viernes, marzo 07, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (1)

Alguna vez ya ha pasado en este blog que he concelebrado en el tiempo dos series distintas. Es a gusto del cliente, que así no se ve abrumado por un montón de textos sobre el mismo tema (que lo mismo le interesa menos) y puede ir poniendo su atención en otras cosas.

Además, hay un pequeño aliciente más en esta historia que quiero comenzar a contaros aquí porque, como hace unos días decía un comentario a uno de mis posts, hay demanda de información sobre Ucrania, y de Ucrania, aunque sea indirectamente, tendremos que hablar aquí queramos o no, porque será en Ucrania donde transcurra una parte no poco importante de esta Historia.

Os quiero contar el relato de, como reza el título de esta serie, un hombre que sabía hacer las cosas muy bien. O sea, sabía colmar perfectamente las expectativas de sus jefes y, precisamente por eso, llegó él mismo a ser algún día un jefe supremo. Y lo escribo porque me da rabia que se esté olvidando la figura de este hombre que, sin embargo, tiene mucho que ver con el mundo actual en el que vivimos, que fue, en gran parte, preconfigurado por sus aciertos y, de modo nada despreciable, por sus errores. Porque Leónidas Breznev sabía hacer las cosas bien, pero eso no le impidió equivocarse.


Situémonos en 1887, el año que Sasha, el hermano mayor de Vladimir Lenin, fue ejecutado por haber tratado de matar al zar. Ese año, una compañía franco-belga llamada la Compañía de Rusia del Sur selecciona una ciudad ucraniana a orillas del gran río que cruza el país, el Dnieper, para localizar una factoría metalúrgica. La noticia del proyecto de Kamenskoye atrae a muchos obreros rusos en búsqueda de mejores salarios, y entre ellos a Yakov Breznev, que hasta entonces vivía en Kursk, casi en la frontera ruso-ucraniana. Efectivamente, tal y como había previsto Yakov no tiene demasiados problemas para colocarse en la fábrica y, de hecho, algunos años después lo hará también su hijo Ilya.

Ya siendo todo un trabajador por cuenta ajena, Ilya Breznev conoce y se casa con Natalia, una agradable y atractiva morenita de 18 años. El 19 de diciembre de 1906, en el mismo barracón adyacente a la fábrica que ocupaba la familia, más bien poco dotado, nace su hijo mayor, Leónidas Ilych Breznev, que está llamado a convertirse en el segundo, si no en el primer, hombre más poderoso del mundo.

El pequeño Leónidas no pasa mucho tiempo en aquel cuartucho mal amueblado, pues antes de que estalle la primera guerra mundial la familia se habrá mudado a una casa con más posibles, algo más lejos de la fábrica. En todo caso, los primeros años de aquel niño transcurren en un pueblo metalúrgico de no más de 22.000 habitantes, en el que una mitad son rusos y la otra, polacos, acompañados de pequeños grupos de alemanes, judíos y checos. Los ucranianos, por cierto, son franca minoría. Todos los naturales del lugar que había por ahí eran agricultores, por lo tanto con poca relación con la fábrica, y lo seguirán siendo años después, cuando Stalin decida matarlos de hambre.

La infancia de Leónidas Breznev se consumió, probablemente, jugando al fútbol en la calle (porque era un auténtico forofo de ese deporte que entonces casi nadie practicaba) y andar persiguiendo por el pueblo al único coche que había en todo Kamenskoye, propiedad del notario local. Eso sí, el pueblo, de honda tradición rusa, tenía una taberna en cada esquina, e incluso dos kazyonki, o tiendas estatales de vodka.

Los indicios que nos han llegado especulan, con bastante probabilidad de no equivocarse, con que el pequeño Leónidas fuese comparativamente más pobre que sus compañeros de clase. Aunque la escuela de Kamenskoye estaba subvencionada por la fábrica, el resto de la matrícula, para obreros poco cualificados como Ilya Breznev, suponía una carga muy elevada. Sin embargo, por razones que obviamente no nos han llegado, el bravo ruso emigrado decidió que su hijo recibiese una buena educación, tal vez soñando con que algún día pudiera ser un ingeniero como los polacos que cortaban el bacalao en la fábrica (si ésa era su ilusión, se cumplió). En  la escuela, como no había llegado la LOGSE, estudió Breznev latín, alemán, francés, literatura y gramática rusas, Historia de Rusia, biología, química, física, matemáticas, geografía y arte. Probablemente, el profesor que más marcó al joven estudiante fue un curioso personaje llamado Iosif Zakharovich Shtokalo, prototipo del hueso (se jactaba de no haber pasado jamás de notable en una calificación en física y matemáticas, sus materias), y que era un hombre profundamente religioso que, en todo caso, en 1917 se haría profundamente revolucionario. Su influencia fundamental llegó a partir de 1918, cuando el director obrante en la escuela se enroló en el ejército y pasó él a ocupar el puesto. Shtokalo, por cierto, hizo una carrera muy sólida en el mundo universitario ucraniano, llegando a ser profesor de la universidad de Kiev y miembro de la Academia Ucraniana de Ciencias. Su especialización, según el boletín matemático ucraniano, fueron los métodos asintóticos para la resolución de determinadas ecuaciones diferencialeslineales con coeficientes variables

Leónidas, en cambio, no estaba llamado a ser un estudiante brillante. Era bueno en ruso, pero en el resto de las asignaturas, diremos que se defendía. Pero, como ya habrán adivinado quienes hayan echado una cuenta bien sencilla, la vida escolar de Breznev cambió, y no fue a causa de su brillantez o de su estulticia, sino a causa de la Revolución Rusa, que entre otras cosas convirtió su escuela relativamente elitista en una trudova schola, o sea escuela del trabajo.

El periodo revolucionario entre la caída del zar y la ascensión de los bolcheviques fue caótico en todo el territorio de lo que luego se conocía como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; pero de todos los territorios, tal vez el peor era Ucrania. Allí había tres facciones bien consideradas, formadas por los bolcheviques, los partidarios del gobierno provisional menchevique, y los nacionalistas ucranianos. Estos últimos fueron los que presionaron más. Trece días después de la revolución en Petrogrado, declararon la creación de la República Popular de Ucrania, con capital el Kiev. A esta declaración siguieron cuatro años caóticos, no de guerra civil, sino de varias guerras civiles entrelazadas entre rusos blancos, bolcheviques, nacionalistas, anarquistas y otras fuerzas revolucionarias. La factoría de Kamenskoye cerró, y no volvería a abrir hasta 1925.

En enero de 1918, los bolcheviques, excelentemente bien organizados por Trotsky, tomaron a los nacionalistas la propia Kamenskoye, así como Yekaterinoslav, ciudades ambas en las que sus unidades militares se desempeñaron, más o menos, como los tercios de Flandes algunos siglos antes. Sin embargo, en ese momento la República Ucraniana alcanzó un acuerdo por su parte con Alemania y Austria, merced al cual el ejército del káiser entró en la guerra entre ellos y os bolcheviques. Tropas alemanas entraron en Kiev el 2 de marzo de 1918. Dos semanas después, reocupaban Kamenskoye, donde germanos y austriacos hicieron una auténtica masacre de rojos y, por cierto, ya que estaban, también de gitanos. Como es bien sabido, no obstante, ocho meses después los alemanes se rendían, con lo que las tornas en el campo ucraniano volvían a darse la vuelta. Así que la guerra civil recomenzó, con la intervención nada despreciable de pequeños ejércitos privados, formados por miles de partisanos rurales, que eran auténticas partidas de la porra ucranianas. El más famoso de ellos fue Grigoriev, quien desde su base de Romankovo controlaba un ejército de 16.000 borrachos violadores, que primero se alió con los bolcheviques para luego enfrentarse a ellos; o el final asesino de Grigoriev, el anarquista Néstor Makhno.

En todas estas cosas que pasaron, el joven Leónidas Breznev no tomó parte. Era demasiado joven, y/o tal vez ya estaba desarrollando, por aquel entonces, esa inmarcesible habilidad suya para no implicarse en nada que le pudiera reportar problemas. En el invierno de 1920, estuvo a punto de morir, como casi todos sus compañeros de colegio, por la brutal epidemia de tifus que se presentó en el área. En aquel tiempo, alumnos y profesores iban a clase descalzos, pues hasta ese punto se había empobrecido la ciudad.

En 1923, en una decisión que él nunca explicó y tampoco sus contemporáneos, Leónidas Breznev cambió radicalmente la orientación de su vida. Él, que iba para metalúrgico, de repente y sin motivo aparente decidió ocuparse de la agricultura. Dos pueden ser las razones de dicho cambio, o las dos. Una, la enorme escasez de perspectivas que ofrecía Kamenskoye, una población hecha por y para una factoría que todavía tardaría dos años en abrir. La otra, el discurso del bolchevismo triunfante que, como es bien sabido, comenzó el diseño de la nueva sociedad que quería crear por el campesinado.

Esta segunda explicación nos vendría a decir que en algún momento entre 1918 y 1923, Leónidas Breznev decidió hacerse comunista, ser un comunista. Cierto es que el segundo de los años ingresa en el Komsomol, o sea las juventudes comunistas. Pero este gesto podría no estar inspirado por la pasión ideológica, sino por el cálculo estratégico: siendo miembro de las JC, podía entrar sin problemas en la Escuela Técnica para la Utilización y Reclamo de la Tierra de Kursk, que era lo que quería hacer.


Fuese por cálculo, o por convicción, lo cierto es que es en ese año de 1923, con 17 años, cuando Leónidas Ilych Breznev se va a Kursk, a realizar un curso de cuatro años y a comenzar una carrera como comunista que, en ese momento, no es especialmente prometedora.