lunes, abril 30, 2012

Kurdos


El imperio otomano podría considerarse una de las mayores, si no la mayor, irregularidad de la Historia moderna, a juzgar por los muchos problemas que a la postre creó desapareciendo.

Ciertamente, todos los imperios de gran tamaño que un día dejan de serlo legan en herencia al mundo un rosario de enfrentamientos, traiciones y acciones disolventes; eso lo saben bien los herederos de Alejandro, o los últimos emperadores romanos. Son, tal vez, los chinos los únicos que han conseguido desmantelar su imperio sin perder la cohesión territorial y social; aunque eso lo hicieron, en buena parte, a base de sustituir un imperio por otro.

Una de las consecuencias terribles del desmantelamiento del imperio turco es la cuestión kurda; la cual, pese a encontrarse actualmente algo más, digamos, solucionada, sigue siendo un elemento desequilibrante de primer nivel en el Oriente Medio.

La minoría racial kurda es considerada la mayor de las existentes en el mundo que carece de un Estado propio. Su “nación” se extiende por territorios situados en las actuales Turquía, Irán, Irak, Siria y la antigua URSS (sobre todo, Azerbaiyán). Aunque también hay comunidades kurdas, que han tenido su importancia, en Jordania, Líbano, Yemen, Afganistán, Pakistán y Europa, en una situación genérica que se parece mucho, o más bien muchísimo, a la diáspora palestina. Los kurdos, sin embargo, históricamente han cometido el error de no meterse con un pueblo en el punto de mira de la opinión pública occidental, como el de Israel. Esto los ha convertido en palestinos de baja intensidad.

Los kurdos son considerados originarios de cierta mezcla de etnias arias en el norte de Mesopotamia. Los arqueólogos, hasta donde yo sé, han podido datar la presencia kurda en sus tierras aproximadamente 2.500 años antes de Jesucristo. En el llamado desfiladero de Derbendigaver, por ejemplo, se han encontrado unas inscripciones que relatan guerras entre kurdos y acadios; lo que demuestra que los kurdos de entonces no eran muy listos seleccionando enemigos, pues pocos cabrones había en la zona más cabrones que los acadios. De los kardoka habla Xenofonte en su Anábasis, relatando que eran excelentes jinetes.

Cuando, allá por el 614 antes de Jesucristo, el rey medo Ciaxares arrasa Assur, mandando a tomar por culo a los asirios y su política de dominación esclavista sobre el resto de los pueblos mesopotámicos, los kurdos forman parte de la alianza ganadora. La interpenetración entre kurdos y medos hizo que cuando algunas de las tribus de éstos últimos se hicieron mazdeístas, los kurdos se convirtiesen también en adoradores de Zoroastro. Aunque no pocos de los kurdos desarrollaron otra creencia, preislámica, conocida como yazidismo. Una creencia que ha dado para mucho en los discos duros de los polla-escritores históricos, que alguna vez han hecho juegos malabares con estos kurdos llamados “adoradores del diablo”, no creo yo que con mucha base. El yazidismo creía en la existencia de siete ángeles custodios del mundo (supongo que no habrá un solo católico que se atreverá a levantar la mano y decir que creer esto es una chorrada), de los cuales el principal, Melek Taus, también llamado Shaytán, ha sido identificado con Satán. Identificación que tampoco está tan clara, la verdad.

Toda esta libertad religiosa quedó bastante más que en entredicho con la llegada de las siempre democráticas mesnadas mahometanas. Los hombres del Islam se apiolaron a los relapsos, quemaron sus templos, e hicieron todo lo necesario para convencer a los kurdos de que debían abrazar la religión verdadera; cosa que ellos hicieron en buena medida, claro.

Kurdo era el joven Ziryab, mosulense de toda la vida, que llegó a formar parte de la corte bagdadí de Harum al Rachid, pero que fue rápidamente fichado por Abderramán II, quien se lo trajo a Córdoba, donde Ziryab, que por encima de todo era músico, fundó el primer conservatorio de música de nuestra Historia; conservatorio donde comenzaron a escucharse las armonías orientales que hoy en día brotan, en cualquier disco, de la garganta de Camarón de Isla y Enrique Morente, o de los dedos de Paco de Lucía.

Kurdo era el mayor general musulmán de la Historia, Saladino, el hombre que consiguió parar a los franj, como ellos llamaban a los cruzados (obviamente, trataban, sin éxito, de pronunciar la palabra “franco”) y los derrotó sin paliativos, merced a sus mejores tácticas, así como otras cosas sin importancia, como que la costumbre musulmana de lavarse tres veces al día para rezar tuvo como consecuencia de las mesnadas islámicas tuviesen muchas menos epidemias que los cruzados, los cuales, por mucho que sudasen dentro de sus lorigas, no se bañaban nada más que de vez en cuando, convirtiendo sus cuerpos en una especie de Marina d’Or pulguera, piojera y chinchera.

Saladino, que tan bueno fue para los musulmanes en general fue, sin embargo, bastante mal estadista para los kurdos, pues no creó una nación cohesionada. Los kurdos siguieron siendo pueblos unidos por una lengua, una cultura y unas tradiciones, pero divididos en pequeños reinos feudales. Cerca de ellos, sin embargo, medraban los mamelucos en las armadas árabes, proceso que se combinó con la emigración masiva de los turcomanos, empujados por la marea mongol, cohesionando el proyecto de un imperio otomano.

De forma un tanto inexplicable (pero sólo un tanto, pues hasta el muy cristiano Rodrigo Díaz de Vivar ofreció su espada a señores caldeos), los kurdos engrosaron las tropas del sultán turco Selim quien, el 23 de agosto de 1514, frenó la expansión hacia el Oeste de los persas, lo que acabaría provocando el dibujo de las actuales fronteras entre Turquía e Irán, es decir la primera división seria de los kurdos entre dos naciones.

A principios del siglo XIX, el sultán otomano Magmud II inicia una política centralizadora que compromete el poder de los señores feudales kurdos. Con consecuencia de ello, se producirán las sublevaciones kurdas de Abdulrrahmán Pachá (1806); Mir Mohamed, algunos años más tarde hasta su asesinato en 1837; Yezdan Sher (1855); y, finalmente, Obeidullah, en 1880.

El imperio turco, en todo caso, da la vuelta al siglo en medio de muchas más revueltas nacionalistas, no sólo kurdas, sino también albanesas, griegas o armenias. Todo esto hará crisis en la Gran Guerra, que los turcos pierden por haberse aliado con Alemania.

En el Tratado de Mudros, 30 de enero de 1918, desparece el imperio otomano. La Turquía superviviente, apenas Anatolia, es obligada en el Tratado de Sèvres a aceptar la autodeterminación de Armenia y el Kurdistán. Los kurdos, pues, rozan la independencia; pero no la conseguirán porque el Tratado nunca se aplicará pues, en Turquía, todo cambia radicalmente con la revolución liderada por el joven militar Mustafá Kemal, Atatürk o padre de los turcos, quien se las arregla para expulsar a los dominadores extranjeros de su país y convence a los armenios de que se olviden de sus sueños independentistas mediante la realización de uno de los genocidios más vastos y bastos del siglo XX.

En 1923, Tratado de Lausana, Kemal fuerza la vuelta atrás de las condiciones de Sèvres; un año más tarde, funda la República Turca, de carácter nacionalista, hasta el punto de eliminar los restos de cultura árabe en el país y declarar el Estado no musulmán. Además, Kemal prohíbe a los kurdos residentes en su país cualquier expresión de su cultura y su lengua, y reprime con gran violencia las revueltas que se producen. En Turquía se dejan de editar mapas donde siquiera aparezca el Kurdistán.

En aquellos años y en el Kurdistán mosulí, situado fundamentalmente en el norte de Iraq, se descubrieron importantes yacimientos de petróleo. Esto, inmediatamente, hace que las potencias europeas recuperen un interés por esta zona que antes no tenían y, así, en el 1920, Gran Bretaña y Francia firman el acuerdo de San Remo, por el cual crean el fistro de Estado iraquí bajo su control. Ingleses, franceses y estadounidenses serán socios en la extracción de petróleo en la zona de Mosul.

Las sublevaciones kurdas reclamando el cumplimiento de las viejas promesas de la posguerra mundial son reprimidas. Igual destino viven los kurdos iraníes, perseguidos por el sha Reza Kahn.
En 1945 se crea, en Irán, el primer Partido Demócrata del Kurdistán, PDK, es decir la primera formación política organizada en defensa de los intereses nacionalistas kurdos. Es un movimiento que aprovecha la segunda posguerra mundial, y que da un paso más con la fundación de la denominada República de Mahabad, bajo la dirección del líder del PDK, Qazi Mohamed, así como, indirectamente, de la familia Barzani, venida desde Iraq.

Sin embargo, Mahabad durará apenas un año. La URSS, en cumplimiento de las previsiones de Yalta y otras conferencias, abandona el norte de Irán, con lo que el país queda en manos del Sha, para entonces aliado ya de Estados Unidos, el cual unifica la nación bajo su gobierno, eliminando el proyecto independentista kurdo. El 30 de marzo de 1947, muchos de los dirigentes de la efímera república, entre ellos su primer ministro, son ahorcados.

El líder kurdo Barzani será el único cabecilla importante que logrará huir de la represión producida con la caída de la República de Mahabad. Se refugia en la URSS donde permanece hasta 1958, cuando la monarquía feisalí de Iraq cae tras la revolución de Kassem. Sin embargo, tres años más tarde, ante la política iraquí de no reconocer los derechos del pueblo kurdo, Barzani volverá a la clandestinidad y al enfrentamiento.

En los últimos años del shanato proamericano en Irán, este país y Estados Unidos se convertirán en los grandes valedores del movimiento kurdo, no desde luego por convicción moral alguna, sino para así debilitar la posición de Sadam Husein en el interior de Iraq. Sin embargo, Husein capeará muy bien el temporal con el acuerdo alcanzando con su vecino persa relativo al uso del estuario de Chat-el-Arab, que supondrá el fin de la ayuda iraní a los kurdos. A partir de ahí, el dictador iraquí se aplicará contra los kurdos con una crueldad genocida, con episodios repugnantes como el bombardeo de la ciudad de Halabja con armas químicas, que produjo 5.000 muertes. En agosto de 1988, con el fin de la guerra con Irán, el régimen iraquí intensifica sus acciones represoras, causando un movimiento de centenares de miles de refugiados.

En Irán no le fue mejor. El PDK, dirigido por Abdulrahman Gasemlu, fue una de las formaciones que apoyó la revolución de los ayatolás; sin embargo, una vez llegado Jomeini al poder, la cúpula religiosa shií se olvidó muy rápidamente de aquel apoyo, con lo que los kurdos acabaron guerreando con los guardianes de la revolución. En Turquía, la fuerte implantación del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) ha generado diversos problemas al Estado, el cual, pese a considerar a los dirigentes del PKK meros terroristas, ha tenido que dar pasos liberalizadores, con un ojo puesto en su candidatura al ingreso en la Unión Europea.

Tras la segunda guerra del golfo y la caída de Sadam Husein, la situación de los kurdos se ha normalizado significativamente. Tienen representatividad en el Estado iraquí y determinados grados de autonomía. En Turquía, como ya hemos dicho, han visto cómo la lengua y cultura kurdas salían de la caverna de la prohibición. Sin embargo, a mi modo de ver el problema kurdo está lejos de haberse resuelto.

Como ya he dicho, sorprende bastante que la reivindicación kurda, que histórica, cultural y numéricamente es tan importante como lo pueda ser la palestina, tenga escasos adeptos en el mundo occidental, el cual, en términos generales, desconoce por completo o casi por completo el problema kurdo.

El problema kurdo es, en sí, muy complejo. Primero porque afecta no a uno, sino a varios países: Turquía, Siria, Irán, Iraq; como poco. Segundo, porque la propia actuación de los kurdos tampoco es del todo defendible. No sólo han respondido, en ocasiones, a la represión con terrorismo, como hizo el PKK en su etapa más radical; es que, además, los kurdos son beneficiarios del genocidio armenio, pues parte de sus tierras fueron ganadas gracias al mismo, bien aprovechando las muertes causadas por los turcos; bien llevándolas a cabo ellos mismos. Por lo tanto, en un entorno de reclamación de derechos históricos, tal vez, al minuto siguiente de reclamar los kurdos algunos de sus territorios, se encontrarían con que los armenios también los reclamasen.

Las guerras de Iraq han cambiado los hechos, otorgando a los kurdos un poder federal, pero están lejos de haber resuelto el problema. El Estado iraquí es un Estado débil. Y, en otros países, la cuestión kurda sigue pendiente.

A veces, verdaderamente, da la impresión de que la cuestión kurda es algo así como el resultado del compendio de todos los errores que el hombre, kurdos incluidos, ha conseguido cometer a lo largo de la Historia.