martes, mayo 03, 2011

La "normalidad" del 36 (11: Yeste)

Como aficionadillo que soy a las cosas de la II República y la Guerra Civil, siempre me ha llamado la atención lo poco que se sabe, por lo general, de los sucesos ocurridos en Yeste en la segunda mitad del mes de mayo de 1936. Tengo por mí que la evidente intención del gobierno de entonces de minimizar las consecuencias de estos hechos ha llegado, por vía de la literatura sobre la época, hasta las mesas de muchos investigadores y lectores de hoy en día. Yeste, sin embargo, debería figurar en el imaginario republicano, no tanto por las víctimas causadas (como Casas Viejas, a pesar de que en Yeste hubo una cantidad parecida) sino por el hondo significado que tiene de enfrentamiento frontal de los movimientos izquierdistas rurales con el poder constituido y su expresión en el campo: la guardia civil.

Vayamos por partes.

En una aldea albaceteña llamada La Graya, los habitantes han realizado una movilización bastante común en aquellos tiempos, consistente en que los jornaleros trabajaban el campo sin orden de nadie y luego reclamaban al propietario los correspondientes jornales. La Graya es una zona muy problemática porque algunos meses antes, la construcción del pantano de Fuensanta ha anegado enormes extensiones de pinar, dejando a unas 1.000 familias sin sustento, puesto que vivían de desbrozar los pinares y utilizar el río para transportar la madera, cosa que ahora ya no es posible al mismo coste.

Al llegar el gobierno del Frente Popular, y puesto que el gobierno de derechas había pasado olímpicamente de este problema, se intentó salvar la situación creando una Comisión Gestora que estudiase el problema y decretando la tala de un monte comunal llamado Dehesa de Tus. Luego, los jornaleros roturaron otro monte comunal, la Solana del río Segura. Pero, terminados estos dos trabajos, decidieron seguir en terrenos cuya propiedad comunal ya no estaba tan clara; o, más bien, estaba bastante claro que no lo era. Los hermanos Edmundo y Antonio Alfaro, arrendatarios de los montes afectados, denunciaron los hechos ante las autoridades.

En esta situación, los jornaleros seguían talando pinos, motivo por el cual fueron enviados a la localidad y cabo de la guardia civil y seis números, con órdenes de impedir la acción.

Los campesinos, tras la llegada de los de verde y en asamblea, deciden continuar la roturación del monte. El cabo, entonces, prescinde de uno de los guardias y lo envía a Yeste para pedir refuerzos. A la salida del pueblo, el emisario es interceptado e inmovilizado por los jornaleros, cosa que llega a oídos del cabo.

La noticia, además, llega a Yeste, donde el brigada jefe del cuartelillo, Félix Velando Gómez, habla con el alcalde y decide subir con él a La Graya, la noche del 27 de mayo. El alcalde, siguiendo lo pactado con el guardia civil, se presenta en el pueblo, habla a los campesinos y les insta a no cortar pinos hasta que no llegue la autorización pertinente. Pero, tras haber dicho eso, levanta el puño, y declama:

-¡Salud, camaradas! Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Los guardias civiles se toman este final como una señal de que hay gato encerrado; de que el alcalde sabe algo que no les ha contado. Así pues, al caer la noche llegan a La Graya un sargento y once guardias más.

En la noche, cuando el brigada y el alcalde ya se han ido, la multitud rodea amenazante la casa donde han sido alojados los guardias. El cabo (el sargento aún no había llegado) ordena una salida con disparos al aire, que basta para dispersar a los manifestantes. Seis dirigentes campesinos son arrestados y llevados al misma casa donde están los guardias.

El 28 no pasó nada aunque, como se supo después, fue así porque el día se consumió en elaborar estrategias para liberar a los detenidos, así como para avisar a los trabajadores del pantano y de la carretera de Echetraspilla para que se uniesen a la movida. Así, el 29, de amanecida, unos 2.000 campesinos habían tomado el camino de La Graya a Yeste. Sabían que la guardia civil quería trasladar a los seis detenidos a Yeste ese día. Aún sabiendo ya que eran esperados, los guardias civiles deciden llevar adelante sus planes pero, eso sí, deciden hacerlo con el concurso de toda la fuerza, en ese momento 17 hombres. En La Graya, por lo tanto, no dejan a nadie.

En Yeste los mandos, conocedores de lo apretado de la situación, buscan soluciones. El comandante del puesto, o sea el brigada, decide entrevistarse con el presidente de la Comisión Gestora nombrada por el gobierno del Frente Popular para buscar una solución al problema de los pinos. Dicho presidente pone como condición ineludible para hacer cualquier gestión que se libere a los detenidos. Al brigada no le gusta la solución, pero acabará cediendo: los detenidos quedarán libres, pero con la obligación de comparecer y declarar en el Ayuntamiento en las 24 horas siguientes, tras de lo cual será el juez quien decida sobre su suerte. El brigada, dos guardias y un teniente de alcalde de Yeste parten hacia La Graya, al encuentro de la fuerza que traslada a los presos, para comunicarles la decisión.

A dos kilómetros de encontrarse ambas fuerzas, los que vienen de Yeste se encuentran con una multitud vociferante, distribuida por las colinas al lado del camino, y que levanta los puños, clama consignas y amenaza con sus hoces, sus tridentes y sus ganchos pineros. El sargento al mando, que como buen militar sabe que desde una posición en altura es más fácil defenderse, ordena tomar un monte cercano para poder atrincherarse allí. En ese momento tan tenso llega el brigada Velando, abriéndose camino entre la multitud de jornaleros, anunciando la libertad de los presos. Sube al monte y le comunica la orden al sargento.

Es, sin embargo, demasiado tarde. Una masa de campesinos, azuzada por diversos gritos y consignas, carga contra los veinte guardias civiles que en ese momento se encuentran en lo alto del monte. En esa primera embestida, un guardia, Pedro Domingo Requena, resulta muerto, y nueve más heridos. Al guardia muerto le han clavado un gancho pinero en la cabeza. La multitud toma el monte, arrebata la armas de alguno de los guardias y comienza a disparar. Los guardias también lo hacen. Es una escena anárquica en la que no hay bandos enfrentándose, sino un mero caos de violencia.

Tres guardias, que aún tienen sus armas, logran crear una línea, desde la que disparan a la multitud, que está a unos metros tan sólo. Al brigada Velando, que está herido en la cabeza, se lo lleva su hijo, que se ha vestido de campesino y se ha confundido con la multitud, esperando que ocurriese algo parecido a lo finalmente ocurrido.

Los tres guardias, disparando continuada y disciplinadamente, consiguen generar una desbandada general en los campesinos, a pesar de que ahora éstos tienen las armas de bastantes de los guardias.

Llevando al guardia muerto y a los heridos, la fuerza se desplaza a Yeste. Durante la refriega ya producida, y las que habrá durante el camino, acaban con la vida de 17 campesinos.

El brigada Velando, por cierto, fue procesado nada más salir del hospital y, durante la guerra, fue encarcelado en un barco-prisión de la República donde, al parecer, estuvo a punto de ser asesinado dos veces. Pero, finalmente, logró pasarse al bando nacional.

Como digo, ya el 4 de junio, cuando se produjo una reunión de las fuerzas del Frente Popular, a la vuelta de Yeste de los diputados José Prats (socialista) y Antonio Mije (comunista), se decidió no hablar demasiado del conflicto. El día 5 fue el debate parlamentario, durante el cual Mije tomó la palabra para elaborar el curioso arabesco conceptual de que: 1) la guardia civil había ejercido una represión excesiva; b) El gobierno no era culpable de ello; 3) Ello era así porque la guardia civil obedecía órdenes de los hermanos Alfaro, los arrendatarios. Cuando no se quiere ver, verdaderamente, no se ve.


En mi opinión, los sucesos de Yeste han sido extrañamente preteridos de tantos y tantos análisis de la II República. Ciertamente, Yeste no puede compararse con Casas Viejas. En Casas Viejas se produce el simple y puro asesinato de unos activistas que ya están desarmados y controlados, más el de otros que aún no lo están, pero que eran de poco peligro por encontrarse sitiados. En Yeste, la guardia civil operó en gran medida en defensa propia. Pero hay varios elementos a considerar.

En primer lugar, Yeste es la mejor expresión del estado de situación en el que se encuentra el campo español en la primavera del 36. No es baladí el dato de que, lejos de ser un conflicto producido en Andalucía o Extremadura, se dé en Albacete, reflejando una situación que pudo estar en algún momento de la Repúbllica focalizada en el sur de España, pero para entonces estaba ya por todas partes. La situación de unos campesinos que ya saben, a esas alturas de la película, que lo que se les había prometido no llegará, y por lo tanto no sienten la necesidad de refrenar a los más radicales de entre ellos, que son muchos.

En segundo lugar, Yeste se parece a Casas Viejas en la actitud de pío, pío, que yo no he sido adoptada por el Gobierno. El Ejecutivo se mueve constantemente, durante todo el 36, en un peligroso penduleo entre la comprensión, cuando no alimento, de los conflictos de izquierdas, y el necesario, exigible, ejercicio de la fuerza para garantizar el orden público. La teoría de Mije de que la guardia civil mató a 17 personas siguiendo las órdenes de los arrendatarios de los montes que estaban siendo desbrozados sólo se la creen él y los guionistas de la serie La República de TVE. La actitud de la guardia civil tuvo mucho más que ver con cumplir la legalidad (el desbrozamiento de montes de gestión privada era ilegal) y el orden público que con facilitarle a nadie sus intereses capitalistas. El gobierno hizo lo que tenía, lo que siempre tiene que hacer. Si una partida de veinte guardias civiles con seis detenidos se encuenta a dos mil pollos en un camino que se los quieren llevar por delante y, además, no tiene la capacidad que tendría hoy de pedir refuerzos, lo único que le queda es tomar la colina y defenderse. Gobiernen, que diría Unamuno, los hunos o los hotros.

Las peripatéticas teorías de aquel gobierno azañocasarista, de nefastas consecuencias para la Historia de España, le iban valiendo para los conflictos urbanos. En las ciudades medianas y grandes, en efecto, tenía a Falange practicando el terrorismo para justificar los desmanes de los fascistas de izquierda. En el campo, sin embargo, esa teoría no le valía. En el campo no había camisas azules; había yugos, sí; pero para los bueyes, no para los cabestros. En el campo, la única contrafuerza que tenían los anarquistas y ugetistas de la hoz era la guardia civil. Una de las primeras cosas que entendieron los gobiernos socialistas de 1982 en adelante es que no podían tratar a la guardia civil como si fuese una excrecencia que les sobrase en su esquema democrático; que, consecuentemente, un gobierno que se precie de serlo y que quiera un mínimo orden en las zonas rurales tiene que contar con la guardia civil como algo suyo. En este punto, Felipe González aprendió del pasado, del mal pasado del 36, que puede incluso que le contase el entonces senador José Prats, que algo tuvo que ver en la gestión de la crisis yestera.

Porque esta inteligencia que tuvo González en 1982 le faltó al gobierno azañocasarista medio siglo antes. Si el personal se encabrona durante tres semanas (si no años) por una mierda penalty que no les pita el árbitro en una mierda de final, imagínese el lector cómo se sentiría un guardia civil que, después de haber salido vivo de milagro de una batalla campal contra centenares de enemigos, van y le dicen que es que la culpa es de él que «se excedió en la represión». Te dan un pito y un tambor para que toques Las cuatro estaciones de Vivaldi, y luego encima te dicen que desafinas y que la St Martin in the Fields suena mucho mejor.

El problema, como digo, es que si el gobierno quería mostrarse comprensivo con sus hermanos anarquistas y marxistas rurales, no le quedaba otra que tomarla, en mayor o menor medida, con la guardia civil. Eso, además de colocar al instituto armado en la posición de hacer lo que acabaría haciendo (unirse mayoritariamente al golpe de Estado) supuso algo, a mi parecer, aún más grave aún, que es lanzar la idea, constante en el actuar del ejecutivo desde las elecciones de febrero, de que Madrid no estaba dispuesto a batirse el cobre por el orden público.

Muchos politólogos sostienen la idea de que la elección básica del ciudadano es entre orden y caos; apostar por lo primero suele ser enormemente rentable en términos de votos, porque la gente, mayoritariamente, lo que quiere es vivir tranquila. La apuesta de los gobiernos del 36, y muy especialmente del de Casares, fue radicalmente en contra de esa elección básica; conscientes de lo costoso que les podía ser eso, trataron de que Yeste pasara sin pena ni gloria por las conversaciones de los hogares y las tabernas de España.

Ya tiene delito que en el país que gobiernas la gente se mate y queme iglesias sin que hagas gran cosa. Pero siempre te queda el eufemismo famoso de las «acciones aisladas». Sin embargo, cuando lo que pasa es que una pedanía en pleno se declara en rebeldía y ataca a las fuerzas del orden con la intención de clavarle ganchos pineros en la cabeza, ni aisladas ni leches. Un gobierno con los pies en el suelo habría ido al Parlamento a decir bien alto que el que es atacado tiene la soberanía y el derecho de defenderse, máxime si es el ostentador del monopolio legal de la violencia. Y punto. Ni Flick, ni Flock. Algo así, sin embargo, habría recabado los aplausos de las derechas, y eso es algo que Casares ni podía ni, sobre todo, quería permitirse. Así pues, no lo hizo. Y, no haciéndolo, le enseñó a las clases medias de corte más conservador, amplísimas en la sociedad española de entonces, que, por mil veces que entrasen en el área, aunque por mil veces el portero contrario les pegase un tiro en la pierna, jamás se pitaría penalty a su favor.

Ahí reside la herencia, tan triste como repugnante, de los sucesos de Yeste.