miércoles, febrero 22, 2012

Un escalón en la creación de España


Durante lo que habitualmente conocemos como Baja Edad Media, Europa dilata. Cada vez en periodos más cortos y de forma más violenta. Finalmente, se produce el alumbramiento; un alumbramiento enormemente doloroso y en el que se acumulan toneladas de sangre y que, desde mediados del siglo XIX, conocemos como Guerra de los Cien Años, la primera auténtica guerra europea que registra nuestra Historia. La Guerra de los Cien Años es un enfrentamiento bélico intermitente cuyos principales protagonistas son Inglaterra y Francia; sin embargo, de una forma o de otra, implica a todos los países de Europa y, además, como fenómeno que es de madurez de las monarquías frente al poder feudal que identifica los tiempos medievales, en realidad es el proceso más, por así decirlo, visible, de una serie de procesos en todos los países que avanzan en una dirección parecida.

España no es una excepción. El tiempo de la Guerra de los Cien Años viene a coincidir con nuestro propio tiempo bélico; una guerra en la que se ventilará, en buena medida, la relación de fuerzas entre las coronas de Castilla y Aragón que acabará decretando, pocas décadas después, cierta dependencia de ésta respecto de aquélla, comenzando con ello el proyecto de la nación española. Pero esta dinámica no es ni fácil ni incruenta. Es, como casi siempre, una guerra. La guerra entre los dos Pedros: el Cruel, en Castilla; y el Ceremonioso, en Aragón.

Alfonso IV, rey de Aragón, conocido como El Benigno, casó en segundas nupcias con Leonor de Castilla, que aportaba al matrimonio, como en la serie Los Serrano, hijos ya bastante maduros. Leonor ambicionaba para sus vástagos un papel de árbitros en la política peninsular, razón por la cual, a base de presiones y zalamerías sabiamente administradas, fue arrancando de su marido sabrosas donaciones para ellos, especialmente para el mayor, Fernando. De hecho, el rey Alfonso convirtió a Fernando en poco más que una especie de rey de Valencia, si tal cosa existiese, pues le cedió terrenos amplísimos en dicha demarcación. Lo que no sabemos, a día de hoy, es si Fernando se pagaba sus trajes.

La hostilidad de Pedro, el heredero de la corona maña, hacia los apliques entre su padre y su madrastra, debía ser bastante obvio, porque Leonor y su prole, nada más enfermar el rey, se refugiaron ipso facto en Castilla. El rey castellano Pedro I los recibió con los brazos abiertos, aunque ni los respetaba ni en realidad tenía planes para ellos; en su mente, el infante Fernando traía consigo tierras que él ambicionaba, tales como Alicante, Orihuela o Játiva.

Pedro I había llegado a rey con 16 años, tras la muerte de su padre Alfonso XI. Todo nos hace indicar que era persona de escaso miedo y bastante falta de escrúpulos; condiciones que le vinieron muy bien para ser rey de una nación en la que las revueltas nobiliarias eran frecuentes y, además, existían alternativas a su persona en la de los hermanastros bastardos del rey, sobre todo Enrique de Trastámara. Prueba inequívoca de esa propensión a hacer lo que le daba la gana es el famoso episodio en el que el rey, apenas a los dos días de su boda con Blanca de Borbón, se empalma dubidú al ver a María de Padilla, y se va con ella.

El conflicto entre Castilla y Aragón tuvo desde el principio una importante implicación internacional, pues fue por proteger a un aliado histórico como Génova que Castilla inició las hostilidades. El navegante catalán Françesc de Perelló atacó dos embarcaciones aliadas de Génova en Sanlúcar de Barrameda; gesto que fue contestado por el rey castellano con el embargo de los bienes de todos los comerciantes catalanes residentes en Castilla (a tomar por culo el consumo de cava en las behetrías). En agosto de 1356, aduciendo este episodio y la huida de Leonor de Castilla entre otros temas, Pedro I le escribe a su homólogo aragonés una carta que termina d’aquí adelant no nos haiades por amigo. Pedro reunió a sus asesores y, tras largas discusiones, decidió aceptar el desafío y declarar, por su parte, la guerra.

La guerra entre Castilla y Aragón fue desde el principio una guerra sucia, pues ambas partes hicieron todo lo posible por atizar los problemas en el seno de su enemigo. El más hábil en este punto fue Pedro el Ceremonioso, quien rápidamente atrajo hacia su zona de influencia a Enrique de Trastámara y al infante Fernando. A finales de 1356, Enrique pasó a Aragón con sus mesnadas, que eran numerosas, atraído por una serie de promesas territoriales en varios puntos de la corona aragonesa. Asimismo, Pedro inició acercamientos hacia Fabrique y Tello, los dos hermanos de Enrique; y tramó un alianza secreta con nobles castellanos para apoyarlos en una rebelión en Andalucía a cambio de la cual Aragón recibiría Sevilla, Algeciras, Cádiz, Jaén y Tarifa; casi nada. El Ceremonioso, por lo tanto, tenía todo un plan para penetrar en el poder castellano por su trastienda. La movida, sin embargo, fracasó. Pedro I, además, incitó al infante Fernando, cabreado por la preferencia aragonesa por Enrique, a montar bulla dentro del reino enemigo.

En marzo de 1357, los ejércitos castellanos toman Tarazona, en medio de los intentos de Guillermo de la Jugue, legado pontificio, para negociar una paz. El rey aragonés presentó batalla en Magallón, pero el Cruel la rechazó. Finalmente, el papado forzó una tregua, que se hizo efectiva en mayo de aquel mismo año, por la cual los territorios invadidos por Castilla quedaban bajo custodia pontifical.

La tregua fue usada por ambos bandos para buscar aliados. Castilla buscó la amistad, fundamentalmente, de Inglaterra, mientras que Aragón consolidaba su relación con Navarra y alguno de los reinos musulmanes de la península. Sin embargo, la principal alianza fue la alcanzada entre El Ceremonioso y el infante Don Fernando, quien aceptó pasarse a Aragón para hacerle la guerra al castellano. Pedro I reaccionó muy violentamente, temeroso de que la defección de Fernando le crease una oposición interior. Puso en marcha la rueda de reprimir y se apioló a los críticos a cientos; entre ellos, a Fabrique, hermano de Enrique de Trastámara; y a Juan, hermano de Fernando. Al tercer Trastámara, Tello, lo buscó pero no lo encontró. Algo más tarde, fue Leonor de Castilla la asesinada, convirtiéndose con ello en una de las escasas mujeres de estirpe real (pregunta a mis lectores: ¿acaso la única?) muertas violentamente en nuestra Historia.

Los castellanos rebeldes realizaron una operación semi-coordinada de pinza. Enrique atacó por Soria y Fernando por Murcia. Pedro, mientras tanto, siguiendo su táctica habitual de rehuir en lo posible el combate ofrecido por el contrario, decidió cambiar el teatro del enfrentamiento. Así, aprovechando la condición de potencia naval de su aliado portugués, organizó una expedición por mar para pillar a los aragoneses por su culo. Lo intentó en Guardamar, sin suerte, pero con el tiempo la flota se consolidó, de modo que en junio de 1359 tenemos a la armada castellana en la bocana del puerto de Barcelona. Ciertamente, la expedición fracasó en el ataque a la ciudad y, tras diversas vicisitudes, acabó licenciando a los marinos en Cartagena; pero para los catalanes fue una mala noticia, pues les demostraba que Castilla, cosa que ellos no habían esperado, estaba en condiciones de hablarles de tú a tú en el Mare Nostrum.

En septiembre de ese mismo año, los castellanos son derrotados por Enrique de Trastámara cerca de Moncayo, en Araviana. Esta derrota enervó a Pedro I de tal manera que intensificó la represión de los elementos contrarios a él en Castilla, con asesinatos masivos que están en la base del sobrenombre con el que ha pasado a la Historia. Sin embargo, esta represión consiguió taponar la rebelión de la nobleza enriquista que se estaba preparando y, de hecho, hizo zozobrar la invasión de Castilla que éste preparaba. En abril de 1356, Pedro I había recuperado el resuello y derrotó a las tropas de Enrique en Nájera.

Una vez más cambian las tornas, y de tal forma que Pedro el Ceremonioso de repente pierde el culo por firmar una paz. Ya está a punto de hacerlo cuando una novedad le detiene: en el reino de Granada (que entonces abarca todo el sur y parte del centro de Andalucía), Mohamed VI, El Rey Bermejo, aragonesista hasta las cachas, le arrebata el poder a Mohamed V, aliado de los castellanos. Este cambio debilita notablemente la posición de Castilla, que es ahora la que corre para lograr una paz, que de hecho se firma en Deza-Terrer (mayo de 1361). Bajo los eternos auspicios del inevitable legado papal (en este caso, Guido de Bolonia), ambas partes se devuelven terrenos conquistados y prisioneros y se prometen amigos para siempre will you always be my friend. No obstante, Pedro I, como Vito Corleone, sólo estaba firmando una paz falsa y, de hecho, mientras abrazaba a sus hermanos castellanos y aragoneses, pensaba en la venganza; pocos meses después, Mohamed V recupera el poder en Granada con apoyo castellano, y es el propio Pedro I quien traspasa con su lanza, cual pincho moruno (broma cruel), al Rey Bermejo, en Tablada.

Cubiertas las espaldas, Pedro I invade Aragón, llegando hasta Calatayud, que sitia con éxito (por lo que se ve, de aquélla los calagurritanos todavía no eran lo suficientemente tercos…) Este movimiento pilló a Pedro el Ceremonioso sin pasta y sin tropas, pues las había licenciado. Es por ello que llama a Enrique de Trastámara y se echa en sus brazos. En las Cortes de Monzón, el hasta ahora resistente se ha convertido, sin ambages, en candidato al trono de Castilla, por encima de todos los demás. El Trastámara, pues, ganó la preminencia en el trono castellano gracias a su tropa de marines.

En 1363, Pedro I realiza una nueva campaña en Aragón que llega a amenazar Zaragoza; aunque luego vira hacia Levante, donde llega incluso a asediar Valencia. En lugar de presentar batalla a la oposición castellana que apoyaba a los aragoneses, se refugió en Murviedro donde, tras semanas de gestiones y cartas, se llegó a la paz de tal nombre, que establecía la entrega a Castilla de Calatayud, Tarazona y Teruel; condiciones que, de todas formas, nunca se cumplieron.

En el bando aragonés, aquella paz humillante afectó sobre todo a los castellanos que se habían refugiado en el Este de España por ser opositores a la política de Pedro I. La mayoría de esos castellanos en guerra con Castilla eran partidarios del infante Fernando, al que consideraban con más sólidas credenciales para ser rey de Castilla; y el apoyo decidido de Pedro el Ceremonioso a Enrique Trastámara les jodía. La bomba estalló cuando Fernando anunció su marcha a Francia con sus tropas. El rey aragonés trató de retenerlo y, cuando vio que no podía, solucionó el problema de forma categórica: lo hizo asesinar.

Hecho esto, Enrique de Trastámara tenía las manos desatadas para convertirse en el líder de la oposición castellana; y contaba, además, con la ventaja de que Aragón seguía necesitando sus tropas. Por ello, el bastardo inició una operación de limpieza de los partidarios de la paz con Castilla, especialmente el consejero del rey Bernat de Cabrera; quien primero fue convertido en súbdito de Navarra en el pacto entre dicha corona y Aragón (Tratado de Uncastillo, agosto de 1363): y después, tras un proceso por traición, ejecutado en Zaragoza.

A finales del mismo año de 1363, Castilla realizó una nueva campaña de invasión en tierras aragonesas, de modo que a principios de 1364 estaba de nuevo sitiando Valencia. El Ceremonioso contraatacó, obligando a los castellanos a abandonar el sitio y, posteriormente, comenzó a recuperar ciudades, mientras Pedro I se refugiaba en Murviedro.

Más o menos por aquel tiempo se produjo el hecho que habría de desequilibrar definitivamente la balanza de aquella guerra tan compleja: la entrada en Aragón de las llamadas compañías blancas, tropas mercenarias francas a la orden de Bertrán de Duguesclin. La implicación de Francia con infantería propia obligó a Pedro I a volver grupas hacia Castilla.

La entrada de Duglesclin, que se venía a combinar con la presencia en el ejército castellano del llamado Príncipe Negro (el delfín de la corona inglesa, llamado así por la color de su armadura), despeja toda duda que pudiera caber frente a quienes dudasen de que el episodio de la guerra entre los pedros fue, en realidad, uno más de los escenarios de lo que conocemos, desde mediados del siglo XIX, como Guerra de los Cien Años. Y también fue el punto culminante de la guerra civil castellana, pues lo que aquí hemos llamado guerra de los pedros es, en realidad, dos guerras: una, la de Castilla y Aragón, en la que se ventila la dominación en la península; y otra, entre Pedro I y el Trastámara, en la que se ventila el poder en Castilla.

Para entender la dedicación con que los franceses se aplicaron en apoyo de los aragoneses debemos de tener en cuenta que la primera mitad del siglo XIV, o sea los primeros actos de la Guerra de los Cien Años, no son sino un rosario de victorias inglesas, que varias veces provocaron el colapso de la caballería franca, que aún vivía en el pasado, bajo las flechas de sus compañías de arqueros. Todo eso había cristalizado en la paz de Brétigny, en la que Francia tuvo que aceptarlo todo menos que su rey tuviese que lamerle el culo al inglés cada mañana antes del desayuno.

Pero, más allá de la implicación internacional, lo que se produce en Castilla desde 1366 es una situación típica de guerra civil, es decir dos Españas, o mejor dos Castillas, enfrentadas frente a frente. Pedro I es el Ricardo II español (aunque no tuvo un Shakespeare que lo cantase en términos, la verdad, bastante poco históricos). Igual que el malhadado rey inglés poco tiempo después del que relatamos, Pedro es un rey que quiere serlo, que reclama para sí el poder absoluto que tendrán sus sucesores en el trono algunos siglos después, y que por lo tanto se cree con derecho para gobernar el país con la colaboración de su estrecha camarilla de amiguetes. Enrique de Trastámara, por su parte, acepta la jefatura del partido de los nobles de toda la vida, que quieren recuperar los tiempos pasados y probablemente por eso elijen a un descendiente de Alfonso XI. Facción enriqueña y nobiliaria le llama al partido Trastámara el medievalista Sánchez Albornoz.

A finales de 1365, notablemente reforzado con ese ejército de desharrapados y soldados de fortuna que se han quedado sin trabajo tras Brétigny, Enrique de Trastámara decide invadir Castilla. Entra por Cataluña, dejando tras de sí los relatos de los rosarios de violaciones, robos y destrozos causados por los franceses, que de toda la vida se han llevado con los catalanes como los catalanes creen que se llevan con ellos los españoles. Llegada la armada a Calahorra, y por presión de los capitanes extranjeros, Enrique se proclama rey de Castilla con el nombre de Enrique II. Fue coronado de nuevo semanas después, en Las Huelgas, tras el arrollador avance de norte a sur de sus tropas y la toma de Burgos. En mayo entra en Toledo y en junio en Sevilla, forzando la huida del rey Pedro a Portugal.
Pedro I, huido, se llegó a Bayona, entonces dominada por los ingleses. Allí le recibió el senescal de Aquitania, Thomas Felton, en nombre del Príncipe Negro. En septiembre de 1367, Pedro firma con Inglaterra el tratado de Libourne, en virtud del cual Londres le prestaba a Castilla los marines a cambio de que Castilla se deshiciese de Vizcaya y la villa de Castro Urdiales… ¿alguien se imagina a Bildu yendo a montarla a Westminster con pancartas de We are Basque, not British? Guipúzcoa, Treviño y Vitoria serían para el tercer firmante del acuerdo: Navarra.

Mientras el Príncipe Negro reclutaba unos 10.000 combatientes en Aquitania, en España, una parte relevante de las Compañías Blancas era licenciada, básicamente por los desafueros que seguían cometiendo allí donde iban. En enero de 1367, las tropas inglesas cruzaron la frontera navarra hasta San Juan de Pie de Puerto.  Entraron en Álava en marzo. El 3 de abril, en Nájera, las tropas de ambos bandos castellanos se enfrentaron. Fue una victoria sin paliativos de los ingleses, que casi lograron capturar a Enrique de Trastámara, quien hubo de huir a Francia a uña de caballo.

Dado que Pedro I, su sobrenombre lo deja claro, era propenso a la brutalidad, no le importó que las tropas anglo-gasconas que le habían dado la victoria en Nájera se desempeñasen en tierras de la actual comunidad autónoma riojana con una violencia similar a las compañías blancas. Lo cual no le ayudó precisamente a allegar partidarios en la guerra civil castellana.

En Francia, el huido Enrique estrecha lazos con los francos. En el tratado de Aigües-Mortes, agosto de 1367, el bastardo consigue una nueva ayuda militar. En paralelo, en el otro bando las cosas se ponen chungas pues, cuando el inglés se quita la armadura negra y reclama su soberanía sobre los vizcaínos, Pedro va y dice que va a ser que no, que es que se pasó de frenada, que si tal, que si pascual. El mismo mes de agosto que el Trastámara estaba reclutando los soldados franceses, el Príncipe Negro abandona Castilla. En septiembre, tras la entrada de Enrique en tierras castellanas por Calahorra, el Cruel se da cuenta de la capullada que ha hecho tangando al heredero de la corona inglesa, y trata de atraerlo de nuevo para su causa. Pero el Príncipe Negro no era persona a la que se pudiese sacar dos veces a la pista a bailar el mismo vals. Como resultado de la situación, Enrique barre las tierras castellanas de norte a sur, y en abril de 1368 está echando lapos en las murallas de Toledo. Pedro I se refugió en Andalucía, al calor del califato nazarí, desde donde intentará liberar Toledo a principios de 1369.

En el campo de Montiel, las tropas de Pedro y Enrique se encuentran, y del enfrentamiento se produce una victoria sin paliativos del Trastámara. Pedro se refugia en el castillo de Montiel y envía a uno de sus hombres a contactar con el francés De Duglescin, al que ofrece el oro y el moro por pasarse a su bando. El taimado gabacho hace como que acepta y cita en su tienda al rey castellano para sellar el pacto. Pero es una celada. En la noche del 22 al 23 de marzo de 1369, entrando Pedro I en la tienda del francés, allí le está esperando Enrique de Trastámara quien, tras una pelea de cine, acaba con la vida de su hermanastro.



Hay que ser muy cuidadosos a la hora de valorar las consecuencias de la guerra castellano-aragonesa. Digo esto porque lo que os acabo de relatar es un caso muy curioso de la Historia en el que quien pierde, gana. Porque, increíblemente, para mí no hay duda de que el gran ganador de aquella guerra entre Castilla y Aragón sería la primera; que, formalmente, la perdió.

Las razones son varias.

Pocas décadas después de la celada de Montiel, Castilla, por obra y gracia de su reina Isabel, ejercería la fusión por absorción de la corona de Aragón, con la aquiescencia de la dinastía reinante en dicho reino, que sabía lo suficiente de geopolítica como para entender que su futuro estaba en la asociación con el gigante castellano. ¿Cómo pudo ser esto, pues, si Pedro el Ceremonioso había terminado por ganar la guerra pretérita entre los dos pedros?

Pues por la sencilla razón de que Aragón, en el objetivo de vencer sobre los castellanos, primero; y apoyar el partido del bastardo golpista, después, se dejó su capacidad de tener algún día soberanía económica suficiente como para ser independiente. Un problema que comenzó a sufrir Aragón en los albores del siglo XIV y que permanece vivo en los discursos del actual molt honorable president de la Generalitat catalana.

Aragón salió de la guerra literalmente drenado de todo recurso importante. Hay que decir, en todo caso, que las raíces de este problema ya existían antes del conflicto. Un aspecto que sería interesantísimo estudiar (de hecho, si me tocara el Euromillones, es, probablemente, a lo que yo me dedicaría) y del que, cuando menos en mis lecturas, se habla poco, es de la prevalencia de Castilla sobre Aragón por razones fiscales. En mi opinión, uno de los factores principales que fortalece a Castilla en el siglo XV es el hecho de que se trata de una nación con un sistema tributario mucho más eficiente que su vecino aragonés. Las muy queridas libertades territoriales de los catalanes, valencianos, aragoneses y baleáricos fueron un lastre para su nacimiento como nación fuerte, porque el sistema constitucional aragonés tendía a la confederación y, como demuestra muy bien la guerra civil estadounidense, cuando una coalición está confederada, es muy difícil coordinar adecuadamente los recursos. Castilla, en cambio, tenía un sistema fiscal mucho más eficiente, centralizado, que le garantizó, durante toda la tardo Edad Media, un flujo de recursos adecuado para construir su poder.

Castilla salió de la guerra con Aragón razonablemente bien desde el punto de vista económico, a pesar del tristísimo espectáculo que debían ofrecer las plazas mayores de sus villas, petadas de hombres ociosos, con los pies o las manos cortadas tras las numerosas represiones masivas dictadas por el rey cruel. En cambio, Aragón ingresó en la incapacidad de financiarse y, en esas circunstancias, su asociación a una potencia mayor era sólo cuestión de tiempo.

Para colmo, esta situación situó a los aragoneses ante una disyuntiva fatal que explica una parte importante de la geopatía del nacionalismo catalán: castellanos, o franceses. No por casualidad decía Françesc Cambó que Francia es la principal razón de que los catalanes no deban coquetear con dejar de ser españoles. La política de alianzas de Enrique de Trastámara (que tampoco es reprochable; se alió, literalmente, con el que quedaba en el marco de un enfrentamiento europeo) hizo que Aragón entrase en la órbita francesa; en una órbita que, la Historia lo demuestra, no admite hermandades ni colegueos; cuando se está con el francés, se le rinde pleitesía, y punto.

El final de la guerra con Castilla colocó a Aragón en una vía de sentido único cuya estación terminal era acabar en los brazos (literalmente) de aquél a quien había combatido.

Castilla, en cambio, se encontraba en la típica situación de quien ha resuelto una guerra civil con la derrota de una de las partes, dispuesta a mirar hacia adelante, sin grandes obstáculos interiores. Es cierto que tenía compromisos con Francia, y de hecho los cumplió en la batalla naval de La Rochela y probablemente, por esa causa, perdería Portugal, otro predio que naturalmente le debiera haber pertenecido, por cuanto cuando Juan I se quiso ceñir la corona lusa, con rapidez llegaron en ayuda de los locales las tropas inglesas, que dieron su medida en la mítica batalla de Aljubarrota y comenzaron, con ello, la secular alianza entre británicos y portugueses.


La guerra de los pedros, y la guerra civil castellana que le siguió o más bien se confundió con ella, es, por todo ello, un episodio fundamental en el nacimiento de esa cosa que llamamos España.