lunes, abril 13, 2015

Richelieu (6: la llegada al poder)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey.

Lo que Richelieu no pudo evitar en la pacificación de las cosas en la familia real francesa, pacificación que se obró en beneficio del rey, fue que el favorito y valido de éste, es decir Luynes, lo reclamase como una victoria propia. Luynes, en efecto, entendió la nueva Francia debía, antes que a nadie, beneficiarle a él y a los suyos; razón por la cual, durante los meses que siguieron al tratado de Angulema, sobre los Luynes comenzó a llover una auténtica cascada de distinciones, títulos y prebendas; una cascada de tal calibre que, para encontrar algo parecido en España, deberíamos referirnos a la figura de Manuel Godoy.


El gesto de exigir para sí el título de condestable, que ya había pretendido y obtenido el odiado Concini, fue la gota que colmó el vaso de la nobleza francesa de sangre o, si se prefiere, el regreso de la nación a los tiempos previos a los acuerdos. Una vez más, pues, las casas nobles levantan las espadas contra la Corte; y una vez más María de Medicis les servirá de coronada disculpa. Tras un enfrentamiento armado en Ponts de Cé, del que los libros de Historia franceses dicen poco porque fue poco menos que una charlotada, de nuevo Richelieu fue convocado por las partes para construir una paz. Sin embargo, esta vez la cosa era bastante más seria. De tanto prender conspirados y regalistas la mecha religiosa, ésta había terminado por cebar en el sudoeste del país, por lo que costó un huevo calmar las aguas de nuevo.

El tratado de Angers repitió básicamente los términos del de Angulema, ya que, como hemos visto, en realidad fue en estas negociaciones en las que regalistas y nobles habían alcanzado una entente, rota, tan sólo, por la ambición de Luynes. La conclusión de esta paz puso de nuevo sobre la mesa la justicia de la recompensa para Richelieu en forma de capelo cardenalicio; distinción para la cual el rey envió a un negociador a Roma. Este negociador, sin embargo, viajó con codicilos secretos en los que el Louvre lo instruía para dejar claro ante el Vaticano que, en realidad, el rey de Francia no tenía ninguna prisa por ver a Richelieu, hombre de quien al fin y al cabo no se fiaba (en puridad, nunca terminó de fiarse del todo), elevado a la condición cardenalicia en la que sería mucho más intocable.

Mientras tanto, el obispo de Luçon, consciente de que su principal problema (y el de Francia) era Luynes, resolvió llevar a cabo ese famoso refrán indio que te aconseja sentarte a la puerta de tu casa hasta que veas pasar el cadáver de tu enemigo. Si algo tenía claro Richelieu, que lo conocía bien, es que Luynes no tenía talla para enfrentarse con la dificilísima situación de Francia, enmerdada en crecientes tensiones religiosas y en gravísimos conflictos internacionales como el de la Valtelina. Pensaba que sólo era cuestión de tiempo que las fuertes limitaciones del favorito se hiciesen ver. Y no se equivocó.

En efecto, las limitaciones de Luynes como gobernante pronto hicieron crecer en el Louvre un movimiento de oposición contra él, que fue rápidamente capitalizado por la reina madre, con Richelieu de mamporrero mayor, asistido, asimismo, por el padre José.

El 15 de diciembre de 1621, esta nueva crisis que sólo era cuestión de tiempo acabase degenerando de nuevo en una guerra civil, se resolvió de la única forma posible. En el curso de una campaña bélica contra las bandas protestantes del Midi soliviantadas contra París, Luynes fallecía inesperadamente. Aquello fue una noticia excelente para mucha gente; pero para nadie más que para Richelieu. El obispo salió ganando con el desamparo en que quedaba el rey, y por eso, a la primera vacante posible, 5 de septiembre de 1622, fue finalmente ordenado cardenal. Apenas tenía 37 años.

En realidad, no es oro todo lo que reluce. Luis XIII se dio cuenta de que tenía que contar con el obispo, pronto cardenal, para su gobierno. Pero se obstinaba en no creer en él, pues no podía olvidar los muchos años de servicio que había rendido a su principal enemiga, esto es la reina madre. Solía decir: «Richelieu bien podría formar parte de mi consejo privado, pero no soy capaz de olvidar las cosas que me ha hecho».

El rey, muerto Luynes, prueba; y no con Richelieu. Trata de gobernar con los viejos ministros de su madre y, por lo tanto, llama a su lado a los Condé, Brûlart, Sillery o La Vieuville; citar estos nombres, para que nos hagamos una idea, viene a equivaler que José María Aznar, o Mariano Rajoy, hubiesen decidido un día formar un gobierno con los viejos ministros de la UCD. Sin embargo, los gravísimos asuntos que se le plantean a Francia en el tablero europeo hacen que, finalmente, el rey se dé cuenta de que tiene que dar paso a otra generación. El 29 de abril de 1624, eso sí arrastrando los pies, el rey invita a Richelieu a formar parte de su Consejo, si bien acompaña el nombramiento de un rosario de limitaciones y regulaciones. Sin embargo, el tiempo y los hechos juegan a favor del sacerdote; él es, y el rey lo sabe, el único político de peso que hay en ese Consejo. Y, así, cuando el 13 de agosto La Vieuville sea arrestado y enviado al castillo de Amboise, se producirá eso que ahora llamamos una crisis de gobierno, en la que la superintendencia de Finanzas de que se responsabilizada el arrestado desaparecerá, y Richelieu será nombrado jefe del Consejo. En nuestro lenguaje: primer ministro.

Luis XIII, sin embargo, se equivoca, en buena medida, al juzgar a Richelieu. Tal vez porque sabe lo que el cardenal ha hecho durante los años en que militaba en la oposición; pero tiende a olvidar lo que ha aprendido. Richelieu, en efecto, ha aprendido muchas cosas durante el largo camino hacia el poder. Algunas las ha aprendido él solito, y otras le han entrado en la cabeza convenientemente introducidas por el padre José, persona fundamental para entender la historia del obispo de Luçon.

Lo fundamental que ha aprendido Richelieu armando y desarmando coaliciones es que eso tiene que acabar. Lo cual equivale a afirmar que Francia, en el momento en que llega a la máxima magistratura política, no es un país moderno. La Francia de Richelieu (no la que deja Richelieu: ahí reside su legado histórico) es una nación fuertemente desestructurada en la que las noblezas locales y religiosas cumplen un papel protagonista en el poder, mitigando o erosionado el poder central de la monarquía. La actual Francia es una realidad política que engloba una multiplicidad de identidades tanto o más intensas que las españolas. Nosotros tenemos catalanes y vascos y tal; pero no hay que olvidar que los normandos franceses también tienen una identidad propia; que los chouans de la Vendée sienten tan propios sus colores que no les dolieron prendas de ponerse de canto respecto de la Revolución Francesa (y sufrir por ello el consiguiente genocidio); que francos y borgoñones se sintieron miembros de distintas naciones durante muchos siglos; por no olvidar a los corsos, que cito en último lugar porque me interesa mucho destacar la idea de que quien piense que las tendencias centrífugas en Francia tienen que ver con Córcega, se equivocará de medio a medio: ésa no es sino una parte, no muy importante, de la movida.

Esa Francia que no es Francia tal y como la entendemos nosotros, además, tiene un problema que hace su caso, a principios del siglo XVII, mucho más preocupante que el caso español: el elemento religioso. España, para bien o para mal, tiene pocas cosas que decir de la religión como elemento disgregador en su Historia, porque nuestra nación, puesto que tuvo que expulsar al moro de su cuarto de baño, recibió como herencia de ese proceso, que no por casualidad llamamos Reconquista, una posición rocosa, primigenia e incuestionable a favor de la Iglesia católica apostólica y romana. España, lo decía Cánovas y no le faltaba razón, es católica en su tuétano; pero Francia, ay, ya es otro cantar.

El famosérrimo Edicto de Nantes, que para las personas que aúnan dentro de su cráneo la defensa de la libertad de conciencia y la indigencia intelectual histórica es el no va más del buen rollito religioso, no fue un paso de libertad; fue un apañete, un zurcido; y, como todos los zurcidos, estaba condenado a no solucionar la cuestión que pretendía zanjar per saecula saeculorum. El Edicto de Nantes es el acuerdo que hace algunas semanas han alcanzado las instituciones europeas y el FMI con Grecia: básicamente, un papelito que se firma para aplazar las hostias. Francia entera sabía esto, como lo sabía Richelieu. En los tiempos del cardenal, además, esa bomba cebada que era la cuestión hugonote venía a agravarse por el hecho de que los protestantes, crecientemente, ofrecían su mano a todo aquel condottiero que se plantease volver grupas hacia París con la espada en ristre.

Richelieu, a muchas millas náuticas del hispano conde-duque de Olivares como estadista, es el primer hombre de Francia que se da cuenta de que la nación tiene, en esa situación, dos salidas: o tragar con la diversidad y la multiplicidad de puntos de vista, y convertirse con ello en un territorio potente, sí, pero no líder; o jugar la baza unificadora, aplastando a todos aquéllos que no traguen con una monarquía fuerte, centralizada y mandona. Esto es, lo que Francia ha tenido desde entonces; lo que pasa es que a veces lo ha llamado rey, a veces Asamblea Nacional y, finalmente (cuando menos por el momento), República con diferentes ordinales.

Yo no termino de entender por qué, cada vez que alguien hace una referencia a las francas ideologías centralizadoras del Estado, cosa que en España pasa mucho, utiliza la palabra jacobino. En mi opinión, el centralismo francés es, como poco, tan duplessiniano o richelieyano como pueda serlo jacobino. Es más: es que tengo por mí que el jacobinismo no habría llegado tan lejos como llegó si en lugar de encontrarse la monarquía de Luis XVI, richelieyana hasta las trancas, se hubiese encontrado, digamos, la España (no digamos ya la Alemania, o la Italia) de aquellas fechas.

Richelieu es el hombre que, de pie frente a su mesa de trabajo, sufriendo aquellos accesos de fiebre y dolor debidos tal vez a una fístula o un tumor anal que le impedían sentarse durante largos períodos, dio en pensar que la clave estaba en la monarquía. En construir una Francia que fuese comandada, administrada y regulada por un solo poder. Que no habrían de quedar normandos, ni ciudadanos del Mediodía, ni súbditos del Delfinado, ni borgoñones, ni hostias: sólo franceses. Un solo ejército, un solo sistema impositivo; una sola política exterior. Una sola religión. Todo eso, bajo el mando de un tipo bastante pusilánime y meapilas, no, desde luego, el modelo maquiavélico de príncipe. Lo cual le otorga más mérito a la labor.


Ahora ya es primer ministro. Podrá intentarlo, como probablemente lo intentaron otros. Él, sin embargo, lo conseguirá.