verdad, es si no le apuñalaría Vignera, Westover o Stewart, encabronados por no haber pasado a la Historia como él.



Bueno, este post ha salido de mi maldita manía de estudiarme la Historia de la jurisprudencia del Supremo de los Estados Unidos. Que, ya puestos: ¿continuará algún día Juan de Juan su Historia de los Estados Unidos donde la dejó?

Misterio...