jueves, diciembre 01, 2011

Hellas (1)

Reconozco que soy muy exigente con la televisión. Es porque no tengo demasiado tiempo de verla, así pues me gusta que, cuando me siento a ver un programa, especialmente si es seriado y seguirlo me va a tomar varios días, merezca realmente la pena.

Esto, en lo que se refiere a los programas que tienen una carga histórica, pasa por comprobar que los guionistas no hacen trampas en el solitario y se dedican a hacer el pollas con los hechos más o menos verídicos o conocidos. Por eso, en su día, ya me he despachado en este blog sobre cosas como la versión antenatresera de la figura de Viriato (que se parece a la realidad lo que Silvester Stallone a sir Lawrence Olivier) o la alucinógena versión que de los principios de la II República española nos dio la serie de TVE 1 con el mismo título, que era a la realidad de las cosas lo que los concursantes de Operación Triunfo a Wolgang Amadeus Mozart.

De un tiempo a esta parte, se estila bastante en nuestras televisiones la elaboración de series que recensionan la vida de gentes vivas. Política rentable, aunque peligrosa. Es muy fácil que el relato de la vida de un famoso de hoy pueda quedarse, o bien en la crítica fácil y poco documentada que busca el escándalo, o bien la simple y pura mamandurria hagiográfica, a la mayor gloria del personaje.

Tiempo ha, llegado a casa, en la tele del salón me encontré a dos jóvenes actores españoles recreando los papeles de Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia en su juventud de recién casados. Me enteré de que era una serie dedicada más bien a la segunda, o sea a la actual reina de España que, con su sola presencia, declama nuestro cosmopolitismo: los españoles somos reinados por una dinastía francesa, cuyo último vástago coronado se casó con una mujer griega perteneciente a una dinastía de origen danés. Ah, si los Trastámara levantasen la cabeza...

Me puse a verla. Oyes, la historia del desarrollo de la sucesión a Franco en los años sesenta tiene su miga, pensé. A ver a qué sabe este pan.

En la escena que ví, Juan Carlos y Sofía comen en El Pardo con don Francisco y La Collares. Franco habla de España no sé qué, bastante en su línea, la verdad. En ese momento, suena la voz en off de la futura reina que, al parecer, está relatando la escena pasado el tiempo (modelo Cuéntame). Y dice algo así como que la joven pareja se sintió cohibida en la mesa de un dictador militar como Franco, como dando a entender que era un ambiente totalmente nuevo para ellos.

Para él, puede. Pero para ella, ni de coña, Santoña.

Cambié de canal y no volví a ver la serie. Para mí, ese solo detalle de los guionistas ya dejaba bien claro que me estaban colando una mamandurria hagiográfica. Sofia de Grecia poco podía asombrarse de almorzar con el jefe de un Estado antidemocrático viniendo como venía de un país que ni siquiera cuando había sido hasta entonces democracia se podía haber considerado democrático. Un país en el que hasta los civiles de la clase política se suceden de padres a hijos como si fuesen dinastías coronadas. Un país en el que la familia a la que ella misma pertenece había dado, para entonces, sobradas pruebas de, digamos, tics autoritarios. Un país, al fin y a la postre, que no mucho tiempo antes del momento en el que ese almuerzo se celebraba, había sido, cágate lorito, una dictadura militar; y estaba pronto a volver a serlo, si no lo era ya.

En el fondo, la historia de por qué dejé, en aquel punto, de ver aquel bodrio, es la historia de por qué Grecia está donde está, y le va a costar tanto salir. La Historia de un país en constante conflicto con su deuda pública, con Turquía, y consigo mismo.

En 1828, con la ayuda, un tanto pollas para qué negarlo, del ciclotímico Lord Byron, Grecia se convirtió en la primera nación que se sacudía el yugo del imperio otomano. Temblón y débil, este nuevo país ha de buscar padrinos con rapidez para protegerse del contraataque los tatarabuelos de Özi y Arda Turan, así pues acaba en la órbita de un tridente de potencias: Gran Bretaña, Francia y Rusia, del cual la primera de ellas es, y será, la más importante, hasta que, unos cien años después, los EEUU tomen el relevo.

De todas formas, la independencia de Grecia no fue tan perfecta como pudiera pensarse. En realidad, afectó sólo al Peloponeso y una franja del «continente»; aproximadamente un tercio de la Grecia actual. Multitud de griegos quedaban fuera de la nueva nación, lo cual hizo nacer, prontamente, el mito y el objetivo de la Gran Grecia.

En 1832, los que mandan colocan al frente del país a un rey postizo, hijo del monarca de Baviera, que reinará con el nombre de Otón I. El orden en el país queda garantizado por un ejército bávaro que se instala en él, mientras las grandes familias notables autóctonas lidian entre ellas por acceder a parcelas de poder. En realidad, esos enfrentamientos son auténticas guerras porque los griegos, esto lo sabe cualquiera de antes de la LOGSE, siempre se han caracterizado por amar a su pueblo, su lengua y su cultura; pero por ser, al mismo tiempo, políticamente centrífugos, más identificados con su ciudad o su comarca que con el país entero.

Otón, que viene de una experiencia política moderna y centralizada como la de Baviera, se aplica a crear en Grecia el mismo Estado centralizado. Como para conseguirlo necesita una clase política y carece de ella en un país analfabeto y caciquil, improvisa dicha clase política a partir de los clanes locales y sus jefes. A mediados del siglo XIX, por lo tanto, se crea en Grecia una clase política clientelar, centrada en sus propios intereses, que explica por qué, en la Historia de Grecia, los apellidos se repiten machaconamente y, en realidad, a base de Caramanlises, Papandreus y Venizeloses, se explica, como poco, el 80% de lo ocurrido.

En realidad, si Grecia fuera Kenia, estaríamos, probablemente, hablando de tribus y de señores de la guerra. Como resulta que está en Europa e inventó la democracia y bla, pues les concedemos el beneficio de no plantear las cosas así.

En 1843, el monarca de la dinastía Wittelsbach (obsérvese que el apellidito suena a griego más o menos lo que suena Borbón a español) dota al país de una Constitución muy adelantada (es la primera que en Europa establece el sufragio universal... masculino, φυσικά). Sin embargo, las élites griegas, crecientemente asentadas en el sistema, chocan con la camarilla bávara del rey, hasta el punto de fomentar una rebelión en 1862 que acaba con la monarquía. Londres, sin embargo, no está dispuesto a permitir ningún otro régimen en el país, así pues impone a Guillermo Glücksbourg, danés, que subirá al trono en 1863 con la franquicia Jorge I, para cumplir el papel otorgado al rey de árbitro político y jefe del ejército.

Hace ahora cien años, Grecia tenía 2,7 millones de habitantes, de los que sólo 18.000 eran obreros industriales. Esto quiere decir que toda esta evolución del siglo XIX no sirvió para llevar la revolución industrial al país ni para sacudirle la mugre de país agrícola; eso, además, con el agravante de que el suelo griego no es como el español, esto es da para más bien poco. Así las cosas, esto es algo que desde mi punto de vista es importante de entender, Grecia, desde sus primeros momentos, y como, por así decirlo, elemento nuclear, es concebido como un país que vive de la ayuda exterior, sobre todo británica, sin la cual sería un país, como diríamos hoy, tercermundista.

Tentativas de modernización hubo. Quizá la más pujante, la de Charilaos Trikoupis, tal vez el principal exponente de político liberal decimonónico quien, sin embargo, chocó claramente con el rey en sus intentos por construir una monarquía constitucional; así como también chocó con los intereses particulares de los caciques. La etapa Trikoupis, de hecho, sirve para afianzar el pacto de hierro entre la oligarquía ultraconservadora y el rey de todos los griegos; ése al que, por boca y cerebro de su Sofi, tanto se sorprenderá, décadas después, de que en España haya un general aliado con la oligarquía conservadora del país.

Cuando llega 1892, la dependencia de Grecia respecto de los créditos internacionales es tan grande, y su capacidad de recaudar impuestos tan baja, que el 50% del presupuesto público debe utilizarse para el servicio de la deuda. Bajando en bobsleigh por la cuesta de la bancarrota fiscal y financiera, el Estado griego se ve obligado a negociar en París un macrocrédito en 1890, que se gasta totalmente en tapar agujeros con Londres. En medio de una inestabilidad gubernamental brutal, con gobiernos que duran seis meses, el Estado griego acaba declarando su bancarrota en 1893, al que se sigue un larguísimo periodo de negociación de cuatro años.

Las potencias acreedoras exigen como condición previa a todo acuerdo que el Estado griego permita un control externo de sus finanzas (¿suena a algo?) Esta exigencia, lógica en un prestamista que no se fía de que su prestatario no vaya a coger la pasta y gastársela en hieróbulas y hemicráneas, atiza el nacionalismo interior griego, pues los hombres del país se sienten acorralados y agredidos. Fruto de este calentón nacionalista es la temeraria declaración de guerra a Turquía en 1897, formalmente consecuencia de unos incidentes ocurridos en Creta. Los turcos, que tienen una alianza estratégica en ese momento con el ejército más poderoso de Europa, el alemán, tardan apenas 30 días en arrearle unas hostias como panes a los griegos y perseguirlos hasta Tesalónica, donde Grecia pide tiempo muerto y acaba aceptando, por el camino, el control internacional de sus finanzas.

Así se crea la CFI, o Commision Financière Internationale, auténtico FMI de l.a época, donde se sientan jerifaltes británicos, franceses, italianos, alemanes y austrohúngaros, con sede en Atenas y poder sobre el presupuesto nacional. Cualquier préstamo o emisión de moneda requiere de su autorización para poder realizarse. La CFI es dotada con el poder de vetar casi cualquier compra del Estado griego. Por supuesto, el Parlamento griego puede cantar Vivir así es morir de amor si quiere; pero quien decide, en Grecia, qué parte del presupuesto se va a dedicar al servicio de la deuda, son los chicos de la CFI.

Lo cierto es que el sistema funciona. Privados de la rapacidad de sus clanes caciquiles, los griegos amejoran notablemente sus finanzas públicas, lo cual multiplica su capacidad de endeudamiento y las inversiones en el país.

La política internacional, a las puertas de la Gran Guerra, sonríe a los griegos. Durante todo el siglo XIX, progresivamente, el imperio turco ha ido mostrando creciente debilidad, y para entonces ya es claro que va a saltar en pedazos. Esto inquieta mucho a los británicos, buenos conocedores de cómo los alemanes se han trabajado a los antiguos bizantinos y, por lo tanto, están en condiciones de incrementar su control sobre el Mediterráneo, lo cual es peligrosísimo para los intereses ingleses. Londres necesita un amigo en la zona, y ese amigo es Atenas.

Mientras tanto, en 1909, se produce una revolución de corte burgués en Grecia, que eleva al poder al político liberal cretense Eleuthérios Venizelos (¿os suena?). Venizelos, fuertemente nacionalista, prepara una entente con Serbia, Bulgaria y Montenegro y, en 1912, entra en guerra con Turquía. Rápidamente se consiguen territorios, pero las discrepancias sobre su reparto hacen estallar, al año siguiente, una guerra entre Grecia y Serbia por un lado, y Bulgaria por el otro.

De estas guerras, Grecia saca mucho. Por no decir muchísimo. Su territorio se triplica y ahora abarca prácticamente a todos los griegos. Obtiene Tesalónica, el Épiro, las islas del Egeo. En medio de esa fiesta anexionista, Jorge I la diña, y es sucedido por Constantino I; otro que del mismo porte danza.

En la primera guerra mundial Grecia será neutral a causa, fundamentalmente, de la profunda división que hay en la cúpula del poder. Venizelos es claramente francófono y quiere entrar en la guerra a favor de los aliados; mientras tanto, Constantino es un germanófilo convencido, alineado con la alta burguesía ultraconservadora del país, que alimenta su corte. Finalmente, franceses y británicos intervienen en la zona, dando pie a Venizelos para aliarse con ellos y entrar en guerra, y Constantino es enviado al exilio (exiliar gente, muy especialmente reyes, es un deporte nacional en Grecia, como bien saben Hiparco, el papá de Pericles, Hipérbolo y otros personajes que antes de la LOGSE eran conocidos por el común de los mortales).

Como Grecia se ha apuntado a ganador, obtiene más territorio. El tratado de Sévres le otorga Tracia, Esmirna e incluso una parte de Anatolia. Con estas concesiones, sin embargo, cabe decir que los arquitectos de la posguerra mundial se pasaron, literalmente, tres pueblos. Le dieron demasiado a Grecia, despreciando la posible reacción turca. Los turcos, en efecto, se sintieron gravísimamente agredidos por griegos y aliados, y desarrollaron su propia reacción nacionalista, sobre la que cabalgará, oportunamente, la revolución de Mustafá Kemal. En 1920, Grecia aborda una invasión de Turquía.

Y la caga.