lunes, noviembre 22, 2010

Camarada Felipe

Felipe II, el Rey Prudente, es, probablemente, uno de los personajes más controvertidos de la Historia de España. Como todo lo que es controvertido en nuestra Historia, el resultado de esa controversia es que el personaje resulte ser pasto de una interpretación histórica radicalmente alternativa. Unos consideran a Felipe II el rey de la gran y mejor España de la Historia, mientras que otros lo consideran el gran responsable de la decadencia del país. Como ocurre casi siempre que las interpretaciones son radicales, y cuando menos en mi opinión, ambas opiniones tienen parte de razón, y un mucho de sinrazón.

Felipe II, como la guerra civil del 36, como la relación de España con la religión católica, como el problema catalán, como algunas otras cosas, no es algo que pueda juzgarse con dos de pipas. Ni algo que pueda aspirar a ser algún día fruto de un juicio con aspiraciones de consenso.

No es mi idea de hoy desarrollar en algo tan humilde como el post de un aficionado a leer Historia el asunto que acabo de desplegar. Sólo quiero dejar aquí algunos apuntes destinados a contar algunas cosas de este rey, curioso a la par que insoportable, comprensivo a la vez que excesivamente rígido; un rey oxímoron, al fin y a la postre. Apuntes que pretenden, de alguna manera, sorprender al lector porque, tal vez, no los esperaría en tamaño personaje.

A mi modo de ver, lo primero que hay que colocar en su sitio, no sólo en lo ateniente a Felipe II sino a todo el Imperio español en su conjunto, es el asunto de la relación con los indios americanos. Falta a la realidad cualquier teoría que espere de los europeos renacentistas otro trato al indígena que no se base en la convicción de que se trata de un ser inferior, iletrado, inculto y falto de creencias. Hasta bien entrado el siglo XX, los indígenas de los pueblos colonizados, por europeos primero y norteamericanos después, eran conocidos, en español, inglés, francés y alemán, como «salvajes»; lo cual creo da la medida del tratamiento, en modo alguno igualitario, otorgado a estos pueblos, que fueron por lo tanto invadidos y conquistados. No obstante España, por diversas razones que sería complejo analizar aquí, ha sido objeto de una especie de propaganda histórica tendente a convencer al mundo de que su trato con los indios americanos fue especialmente cruel.

Sin embargo, hay elementos para pensar que el trato dado por los españoles a los indios en el siglo XVI, y del cual el principal ejecutor fue Felipe II, no tiene parangón con el dado, por ejemplo, a los indios de Norteamérica, además y para más inri, 200 o 300 años después. De hecho, la administración de Felipe II desarrolló la llamada legislación de Indias, que cualquiera puede consultar, y de la que no hay paralelo alguno para los soiux, navajos, apaches o dakotas. Ciertamente, la relación de los españoles con los indios fue, como decía, una relación desde la superioridad y la imposición. Cuando la legislación establece el principio de conseguir que los indios «sean enseñados y vivan en paz y noticia», es evidente que se refiere a cierto tipo de enseñanzas. Cabe considerar, en todo caso, que dichas enseñanzas ni siquiera se intentaron para con sus vecinos del norte.

La legislación de Indias eximió de todo impuesto indirecto a los impresos o manuscritos llevados a las Indias, con el objeto de favorecer así la extensión de la cultura (o, mejor, de cierta cultura; pero es que ninguna potencia colonizadora fue liberal en este terreno) en aquellas tierras. De modo y forma que ya en 1575 se imprimían libros en México, por cierto, hasta en doce lenguas indígenas; y resulta una pregunta interesante cuántos libros, de cualquier tipo, se imprimieron en Nueva York, en Boston o en Chicago, en las lenguas indias.

Una cédula real sobre las Indias dice: «Para servir a Dios Nuestro Señor y al bien público de nuestros reinos, conviene que nuestros vasallos, súbditos y naturales tengan en ellos Universidades y estudios generales, donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y Facultades y por el mucho amor y voluntad que tenemos de favorecer a dichos súbditos y desterrar de ellos las tinieblas de la ignorancia, creamos y fundamos estudios generales en las ciudades de Lima y Méjico». Este párrafo, con seguridad debido a la propia pluma del rey Felipe, que era autor directo de muchas de sus cédulas, revela un evidente paternalismo superior. Pero cabe preguntarse si ingleses, franceses o estadounidenses se ocuparon alguna vez de que indios, habitantes de la Conchinchina o de Argelia, o indios, nuevamente, fuesen instruidos y graduados en nada y abandonasen las tinieblas de la ignorancia. En la América española se fundaron 24 universidades mayores y menores; 25, contando la de Manila. En las reservas indias se han fundado casinos.

Hay elementos en la legislación de Indias que tienen un tufo moderno. Por ejemplo, los virreyes estaban obligados a presentar un inventario de todos sus bienes al abandonar el cargo; es obvio que esta norma se cumplió así, así; pero si la existencia actual de políticos corruptos no mella la voluntad de pedirles cuentas, el hecho de que existiesen virreyes venales no le resta intención a esta medida, que hay que recordar que tiene casi 500 años.

La legislación de Indias establece otros principios, como la obligación de corregidores y justicias de instruir a los indios en técnicas agrícolas. Asimismo, prohibía el trabajo de los indios de menos de 18 años de edad.

Esta última idea nos lleva a otro curioso elemento de la política de Felipe II: sus normas en materia laboral. En un edicto regulador del trabajo en las minas del Franco Condado, se establece: «Todos los obreros de las fortificaciones y de las fábricas trabajarán ocho horas al día, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde. Las horas serán distribuidas por los ingenieros según el tiempo más conveniente para evitar a los obreros el ardor del sol y permitirles el cuidar de su salud y su conservación, sin que falten a sus deberes». La jornada de ocho horas para el conjunto de los trabajadores es un logro del siglo XX. El edicto, asimismo, establecía la instauración de un economato para los obreros, así como la obligación pagar los jornales también por los días de fiesta (esto de no trabajar y aún así cobrar es algo de antesdeayer por la tarde).

Asimismo, en una cédula de 19 de octubre de 1573, que trata sobre las obras del monasterio de El Escorial, se dispone que a los aparejadores de carpintería y albañilería se les dispusiera de un permiso de diez días con percepción íntegra del salario disfrutado en nómina. Obvio es decir que las vacaciones pagadas aún tardarían cuatro siglos en llegar. En el caso de sufrir un accidente el obrero, se le debía abonar la mitad del jornal durante su recuperación.

Aún así, Felipe II no pudo evitar sufrir la que bien puede ser la primera huelga, o una de las primeras, de la Historia de España. Ocurrió en 1577 y su motivo fue la detención por el alcalde de El Escorial de unos canteros vizcaínos, a causa de alguna falta menor. La rabia del resto de los canteros, que entendían injusta la detención, se extendió a todos los obreros del monasterio, que dejaron de trabajar. La huelga terminó con eso que hoy se llama la cesión de la patronal. El rey, informado del acontecimiento, pasó palabra.

Otras cosas debidas a aquel reinado, cuando menos de forma embrionaria, son la inspección de enseñanza, creada por cédula de 15 de enero de 1573, que ordena a los justicias visitar periódicamente las escuelas, comprobando que los maestros realizan su labor, son aptos para ella, así como si se reza la doctrina cristiana. En algún sitio he leído que, incluso, el rey llegó a establecer beneficios para estudiantes pensionados en el extranjero, lo que podría ser tomado como un precedente del Erasmus.

El último apunte de este extraño olorcillo a modernidad que se aprecia en algunas legislaciones de rey tan envarado tiene que ver con eso que hoy llamamos ecologismo. Felipe II formó en Aranjuez, en 1555, el que algunos tienen por primer jardín botánico de Europa. Por lo demás, aquí copio el literal de una instrucción que en 1571 le envía a Diego de Covarrubias: «Una cosa deseo ver acabada de tratar, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento dellos; temo que los que vieneren después de nosotros y han de tener mucha queja de que se los dejamos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días». Si esto lo llega a decir el presunto jefe Seattle, con la frase se habrían decorado miles de habitaciones de colegio mayor.

Lo hermoso de las cosas es lo complicadas que son.