miércoles, febrero 01, 2017

EEUU (47)

ecuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.




Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt.

Todos los experimentos monetarios lanzados por la administración Roosevelt se basaron en una confianza en el mercado. Se partía de la base de que, si se producía una expansión monetaria, el mercado haría crecer los precios. Pero si una enseñanza dejó la Gran Depresión es que eso no es necesariamente cierto, lo cual dio alas a los teóricos que propugnaban que era necesaria una intervención estatal. La intervención estatal, sin embargo, también tiene sus toxicidades. En la búsqueda del correcto punto medio estuvimos ochenta y pico años hasta que una nueva crisis a lo bestia nos ha demostrado que no lo habíamos encontrado. Tal y como yo lo veo, si en 1929 lo que se pasó de frenada fue el mercado, en el 2008 fueron las intervenciones estatales. Pero, bueno, lo que estamos haciendo aquí es historiar a los Estados Unidos.


Ya convencida la clase política americana de que era necesario algún tipo de intervención, en junio de 1933 se planta uno de los grandes pilares del New Deal: la National Industry Recovery Act o NIRA. Un texto legal que fue saludado por el presidente como la ley más importante jamás aprobada por el Congreso.

La NIRA suele basar su fama en elementos intervencionistas que hacen las delicias de los keynesianos. Sin embargo, suelen olvidar estos propagandistas que no hace falta hacer sino una lectura diagonal del texto para darse cuenta de que contiene medidas de rabioso capitalismo. Entre otras cosas, la NIRA suspendió la legislación de competencia y contra los monopolios. Las asociaciones empresariales fueron autorizadas a cartelizar precios, cuotas de producción y salarios, aunque el gobierno se reservaba la aprobación final de estos códigos (de hecho, la gestión de estos acuerdos fue puesta en manos de la National Recovery Administration que se creó y a cuyo frente se colocó al general Hugh Johnson). Eso sí, la NIRA se hizo histórica por reconocer a los trabajadores el derecho a la negociación colectiva.

La industria respondió adoptando casi 750 acuerdos o códigos. Sin embargo, éstos crearon pronto la fricción entre los grandes empresarios (que eran los que habían estado en la mesa de negociación) y los pequeños y medianos, que consideraban que las condiciones pactadas no les hacían justicia. Los trabajadores se quejaron pronto de las muchas limitaciones que aquel esquema suponía para la labor sindical.

Finalmente, el Supremo le dio la puntilla a la ley. En mayo de 1935, en el caso Schecter Poultry Corporation versus United States, la declaró inconstitucional.

Así las cosas, el gobierno se aplicó a intentar, cuando menos, salvar la sección 7.a de la NIRA, esto es, la relativa a la negociación colectiva.

La sección 7.a establecía que ningún trabajador podía ser obligado a estar en un sindicato para conseguir un puesto de trabajo, y añadía que los trabajadores tenían derecho a organizarse para la negociación colectiva, eligiendo los representantes que voluntariamente quisieran. En la organización de todo aquello se colocó a una National Labor Board, presidida por el senador neoyorkino Robert F. Wagner.

En el tiempo anterior a que el Supremo se cargase la NIRA, la afiliación sindical estadounidense había crecido en un millón de trabajadores hasta 3,7 millones. Así las cosas, tras la decisión del Supremo había que hacer algo. El Congreso aprobó la National Labor Relations Act (julio de 1935). Esta ley estableció una serie de prácticas laborales prohibidas y creó la National Labor Relations Board, que fue dotada con mayores poderes de arbitraje y presión. Asimismo, se decidió por un sistema que, desde entonces, no ha dejado a su manera de dar problemas, aunque también ha resuelto otros muchos: la designación de los representantes laborales mayoritarios en un centro de trabajo como representantes de todos los trabajadores en la negociación..

La National Association of Manufacturers y otras patronales le pusieron la proa a la ley por considerarla que era discriminatoria. Aunque el gobierno contestó estos argumentos, en lo esencial no lo hizo, porque, la verdad, eran ciertos. Lo que buscaba Roosevelt era fortalecer a los trabajadores y su representatividad, y lo consiguió: en 1941, los afiliados eran 10,5 millones. Que luego el sistema se pasase de frenada y crease blenorragias como Jimmy Hoffa, eso no era algo que preocupase a los políticos de los años treinta.

Dentro de los sindicatos, además, las cosas también tenían sus complicaciones. En el interior de casi todos los grandes se produjo un grave enfrentamiento entre oficios viejos y nuevos. En buena parte, el crecimiento de afiliación de los sindicatos americanos vino de industrias nuevas, como la automoción, que aportó afiliados a cascoporro. Sin embargo, los representantes de los viejos oficios de toda la vida querían seguir siendo los jefes del momio; aunque al mismo tiempo, como modernos perros del hortelano, se negaban a que los trabajadores de las nuevas industrias organizasen sus propios sindicatos, porque a nadie le amarga una cuota.

En octubre de 1935, la AFL celebró su convención nacional, y ahí se montó la tangana. Vistos los problemas, un mes después John Lewis, dirigente de la United Mine Workers, organizó una reunión con otros siete líderes sindicales, con los que fundó la CIO (Committee for Industrial Organisation). Sobre el papel, el CIO se creaba para asesorar a la AFL sobre negociación colectiva en sectores de producción masiva y de nuevo cuño, pero ni modo: era un sindicato dentro del sindicato, con fuertes tendencias a serlo fuera.

En enero de 1936, el Comité Ejecutivo de la AFL ordenó al CIO que se disolviese. Como se negasen, en agosto de aquel año fueron suspendidos, y expulsados ya en marzo de 1937. Pero el CIO siguió adelante y, en 1938, había ganado sonoros conflictos laborales, como en la General Motors. Ambas organizaciones, la AFL y el CIO, se acabaron fusionando en 1955; pero costó mucho tiempo coser ese roto.

¿Y el campo? En el campo, el secretario Wallace tenía un problema aun peor que el de la industria pues, como demuestran muchas fotos de aquella época que hoy se pueden ver, las condiciones de vida de los agricultores y de sus familias eran, en ocasiones, incluso peor que decimonónicas. La administración Roosevelt sabía que, en las condiciones de la economía mundial, los mercados exteriores para los productos americanos tardarían en aparecer. Así las cosas, la única solución era recortar la producción hasta los niveles de demanda internos.

En una política que se ha aplicado luego muchas veces en Europa a través de la Unión Europea, el gobierno comenzó a subsidiar el abandono de tierras de cultivo. Este New Deal agrícola se formuló en la Agricultural Adjustment Act de mayo de 1933. Se creó una Agricultural Adjustment Administrsation o AAA. Sin embargo, dada la fecha de aprobación de la ley, obviamente la cosecha de primavera de aquel año de 1933 ya estaba en los campos. Así pues, la administración hubo de aplicar aquel año un programa de subvenciones para los agricultores para que, literalmente, dejasen de cosechar lo que habían plantado. Piénsese que en las ciudades de los EEUU había gente literalmente muriendo de hambre: la medida no la comprendió nadie. Para colmo en enero de 1936, en el caso Hossac Mills, el Supremo declaró la ley inconstitucional.

En una demostración de que, digan lo que digan algunos, la economía no es algo que se pueda dirigir con los deseos de “la gente”, la Agricultural Adjustment Act, cuando menos antes de que el Supremo se la cargase, hizo su trabajo como ninguna otra regulación agraria antes que ella. En 1932, la renta agraria agregada era de 1.800 millones de dólares. En 1936 era de 5.000 millones.

Después de Hossac Mills, el Congreso aprobó la Soil Conservation and Domestic Allotment Act, que básicamente continuó con la eliminación de cultivos, aunque con otro entorno jurídico. En 1938, ante una nueva caída de precios, tuvo aun que aprobar una nueva ley suplementaria.

Obviamente, el problema para la administración fue que los beneficios del aumento de la renta agraria no alcanzaron a todos por igual. Por ello, en abril de 1935 crearon la Resettlement Administration. La RA montó un Plan Badajoz a lo bestia y sin agua: sacó 9 millón de acres de la oferta agrícola y reasentó a las familias que los explotaban, dio créditos a los granjeros y fomentó el cooperativismo. Su labor se completó en 1937 con la Farm Tenancy Act, que otorgó diversas ayudas financieras a los que seguían en el sector primario.