lunes, marzo 03, 2014

Libia (7)

En 1973, Muamar el-Gadafi comenzó trece años de revolución que, por lo tanto, no terminarían hasta 1986. Durante aquellos años, el dinero fluyó gracias al petróleo hacia el país en auténticas paletadas. La renta per cápita libia se multiplicó por cinco en muy pocos años.

Con ese apoyo de gran importancia, Gadafi redobló su cruzada contra todos los impedimentos existentes para que el pueblo ejerciese el poder efectivo sobre ese país sin Estado que había imaginado. Fruto de esta intención es lo que se conoció como la Tercera Teoría Universal del mandatario libio. Probablemente inspirado la mitología y estética maoísta, Gadafi codificó su nueva teoría política en el denominado Libro Verde. Un texto que desborda en todas sus páginas una profunda desconfianza en los partidos políticos y en las instituciones estatales, y que concluye la necesidad de crear la denominada Jamahiriya, esto es el país directamente gestionado por sus ciudadanos, sin intermediarios. La anti-burocracia, anti-tecnocracia, anti-clase política que tan atractiva será, durante mucho tiempo, a los teóricos europeos del 15-M de la época.

A pesar de que la identificación del gadafismo con el socialismo no puede ser directa ni resulta sencilla, en realidad tiene elementos muy comunes con la organización soviética de la vida. La Jamahiriya se basaba en la existencia de comités revolucionarios que por todo el país, y en todos sus ámbitos, se responsabilizaban de llevar a cabo los principios del Libro Verde.

Aquel movimiento por parte de Gadafi fue un movimiento ideológico (esto es, llevar al país hacia y por donde él creía que debía ir), pero también un movimiento destinado a poner orden en la revolución libia, y dominarla. Desde la llegada al poder de los jóvenes militares del 69, una tensión constante entre la voluntad de controlar la economía y las teorías centrífugas del gadafismo había sido el día a día en los escalones más elevados del poder, y muy concretamente el Consejo Revolucionario, que en ocasiones se pareció bastante a una jaula de grillos.

Los desacuerdos en el Consejo Revolucionario en torno al rumbo que había que darle al país, y muy especialmente a su política económica, provocaron un golpe de Estado en 1975. El resultado de aquel movimiento fue el liderazgo ya indiscutible de Gadafi, así como su movimiento claro hacia el populismo, en un movimiento que recuerda un poco al chavismo actual.

Pero volvamos al anuncio de Zuwara. Muy al contrario de lo que había previsto probablemente quien hizo tal anuncio, los años que lo siguieron, lejos de ser testigos de cómo se demostraba que el pueblo sabio lleva un país mejor que los burócratas, se caracterizaron por ser un caos inenarrable. El uso de los comités populares provocó un enfrentamiento casi inmediato entre Gadafi, su mentor, y otros miembros del Consejo Revolucionario, menos proclives a ese tipo de experimentos. De alguna manera, nos encontramos aquí con un muy típico patrón de enfrentamiento dentro de la izquierda, entre el comunismo burocrático y ordenado y el comunismo casi libertario, o sin casi. Es el mismo tipo de conflicto que se produjo en la guerra civil española entre el Partido Comunista y sectores del PSOE, por un lado, y el POUM, la CNT y la FAI, por el otro; aunque, en el caso libio, fuertemente tiznada esta segunda posición por las ideas de unidad árabe y nacionalismo musulmán en general.

En 1974, las dos facciones estaban netamente dibujadas ya. A principios de 1975, los estudiantes comenzaron a movilizarse, a lo cual respondió el Consejo Revolucionario imponiendo el servicio militar obligatorio. Sin embargo, la tensión no cedió, y en abril de aquel año el Gobierno procedió a realizar detenciones a gran escala de estudiantes.

El verano de aquel año de 1975, mientras en España el general Franco incubaba su infarto de unas semanas después, se consumió en rumores cada vez más insistentes en las cancillerías del mundo sobre la inminencia de un nuevo golpe de Estado en Libia. En julio, tropas leales a Gadafi se asentaron en los alrededores de Tripoli, aunque no pasó nada. Sin embargo, durante todo ese mes las dos grandes facciones de la revolución libia trataron, cada una por su lado, de atraerse al ejército. Finalmente, en agosto, los miembros del Consejo Revolucionario Bashir Hawadi y Omar al-Muhayshi intentaron un golpe de Estado militar. El segundo de ellos, que era ministro de Planificación en aquel momento, tuvo que huir a Túnez cuando el movimiento fracasó.

El fracaso del golpe fue el triunfo de la vía revolucionaria. El Consejo de la Revolución fue reducido a sólo cinco miembros: Gadafi, Abu Bakr Yunis Jabr, al-Kwhaylidi, al-Hamidi, Mustará al-Karubi y Abd as-Salam Jallud. De esta manera, Gadafi se había quitado de encima, ostensiblemente, a sus enemigos, y tenía luz verde (nunca mejor dicho lo de verde) para llevar a cabo su revolución.

La Jamahiriya de Gadafi se plantaba sobre suelo fértil. La idea de que todo lo que se haga en un país haya de ser consultado a sus ciudadanos es muy coherente con el modo que tienen de organizarse las sociedades tribales, y Libia lo era. Muchos libios, personas que habían nacido en esquemas tribales de gran antigüedad para pasar sus años adultos en un país mucho más modernizado pero en el fondo respetuoso de las viejas ideas, adoptaron con pasión la idea central del Libro Verde, según la cual los partidos políticos y la burocracia son los dos grandes problemas del género humano. Se rechazaba el concepto de representación como base y centro de la democracia, y se sustituía por el concepto de consulta. La representación democrática, dice el Libro Verde, supone, en realidad, la anti-democracia, pues en ella la persona se abate de los derechos de gestión que tiene en favor de una elite a la que no le importa gran cosa. Como verán aquellos de mis lectores que sepan un poco de las movidas del 15-M y adyacentes, se toma por nuevos desarrollos mentales que ya fueron escritos en un libro en Libia hace ahora medio siglo.

La única solución, pues, es la democracia directa (ahora se habla más de auténtica o verdadera), esto es, el establecimiento de congresos populares locales a los que pertenecerán todos los ciudadanos del país. Estos congresos delegan poder en congresos de congresos, y éstos a comités populares a escala nacional, Los congresos populares asumen el poder legislativo, y los comités populares, el ejecutivo, colocando arriba de todo el Congreso General Popular, equivalente a un consejo de ministros; como puede verse, soviets con turbante. Los Congresos Básicos Populares son como Congresos Generales de ámbito local, por lo tanto encomendados de la gestión en ciudades y provincias.

En 1975, tras el golpe de Estado, las consignas relacionadas con esta elaboración tapizaron las paredes de las ciudades de Libia. Toda actividad política desarrollada fuera de loks Consejos Populares Básicos fue prohibida, aunque, sabiamente, la política exterior no fue colocada entre sus responsabilidades. El 2 de marzo de 1977, este sistema se podía considerar totalmente implantado. Ese día, en Sabha, Gadafi fremió: «La Era de las Masas ha llegado». Además, anunció que el país había sido renombrado con la denominación oficial con que fue conocido bajo su mandato: Al-Jamahiriya al-arabiya al-Libiya al-shaabiya al-ishtirakiya (la Jamahiriya Socialista Libia y Árabe Popular). Y de las JONS.

Una vez que todo el poder del país estuvo en teoría en manos de los congresos y comités, el Consejo Revolucionario fue abolido, aunque sus cinco miembros fueron colocados en posiciones fundamentales, en el, ejército, la policía y la economía.

El sistema, no obstante, y por efecto de la necesidad de gestionar el día a día, cambió, y pronto. Teóricamente, el Congreso General Popular nombraba y controlaba un secretariado que hacía las veces de gobierno. En la práctica, sin embargo, era al revés: el secretariado, asesorado por diversos comités técnicos, era el que tomaba las decisiones, y pilotaba al Congreso para que las avalase (un sistema parecido, pues, al existente en el franquismo, aunque con el matiz de que en el franquismo nunca se pretendió que las Cortes controlasen seriamente al gobierno). Además, el Congreso se quedó fuera de determinadas áreas de la política, tales como las relaciones exteriores, el ejército, la policía… y el petróleo, por supuesto.

Por lo tanto, la Jamahiriya de Gadafi no dejó de tener su vertiente papel mojado. El poder popular, en un país que todo lo sacaba del petróleo, estaba en un solo sitio. Poder popular de verdad habría sido permitir que los comités populares decidiesen dónde se gastaba la pastizara que bañaba el país desde los pozos de crudo. Pero los libios se quedaron con las ganas de ver ese dinero, que siguió siendo controlado por la elite revolucionaria.