miércoles, enero 20, 2016

Estados Unidos (17)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.


Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas.


Las elecciones presidenciales de 1844 se vieron presididas por la cuestión de Texas y la de Oregón. En 1834, Jason Lee, al frente de un grupo de misioneros metodistas, había realizado la primera colonización del valle de Willamette en Oregón. Aquel lugar era tan fértil que, con bastante rapidez, los colonos se fueron olvidando de su objetivo primigenio, que era hablarle de Dios a los indios, y se convirtieron en agricultores y ganaderos. Sin embargo, en 1836 la escasa pasión evangelizadora metodista funcionó de efecto llamada para los presbiterianos, los cuales, al mando de Martus Whitman, se establecieron en un lugar que parece fundado por los teletubbies. Fort Walla Walla.

Whitman y los suyos no terminaron bien. Al año siguiente de su llegada, los indios se los llevaron por delante. En 1840 los que probaron fueron los jesuitas, comandados por el padre Pierre Jean de Smet.

De todas formas, la fertilidad de Oregón no sólo atrajo curas. En 1843 se produjo la primera ola migratoria que podríamos llamar civil, en número de nada menos que mil personas que salieron de Independence, Missouri. Ese mismo año, vista la avenida de gente, se organizó un gobierno local provisional. Fue un movimiento expansionista (esto quiere decir anexionista respecto de la Unión) destinado a excitar el sentimiento de los locales, comprometidos con resistir a los pretendidos derechos de Inglaterra sobre el territorio.

Con estos mimbres, es lógico que el expansionismo fuese la ideología puesta a prueba electoral con las votaciones a la presidencia. Tanto es así que Martin van Buren, un decidido enemigo de la anexión de Texas, perdió toda oportunidad por ello de ser nominado por los demócratas. El partido, de hecho, nominó a otro candidato decididamente expansionista, el político de Tennessee con apellido de grifo que gotea, James K. Polk. Los demócratas fueron a las elecciones con la propuesta de reocupar Oregón y reanexionar Texas, y Polk la abrazó con toda la pasión de que fue capaz. Que era mucha.

En el bando whig se nominó al eterno John Clay, que para entonces era una especie de Manolo Fraga de la política americana, y quien también se había opuesto a la anexión texana y, por eso, comprometía claramente las posibilidades de su formación. Polk le ganó por unos 40.000 votos, con 170 votos electorales contra 105 de Clay. Todos los estados del Oeste, salvo Ohio que de toda la vida ha trabajado su hecho diferencial, votaron al presidente.

En marzo de 1845, con ocasión de su primer discurso como presidente, Polk se preocupó de ubicar su posición claramente al reivindicar el derecho de los Estados Unidos de quedarse con el terreno que, según él, le pertenecía más allá de las Rocosas. Los derechos sobre Oregón, en su opinión, eran claros y evidentes pero, además, se ocupó de aclarar, estaban siendo confirmados mediante la colonización masiva (como veremos algún día si escribo sobre la Antártida, en realidad no le faltaba razón, pues de toda la vida de Dios la ocupación permanente ha sido el argumento más sólido para reclamar la posesión de tierras). En diciembre del mismo año, en su primer mensaje al Congreso, dio un discurso que lo haría famoso para la Historia de los Estados Unidos al establecer dos afirmaciones que ampliaban la Doctrina Monroe: la primera, que el pueblo del continente americano tenía el derecho de decidir su propio destino; y la segunda, que los Estados Unidos no podían permitir que uno o varios Estados europeos impidiesen que un Estado independiente decidiese entrar en la Unión. En realidad, pues, si nos ponemos estupendos, cuando citamos la Doctrina Monroe en términos actuales, en realidad deberíamos decir la Doctrina Monroe-Polk, pues es este último presidente la que le da un tono, digamos, imperialista.

Esto, sin embargo, eran palabras. En realidad, un presidente de la nación, en 1845, necesitaba ser cauto y saber jugar sus manos, y Polk lo era. Muy en particular, enfangado como estaba en una guerra con México por la cuestión texana, evitó muy hábilmente entrar en otra con Inglaterra por la cuestión de Oregón. Polk, además, sabía que llevar las reivindicaciones estadounidenses demasiado lejos podía ser incluso poco útil. Ciertamente, había ganado unas elecciones presidenciales con el curioso eslógan “59 grados 40 minutos, o guerra”, en alusión al paralelo hacia el que, según los expansionistas, llegaban los derechos estadounidenses (porque hubo un momento, querido lector, en el que el votante medio incluso tenía conocimientos básicos de geodesia). No obstante, también sabía el presidente que por encima del paralelo 49 los rendimientos agrícolas de Oregón descendían muy significativamente y, sin embargo, por debajo del mismo se encontraban los estrechos de Fuca, Admiralty Inlet y Puget's Sound, con importantes posibilidades comerciales y de transportes. Consecuentemente, a ver si por pelear por el copo luego iba y se perdía la mitad buena.

Por tres veces, Inglaterra había propuesto un acuerdo basado en dicho paralelo 49, aduciendo además que era la prolongación lógica de la frontera norte de los EEUU al este de las Rocosas. En 1845, cuando se hubieron apagado los fogosos argumentos de la campaña, Polk aceptó negociar, y el 15 de junio de 1846 se firmó el Tratado de Oregón, fijando la frontera en lo que hoy es el borde septentrional del Estado de Washington (con el nivel que hay en este blog me parece que no hace falta recordarlo; pero, por si acaso, recuérdese que el Estado de Washington y la ciudad de Washington son dos cosas diferentes).

En esos años, eso lo sabe todo el mundo, todo Dios iba hacia el Oeste. En su totalidad, aquellos colonos buscaban la riqueza y un futuro para ellos mismos y sus hijos. Sólo había una excepción; la excepción de un grupo de migrantes que lo hacían para huir del gobierno de los Estados Unidos. Eran aquéllos que conocemos como mormones, esto es, esos simpáticos jóvenes rubios y trajeados que invadieron nuestras grandes ciudades otrora, y que nos paraban muy amables en la calle para hablarnos de la Biblia y tal.

El ciudadano de Vermont Joseph Smith aseguró en 1823 haber encontrado un ejemplar del Libro de Mormon, un texto mitológico y profético que recordaba una vieja leyenda según la cual los indios eran descendientes de las tribus de Israel; por lo que Smith y sus seguidores debían asumir la tarea de convertirlos a su fe primera. Con esta premisa, Smith fundó la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en 1830. El mormonismo se extendió con mucha rapidez hacia el Oeste sobre todo. Finalmente, se establecieron en Kirkland, Ohio.

Los mormones tuvieron una existencia más bien complicada hasta 1846, cuando se convirtió en su líder un tipo de acendrada inteligencia estratégica, Brigham Young. Para entonces, la iglesia mormona estaba arruinada y se había tenido que mudar a Missouri. Luego, por presiones políticas, se había ido a Illinois. Y en Illinois había sido directamente perseguida por su defensa de la poligamia, que procede de una visión que tuvo Smith en 1843 (lo cual provocó, entre otras cosas, que el propio Smith y su hermano fuesen linchados). Young, a la vista de todos estos problemas, decidió, con bastante buen criterio, que los mormones nunca serían aceptados dentro de los límites de los Estados Unidos. Así pues, decidió autodeterminarse y emigrar al valle de Salt Lake, entonces una desértica parte de México. Allí creó una teocracia, pero no la llamó Vaticano; la llamó Deseret.

El resultado de la guerra americano-mexicana, sin embargo, tuvo como consecuencia que, dos años después, los mormones se volviesen a encontrar dentro de los Estados Unidos, o cuando menos sometidos a su jurisdicción. Estando además el valle de Lago Salado en una de las rutas de emigración hacia California, la vida ideal de aislamiento que los mormones habían imaginado se hizo imposible. Finalmente, sin embargo, encontrarían la manera de encajar su Utah en los Estados Unidos, lo cual les ha permitido hacer cosas grandes como acunar una franquicia de la NBA en la que jugó Winnie Johnson, apodado The Microwave, uno de los mejores, sino el mejor, sexto hombre de las últimas décadas (y, que conste para los comentarios, ésta no es una afirmación sometida a discusión).

Los problemas de los mormones, ya se ha dicho, tenían mucho que ver con el grito del momento: ¡California!

California fue tierra española, pero España nunca tuvo la intención seria de administrarla. En el siglo XVIII, Madrid promovió la apertura allí de varias misiones franciscanas, en parte para convertir a los indios, y en parte para prevenir la expansión rusa o británica por la costa californiana; y poco más. Teóricamente, una vez que las misiones terminasen sus labores frente a los indios locales, se irían a otra parte, dejando el terreno para propietarios privados. Cuando México consiguió su independencia, la presión para el reparto de estas tierras misionales se hizo más intensa. En paralelo, barcos balleneros americanos solían detenerse en Monterrey y San Francisco. Algunos de estos marineros que decidían quedarse en puerto, además de colonos de Oregón y Mississippi, comenzaron a comprar tierras en la zona y a monopolizar la actividad económica. Entre ellos destacan Thomas Larkin y, sobre todo, el capitán John Sutter, que creó un pequeño emporio comercial en Sacramento.

Nadie habló de California en la campaña de 1844, pero conforme la polémica en torno a Oregón cogió momento, era inevitable que también se comenzase a hablar de ella. Los expansionistas le comían la oreja a Polk para que moviese ficha antes que los ingleses. Polk, de hecho, albergaba el proyecto de construir una gran línea férrea trascontinental, desde San Francisco hasta el valle del Mississippi.

El problema para Washington era que sus derechos sobre California eran más bien tenues. Jackson y Tyler habían intentado comprarla, pero eso, igual que en el caso de Texas, no hizo sino levantar sospechas entre los mexicanos. Más o menos cuando Polk llegó a la presidencia, Larkin reportó que los británicos tenían un plan para quedarse con la región. Así las cosas, el presidente mandó a un representante, John Slidell, a la zona. Era noviembre de 1845 y en la cartera llevaba una oferta para adquirir Nuevo México y California. Pero los mexicanos ni siquiera lo recibieron.

Larkin tenía un plan para excitar la rebelión dentro de California a favor de la anexión. Pero salió mal, porque se le adelantó John Frémont, quien el 5 de julio de 1846 estableció la llamada Bear Flag Republic. Así las cosas, los mexicanos ya no se fiaban.


La palabra es guerra.