martes, abril 02, 2013

Soixante huit (16: el mete-saca social)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primerdécimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto y décimo quinto capítulo.

Resumen de lo publicado: En medio de una creciente presión de hobbits y enanos en la Tierra Media, en la que han montado una huelga de la mundial, Sauron , el Señor Oscuro, se dirige a sus súbditos insinuando la posilidad de abandonar el máximo poder del mundo se le tocan en exceso los mendengues. Hobbits y enanos contestan redoblando sus manifestaciones y generando aun mayor caos en la Tierra  Media.,


Muy pocas veces, desde la entrada de los alemanes en París, se han visto camiones militares en los alrededores de Los Inválidos. Pero aquel sábado, 25 de mayo, varios se mueven por la zona, a causa de la huelga general. Pero no es ese templo de la nación el principal foco de atención aquel día. Es el edificio de la rue de Grenelle, sede del Ministerio de Asuntos Sociales. Pocos minutos antes de las tres de la tarde, una procesión de vehículos oficiales, los famosos Citroën Tiburón de la época, llega hasta el edificio y entra en su aparcamiento.

En uno de esos coches va el primer ministro, Georges Pompidou.

Pompidou ha llegado a la hora prometida, las tres de la tarde. Pronto se encuentra con Jeanneney, el titular del departamento que visita. Aunque, en realidad, el hombre al que viene a ver, y en el que tiene pensado apoyarse, es un joven político de centro-derecha, de apenas 35 años aquel día, a quien todo el mundo en el gaullismo augura un futuro prometedor. A pesar de estar todavía en la edad de las locuras y casi el botellón, ese hombre es ya secretario de Estado de Empleo.

Se llama Jacques Chirac.

Al mismo tiempo que Pompidou va llegando la otra parte. Georges Séguy, el sindicalista más poderoso de Francia, acompañado de su guardia pretoriana: Benoît Frachon y André Bertheloot. A la CFDT la representan Eugène Deschamps y René Bonety, con su acento bretón. Por Force Ouvrière, André Bergeron (que representa a toda una tradición del sindicalismo europeo: es tipógrafo), Antoine Laval y Roger Loüet. A la conservadora Confédération Générale des Cadres la representa André Malterre; al sindicato confesional CFTC (Confédération Française des Travailleurs Chrétiens) lo representa el minero Joseph Sauty. Por la CNPF, la confederación nacional de productores franceses, o sea la patronal, Paul Huvelin.

Éstos son los principales negociadores que se sientan a una larga mesa con más observadores, técnicos e invitados de última hora.

En contra de la tentación del mal sindicalista, los representantes de los trabajadores, que tienen 10 millones de huelguistas detrás de ellos, no se muestran altivos; ellos saben que cuando verdaderamente se demuestra su poder no es lanzando las huelgas, sino cerrándolas. Por eso se muestran dispuestos a negociar y, en efecto, durante la tarde las escasas filtraciones que llegan al resto del mundo sobre el desarrollo de la reunión apuntan hacia el logro de avances significativos.

Pompidou abre la sesión afirmando que el orden del día no es en modo alguno un entorno cerrado; que cualquier cuestión se puede presentar, el marco del proceso de redacción de la ley marco (los franceses, de forma bastante más imprecisa en mi opinión, la llaman ley cuadro) de reforma de la universidad y la economía que, tal como ha anunciado el viejo general presidente, se someterá a referendo.

A las siete de la tarde, los sindicalistas hablan ante los periodistas de éxitos inesperados. El gobierno ha aceptado, casi sin repulsas, el aumento del SMIG, o sea el salario mínimo. Los sindicatos han pedido 600 francos al mes, y el gobierno contraoferta con 520; lo cual, sobre 384 que está ganando en ese momento el denominado smigard francés, es todo un logro. Eso, claro, trabajando la semana de 40 horas. Trabajando las horas efectivas que curran los becarios y trabajadores poco cualificados, que son los que cobran el SMIG, el objetivo de los 600 francos prácticamente se alcanza.

Sobre la mesa está ya, cuando aún apenas empieza a anochecer, la oferta de mejorar un 35% las ganancias de cerca de 300.000 asalariados franceses. El gobierno ha jugado sus cartas. Su consigna es que los sindicatos no se levanten de la mesa sin un acuerdo, y Chirac está haciendo lo necesario para ello.

La negociación pasa del SMIG al salario normal. A lo que normalmente conocemos como negociación colectiva. Frachon acaba de llegar de Japón, donde una huelga acaba de arrancar un aumento salarial del 13%; pide lo mismo para los franceses. La patronal no se mueve del 5%. La Confederación de Cuadros propone un 5% ahora, más un 5% comprometido dentro de unos meses. A la noche, se suspende la sesión ante la falta de acuerdo.

Los negociadores vuelven a la mesa a la una y media de la madrugada del domingo. La CGT ataca diciendo (obsérvese el maquiavelismo florentino del argumento, así como lo lejos que el sindicalismo de inspiración comunista estaba de los planteamientos anarquistas de sus amigos los estudiantes) que tras la subida del SMIG hay que arreglar lo de los salarios normales porque “hay que respetar las jerarquías”. Asimismo, plantean el tema de la retribución de los funcionarios, a lo que Pompidou contesta que la negociación con los funcionarios es aparte, y se realizará el martes. El representante de los profesores y maestros, James Marangé, que había sido convocado in extremis, anuncia que, entonces, si ellos no van a entrar en el pote que se negocie esa noche, mantendrán la huelga general. Luego se pone sobre la mesa la reivindicación de cambiar las ordenanzas de la seguridad social. Pompidou contesta que pas du tout. La negociación naufraga con las horas.

A las cuatro, se van todos a dormir y se citan para el domingo a las 5 de la tarde; aunque Pompidou tendrá, por medio, un encuentro bilateral con la CGT. La sesión del domingo-lunes durará 14 horas. La CGT presenta nada más comenzar su plataforma irrenunciable: cambio en las ordenanzas, pago de las jornadas de huelga y establecimiento de escalas móviles salariales.

En realidad, la gran reivindicación cegetista es la escala salarial móvil, a la que el gobierno se niega como gato panza arriba. Todo lo demás, lo que piden los otros sindicatos, lo defiende sin convicción. Como el caballo de batalla de la CFDT, el regreso a las 40 horas. La patronal ofrece dos horas menos para el trabajador que haga 48 o más, y una para el que haga 45 o más; a cambio de que este sistema se firme hasta 1971, esto es tres años. La CGT, para mosqueo de los otros sindicatos, acepta. La jornada, da la impresión, se la suda.

A las cuatro de la mañana del lunes, Louët informa a los periodistas de que hay un principio de acuerdo en materia de negociación colectiva, y que el diálogo progresa. Se ha conseguido un aumento salarial del 10%, la garantía de los derechos sindicales. No hay acuerdo en el tema de jornada, en el mantenimiento de la edad de jubilación (porque aquellos sindicatos, sí, soñaban con reducirla), el mantenimiento de las ordenanzas sociales y la negativa empresarial a pagar las jornadas de huelga.

A las 7,40 horas, es Pompidou quien acude ante los periodistas. Habla de las “ventajas excepcionales” que han conseguido los trabajadores en la reunión. Asimismo, afirma que los resultados de la negociación permiten el regreso, lo más rápido posible, de los trabajadores a sus puestos.

A las 8 de la mañana, en la sede de Renault, de L’ile Seguin, Frachon, Séguy, y dos representantes de la CFDT y FO, se presentan para defender el acuerdo. Se encuentran con un joven miembro de la CGT, Aimé Halbeher, que toma la palabra en nombre de los trabajadores de Billancourt para solicitar de los cuadros del sindicato que continúen la huelga. Afirma, entre aplausos y orangutánicas muestras de apoyo, la plataforma irrenunciable: pago de las jornadas de huelga; SMIG de 1.000 francos; jornada de 40 horas (pero con el salario de 48); jubilación a los 60 para los hombres, 55 para las mujeres (sic); escala móvil salarial; y derechos sindicales.

Benoït Frachon, un viejo comunista con enorme pedigree, toma la palabra para soltar un discurso muy en cuadro sindicalista. Los resultados de la reunión son un mínimo, sí; pero van a ser muy beneficiosos para mucha gente (forma elegante de insinuar que la avaricia puede bien romper el saco, camaradas). Pero el público pasa de él.

Toma la palabra André Jeanson, presidente de la CFDT. Más de lo mismo. Y, finalmente, Séguy. Se refiere a las negociaciones de Grenelle como “las primeras reuniones”, y analiza, punto por punto, los acuerdos y los desacuerdos, matizando éstos últimos. Pero, finalmente, tiene que reconocer en público lo obvio: la CGT no dio la orden de huelga. Por lo tanto, no puede retirarla. Tras los aplausos y La Internacional, termina el mitin, pero la huelga sigue.

Conforme avanza el lunes y llegan las noticias de las asambleas, en Citroën y en otras grandes fábricas, el acuerdo cada vez muta más a desacuerdo. Todos los grandes elementos productivos deciden mantener el paro.

Este hecho, que se podría considerar muy positivo para el proceso de Mayo del 68, en realidad es todo lo contrario. Por dos razones.

La primera razón es que es el gran fulminante de la reacción de la burguesía más o menos conservadora y, en todo caso, amante del orden en la que, al final, se apoyará el establishment político francés. El fracaso de los acuerdos de Grenelle durante el lunes, así como el conocimiento de las plataformas reivindicativas de los huelguistas, algunas verdaderamente marcianas, colocarán a muchos franceses ante un miedo real de fractura que les hará reaccionar.

La segunda razón es que, desde el fracaso de Grenelle, los sindicatos se dan cuenta de que no son los propietarios de esta movida; que no la pueden controlar, ni domeñar, ni regular, ni modular, ni nada de nada. Es en las asambleas de aquel lunes 28 cuando los líderes sindicales tomarán conciencia de hasta qué punto Mayo del 68 es un movimiento que, no es que no les concierna, pero, de largo, les supera.

Y comenzarán, a su manera, a trabajar contra él.