lunes, noviembre 07, 2016

Trento (8)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa.

El Papa Pío IV, en efecto, adoptó, desde el primer minuto de su pontificado, una posición pragmática. Entendía lo que muchos de quienes lo habían apoyado opinaban sobre los excesos de la Contrarreforma durante los años de Caraffa; pero, al mismo entendía que la Iglesia se encontraba en una situación muy comprometida que no aconsejaba, precisamente, ponerle la proa a los pocos o muchos que se comprometiesen con la defensa de la fe. Así las cosas, bajo su mandato la labor del Santo Oficio, ciertamente, no se ralentizó que digamos. De hecho, el Papa se aplicó desde el primer momento a recuperar a muchos de los que se habían escapado de las cárceles de la Inquisición durante los días convulsos de la agonía de su predecesor. Nombró a su propio sobrino, el también cardenal Carlos Borromeo, para que formase parte del Santo Oficio, donde se desempeñó con gran celo.


La labor inquisidora de Pío IV queda muy clara en el dato de que fue durante sus años cuando se selló definitivamente la suerte de la relapsa Renata de Ferrara. La verdad, la muerte del rey de Francia, Francisco I, en 1547, puesto que era su gran valedor, la había ya debilitado mucho. Enrique II, el sucesor en el trono francés, ni siquiera la conocía, y además era un auténtico talibán de la fe. La Iglesia envió a Ferrara a un jesuita, el padre Palletario, para que, en connivencia con el marido de Renata, que estaba un poco hasta los huevos de la heterodoxia de su mujer, amurcase contra ella. Lentamente, todo el personal de confianza de Renata fue despedido para aislarla; y, finalmente, ella misma fue desplazada al castillo de Consandola, a unos cuantos kilómetros de la propia ciudad. Renata, sin embargo, reaccionó manteniendo su propaganda protestante, incluso desde su encierro. El propio duque, en una carta escrita el 27 de marzo de 1554, le confesó al rey de Francia los errores cometidos por su esposa, descripción que hizo en los tonos más apocalípticos que encontró. La carta tuvo el efecto esperado. Enrique, que estaba emparentado con la duquesa, se tomó su actitud como un agravio familiar; contestó enviando a Ferrara a un inquisidor francés, el padre Du Priz. El cura francés había sido investido de grandes poderes inquisitoriales; si lo consideraba necesario, le dijo el rey, podría, de acuerdo con el duque, encerrar totalmente a la duquesa impidiéndole cualquier contacto, separándola, por lo tanto, de sus sirvientes y hasta de sus hijos.

Renata, sin embargo, permaneció sólida en su fe, lo que provocó que fuese encerrada en el castillo Dell'Este, donde sólo tenía contacto con dos damas de compañía. Sus criados más fieles fueron, en algunos casos, torturados o exiliados.

El 23 de septiembre de 1554, finalmente, las fuerzas de Renata se acabaron, y anunció su deseo de recibir la comunión bajo el rito católico, y de confesarse ante el padre Palletario. Tras aquel acto, pudo regresar al palacio ducal y ver de nuevo a sus hijos.

La cesión de Renata de Ferrara fue un auténtico varapalo para los protestantes. Calvino, que la verdad no era precisamente un hacha a la hora de empatizar con los demás, le escribió una carta a su amiga en la que la colmaba de reproches. Renata le contestó pidiéndole perdón por su debilidad y asegurándole que en el fondo de su corazón permanecía, y permanecería, protestante. De hecho, la correspondencia entre Renata y Calvino continuó. Pero la vida ya no fue lo mismo para la duquesa, la cual, fundamentalmente, fue maltratada desde entonces por su marido quien, entre otras cosas, se gastó la fortuna de su mujer hasta que reventó en 1559; año en el que, cuando se sintiera morir, le impuso a su mujer, a cambio de dejarle en herencia parte de sus posesiones, la promesa de dejar de escribirse con Calvino.

Alfonso dell'Este, el primogénito de Renata, heredó la casa noble, lo cual en principio fue una buena noticia para ella porque ambos estaban en buenas relaciones. Sin embargo, en 1560 Alfonso viajó a Roma para presentarle sus respetos a su soberano, el Papa, y regresó de aquella estancia con sus sentimientos copernicanamente mudados respecto de su madre. De hecho, le presentó el ultimátum de que, o presentaba pruebas claras de su fe católica, o la echaría del ducado camino de Francia (donde su destino no era muy ilusionante, teniendo en cuenta que el país lo reinaba un rey al lado del cual Rouco Varela parecería el redactor de los discursos de Pablo Iglesias).

Para Renata, la peor de las consecuencias de su exilio francés sería dejar de ver a sus hijos. Su hijo mayor, probablemente, pensó que se doblegaría, pues al fin y al cabo ya lo había hecho algunos años antes. Sin embargo, algo dentro de la cabeza de la duquesa debió decir: hasta aquí hemos llegado. El 2 de septiembre de 1560, Renata de Francia, duquesa consorte de Ferrara y de Módena, duquesa de Chartres, condesa de Girors y dama de Montargis, abandona Ferrara para retirarse en el castillo de Montargis, donde todavía viviría quince años más, haciendo profesión continuada de su fe protestante y convirtiendo su casa en un refugio de reformados huidos.

No fue Renata la única mujer que tuvo que dejar Ferrara por motivos religiosos. También hubo de hacerlo su amiga Olimpia Morata. Filósofa, poeta, erudita en lenguas clásicas, Olimpia había sido convencida por las ideas protestantes y se había casado con un, diríamos hoy, intelectual alemán, también él protestante, Andreas Gundler von Schweinfurt, al cual siguió hasta Heilderberg, donde enseñaría griego. Murió allí, cuando todavía contaba 29 años de edad.

Olimpia Morata es una figura desgraciadísimamente olvidada hoy en día, incluso por las feministas que encontrarían muchas razones para admirarla. Susescritos son muy interesantes y yo diría que incluso divertidos. Más que Erasmo, que es un poco fofiserio para mi gusto.

A Renata de Ferrara y a Olimpia Fulvia Morata les queda, en todo caso, el consuelo de que dejaron una ciudad donde a Roma le costó un cojón erradicar el protestantismo. En 1568 la Iglesia tuvo que fomentar que fuesen quemadas vivas 16 personas en la ciudad. En 1571, todavía hubo que quemar a quince monjes en un solo acto. El propio duque Alfonso, con todo lo tiquismiquis y lo tocapollas que se había demostrado con su madre, acabó ayudando a los protestantes, consciente de la fuerza que tenían en sus tierras.

Lo importante para la historia que estamos contando es que la desgracia de Renata de Ferrara viene a demostrar que Pío IV no fue el Papa anti-Inquisición que creían que sería los cardenales que lo votaron. A pesar de ello, la Iglesia acabaría haciendo santo a su sobrino, Carlos Borromeo, que no fue sino el brazo tonto de su ley; el tipo que repartía las manos de leches. Con fecha 1 de noviembre de 1561, Pío publicó una bula, que dispensaba a los inquisidores de la mayoría de las formalidades procesales y los hacía responsables tan sólo ante el Papa y la congregación romana, colocando pues la Inquisición italiana bajo un espeso paraguas de silencio y oscuridad. Los edictos de sus antecesores sometiendo a los curas, obispos y cardenales a la jurisdicción inquisitorial fueron renovados.

Nápoles. Una ciudad, lo sabemos, de dominación española, donde ya hemos visto a la corona hispana intentar imponer su Inquisición, tan sólo para encontrarse con una oposición cerril. En 1564, los españoles lo volvieron a intentar, y se montó un pollo de tal calibre que se les quitaron las ganas. Pero lo que sí se estableció en la ciudad fue la Inquisición romana. Inmediatamente, comenzó a cortar con la radial. Isabel Manríquez, una habitual de las tertulias de Juan de Valdés, fue exiliada a Zurich con su hijo. Un gentilhombre local, Galeas Caraccioli, siguió el mismo destino de esta corajuda española que prefirió separarse de su familia a separarse de su Dios. En el mes de marzo de aquel mismo 1564, en la plaza de Mercado de la ciudad, fueron decapitados por protestantes dos nobles locales: Gian Franceso de Alvise, de Caserta; y Gian Bernardino de Gargana, de Aversa. A continuación, fueron acusados incluso importantes mandos de la Iglesia en el reino, tales como los arzobispos de Otranto, de Sorrento y de Reggio, amén de un montón de obispos.

Con todo, la principal “obra” de Pío IV fue el asunto de los valdenses de Calabria.

Al comienzo del siglo XIV, algunos valdenses establecidos en su territorio inicial, los Alpes, lo abandonaron a causa de la pobreza de aquellas tierras. Muchos de ellos emigraron a las costas de la Calabria citerior, donde entonces casi no había habitantes. Se establecieron entre los Apeninos y el mar Tirreno, sobre todo en la villa de Guardia. Formalmente, aquellos valdenses y sus sucesores respetaban los ritos católicos; pero en el fondo seguían siendo protestantes, entre otras cosas porque aceptaban de buen grado la visita de misioneros reformados llegados del Piamonte.

Cuando la Reforma luterana comenzó en serio, los valdenses alpinos se acordaron sus hermanos calabreses y les comenzaron a enviar más misioneros, con los que los valdenses de Guardia decidieron hacerse protestantes con todas las de la ley. Estos movimientos no escaparon al escrutinio de las autoridades españolas, que acabaron interceptando a uno de estos misioneros valdeses, Juan Luis Pasquale, un estudiante de la escuela calvinista de Lausana que había traducido el Nuevo Testamento al italiano. Lo llevaron a Roma, lo torturaron a cascoporro y, finalmente, el 8 de septiembre de 1560, lo estrangularon. La ejecución, por cierto, se celebró en presencia del Papa y del colegio cardenalicio; y es, tal vez, éste el momento de recordarle a los amantes de la Leyenda Negra que jamás rey español alguno ha sido testigo directo de cómo las personas relajadas por la Inquisición eran quemadas.

En junio de 1562, el virrey de Nápoles envía a Ascagnio Colonna, a la Calabria citerior, acompañado de un auténtico ejército de inquisidores. Colonna llevaba instrucciones para el gobernador de Calabria, Marino III de Caracciolo, marqués de Buccianico, en el sentido de que los valdenses debían ser erradicados. Los soldados que acompañaban a los curas destruyeron negocios, casas, villas, cosechas. Los valdenses fueron hechos prisioneros por miles. Muchos de ellos fueron torturados, colgados de los árboles, fueron desangrados como cerdos en San Martín, arrojados vivos por los barrancos. Inicialmente, ni siquiera las promesas de convertirse los salvaban; posteriormente, la intercesión de algunos jesuitas logró conservar la vida de algunos. Aquéllos que se mostraban tercamente contrarios a las predicaciones sacerdotales eran quemados vivos.

Esta masacre está contada con bastantes pelos y señales en el quinto tomo de las Historiae Societatis Iesu del jesuita Francesco Sacchino. Es más fácil encontrarse una perla cultivada en la ingle izquierda que una edición moderna de este libro en algún sitio; yo lo cito por si eres un mega-friqui de la movida.

Las cifras son éstas: 2.000 personas muertas y 1.600 más encarceladas, la mayor parte de ellas de por vida. Pero ésta de los valdenses de Calabria no es una desgracia, digamos, mediática. A los italianos no les gusta hablar de ella y a los amigos de la Leyenda Negra tampoco, pues, aunque fue una bestialidad cometida por los españoles, en realidad estuvo teledirigida y financiada por el propio Papa; lo cual viene a desmentir esa tesis de que, en medio de una Europa humanista que estaba poco menos que a piques de firmar la Declaración de los Derechos Humanos, ahí estábamos los españoles, fanáticos, sangrientos y crueles, haciendo de las nuestras mientras los demás miraban horrorizados.

Y una mierda.

No había terminado Roma con los calabreses. Cuando terminó de masacrar a los valdenses, se fijó en los calabreses protestantes de Reggio, una ciudad en la que era sospechoso de herejía hasta el propio arzobispo, el franciscano Gaspar Fossa. El mismo año 1562 que fue testigo de la masacre de Guardia, el virrey envió a Reggio al inquisidor Antonio Pansa, que encarceló a un montón de gente, buena parte de la cual fue ejecutada finalmente. Todos los que abjuraron de sus creencias hubieron de llevar todo el resto de su vida sendas hojas amarillas en el pecho y en la espalda con una cruz roja cosida.

Los valdenses también fueron perseguidos en esa época, aunque con menor crueldad, en Piamonte. El duque Emmanuel Filiberto de Saboya, que había sido expulsado de sus tierras por los franceses a causa de su entendimiento de los españoles, volvió como consecuencia de la paz de Câteau-Cambresis, e inmediatamente se mostró comprensivo con los valdeses locales, eso sí, tratando de convencerles de que aparentasen ser buenos católicos para no provocar la ira papal. Sin embargo, los valdenses siguieron a lo suyo, lo cual provocó que Laínez, general de los jesuitas, facturase hacia allí a uno de los suyos, el padre Possevin. Entre este jesuita, el nuncio apostólico y el embajador español le comieron la oreja a Emmanuel Filiberto, quien asimismo ordenó al gobernador de Pignerol que derribase las fortalezas de los valdenses y arrestase a sus predicadores. El ataque provocó que los valdeses se refugiasen en las cercanas montañas. El duque mandó contra ellos a una fuerza de 2.000 hombres, pero la montaña es mucha montaña: el 5 de junio de 1562, hubo de firmar un acuerdo con los valdenses que venía a significar, básicamente, que los dejaba en paz.

El mandato de Pío IV, al fin y a la postre, sirvió para que aquellos miembros del colegio cardenalicio que pensaban que la Iglesia se podía gobernar de otra manera se acabasen convenciendo de que no era posible. Tanto es así la cosa que cuando este Papa que iba a cambiar las cosas y no cambió una mierda la espichó (en medio del puente de la Constitución española de 1565), el cónclave eligió como nuevo Papa (Pío V) nada menos que a Michele Ghislieri, esto es, el brazo armado de Caraffa. De hijo puta a hijo puta, yo voy y sigo la ruta. Fue Papa seis años, durante los cuales la Inquisición llegó a su ápex.