miércoles, septiembre 07, 2016

Estados Unidos (37)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.



Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland.

En buena parte, este resultado del regreso de Cleveland no se debe a él; se debe al nacimiento, al oeste del Mississippi, de un nuevo partido, conocido como los populistas, que consiguió un millón de votos y cuatro Estados para su candidato, el general James B. Weaver de Iowa. Y es que la penúltima década del siglo supone para Estados Unidos el auge del populismo como estrategia política.


En los tiempos presentes, estamos acostumbrados a contemplar el populismo como un fenómeno netamente urbano. Pero, en realidad, el populismo americano nació en el lugar opuesto, esto es, en las zonas rurales. A finales del siglo XIX, después de décadas que no habían sido fáciles para él, el agricultor estadounidense se sentía relativamente estafado por el sueño americano. Este sueño había servido para crear grandes proyectos rentables en la industria y en el sector financiero pero, lejos de ello, el sector primario del país se consideraba a sí mismo languideciente, escasamente competitivo y, lo más importante, olvidado por el poder político. El agricultor estadounidense, que en muchos casos había visto el cielo abierto ante una vida de mierda mediante la adquisición de tierras a precios razonables, en realidad se encontraba, bien pronto, atrapado entre los fletes ferroviarios, los impuestos, el coste de los créditos y unos precios a la baja.

En estas circunstancias, no resultaba ilógico en modo alguno que los granjeros se organizasen, y que lo hiciesen alrededor de líderes políticos que, como todos los populistas que en el mundo han sido y son, cumpliesen las condiciones descritas por el ministro de Propaganda del NSDAP, Josef Göbels:

  1. Aporta explicaciones sencillas a problemas complejos.
  2. Apela a los sentimientos de tu audiencia, no a su intelecto.
  3. Conceptos cortos, no razonamientos.
En 1890, la Farmers' Alliance and Industrial Union, más conocida como la Southern Alliance, tenía nada menos que un millón de miembros. En el Noroeste también existía una Farmers' Alliance específica. Todas ellas tenían una plataforma reivindicativa común en la demanda de créditos más baratos. Pronto estas organizaciones pasaron al siguiente nivel, haciendo propuestas de política concreta. Así ocurrió, por ejemplo, con el plan conocido como sub-treasury, desarrollado por un miembro de la Alianza Sureña, C. W. Macune. Macune propugnaba que el gobierno crease un almacén en cada county, en el que ofrecerá productos no perecederos por valor de hasta medio millón de dólares en cada temporada. El agricultor que aportase cosecha para dicha venta recibiría pagarés del Tesoro equivalentes al 80% del valor de mercado local de sus mercaderías, que el agricultor devolvería al vender la cosecha. Este plan, cuya principal virtud era que, mediante los pagarés, el agricultor podía mantener su cosecha en su poder hasta que los precios fuesen los adecuados, fue de hecho desarrollado en los años treinta del siglo XX.

Las fuerzas conservadoras del Este, sin embargo, consideraban que las medidas propugnadas por los agricultores eran una forma de socialismo (la verdad es que se parece un poco a los planes quinquenales soviéticos, aunque con crédito de por medio). Sin embargo, las Alianzas habían aprendido a jugar el juego político. Entre 1887 y 1890, en un movimiento rapidísimo, las organizaciones de agricultores lograron nombrar tres gobernadores y controlar las legislaturas de ocho Estados, en la mayor parte de los casos mediante pactos con los demócratas. Fue en Kansas donde a todo ese movimiento se lo empezó a llamar People's Party, que puedes traducir, según cómo te vaya el viento, como Partido Popular o Partido de la Gente. Sus partidarios pasaron a ser populistas, y les gustaba recordar que eso los colocaba en oposición a los plutócratas.

En 1890, los granjeros del noroeste querían fundar un partido. La Alianza del Sur, sin embargo, era renuente, por temor a que la eclosión de un nuevo partido pudiese dividir en exceso el voto blanco. Sin embargo, en mayo de 1891 los populistas reunieron su convención en Cincinatti. Aquella reunión aplazó a 1892 la decisión sobre si fundar un partido de escala nacional, pero sí aprobó su plataforma reivindicativa: acuñación ilimitada de moneda en plata, elección directa de los senadores (que todavía seguían siendo designados por las legislaturas), nacionalización de bancos y ferrocarriles, prohibición de la posesión de tierras por extranjeros, y jornada de ocho horas. El 26 de febrero de 1892, en San Luis, el Partido Popular quedó definitivamente organizado. La convención se volvió a reunir en Omaha en julio de aquel año para designar candidato a presidente, tomando la decisión en favor del iowense James B. Weaver.

Para mejorar las cosas, al año siguiente, 1893, se produjo un pánico económico de base fundamentalmente monetaria (como casi todos los pánicos). Si hemos de creer a Cleveland, la culpa la tuvo la Silver Purchase Act. La emisión a cascoporro de pagarés había forrado a más de uno, a lo que se unió la permisividad incluida en el texto legal de que el tenedor de un pagaré en plata lo pudiese cobrar en oro; previsión ésta que había debilitado la moneda. Tanto la había debilitado, que el Tesoro estadounidense llegó a una situación en la que sus reservas de oro estaban por debajo de los 100 millones de dólares. En este punto, por todo el mundo se extendió el rumor de que EEUU estaba a punto de abandonar el patrón oro, rumor que provocó una repatriación de capitales europeos en modo Deidad.

Como suele ocurrir siempre que las crisis económicas tienen un origen que obliga a quien las observa a saber y entender cosas un tanto complicadas, que tal vez se las explicaron en el cole pero ese día él estaba pensando en otra cosa (cualquier día, pues), la gente se apuntó a diversas teorías göbelsianas en las que la culpa la tenían aleves superestructuras conspiratorias desde el poder; notablemente, el billion dollar Congress. Cleveland pensó en ilegalizar la Silver Purchase, para lo cual convocó al Congreso en medio de la canícula del 93; sacó adelante la medida. A pesar de ello, dado que para entonces la gente estaba en pánico, no pudo parar la sangría del Tesoro, de modo y forma que en febrero de 1895 tuvo que formalizar un préstamo de 62 millones de dólares en oro de la Banca Morgan and Belmont (bueno, en realidad era un sindicato de bancos). Dado que las condiciones del crédito eran enormemente onerosas para el Estado, los inflacionistas, esto es los políticos que querían Silver Purchase y que la moneda rulase en plan Kalise para todos (más inflación, pues) lo acusaron de ser un rehén de Wall Street (acusación que supongo sonará si por Wall St decimos Ibex, y tal). Mientras la gente lo ponía de puta para arriba, la verdad es que la confianza volvió a los operadores económicos, que entendieron el compromiso del gobierno con el patrón oro. Un nuevo préstamo en enero de 1896 colocó las reservas en 128 millones y terminó con la crisis.

Cleveland había salvado el patrón oro. Pero se había divorciado de los populistas y sus votantes, para los que, como querían créditos baratos, la disciplina monetaria de los Estados Unidos iba en la dirección contraria. El divorcio le salió caro, pues cuando el presidente intentó sacar adelante, tras haberlo prometido, una reforma aduanera (Cleveland y el Arancel, eterna obsesión...), se encontró sin apoyos. De hecho, la nueva tarifa aprobada por el Congreso en agosto de 1894, la conocida como tarifa Wilson-Gorman, se alejaba tanto de los planes de Cleveland que ni siquiera la firmó. Los populistas, ésta es buena prueba de su fuerza, habían conseguido meter en la ley un impuesto del 2% sobre los ingresos superiores a 4.000 dólares; eso sí, el Supremo se pasó este impuesto por la entrepierna pómez.

El país, en todo caso, estaba en graves problemas económicos, con miles y miles de desempleados que no tenían ayuda alguna. Para aliviar estos problemas un general de Massillon, Ohio, Jacob S. Coxley, que era por cierto un hombre rico, propuso nada menos que un plan de obras públicas de 500 millones de dólares (con lo que se adelantó al New Deal). Para defender su demanda, propuso la que creo que es la primera Marcha sobre Washington de la Historia de los EEUU. Un montón de marchas salieron de diversos puntos del país pero, la verdad, la única que llegó a la capital fue la del propio Coxley y, la verdad, no era nada impresionante (medio millar de personas). El propio Coxley y otros de sus lugartenientes fueron arrestados por pisar la hierba (sic). Curioso país Estados Unidos, en el que puedes comprarte un subfusil de asalto, pero no puedes pisar la hierba.

Aquel mismo año de 1894, un propagandista de la vida, William H. Harvey, publicaba un best seller político: Coin's financial school. Esta obra se ha reeditado y no es difícil de conseguir; si te va leer literatura económica, te lo recomiendo para echarte unas risas.

Este libro fue oro molido para los populistas, pues por fin explicaba el tema monetario en términos sencillos que ellos podían entender, además de decirles que tenían la razón. El fondo de la cuestión era uno y, de hecho, lo sigue siendo a día de hoy. Hay muchas personas que piensan que una persona que tiene cien monedas en una bolsa es siempre más rica que una persona que tiene diez. Esto lo pensaron, por ejemplo, un montón de economistas de nuestros reyes Austrias y Borbones, que pensaban que la solución a todos nuestros problemas era traer plata de América a lo bestia, hasta el punto de que, en nuestro siglo XIX, éramos una nación pobre que, literalmente, nadaba en un gran lago de plata.

Lo cierto es que no es así. El tipo de las 100 monedas sólo es más rico que el que tiene 10 en el caso de que ambos soporten un nivel equivalente de costes. De hecho, en el momento en que el nivel de vida le sale al primero once veces más caro que al segundo, el segundo resulta ser más rico. Un inflacionista, y repito que inflacionistas los hay en todas partes y tiempos (en el Chile de Allende había izquierdas radicales que consideraban la inflación un arma del proletariado contra la burguesía), considera que, como el problema que detecta es que las gentes no tienen suficiente dinero, lo que hay que hacer es imprimir más dinero (o monetizar deuda, como de hecho se está haciendo ahora mismo en Europa). El inflacionista nunca ve la segunda parte de la Historia, que es que, si hay más dinero circulando, en circunstancias normales la gente reaccionará ajustando los precios a la capacidad de compra de la gente; de hecho, muchas veces los precios más que se ajustan al crecimiento de la masa monetaria, con lo que el nivel de vida de las personas, al final, es menor, no mayor (así le ocurrió, por ejemplo, a los teóricamente felices beneficiarios de la subida salarial del 25% decretada por el ministro Girón de Velasco a mediados de los cincuenta del siglo pasado).

Harvey tuvo la inteligencia de escamotear estas explicaciones complejas y “demostrar” en su libro que una emisión ilimitada de moneda de plata resolvería los problemas de todos los estadounidenses, salvo de los goldbugs de Wall Street, que se arruinarían; razón por la cual éstos conspiraban para evitar la medida.

El mismo año de 1894 hubo elecciones parlamentarias, y los populistas colocaron seis senadores y siete congresistas. De repente, los demócratas ya no lo tenían tan fácil para salir bien parados.

La convención republicana se reunió en junio de 1896 en San Luis. No hubo sorpresas. El gran muñidor del partido, Mark Hanna, había preparado la candidatura del ohioense William McKinley, y así salió. Presionado por los influyentes políticos del Este, Hanna no pudo evitar que la convención se posicionase en contra de la libre acuñación, con lo que los inflacionistas republicanos, liderados por el senador Henry Teller de Colorado, se fueron de la reunión.

En realidad, cualquier partido que aspirase a gobernar sabía que tenía que apoyar el patrón oro, porque otra cosa habría sido un desastre de proporciones colosales para los EEUU (si imagináis que aquel patrón oro era nuestros compromisos actuales con Bruselas, adquiriréis una imagen bastante precisa de lo que escribo). Pero, claro, el populismo siempre juega con la ventaja de que puede decir lo que quiere y que, si por alguna razón se ve abocado a cumplirlo, siempre encontrará un culpable de sus faltas. Por esta razón, el Partido Demócrata también se posicionó en contra del inflacionismo, aunque conservó la ilusión de ganarse el voto populista y llevarse las elecciones. En su convención, celebrada poco tiempo después de los republicanos, los inflacionistas jugaron tan fuerte que se cargaron a Cleveland como candidato, sacando adelante a William Jennings Bryan, un candidato inusitadamente joven (36 años) de Nebraska. El programa electoral, finalmente, apostó por la acuñación ilimitada.

Con esta victoria en el bolsillo, los populistas reunieron su propia convención en agosto, en San Luis. Estaban pillados entre dos decisiones, las dos malas. Si se unían a la candidatura de Bryan, desaparecían como partido; pero si no lo hacían, dividirían el voto inflacionista. Aunque los sureños no querían la “fusión”, la convención acabó nominando a Bryan. Pero no fue así en el caso del candidato a vicepresidente. Los demócratas habían elegido al banquero de Maine Arthur Sewell, que fue rechazado por los populistas. Nominaron, por su parte, al georgiano Thomas E. Watson.

La campaña fue una tortura para Bryan que, no se olvide, tenía dos candidatos a vicepresidente distintos; candidatos que, por cierto, estaban a cada momento a arrancarse los ojos a mordiscos. Quizá por eso fue que ganó McKinley; porque lo cierto es que McKinley no ganó, sino que goleó, con una ventaja de 600.000 votos, la mayor en un cuarto de siglo desde la confrontación Grant/Greely. Estados tan agrícolas como Iowa, Minnesota o Dakota del Norte votaron a los republicanos.