jueves, noviembre 22, 2012

Cuando la colonia somos nosotros

Todos nosotros estamos bastante acostumbrados a entender que el paso del nomadismo a la agricultura y ganadería fue un paso de enorme importancia para el  hombre. Los aficionados a los juegos de ordenador estratégicos tipo Sid Meier, cada vez que jugamos en niveles difíciles, estamos deseando inventar la agricultura, porque sin ella las posibilidades de crecimiento de nuestros centros urbanos son mucho más limitadas. La existencia del hombre pre-agrícola y ganadero era una auténtica putada. Había que competir con los buitres y las hienas por la carroña y, como cazadores que éramos, podía ser que tuviésemos que invertir días enteros para capturar una pieza. Alguna vez he leído a nutrólogos y médicos en general explicar el problema de la glotonería moderna en estos términos: comemos, algunos, como comían nuestros ancestros. Con la diferencia de que ellos se tenían que pasar tres días persiguiendo un antílope, y nosotros vamos en coche a comprar fiambre de antílope marca Hacendado.

Plantar boniatos y criar cerdos da la impresión, a través de este prisma, de ser algo que sólo tiene ventajas. En primer lugar, fija al hombre a un lugar; lo hace sedentario y, consecuentemente, lo invita, por decirlo así, a fundar ciudades. Asimismo, permite al hombre liberarse de su condición de carroñero, a la par que cazador; sin el cual paso Ferrán Adriá tendría que dedicarse al lampismo.

La agricultura ha tenido un tan dilatado éxito entre nosotros que todavía en 1931, cuando en España llegó la II República, el 60% del país se estructuraba alrededor del hecho de plantar cosas de comer, o criar animales para hacer jamones, filetes o queso.

Sin embargo, la agricultura, o mejor dicho la ganadería, también tuvo su vertiente negativa.

Hoy se especula mucho, al parecer con bastante base para ello, con el hecho de que el hombre sedentario y ganadero fuese más pequeñito que sus abuelos. Es probable que fuese así; pero lo que es más seguro aun, es que era menos sano. Hemos de darnos cuenta de que la introducción de la ganadería no se hizo como hoy en día en los países desarrollados, esto es mediante una dialéctica por la cual el animal vive en un sitio y el hombre en otro. Lejos de ello, hombres y animales han vivido juntos hasta antesdeayer a las 10 de la mañana, lo cual ha supuesto compartirlo todo. Los gérmenes, por ejemplo.

Es difícil saberlo, pero resulta probable que el hombre de hace 10.000 años apenas conociese las enfermedades infecciosas. Para que la enfermedad infecciosa se produzca, es necesario entrar en contacto con el agente infeccioso; y en un mundo extraordinariamente disperso, exento de concentraciones humanas, en el que además hombres y bestias se repelían, ese contacto era mucho menor.

Poco a poco, el hombre comenzó a vivir y convivir con otros seres vivos, los animales, cuyos cuerpos estaban acostumbrados a albergar agentes patógenos desconocidos para él, y que acabaron adaptándose también a la casa humana mediante complicados procesos a los que, ejem, probablemente la zoofilia no fue ajena. Nosotros estábamos colonizando el mundo; pero, al mismo tiempo, estábamos siendo colonizados.

El hombre, hoy en día, comparte aproximadamente unas sesenta enfermedades con los perros, y un número parecido con los animales que suelen formar parte de sus explotaciones ganaderas (vacas, cerdos, caballos, cabras y ovejas; los cabrones y cabritos, desgraciadamente, no enferman todo lo que deberían). Si sufrimos tuberculosis y viruela, en su día, fue por acercanos a las vacas. La gripe es cosa de cerdos y patos, y el resfriado común, dolencia equina. La peste bovina, que pese a su nombre también se da en los perros, derivó en el hombre en una cosa llamada sarampión.

Tal y como nos cuenta Roy Porter en su deliciosa Breve historia de la medicina, casi cualquier cosa que el hombre hace para asentarse provoca que gérmenes y microbios brinden con champán. El hombre primitivo cagaba de campo donde le pillaba, lo cual impedía la enorme concentración de miasmas inherente a todo proceso organizado de canalización de la mierda; debe de tenerse en cuenta, además, que la gestión racional de los detritus es un proceso muy moderno. En tal sentido, hay economistas que, cuando hablan del salto cualitativo del hombre en la llamada Revolución Industrial, no se refieren sólo al asunto de la mecanización y el ferrocarril. Aunque sea difícil, si no imposible, hacer una aproximación cuantitativa al fenómeno, parece fuera de toda duda que uno de los avances cruciales para la Humanidad que trajo el final del siglo XIX fue el retrete privado. Parece de coña, pero es así.

Retrete, originalmente, es una palabra que designa una habitación de la casa donde sus habitantes se refugiaban para vivir en privado. En un mundo sin televisión ni otras muchas cosas, el deporte nacional de los hogares, además de un elemento fundamental para distinguir a los burgueses mínimamente acomodados de los que no lo eran, era visitar, y recibir. Todavía quedan en muchas ciudades de España y de Europa casas antiguas, escasamente rehabilitadas cuando menos en su distribución básica, en las que se pueden reconocer las consecuencias de este esquema. Mi abuela paterna vivía en una casa enorme de renta antigua de la plaza de Lugo; para que os hagáis una idea, me dicen que el dueño, tras su óbito, hizo cuatro apartamentos medianos con ella. A aquella casa, la recuerdo bien, se entraba por una puerta noble, accediendo a un amplísimo vestíbulo que se distribuía a dos zonas, a derecha, y a izquierda. A la derecha, la zona que daba a la plaza de Lugo, con su balconada y tal, se accedía a tres habitaciones de gran tamaño, claramente diseñadas para servir de tocador y vestidor para los dueños de la casa, salón de fumar y comedor, digamos, "públicos". A la izquierda, traspasando una puerta que estancaba esta zona del resto de la casa, se accedía a un pasillo que llevaba a los dormitorios, la cocina, un comedor pequeñito y una galería de estar más pequeña aun, que daba al patio de luces de la finca.

Esta distribución revela bien esta doble función de la casa decimonónica: un espacio público que es de todos los que te visitan; y un espacio privado (donde estaba el retrete) para el reposo único de la familia; y que, por su carácter privado, fue destinatario del inodoro, cuando éste se empezó a instalar. El comedor público de Emilio Castelar, célebre político republicano, tenía espacio para 14 personas; aunque Castelar no estaba casado, se llenaba todos los días. Era providencial en todo Madrid la fama de Castelar como auténtico gourmet (entre otras cosas, le explicó a los franceses las virtudes del pan con aceite de oliva), y todo el mundo sabía que recibía manjares de toda España que le enviaban sus correligionarios. Castelar tenía siempre la despensa llena, y, puesto que era un hombre del XIX, encontraba perfectamente normal que su casa, a las doce de la mañana, estuviese repleta de visitantes, catorce de los cuales se quedaban a comer.

Con la revolución industrial y sus avances, entre ellos algo tan tonto y aparentemente insulso como que haya en cada casa un caño con un mando que, convenientemente accionado, hace manar el agua, la mierda desaparece de la calle porque las personas ya no tienen que salir de casa para fabricarla. Ahora disponen de un adminí-culo con agua corriente que les permite realizar ese acto en el hogar sin las molestias inherentes al pasado, que les hacían acopiarlo en vacinillas y tirarlo a la calle por la ventana. Pero hasta que esto pasó, y esto es lo importante, el ser humano convivió estrechamente con sus deyecciones, ergo con toda la caterva de seres vivos, de diferente tamaño, que se asocian a su presencia y putrefacción. Antes, como muy pronto, de 1850, es muy difícil imaginar a nadie que viviese normalmente a menos de diez metros de un cagarro. Y, aunque lo consiguiese, el agua que bebía, la comida que comía, las ropas que llevaba, difícilmente se habrían sustraído a la influencia de aquel mundo, literalmente, de mierda.

Otro elemento enormente beneficioso para todo tipo de agentes patógenos, ligado al desarrollo humano, fue la creación de graneros, fundamentales para el agricultor. Inmediatamente atrajeron animalitos traicioneros, bichos y roedores, que cagaban (y cagan) y meaban (mean) en la comida que luego deglutiremos, dejándole su impronta.

Los animales domésticos o de ganadería nos aportaron también buena parte de los gusanitos que hoy están acostumbrados a residir dentro de nuestro cuerpo, como las largas lombrices intestinales. Otros gusanos nos han colonizado gracias a la agricultura de regadío, por ejemplo los arrozales. Han entrado en nosotros a través de los pies de nuestros abuelos, que trabajaron descalzos en aquellas albuferas.

En las zonas cálidas de la Tierra, el hombre agricultor comenzó a talar bosques para plantar, creando con ello charcas de agua cálida y estancada... Voilá, le paludisme!

Como ya se ha explicado, más o menos, el viaje de nuestros colonizadores hacia nuestro cuerpo tiene dos vías fundamentales: el contacto directo, para el cual fue fundamental que comenzásemos a convivir con (otros) animales; y el contacto con cosas que metemos en nuestro cuerpo, o sea el agua y la comida. Por esto último, me gustaría terminar este comentario de hoy rompiendo una lanza por la química.

Vivimos tiempos en los que lo natural o ecológico mola que lo flipas. A mi, la verdad, el argumento de que algo es natural nunca lo he entendido. El curare, el arsénico y un montón de especies de setas son naturales que lo flipas, pero nadie en su sano juicio los debería consumir incontroladamente. Además, cualquier persona que se acerque a los libros de Historia comprobará fácilmente que, como aquí se ha contado muy brevemente, en los tiempos en los que el hombre sólo tomaba alimentos naturales, su mortandad era elevadísima.

La química tiene mucho que ver con el hecho de que muchas de estas cosas sean para nosotros, hoy, curiosidades del pasado. La química es la responsable de que hoy podamos beber el agua del grifo, a pesar de que no pocas veces ha podido estar, en algún momento, en lugares o situaciones no muy sanas, precisamente. La química es la responsable de que nos expongamos apenas a los riesgos de la alimentación en mal estado, o de comer productos colonizados previamente por bichitos parecidos a los que nos colonizan a nosotros. Yo, sinceramente, no acabo de entender que la gente diga que prefiere no tomar cosas que han recibido tratamiento con pesticidas. ¿Querrá eso decir que les gusta comer alimentos apestados?

Gracias a la química, esa casa de huéspedes que somos nosotros mismos tiene hoy bastantes menos realquilados que hace cien o doscientos años. Al César, lo que es del César.