lunes, febrero 18, 2013

Hitler y Palestina (3)

De esta serie se han publicado ya un primer y un segundo capítulos.



El muftí de Jerusalén estableció, por lo tanto, ya antes del estallido de la segunda guerra mundial, muy estrechas relaciones con la Alemania nazi. Envió a Berlín, como su representante oficioso, a Said abd al-Iman, un radical nacionalista árabe sirio. En la primavera de 1939, el líder del Istiqlal fue un invitado especial de Rosemberg en Berlín.

Sin embargo, Alemania siempre tuvo sus prioridades. El rearme de su ejército durante toda la década de los treinta exigía que no hubiese conflictos con Londres; así pues, su apoyo a la causa palestina estuvo siempre, durante la década de los treinta, muy medido para no colmar vaso alguno. Además, la Alemania de preguerra no podía poner en marcha una solución final contra los judíos como haría después. Lo que podía hacer, e hizo, fue aprobar leyes segregacionistas y discriminatorias, buscando que los judíos saliesen del país. Y el destino natural de los que así decidían hacerlo era Palestina, y Berlín necesitaba que lo siguiera siendo. La Alemania nazi, incluso, favoreció esta política, convirtiéndose en provisor de la liquidez necesaria para los judíos que querían emigrar a la futura Israel y, para ello, necesitaban cumplir con la normativa británica, que les exigía demostrar la posesión de un activo de al menos 1.000 libras esterlinas (en el marco de lo que se conoce como el Acuerdo de Haavara); esta especie de préstamo de tesorería se concedía con la condición de que los fondos fuesen luego utilizados para financiar las exportaciones alemanas a la zona. Los escrúpulos racistas de muchos nazis tuvieron que ser acallados, en 1938, por el propio Hitler, quien dejó claro que los judíos debían abandonar Alemania por cualquier medio.

Las cosas, sin embargo, cambiaron en 1937, cuando los alemanes tuvieron las primeras noticias oficiosas de la propuesta de partición contenidas en el Plan Peel. La partición ni se acompasaba con sus intereses, ni estaba dentro de sus planes. Temían los alemanes (y en este punto no se equivocaban) que una capital judía de un Estado judío sirviese para reforzar la opinión judía en el mundo entero; al estilo del Vaticano con la opinión católica o, en aquellos tiempos, Moscú con la opinión comunista. En la visión de los nazis, el judaísmo internacional, es decir una fuerza conspiradora embarcada, entre otras cosas, en cercenar las alas del águila teutona, dispondría, en un Estado israelí, de un stronghold donde refugiarse y del que obtener apoyo logístico e ideológico (al estilo de Afganistán y el terrorismo de Al Qaeda).

En 1938 tuvo que haber una importante transferencia de armas u otros medios a los palestinos, porque una nota de principios de 1939, del almirante Canaris, jefe de la inteligencia, da fe del agradecimiento del muftí por la ayuda recibida. El año anterior, de hecho, Canaris y Husseini se habían entrevistado en Bagdad. Aunque había una razón más: en julio de 1938, Hitler, durante una reunión estratégica al más alto nivel con Göring, Keitel, Göbels y Himmler, había dicho que quería a Gran Bretaña ocupada en Palestina cuando decidiese avanzar sobre Checoslovaquia.

En el marco de las alianzas estratégicas dentro del Eje italogermano, Berlín aceptó como principio las reivindicaciones italianas en el Oriente Medio, que formaban parte de los sueños imperialistas de Mussolini. Sin embargo, en realidad toda o casi toda la política en la zona practicada por los alemanes durante el conflicto acabó haciéndose a las espaldas de los italianos, sobre todo desde el fracaso decepcionante de las armas italianas en Grecia y los Balcanes, que convencieron a Hitler de que Italia tenía un ejército de mierda.

Tal y como habían trazado sus planes los alemanes, la entrada de Italia en la guerra, que se produjo el 10 de junio de 1940, tendría que suponer que el Mediterráneo pasara a tener una importancia mucho mayor que hasta entonces en el conflicto, cosa que efectivamente pasó; y que una rápida acción italiana en el Norte de África pusiera en graves aprietos a los británicos. Pero esto no pasó.

Mussolini prefirió dedicarse a intentar aprovecharse del derrumbamiento del imperio francés en el Magreb, pero no incomodó en lo absoluto a los británicos. El líder fascista italiano veía con mayor ambición, y probablemente reputaba más sencillas, las conquistas en el Oeste del Mediterráneo. Creía que, una vez vencida Francia, Alemania no le pondría problemas a su penetración en el Magreb libio y argelino a costa de Francia; y también pensaba que tanto Berlín como el general Franco le cederían felices la soberanía, si no de iure cuando menos de facto, sobre las Baleares, largamente ambicionadas por la Roma negra. Ambas cosas son bien definitorias de que, en según qué escenarios, Pocoyó hubiera tenido más capacidad analítica geopolítica que don Benito. Hitler no podía enervar el avispero galo abocando al régimen de Vichy a un tratamiento humillante de nación derrotada, y sabía bien que los británicos (y pronto los estadounidenses) estaban jugando sus cartas en Madrid con fuerza, con Churchill enchufando pasta a paletadas a los militares monárquicos y los embajadores estadounidenses recordándole al ferrolano que sin su gasolina el momio de la España Inmortal, Martillo de Herejes, Espada de Trento, Una, Grande y Libre, se podía convertir en otra cosa bien distinta en apenas unos meses; todo eso sin mencionar la más que probable, y quizá definitiva, pérdida de las Islas Canarias caso de que los aliados desembarcasen algún día en África con España puesta de frente.

Toda la lógica de la guerra impulsaba a Mussolini a olvidarse de sus sueños imperiales y avanzar hacia Oriente Medio, para crearle a Londres un frente de cojones a los pies de las pirámides. Pero Mussolino, un poco al estilo de Amador Rivas (La que se avecina) con su descapotable, bramaba: "¡Pues yo quiero mi imperio!" Y envió al general Graziani a tomar Libia.

Para desesperación del Estado Mayor teutónico, Italia no hizo nada, o casi nada, para evitar que los ingleses retuviesen Gibraltar, la boca del Canal de Suez, Malta y Chipre: todas las garitas de vigilante del Mediterráneo. A partir de ahí, casi nada salió como Berlín esperaba, por mucho que se canten habitualmente las virtudes de la Blitzkrieg. En primer lugar, los propios germanos perdieron la batalla de Inglaterra. Al perderla, permitieron que las fuerzas navales británicas pudiesen dedicarse a otras cosas. Y se dedicaron, por ejemplo, a bombardear a la flota italiana en Taranto, el 11 de noviembre de 1940. Para sorpresa de los alemanes, los británicos mantuvieron, incluso ampliaron, su poder naval en el Mare Nostrum.

Como es bien sabido, en el verano de 1940, Hitler había tomado ya la decisión de invadir la URSS al año siguiente. Sin embargo, su posición no era fácil. Estaba fracasando en la invasión de Inglaterra, las formalidades del Eje le obligaban a ser sensible a las peticiones italianas en el Norte de África, y todo eso lo tenía que hacer manteniendo de su lado (en el peor de los casos, en posición de neutralidad) a España, la Francia de Vichy y Turquía (inciso: por muchos libros de la segunda guerra mundial que se escriban, nunca se habrá escrito lo suficiente sobre la importantísima función que cumple Turquía en el conflicto). La consecuencia lógica de todo esto fue dejar que Italia fuese la que llevase el peso de la guerra de los Alpes hacia abajo.

Italia respondió con un plan destinado a penetrar en la zona hasta Egipto, empezando por Libia. Sus ejércitos venían crecidos por el paseo de Abisinia y, la verdad, creían que todo el monte era orgasmo. El 13 de septiembre de 1940, los italianos llegaron a Libia. Un mes después, el 28 de octubre, Mussolini, creyendo a su ejército tan potente y eficaz como el hermano mayor alemán, ordenó abrir otro frente, y cruzó Albania en dirección a Grecia. En los días que siguieron, Gran Bretaña desembarcó tropas en Creta y en el área de Atenas.

La primera campaña de Grecia es una de las cagadas militares más importantes que se pueden rastrear en la Historia. Muy esquemáticamente, Mussolini, que carecía de toda capacidad para entender el elemento logístico de toda batalla y no digamos de toda invasión, hizo a sus ejércitos avanzar hacia Grecia, un área orográficamente imposible y de escasos recursos, sin preocuparse seriamente de llevarles comida, municiones o mantas en cantidad y regularidad suficiente; lectores de este blog mucho más duchos en materia militar como mi amigo Eborense pueden explicar mejor que yo que las guerras las ganan los que disparan en igual medida que quienes los alimentan y pertrechan. Como consecuencia, la armada italiana fue parada en seco por 40.000 pelaos, mal armados y famélicos, extraordinariamente motivados y conocedores del terreno, y tercos como griegos. En diciembre de aquel mismo año, Roma ya estaba pidiendo ayuda a Berlín para ganar aquella pequeña guerra, lo cual fue el final de toda ilusión de que Alemania e Italia fuesen a luchar coordinados pero en terrenos diferentes. Lo que más decidió a Hitler a acabar con aquella estrategia fue el hecho de que la incapacidad de echar a los británicos de Creta colocaba los campos petrolíferos de Rumania a tiro de avión británico desde allí; y, sin ese petróleo, Alemania podía despedirse de invadir la URSS.

Para colmo, ese mismo mes de diciembre de 1940, los británicos desembarcaron en Libia y comenzaron a hostigar la línea de avanza italiana hacia Egipto. El 12 de noviembre, Hitler había ordenado ya el despliegue de una División Panzer en Libia. Ya en febrero y marzo de 1941, desembarcó 25.000 hombres más, como consecuencia del lanzamiento en enero de la denominada operación Sunflower (¿Sonnenblume?), por la cual el ejército alemán intervenía para apoyar las operaciones italianas en la zona. Para el nacionalismo palestino, ésta era un gran noticia. Todo el mundo sabía que Mussolini abominaba de la creación de estados árabes independientes. Él pensaba en reeditar las hazañas de Sila, Cayo Mario y los vencedores sobre Cartago, y crear en el norte de África un imperio italiano; no quería estados propios que le pudiesen obstaculizar estos planes. A Alemania, en cambio, le interesaba fundamentalmente la desestabilización de los dominios británicos, y sabía que eso se hacía mucho mejor alimentando las ilusiones de los nacionalismos musulmanes.

Como consecuencia del estallido de la guerra total en Oriente Medio, el actual Estado de Israel se convirtió en uno de los objetivos de las agresiones germanoitalianas. Las principales ciudades de la costa palestina fueron bombardeadas.

Las tropas desplegadas por Alemania durante los últimos meses de 1940 y 1941, junto con la llegada de la XV División Panzer en mayo de éste último año, conforman lo que la Historia conoce como Africa Korps. Sobre el papel, era una unidad plenamente sometida al mando del comandante general italiano en Libia; pero, desde el 12 de febrero, estaba en realidad bajo el mando, alemán por supuesto, del teniente general Erwin Rommel.

El 31 de marzo, el Africa Korps, junto con las divisiones italianas Ariete y Brescia, todas ellas bajo el mano de Rommel, comenzaron la ofensiva que, así se sentía en Jerusalén, habría de terminar a las puertas de la ciudad y entregando a los palestinos su libertad y, por qué no decirlo, la correspondiente carta blanca para llevarse por delante a todo judío que todavía respirase.



Los comienzos fueron apoteósicos. En apenas dos semanas, habían ganado la Cirenaica y habían revertido las pérdidas de terreno que había tenido el general Graziani frente a los ingleses. Quince días después, Hitler apretó las pinzas avanzando en los Balcanes sobre Grecia y Yugoslavia. Belgrado cayó el 17 y Atenas cuatro días después. El 25 comenzó la operación Mercurio para la conquista de Creta, operación que se completó el 1 de junio siguiente.

Al collar británico cada vez le quedaban menos perlas: Egipto, Palestina, Malta y Chipre. Palestina adquiría mayor importancia conforme avanzaba la guerra.