martes, abril 24, 2012

Quo vadis, euro?

La Unión Económica y Monetaria la inventó un señor llamado Jacques Delors. Un político bastante mediocre que fue nombrado ministro de Economía en Francia un año antes de la primera llegada al poder del PSOE mediante unas elecciones (en la II República  nunca ostentó la presidencia del Consejo de Ministros, así pues todos sus gobiernos se produjeron en tiempo de guerra); y, por lo tanto, es el gran implantador de la política económica de la era Mitterrand, que dejó Francia para las mulillas. Como desde que existe la Comunidad Económica Europea, Bruselas se usa como plaza de segunda para llevar allí a los desechos de tienta que no valen para la lidia de verdad, que son las economías nacionales, allá que lo mandaron su Président, bastante acostumbrado a echarle la culpa a todo Dios menos a él de sus errores; y Helmut Kohl, a quien su colega de París le metió un gol de puta madre.

Al frente de la Comisión y, last but not least, en su vida posterior de Asesor Áulico del Mundo, o sea en plan ex político tirando con la pólvora del Imperio, Delors se convierte en el gran teórico de la Unión Económica y Monetaria o UEM, que se basa en dos grandes pilares: uno, la reforma constitucional de la CE, que se convierte en una Unión Europea y pasa a funcionar, tras el tratado de Mastrique, de una forma algo más ágil; dos, el proceso de convergencia norminal, por el cual todas las economías europeas que lo deseasen se acercarían entre sí cumpliendo tres criterios: inflación, deuda y déficit. Una convergencia nominal, pues, que se suponía, en los apresurados análisis delorsianos, que los países que cumpliesen esas tres condiciones serían suficientemente homogéneos para poder soportar mancomunadamente una sola moneda única. Sabido es que, desde Bretton Woods, el subyacente de la moneda ya no es ningún elemento físico, como lo fue el oro, sino las propias economías que emiten dicha moneda. La UEM es como una unificación monetaria con patrón oro existente en el que los países se pusiesen de acuerdo en que las reservas de unos y otros países, a pesar de estar constituidas en oro de distintos quilates, tienen un valor unitario más o menos equivalente. O, más a lo bruto: como si diez amigos formasen una empresa de alquiler de coches aportando sus vehículos, partiendo de la base de que, siendo todos los vehículos monovolumen, y habiendo sido matriculados todos más o menos en el mismo plazo temporal (por ejemplo, dos años), se asume que valen más o menos lo mismo.

Que hubo un aviso, lo hubo. La UEM tenía otra precondición, que era formar parte del Sistema Monetario Europeo, un sistema de disciplina cambiaria por el cual las monedas que formasen parte del mismo se comprometían a fluctuar dentro de una banda estrecha respecto de un tipo central. En consecuencia, caso de salirse la moneda por arriba (excesiva apreciación) o por abajo (excesiva depreciación), los gobiernos se comprometían a tomar las políticas que fuesen necesarias, y los bancos centrales a intervenir en los mercados comprando y vendiendo lo que también hiciese falta.

El SME fue un aviso porque, ya en los ochenta, dejó claro un elemento importante: los países utilizaban las normas, las retorcían, en su propio beneficio. La UEM era un ejercicio de bona fides que, por lo tanto, presuponía que todos cumplirían las reglas sin engañar; pero no fue así. Un caso fuimos nosotros, los españoles, que en los ochenta metimos la pela en el SME a un tipo de cambio excesivamente alto. Los tipos de interés estaban disparados, el crédito también, y el gobierno necesitaba que invertir en pesetas fuese un poquito menos atractivo, así pues encareció la operación por esta vía. Como quiera que no fuimos los únicos que utilizamos los tipos centrales del SME, mecanismo europeo, para resolver problemas internos, a principios de los años noventa, empezando por algunas divisas escandinavas, el momio petó. Una de las coronas norteñas, ahora mismo no me acuerdo pero juraría que fue la sueca, decidió que ya estaba bien de meterle inyecciones de dopamina al zombie para que siguiese trastabillándose, y decidió dejar su moneda en free float. A este signo de debilidad, que no fue contestado, en primera instancia, por una acción coordinada de los bancos centrales que dejase claro que Europa estaba dispuesta a dejarse las pestañas defendiendo sus relaciones de cambio, se siguió la típica espiral especuladora que acaba teniendo la culpa de todo en las mentes de tanta gente, que no se da cuenta de que el que roba en una tienda porque se la encuentra vacía y con la puerta abierta, ladrón es, desde luego; pero no es el iniciador de la cosa.

John Major se apresuró a sacar la estérlin del SME. Las acciones del pérfido inglés siempre señalan lo que toda rata haría en situación análoga, y de ellas cabría aprender. No obstante, Europa permaneció impasible el alemán. Lo cual, aparte de un juego de palabras tonto, también tiene su significado. Porque una de las razones de la crisis monetaria de principios de los noventa fue que Alemania, como es bien sabido, se había reunificado en los noventa.

En efecto: Alemania era una de nuevo, o como quizás había sido siempre, pues no sé si sabéis que en la antigua RFA hay periódicos que, durante cuatro décadas, jamás utilizaron la expresión "República Democrática de Alemania", porque para ellos no existían dos alemanias. Esta unificación, lo recordaréis los más provectos, se hizo en plan regalo de Navidad. No sólo los alemanes del Berlín Este que, los primeros días, cruzaron la Puerta de Brandenburgo, fueron obsequiados con dinero contante y sonante para que lo gastasen im Paradies; sino que, más adelante, recibieron el más valioso regalo aún de la equivalencia 1:1 entre marcos del Oeste y marcos del Este. La cotización realista era, mutatis mutandis, de 1:10.

Imagínate, lector que cada mes recibes de tu empleador unos 1.000 euros, que, de la noche a la mañana, éste fuese y te pagase 10.000. ¿Qué harías? No, no respondas, que es muy obvio. Si te van los libros, te irías a una librería y te comprarías un facsímil carísimo del Libro de Horas medieval conocido como Biblia Rajoyensis. Si te van los coches, te comprarías ese descapotable que te mola, en plan segundo vehículo para, que se decía antes en España, hacer señor. Si te van los videojuegos, te comprarías una Neuroconsola Trifásica Experimental con conexiones sinápticas autocoordinadas.

El tipo de cambio de la unificación multiplicó artificialmente la masa monetaria alemana, generando unas tensiones inflacionarias brutales. La respuestas del Bundesbank, banco central teutón con altísimos niveles de autonomía (es mi opinión que el presidente del Bundesbank es más independiente del canciller alemán de lo que lo es Artur Mas de Mariano  Rajoy, por ejemplo), respondió calentando su tipo lombardo de referencia. Lo cual, en un sistema en el que el resto de monedas no podían mover su relación de cambio más que estrechamente, suponía que el resto de Europa se veía impelida a comprar masa monetaria alemana, importando inflación. Dicho de otra forma: Alemania se reunificó a costa de los equilibrios macroeconómicos de sus socios; y, no por casualidad, el rosario de devaluaciones del SME, que de hecho acabaron con él (se acabó acordando una banda de fluctuación tan generosa que ni era banda ni una mierda), comenzó el día que el Bundesbank desmintió las predicciones del mercado en lo que a la relajación de sus tipos se refiere.

Esto es, pues, la Unión Económica y Monetaria:

1) La clara percepción de que las economías locales no trabajan para Europa, sino que hacen trabajar a Europa en su propio beneficio.

2) La evidencia de que la primera que hace eso cuando le conviene es la economía directora, que es Alemania.

3) La consecuencia de que, así las cosas, una economía que es fundamental para construir una Europa realmente fuerte, la Yunaiti Kindon, se ponga de perfil, claramente temerosa de que asociarse con estos pollos a fondo se pueda llevar por delante su posición mundial como plaza financiera.

4) La instrumentación de una convergencia formal que, teniendo en cuenta el punto 1), muchos cumplirán tan sólo formalmente (remember Greece...)

5) La existencia, en el plano real, de diferencias enormes y de gran calado entre economías, que hace que en unas parcelas del autobús del euro los asientos estén limpios y huelan a ozonopino y en otros haya hasta chinches viviendo entre la gomaespuma.

Last but not least, el euro conviene enormemente a sus dos principales impulsores, que son Jacques Chirac y Helmut Kohl. El canciller alemán ya ha decidido, a principios de los noventa, que la UE será ampliada. En realidad, le importa tres cojones que los países candidatos estén poco menos que desmantelados después de cinco décadas de leninismo, que han demostrado la gran veracidad de esa frase que dice que una sardina es una ballena que ha pasado por todas las etapas del socialismo científico, menos la última (o sea, la que nunca llega; la que según Ceaucescu llegaría creo que en el 2040, y según la nomenklatura breznevita, en 1980). Todo eso, digo, le importa poco, porque lo que quiere Kohl es una moneda única, una referencia-dólar europea, que sea el solado de la vía de colonización económica de sus mercados naturales. Hitler utilizó las Panzerdivisionen y se equivocó; es considerablemente más barato, y efectivo, usar el Deutsche Bank. En lugar de gasear a los hebreos, hagamos lo que ellos, sólo que mejor.

Con todo, es a Chirac, ese político todo honradez y eficacia, a quien más le conviene la historia, porque si hay un país que se ha descabalgado del podio de la competitividad global (económica, social, intelectual, cultural, lingüística) en los últimos cien años, ése es Francia. Quien reparte hostias no hace sino demostrar su debilidad y, si nos paramos a mirarlo, Francia lleva décadas dándose de hostias con todo Dios, desde los huertanos murcianos hasta los pescadores de Cornualles. A todo le tienen miedo porque en todas las mesas de ping-pong les baten tipos que hace ochenta años no sabían ni coger una raqueta con la mano. Francia tiene una función pública ineficiente, un Estado del Bienestar carísimo, unas tensiones territoriales que su jacobinismo genético le impide reconocer, un sector productivo excesivamente intervenido y, para colmo, el tipo que les iba a sacar de ésta es un follador compulsivo que bastante tiene con que los jueces no le metan en Sing-Sing. En tales circunstancias, a Francia le viene de coña meter a sus competidores en su mismo club, impidiéndoles que puedan realizar devaluaciones competitivas. Ergo, euro.

El euro tenía que nacer. A pesar del enorme escepticismo, obviamente nunca confesado, con que fue recibido en Washington, donde cada vez que los mercados europeos se brotan ocurre lo de Qué bello es vivir: suenan unas campanitas y alguien, estadounidense por supuesto, se gana sus alas. A pesar de que la convergencia nominal era un temita más que discutible. A pesar de que los pocos referenda realizados dejaron claro que la masa europea no lo tenía demasiado claro, salvo en países que, como España, han pasado tantos años llamando a la puerta de Europa y soñando con sus tierras que manaban leche y miel, que el euroescepticismo es poco menos que una herejía.



En estas condiciones, ¿adónde va el euro? Pues, en mi opinión, a uno de los caminos: a la mierda, o al cuartel.

La primera hipótesis no creo que haya que explicarla mucho. El euro se romperá el día que a alguna de sus economías fundamentales, igual que le vino de coña crearlo, le venga de coña romperlo. Esto, de momento, no está tan claro que le convenga ni a Alemania ni a Francia, porque las razones estructurales que llevaron a ambos países a impulsar el proceso siguen ahí, y no se han perfeccionado: ni Alemania ha terminado su invasión oriental, ni Francia ha avanzado significativamente en su recuperación como potencia real. Especialmente, para mí que Francia no está en absoluto interesada en romper el euro, como no lo está ninguna de las economías (como la nuestra) que se pueden considerar economías con tendencia a la depreciación. Fuere por la relación de cambio, fuere por la reacción monetaria a la inflación provocada por dicha depreciación, lo cierto es que las devaluaciones son fábricas de pobreza para la población interior; especialmente la población endeudada. A nosotros los españoles, si saliésemos del euro o nos echasen, esos 50.000 deshauciados al año por no poder pagar la hipoteca nos iban a parecer un chollo. La suerte de la sociedad francesa, con su deuda pública en el punto de mira de los rating, no iba a ser muy distinta.

Alemania, por su parte, está financiando sus cuentas públicas casi a coste cero y, manteniendo el euro, evita que otros puedan deteriorar su balanza de pagos, algo que impediría de hecho mantener esta situación. Ciertamente, hay competidores que se la traen floja, como Grecia; pero hacer que España volviese a la peseta serían, para ella, palabras mayores: un mes mas tarde, por cada pieza de recambio que la Volkswagen decidiese fabricar en Alemania, estaría perdiendo pasta, porque en la Zona Franca de Barcelona, los catalanes estarían en condiciones de fabricarla con iguales o mejores estándares de calidad y, de repente, cojonudamente más barata.

Así pues, si la UE aguanta (lo cual es lo mismo que decir si la situación alcanza los adecuados niveles de desesperación; algo cuya llegada pueden estar señalando indicios como la dimisión ayer del primer ministro holandés), la solución es el cuartel: más euro, más UE, más unificación. Unificación real. O sea, la frase reciente del ministro De Guindos, alias Gárgamel, a Artur Mas: como vengan otros a hacer el Presupuesto del Estado, te vas a enterar tú de lo que es un pepino madurito presionando tu esfínter.

Y aquí está la clave, el gran problema: la soberanía. La soberanía, primero que todo, de los Estados. Pero, también, de los elementos dentro del Estado, como las comunidades autónomas, las regiones, los länder, las políticas en favor de determinado tipo de trabajadores, etc. La única forma de que el euro sobreviva fuerte es que sea una moneda seria y que, por lo tanto, en todas las esquinas de su economía las cosas no sólo sean parecidas (Unión Económica y Monetaria) sino que se hagan de parecida manera; lo que se llama, pues, unificación fiscal.

A mi modo de ver, lo que está cotizando en las primas de riesgo europeas no es, o no es sólo o, mejor, no es principalmente, la incapacidad de desarrollar las economías de que se trate. Lo que está cotizando es la incapacidad de la Unión Europea de poner orden en la casa. La única forma de parar esto es que Bruselas demuestre que sabe dar puñetazos sobre la mesa, y los Estados miembros demuestren que saben respetar esos puñetazos.

Pero eso, claro, supone hacer que los políticos hagan menos política. Y los hechos demuestran, bien a las claras, que los únicos alcohólicos que dejan de beber son aquéllos que son bien conscientes del daño que se están haciendo.

Y está, por último, la reacción de la sociedad. Porque que la sociedad europea lleva desde la Gran Guerra viviendo tendencias centrífugas. El final de la primera guerra mundial certificó un proceso que había empezado a mediados del siglo XIX, con la revolución de 1848, el Manifiesto Comunista, la desaparición del crédito universal de la Iglesia católica, y otras tantas cositas. La rapidísima evolución de la sociedad europea hizo imposible, en el espacio de poco más de cincuenta años, el universo de Metternicht, donde grandes carriers multinacionales conformaban un mundo sencillo de entender, formado por muy pocas unidades (imperios) con un concepto colonial de vida: colonial hacia afuera (me quedo con África, y al negro que lo jodan) y colonial hacia dentro (yo gobierno, y al que no le guste que lo jodan como al negro de África).

La pregunta, que quizá respondan los politólogos e historiadores del siglo XXIII, es en qué medida este fenómeno hace crisis. Porque todos los fenómenos hacen crisis; no hay un movimiento que se pueda mantener eternamente. Es obvio que las tendencias centrífugas alcanzan un punto de equilibrio (de máxima utilidad marginal, en términos microeconómicos), lo sobrepasan, y comienzan a tener utilidades marginales, primero menores, y luego negativas. Es lo que en economía se suele explicar con el ejemplo de los bombones: el primero te sabe a gloria, el segundo incluso mejor...; pero cuando vas por el bombón 27, o eres un adicto, o estás deseando que al que inventó los bombones le grapen el escroto a la oreja derecha.

Llevamos centrifugando Europa unos 150 años, y la pregunta es si esta crisis es la dramática, dolorosa expresión de un cambio de dirección de la dinámica. Si es así, desde luego, el proceso de cambio, el proceso por el que pasamos a ser centrípetos y a tender a la centralización again, no va a estar exento de dilataciones, y dolores mil.