lunes, febrero 20, 2012

Heráclito Basileus

Siempre he sentido cierta debilidad por la Historia de Bizancio. Por razones lógicas, no es algo que en España se pretenda enseñar ni medio bien y, sin embargo, en mi opinión es un periodo histórico de gran interés, repleto, además, de anécdotas y hechos casi irrepetibles. Creo, además, que demasiado habitualmente Bizancio es pasto de ignorantes. Prácticamente lo que todo el mundo sabe del imperio constantinopolitano es que es una época de la Historia cuyos protagonistas se pasaban el tiempo discutiendo polladas religiosas, como, por ejemplo, el sexo de los ángeles. Esta es una idea que desconoce la gran importancia que tiene para Bizancio la discusión religiosa, pero no en sí, sino como expresión, digamos, metafórica, del gran enfrentamiento existente alrededor de la ciudad de Constantinopla; que no es otro que la construcción de una auténtica alternativa, greco-ortodoxa, a la dominación romana.
Bizancio es el resultado de la inevitable decadencia de Roma. Romanos se hacen llamar los bizantinos cientos de años después de haber abandonado Roma; romano se hace llamar el general Belisario, el último gran general de Constantinopla, así como su ejército. Romanos en su raíz son el Senado y el Consulado bizantinos, hasta que finalmente sean sustituidos por una telaraña, tan meticulosa como intrincada, de cargos griegos. Los emperadores bizantinos, especialmente los primeros, sienten una gran nostalgia de Roma y sufren por su dominación bárbara; es ese sufrimiento el que obligará al mayor de los emperadores del Este, Justiniano I, a intentar reconquistar la península italiana; intentar, con ello, acopiar un pálido reflejo de lo que un día fue el Imperio Romano.

La Historia, sin embargo, nos procura estos fenómenos inversos y extraños. Los españoles rebeldes, acopiando fuerzas y unidad para responder ante el francés invasor que es hijo de la Revolución Francesa, acaban, paradójicamente, adoptando muchos de los principios revolucionarios. Y Constantinopla, ganando fuerza, riqueza e influencia para mantener la luz del imperio romano, acaba siendo un poder distinto, distante y competidor de la propia Roma.
Ambas puertas friccionarán en la bisagra que las une, que es el cristianismo. Las polémicas entre arrianos y cristianos, primero; pero, sobre todo, entre nestorianos y monosifistas, son muchísimo más que una sutil discusión teológica sobre las naturalezas de Jesucristo; discusión que, aún hoy, hace a los católicos occidentales repetir, cada domingo, aquello de engendrado y no creado, de la misma naturaleza que el Padre… Las trifulcas religiosas del siglo VII y siguientes expresan el conflicto entre Constantinopla y Roma; y entre aquélla y Alejandría.

Algún día hablaremos de Justiniano, el más grande de los emperadores bizantinos; que tuvo la suerte de asociarse con una de las mayores inteligencias políticas de la Historia de la Humanidad, su mujer Teodora. Hoy, sin embargo, nos toca situarnos precisamente en su muerte, para poder llegar, poco a poco, a la figura de un emperador tristemente olvidado, a pesar de lo hercúleo de su labor. Me refiero a Heráclito.

Heráclito será emperador de Oriente, sin embargo, aproximadamente medio siglo después de la muerte de Justiniano. Antes que él, la situación se cocerá lentamente para la aceptación de un emperador de grandes poderes, como siempre se cuecen estas cosas, esto es mediante el caos.

En el año 565, Justino II hereda de Justiniano un imperio enorme y arruinado. Los historiadores suelen decir del nuevo emperador que traía ideas muy buenas pero que, en cualquier caso, no pudo llevarlas a cabo por la situación en la que estaban las finanzas públicas. Otra característica de Justino es que había heredado el tremendo orgullo imperial, más que de Justiniano, de Teodora, lo cual le llevó a tomar una decisión poco acertada. Tras unos años de vacilaciones, finalmente decidió denunciar el acuerdo de paz que Justiniano había firmado con los persas, que pasaba por el pago desde Constantinopla de un importante impuesto. Justino consideraba esto humillante y, como digo, dejó de pagar. Esto dio pábulo a los persas para iniciar de nuevo la guerra, guerra que colocó pronto a Justino en un estado que cabría calificar de sicopatía, en el que pasaba, casi sin solución de continuidad, de periodos de cólera desatada a otros de abulia tan profunda que, de hecho, desde el año 573 no será él, sino su mujer Sofía, quien reine en el Imperio.

Sofía, no sabemos si por respeto intelectual u otro tipo de querencias, se apoya en un alto funcionario palaciego, llamado Tiberio, para el que poco a poco irá requiriendo títulos y prebendas (lo cual da que pensar que algún tipo de frote habría) hasta verlo recibir, en 574, el título de César que lo asociaba al trono.

Tiberio reinará del 578 al 582, apenas cuatro años. Un emperador apenas interesante para la Historia del que nadie o casi nadie habla pero que, sin embargo, fue enterrado y llorado por los bizantinos como si hubiese muerto Montoya la Polla. La razón, sencilla: en los cuatro años que reinó, Tiberio se dedicó, básicamente, a pulirse el Tesoro imperial reconstruido por Justino, tacita a tacita, dándole a la gente lo que quería, bajando los impuestos, y todo eso. Aquéllos de mis lectores con el colmillo más retorcido musitarán: negando la crisis...

Mauricio, que sucede a Tiberio en el 582, había sido nombrado César por éste tras dar el braguetazo con su hija Constantina. Afortunadamente para Constantinopla, era todo lo que no era su suegro. Cutre hasta la médula, al parecer los miembros de su corte se desesperaban con su incapacidad de gastar un mango en cualquier cosa. Cualquier cosa que no fuese el ejército pues Mauricio, que por encima de todo era un soldado, soñaba con reconstruir las legiones romanas y volver a poner el Mediterráneo de rodillas a sus pies.

Mauricio aprovechó la feliz (para él) circunstancia histórica de que la corona persa entró por entonces en un proceso de primarias cainitas; momento que es aprovechado por el emperador para atacar y forzar una negociación. En la dicha negociación, conseguirá Mauricio la devolución de la ciudad fronteriza de Daras (cuya pérdida había causado que Justino II se volviese tolili), amén de zonas de Armenia y Mesopotamia. El esfuerzo en Oriente, sin embargo, coloca en grave situación los intereses bizantinos en Occidente, donde, desde el 568, Italia se está viendo invadida por el norte por una raza de germánicos, los lombardos, que de hecho darán su nombre a dicho área; aparte de a una verdura de dudoso gusto, que algunos españoles con mala suerte hubieron de consumir, forzosamente, durante todas las navidades de su infancia.

Asimismo, el problema fronterizo se agravará en los Balcanes, donde ávaros y eslavos presionan, desde el año 580, en Iliria y Tracia, cometiendo crímenes masivos en la persona de los bizantinos. En el 591, Mauricio firma la paz con los persas, lo cual le da la oportunidad de volver grupas hacia el Oeste y comenzar a arrear de capones a los eslavos.

La guerra, sin embargo, viene durando demasiado tiempo, y costando demasiados impuestos. Mauricio, que como todas las personas de espíritu militar es incapaz de entender que haya gente a la que la vida de campamento e instrucción le pese, ha ordenado que sus tropas estén acampadas, en régimen semipermanente, en la orilla exterior (exterior según se mira desde Constantinopla) del Danubio, para así impedir las penetraciones eslavas. Los eslavos no penetran, efectivamente; pero a costa de que los soldados estén demasiado lejos de casa. La cosa se va encendiendo a base de borracheras inocentes que se convierten en conciliábulos más o menos organizados que terminan en golpe de Estado. Un centurión de las tropas bizantinas, que lleva el poco elegante nombre de Phocas, o sea Focas, se alza en jefe de los conjurados, levanta el campamento y se dirige a Constantinopla. Las noticias de su llegada despiertan simpatías dentro de la ciudad entre los que están hasta los huevos, y son muchos, de que les suban el IVA cada día por la tarde para así pagar la guerra.

Tan rarito es el ambiente de Constantinopla que Mauricio le envía a Focas una embajada de negociadores, que lo tratan con honores de jefe de Estado; Focas, sin embargo, los despacha sin atenderlos. Muy seguro se siente el centurión de su fuerza; pero lo cierto es que es la suya una zapaterina seguridad, que tiene sus agujeros. Entre los propios conspiradores hay muchas gentes que se imaginan (y ya veremos que no se equivocarán) que Focas de Basileo sería un desastre; por ello, envían mensajeros al hijo de Mauricio, Teodosio, ofreciéndole a él la corona y a su padrino, Germano, el consulado.

Cuando Mauricio se cosca de todo esto, se coge un globo de la hostia. Hace comparecer a Germano ante él, lo más flojo que le dice es hijoputa, y ordena su ejecución. Germano sale del palacio imperial echando leches y se refugia en la iglesia de la Virgen, donde, a pesar de estar en sagrado, las tropas van a entrar para cargárselo. Pero el pueblo, en un movimiento espontáneo, rodea el templo para impedir la entrada de los milicos. Mauricio, visto que no puede alcanzar a Germano, le da una mano de hostias, con un bastón, a su hijo Teodosio.

El detalle desata la revolución en la ciudad. Las calles son de las turbas, que arramblan con todo. Queman la casa de Constantino, el valido de Mauricio. El visir y el emperador, disfrazados de gente común, escapan en un pequeño esquife con el que ganan, por mar, la iglesia de San Autónomos Mártir.

Focas entra en Constantinopla con sus tropas y, por la fuerza de las armas, se hace coronar emperador en la iglesia de San Juan Bautista; y corona emperatriz a Leoncia, su churri. Nada más salir de la iglesia, montado en un caballo blanco, comienza a diseñar en su cabeza el que será su reinado, todo moderación y concordia.

Lo primero que hace Focas es enviar una partida de soldados a la iglesia donde Mauricio se encuentra bloqueado con cinco de sus hijos. Siguiendo sus órdenes, los soldados decapitan a los infantes delante de su padre antes de cargárselo a él. Fue, eso sí, clemente tanto con la mujer como con las hijas, a las que encerró en un convento de por vida, tal vez para ahorrarles el espectáculo de ver las cabezas de su padre y marido, y de los hermanos e hijos, expuestas, durante largo tiempo, en el Campo de Marte. A partir de ahí, se sique una represión en la ciudad en la cual fueron separadas cabezas de cuerpos de todos aquéllos que alguna vez le dieron la hora a Mauricio; incluso su único hijo superviviente, Teodosio, que es masacrado en la iglesia donde había conseguido refugiarse.

Aquellos militares que no terminaban de fiarse de Focas en el poder tenían sus razones. El reinado del centurión es un puto caos, tanto que, rápidamente, el rey Chosroes II de Persia lo huele, y comienza a pensar en volver a declarar la guerra. El pistoletazo de salida, en el 604, es la defección del único buen general bizantino, Narses o Narsés, quien, harto de las polladas del emperador ex chusquero de mierda, directamente abandona el servicio. A partir de ahí, se librará una guerra de cinco años en la que Bizancio no ganará ni una escaramuza y en la que perderá Siria, Palestina, Mesopotamia, Asia Menor, Calcedonia, y terminará por ver a los persas casi meando contra los muros de la capital.

Focas acabará matando a Constantina, viuda de Mauricio; y también a Germano, a quien acusa de complotar contra él. Pero para entonces, el emperador ni siquiera puede acudir a los espectáculos del hipódromo, pues allí la gente le hace lo que a Zapatero en el desfile del 12 de octubre, sólo que al cuadrado. Cuanto más miedo tiene, más gente ejecuta Focas. Y cuanto más ejecuta, más gente se pone contra él.

Puesto que la anterior familia real ha sido laminada, será finalmente un exarca del norte de África, Heraclio, quien decida ponerse al frente de los golpistas; acción para la cual el propio Senado constantinopolitano se lo pide de rodillas. Heraclio pone a su hijo del mismo nombre (Heraclín, pues), al mando de una flota, y a su sobrino Niketas al de las tropas de tierra, que envía a Egipto. El 3 de octubre del 610, el padre ya situado en Alejandría, el hijo coloca los barcos frente a Constantinopla. Potio, un cortesano muy cercano a Focas que lo ha traicionado, pide el derecho de detenerlo, mientras la ciudad entera aclama a los barcos. Entra en el palacio con una pequeña fuerza y, efectivamente, encuentra al emperador, lo despoja de sus ropajes, y lo lleva frente a Heraclín con las manos atadas a la espalda. Tras hacerlo decapitar, el hijo de Heraclio ordena que se mutile el cadáver y, con dos lanzas, en una de las cuales ha clavado una mano y en otra un trozo del cuerpo del ex emperador, organiza una macabra manifestación por las calles de la ciudad, que los parientes de Focas ya no verán, porque en el momento que se produce están sufriendo el mismo destino que su otrora protector.

Heraclio fue un emperador, desde el principio, sorprendente. Para los bizantinos, acostumbrados a figuras hiperprotocolarias que parecían vivir una vida aparte del resto de los mortales, su capacidad de implicarse en los asuntos de la gente es sorprendente. En tonos laudatorios refiere el historiador Nicéforo el caso del terrateniente Vitilinos que, teniendo un litigio de lindes con una viuda, ordenó a sus criados matar a uno de sus hijos. La mujer fue a Constantinopla, reclamó justicia ante el emperador, y éste hizo llevar a Vitilinos al hipódromo donde, frente al pueblo, lo entregó a los hermanos del muerto para que acabasen con él.

Del 610 al 620, Heraclio se centra en la reforma de la administración bizantina y, sobre todo, la reorganización del ejército, ineficiente e incapaz. En el 619, no parece estar claro por qué causas, el emperador, en un gesto también poco común en la Historia, considera su labor realizada y amaga con volverse al norte de África de donde vino. El pueblo de Constantinopla alucina y, a través de Sergio, el patriarca de la plaza, le ruega que se quede.

En realidad, más que probablemente Heraclio quiere huir de la derrota. En los últimos años, los persas no han hecho sino avanzar en la Capadocia, Armenia y Siria; en 614, toman Jerusalén. El sitio de la ciudad santa de los cristianos (que no tardará en serlo también de los musulmanes) dura veinte días. La ciudad cae finalmente, entre otras cosas, porque sus defensores tienen entre ellos una numerosa quinta columna: los judíos que, por odio a los cristianos, se alían con los invasores. Lo que sigue tras caer la ciudad es una matanza de cristianos y una destrucción masiva de iglesias. La del Santo Sepulcro, kilómetro cero del cristianismo, es incendiada. La más querida reliquia de la ciudad, la cruz en la que murió Jesucristo, es robada por los persas, que se la llevan a la ciudad de Ctesifón.

La presencia de los persas en lo que hoy conocemos como Oriente Medio es mucho más que una conquista militar; es un órdago a la grande al imperio bizantino, de todos sus enemigos. Ya hemos visto a los judíos aliarse a los persas en la toma de Jerusalén. Pero, más allá, a todo lo largo y ancho de Palestina, los nestorianos, que se sienten ninguneados por el monosifismo calcedonita, se apresuran a pactar con los persas el respeto a sus creencias a cambio de volverse, ellos también, contra los que, al fin y a la postre, creen en el mismo Dios padre que ellos. Es en gran parte por la inquina nestoriana por lo que cae la provincia de Egipto; Alejandría es tomada en el 618.

Por si esto fuera poco, en el 617 tropas ávaras y de otras tribus eslavas penetran en Tracia, Tesalia y el Épiro, amenazando Tesalónica en una batalla de la que Heraclio sale vivo de milagro; tras una celada del kagán ávaro, avisado en el último momento, el emperador huye disfrazado de gentil, con la corona escondida bajo el sobaco (y no es una forma de hablar).

Pasado este trago, sin embargo, la toma de Jerusalén, y el robo de la reliquia de la Santa Cruz, juega a favor de Heraclio. Para los, por así llamarlos, europeos, la cosa ya consiste en algo muy parecido a la guerra santa, motivo por el cual el emperador acaba por firmar una alianza con sus hasta ahora enemigos eslavos, y puede iniciar (622) una larga campaña de seis años contra los persas. Campaña en la explotará, hasta la saciedad, el carácter de la guerras como guerra entre creyentes.

En el 626, no obstante, los ávaros, a pesar del chute de pasta (200.000 piezas de oro) que les ha supuesto la alianza con los bizantinos, viendo Constantinopla débilmente defendida, la sitian para tomarla. Heraclio no llegará a tiempo para defenderla, pero, aun así, la ciudad no caerá, merced a las arengas sin descanso del patriarca Sergio. El 10 de julio, el kagán ordena un asalto por mar y tierra, y la flota eslava es destrozada por los bizantinos. Altamente supersticiosos, los ávaros y su kagán, que esta vez más debería llamarse kagón, creen, tras esta derrota, las soflamas de Sergio, según las cuales la Teótokos, o sea la Virgen María soi-meme, combatía al frente de las tropas de los sitiados. Pronto, muchos eslavos supervivientes comienzan a contar la coña de que si vieron a una extraña mujer en esa almena o en aquel barco, y tal. El corolario de todo aquello es que los sitiadores levantan campamento y se van, voluntariamente, a tomar por culo Danubio arriba. Sergio compuso un himno en honor de la Virgen combatiente que aun se canta hoy en las iglesias ortodoxas durante la celebración de este día de salvación de Constantinopla.

En el 627 los jázaros, aliados del imperio, penetran en Albania y luego de ahí al imperio persa, llegando a sitiar Tiflis. Por su parte, Heraclio avanza por Media y Asiria, superando las difíciles zonas montañosas como antes lo hizo Alejandro, y se llega hasta Nínive, en la que no deja enteros ni los llaveros. De ahí enfila cagando melodías hacia Ctesifón, donde recupera parte del botín que los persas habían hecho. Tras retirarse a Genzaca, es informado allí de que Siroés, noble de la corte de Chosroes II, se ha rebelado contra él por su incapacidad de ganar la guerra. Finalmente, tras el éxito del golpe de Estado, el nuevo rey de los persas encierra al antiguo en una habitación llena de oro y piedras preciosas. «Disfruta de lo que has preferido sobre todas las cosas», le dice, antes de cerrar la puerta para siempre. Así pues, probablemente, Chosroes es el único hombre en la Historia que murió, de hambre y de sed, rodeado de cosas con las que podía haber comprado restaurantes enteros.

Siroés pide la paz, y Heraclio la acepta. Pero a cambio, por supuesto, de la devolución de la Santa Cruz y, además, Siria, Palestina y Egipto. En marzo del 630, en medio de una gran procesión triunfal, el emperador resitúa la reliquia en la iglesia de Jerusalén.


Pocas veces en la Historia de la Humanidad un rey consiguió tanto con tan poco. Heraclio fue el gran heredero del sueño de Justiniano, quien quiso rememorar el imperio romano conquistando Europa y el norte de África para Constantinopla y, con ello, creó un imperio de pies de barro que era incapaz de defenderse; Bizancio no será grande en la Historia, en la cultura y en el pensamiento, hasta que no sea pequeña, esto es, hasta que no pierda aquellas partes de su territorio que no podía conservar.

Una parte importante de estos territorios, sin embargo, siguieron siendo bizantinos bajo Heraclio porque él, que era un hombre de guerra a quien llamaron a ser emperador por el caos que suponía su predecesor, lo que quería era guerrear. Y en su afán por ganar batallas imposibles, acabó inventando un elemento estratégico de primer orden que daría, y sigue dando, mucho juego: la guerra santa.

Sin el sentimiento de recuperación y venganza vinculado a la recuperación de la reliquia de la Santa Cruz, Bizancio difícilmente habría ganado la partida contra los persas. Así pues, fue este emperador bizantino el que enseñaría un camino que más adelante sería hollado por muchos otros. Lo cual, nos guste o no, tiene su mérito.

Tras el periodo de los heráclidas, que bien podría ser llamado de los pollas, Bizancio, al calor de los emperadores macedonios y lo que vino detrás, fue grande. Muy grande. Se convirtió en un experimento duradero que ejercería la función de centinela de la Europa cristiana. Pero eso sólo fue posible gracias a que la integridad del Estado constantinopolitano se salvó por la espada de Heraclio, el emperador que, a juzgar por sus gestos, curiosamente, no tenía demasiadas ganas de serlo.