miércoles, junio 17, 2015

Los mossos d'Esquadra, negocio familiar

Un aspecto muy interesante de la Historia social de un país es aquél que se refiere a la génesis de sus cuerpos policiales. Otra de esas cosas que el ciudadano moderno está acostumbrado a encontrarse con la mayor de las naturalidades pero que, sin embargo, en tiempos no tan lejanos tenía un estatus bien diferente al que la apreciamos en la actualidad.

España, como otros muchos países, tiene, es cosa sabida, varios cuerpos policiales, nacidos sobre todo de la diferencia entre el mundo urbano y el mundo rural y, en las últimas décadas, por la realidad autonómica. Algunos de estos últimos cuerpos policiales autonómicos, sin embargo, tienen más vida de la que parece. Es el caso de la policía catalana, que conocemos como Mossos d'Esquadra. Lo más curioso de la larga historia de esa fuerza policial es que, durante bastante tiempo, fue algo así como un negocio familiar. Vamos a ver si lo contamos.



Las escuadras nacieron en Cataluña durante la guerra de sucesión entre Felipe V y Carlos de Austria, como grupos de paisanos armados en defensa del primero de ellos. Estas escuadras, pobremente dotadas y faltas de toda organización estratégica, realizaban labores de apoyo a las unidades militares. Se disolvieron en 1714, lógicamente, con el final de la guerra.

Años después, cuando Francia invadiese Cataluña, el rey Felipe desplazó todas sus tropas hacia el norte de la región, dejando ésta desprotegida; hay que recordar que el rey Borbón había prohibido todo tipo de armas, incluso los cuchillos terminados en punta, motivo por el cual los ciudadanos carecían de medio de defensa. Esto fomentó la resurrección de las escuadras de ciudadanos armados; aunque, esta vez, ya se trató de partidas creadas desde el propio gobierno, quien encargó su formación a los capitanes generales. Aquellas primeras escuadras de formación, digamos, no espontánea, acumulaban una fuerza de unos 3.000 hombres, todos ellos, por supuesto, borbónicos. Divididos en partidas de extensión muy variable, entre 30 y más de 100 hombres, solían estar al mando de algún alcalde de la zona, al que se le entregaban por razón de jefatura dos pistolas, mientras que el resto de los miembros recibían una escopeta. El jornal era de un pan y un real diarios.

Una vez terminada la guerra con el pérfido francés, las escuadras fueron disueltas de nuevo, pero algunas lograron sobrevivir, no tardando en causar problemas pues, ahora que no se les pedía que mantuviesen el orden público, se dedicaban a joderlo, realizando actos de robo y rapiña por los pueblos. El gobierno optó por reformar las escuadras, que quedaron reducidas a 39 miembros y tres unidades, con base en Valls, Rodonyà y Riudoms.

Es entonces cuando entra en el foco de la historia la familia Veciana, saga catalana con intensa vocación por las armas, y cuya suerte está íntimamente ligada a la de la policía de su territorio.

Pere Antón Veciana, el primero de la saga, nació en Sarral, cerca de Valls, en el último cuarto del siglo XVII. Analfabeto y sin formación, inicialmente, siguiendo la línea familiar, se dedicó a la trata de ganado. En 1713 tomó las armas por primera vez, cuando la guerra, para defender la causa borbónica; y otra vez en 1718, cuando se hace cargo de la escuadra provisional de Valls. En 1721, cuando se reforman las escuadras, pasará a ser su primer y único comandante, probablemente a causa de que, siendo aquellas formaciones bastante impopulares en el momento, los mandos militares valoraron la buena fama que tenía Veciana de hombre honrado. Además, también se valoró su actuación en diciembre de 1719, cuando había conseguido acorralar a un temido jefe guerrillero austracisa, Carrasclet (Pere Joan Barceló, quien todavía tendría una vida bastante novelesca), acción en la que salieron heridos tanto el propio Pere Antón como su hijo, Pere Màrtir, y que mereció una felicitación expresa del rey. De hecho, el monarca lo recompensó nombrándolo alcalde de Valls, cargo que ostentaría la familia Veciana hasta la cuarta generación; algo de lo que no sé si hay otros ejemplos en la Historia ni de España, ni de Cataluña. Pere Antón falleció en 1736; exactamente cien años antes de que la época de dominación de la familia Veciana en las escuadras se extinguiese, tal vez, para siempre (y digamos tal vez porque suponglo que habrá vecianas por ahí que son susceptibles de llegar a responsables de Interior de la Generalitat...)

El siguiente miembro de su generación, al que ya hemos citado, es Pere Màrtir Veciana Sevit, nacido en 1706 y que, por lo tanto, sucedió a su padre al frente de las escuadras cuando no tenía ni treinta años. En aquel entonces, tenía a sus órdenes sesenta mossos, pertenecientes a las escuadras de Valls, Riudoms, Piera, la Llacuna, Solsona, Amer, Arbóç y Santa Coloma de Queralt; algo más tarde se crearon otras en Figueras, Torres de Segre y Falset, hasta alcanzar el centenar de miembros. La labor de Pere Màrtir, conforme las capturas políticas relacionadas con la guerra de sucesión fueron perdiendo fuerza, se centró en la lucha contra la criminalidad, y muy especialmente contra los ladrones de iglesias, que para entonces eran una auténtica plaga en Cataluña. Por supuesto, también fue alcalde de Valls.

En los tiempos de Pere Màrtir, las autoridades militares comenzaron a preocuparse por elevar algo el nivel de los miembros de este cuerpo. A los caporales, por ejemplo, se les exigía ya saber leer y escribir. Cada mes debían leerle el reglamento a los mossos, así como cuidar de que fuesen a misa, de que no fumasen ni bebiesen por la calle, ni de que hiciesen política de familiarización con los paisanos de los territorios que vigilaban. El comandante de las escuadras, por su parte, debía recorrer una vez al año toda Cataluña a caballo, visitando las escuadras, para presentar un completo informe al capitán general detallando las carencias y problemas detectados, y los logros de cada unidad.

Los mossos, por otra parte, debían tener entre 22 y 30 años, y eran específicamente seleccionados por el comandante. Se les pedía que fuesen valerosos, honestos, de buenas costumbres y temerosos de Dios. El mosso que aceptaba sobornos o desobedecía las órdenes de un superior era condenado a diez años de prisión en África. Cuatro años de trabajos en arsenales le caía al que desertaba con armas y uniforme, y dos al que lo hacía sin ellos.

El sueldo de los mossos era paupérrimo, motivo por el cual todos o casi todos tenían otro oficio.  No podían casarse sin permiso de sus superiores y, en ningún caso, antes de cumplir siete años de servicio. En la práctica, esto suponía que estos policías sólo se podían casar a partir de los 29 años de edad, esto es con un considerable retraso sobre la edad de nupcias común en aquellos tiempos, que frisaría, como mucho, los veinte años.

La dotación policial se reforzaba en los años de hambre y tumultos. También, en el caso de producirse un fuerte desempleo industrial en alguna zona controlada por las escuadras, la policía elaboraba fichas de los despedidos y los consideraba automáticamente sospechosos de los sucesos negativos que pudieran ocurrir. Pere Antón Veciana, el primer Veciana y práctico fundador del cuerpo, utilizaba para sus investigaciones sobre delincuencia la sempiterna y eterna ayuda de confidentes, a los que pagaba por cada noticia que le daban. Anotaba en sus libros los pagos aunque nunca identificaba al confidente. Sus sucesores siguieron haciéndolo, pero apuntando los nombres y filiaciones de los informantes, lo cual, en más de un caso, supuso que se los apiolasen.

Los mossos d'Esquadra, para entonces, era una fuerza predominantemente rural; una especie de Guardia Civil catalana. En las grandes ciudades catalanas no hacían falta por ser común que en ella hubiese dotación militar. Sin embargo, en 1767 ya se creó una en Barcelona para controlar las revuelvas que se produjeron en la ciudad como consecuencia del motín de Esquilache. Esta escuadra, sin embargo, era tan provisional que sus 20 miembros eran prestados, rotatoriamente, por otras escuadras; y, en realidad, nadie quería ir a este servicio, pues Barcelona era (y es) mucho más cara que la vida en el campo, y además a los mossos se les prohibía trasladarse con sus familias. La labor diaria de estos mossos era hacer ronda por la Rambla, la Boquería, Escudellers y Palau para echar a los mendigos, además de comprobar la normativa de que después de las diez de la noche ya no entrase nadie en tabernas ni casas de juego.

A pesar del tiempo transcurrido, los actuales mossos d'Esquadra conservan varios elementos que ya existían en la uniformidad de aquéllos de finales del siglo XVIII. Para empezar, cosa que no sé si les gustará mucho, la combinación básica de colores azul y rojo trae causa en que eran los colores borbónicos que entonces defendían. Además, entre otros como el gambeto o capa, también subsiste el sombrero de copa.

Pere Màrtir Veciana murió en 1763, siendo sucedido en la comandancia del cuerpo por su hijo, Felip Veciana Dosset. Felipito es la mejor expresión de ese refrán que dice: abuelos toneleros, hijos millonarios y nietos pordioseros. Esto quiere decir que, en la práctica, dilapidó la herencia de eficiencia dejada por su padre y su abuelo, sumiendo a las escuadras en uno los peores momentos de su historia.

Al tercer Veciana, en realidad, todo lo que le importaba era la juerga. Le gustaba el dinero más que a un tonto un impreso de Hacienda, y cuando no lo tenía, se lo procuraba aprovechando su situación como comandante de la fuerza policial rural catalana. Sus subordinados, que le vieron hacer, aprendieron y aplicaron. En aquella época, pues, no pocos mossos d'Esquadra se aplican a acciones no demasiado edificantes, como el robo, la violación, la estafa, el abandono de las obligaciones para desempeñar otro oficio full time, y sobre todo imponer multas arbitrarias cuyo importe luego se quedaban. En ningún momento de la Historia de Cataluña han estado las tabernas tan llenas de polis a toda hora como en aquélla. Aunque hay que recordar, en descargo de aquellos mossos réprobos, que a principios de 1816 cobraban exactamente el mismo sueldo nominal que en 1721. Por otra parte, los mossos eran muy pocos, apenas un centenar, y cuando se presentó el gran problema delicuencial de la época, que era el contrabando, se demostraron inoperantes contra él, incluso cuando fueron asistidos en la labor por fuerzas militares.

Felip, además, fue también alcalde de Valls. Durante su periodo de mando, el ayuntamiento fue acusado de malversación de fondos, amén de nepotismo, pues la práctica totalidad los regidores y concejales eran miembros de la familia Veciana.

En 1789, año que por cierto fue de hambre en Cataluña, se produjo, como es bien sabido, la Revolución Francesa, que produjo toda una conmoción en un territorio fronterizo como Cataluña. Los mossos, en consecuencia, hubieron de reprimir las revueltas, intervinieron los libros revolucionarios que encontraron, y se ocuparon de sacar de Barcelona a algunos emigrados franceses que predicaban las nuevas ideas. El capitán general de Cataluña, de hecho, decretó que en cada pueblo de Cataluña se designase un promotor en defensa de la patria y la religión. Estos promotores, con la ayuda de las escuadras allí donde existían, organizaron las partidas de otra fuerza de seguridad netamente catalana: el somatén.

En 1798 muere Felip Veciana, siendo sustituido por su hijo, Pere Màrtir de Veciana i de Miró. El primer Veciana, pues, que incluye el «de» en su apellido y se intitula de casta noble. Por supuesto fue alcalde de Valls, y salió más de la pata de su padre que de sus abuelos. También fue denunciado varias veces por venalidad y por no cumplir sus obligaciones. En la guerra de la Independencia, no mostró especial hostilidad hacia los franceses, y sí hacia los españoles, en una actitud que contrasta con la de las propias escuadras, que comúnmente se convirtieron en las fuerzas policiales de las juntas.

En realidad, Pere Màrtir permaneció buena parte de la guerra escondido. Pero renace, por así decirlo, con el final de la guerra, y participa activamente en las represiones absolutistas. Es en esa época cuando las escuadras alcanzan algo parecido a la mayoría de edad, con 259 miembros e incluso la creación de una mutua de socorros para los jubilados y las viudas. En 1818, se edita por primera vez el reglamento de este cuerpo, redactado a cuatro manos por Veciana y el general Castaños.

Dado que el desempeño de las escuadras cazando afrancesados fue muy intenso, cuando llega el trienio liberal la cosa da como para pensar que van a tener problemas. pero la verdad es que no es así: los mossos, en un gesto muy propio de nuestra cultura, ejem, mediterránea, juran la Constitución con el mismo desparpajo con el que antes le quebraban la espalda al que la defendía. Aun así, en 1821 se decreta oficialmente la disolución de las escuadras, que al parecer no se llevó a cabo, y la casa de Veciana es registrada en busca de pruebas de una conspiración. La montonera liberal contra el comandante policial no termina ahí pues, de hecho, tanto Veciana como su hijo son encarcelados en Ceuta durante nueve meses; encarcelamiento del que les sacará la reinstauración absolutista.

En 1823, con el regreso del absolutismo, los jefes de las escuadras se encuadran de nuevo en él con la misma pasión. Veciana es nombrado, cómo no, alcalde de Valls. Finalmente, sin embargo, su impopularidad le llevaría a ver su casa asaltada y sus mossos perseguidos, lo que le obligó a huir a Tarragona, donde vivirá hasta 1836, fecha de su muerte.

Aun tras la muerte de Pere Màrtir II sería un Veciana más comandante de las que ya se llamaban oficialmente Escuadras de Cataluña: Pere Pau de Veciana i de Pastoret. Sin embargo, apenas duró, pues en 1836 dimitió, tras los sucesos revolucionarios de 1835. En una reacción que, claro, hoy no se considerará muy catalana, se produjo una protesta por la mala calidad presentada por los toros adquiridos para una fiesta. Los catalanes protestones comenzaron pitando porque un toro estaba cojo y, así, como quien no quiere la cosa, acabaron incendiando seis conventos, seis, de la ciudad; a quién no se le ha ido la boca alguna vez hablando de toros o de fútbol y ha acabado incendiando un bar o dos, hombre. El general Pere Nolasc de Bassa fue encomendado para reprimir los disturbios, pero, muy al contrario, los rebelados lo desarmaron y mataron. El caso es que Veciana tenía encargada la seguridad del general, así pues hizo su trabajo como el culo y, en un gesto que le honra por las poquísimas veces que se produce, dimitió. Esta dimisión acabó por alcanzar también a sus descendientes pues si bien el hijo de Pere, Antón de Veciana i de Martí, estuvo vinculado a las escuadras, ya nunca las mandó.

A partir de ese momento, comenzará otra etapa para las Escuadras de Cataluña que, primero que todo, tendrán que adaptarse a la ya muy cercana creación de la Guardia Civil. Pero ésa es otra historia, que tal vez contemos algún día.