miércoles, septiembre 15, 2010

Matar a Hitler (1: los comienzos)

Supongo que no es mucho suponer que sean mayoría las personas que sepan que el supremo jefe de la Alemania nazi, Adolf Hitler, fue objeto de un atentado que estuvo a punto de acabar con su vida a finales de la segunda guerra mundial; más concretamente, el 20 de julio de 1944, en algún momento entre las doce y media de la mañana y la una de la tarde. Tampoco es improbable que a muchos les suene el nombre del conde Von Stauffenberg como autor de los hechos. De todo esto voy a hablar en estas notas. Pero lo voy a hacer, principalmente, para reivindicar otros muchos más nombres. Para demostrar, si puedo, que la conspiración para matar a Hitler, o más propiamente el conjunto de conspiraciones, fue un dédalo de voluntades.

Creo que es necesario contar esta historia para evitar una confusión muy frecuente alimentada, sobre todo, por el cine de Hollywood. Me refiero a utilizar la expresión «los nazis» como sinécdoque de la completa Alemania en guerra. Se dice, por ejemplo: «Tras descartar una invasión de las Islas Británicas, los nazis invaden la URSS». Existe una confusión, no sé si interesada o no, entre los diversos estamentos que conforman una sociedad compleja como la alemana, notablemente el ejército, y la fidelidad a los principios del nacionalsocialismo. No todos los alemames que hicieron la guerra eran nazis ni la hicieron por los motivos por los que Hitler la inició. No todos los alemanes, ni siquiera los mandos militares, acompañaron a Hitler más allá de 1941, cuando empezó a hacerse evidente que la guerra duraba demasiado, que estaba demandando demasiados recursos y, con el tiempo, que no podía ser ganada por el Eje.

Los conspiradores alemanes son conspiradores un poco especiales. Cuando los comunistas montan la infraestructura de lo que se conoció como la Rotte Kapelle o Banda Roja, es decir un grupo de espías que le cantaban a Moscú por onda corta los planes militares del Eje, les costó Dios y ayuda encontrar gente en Alemania que los ayudase. Para la resistencia alemana, una cosa era acabar con Hitler y otra muy distinta trabajar para que la nación fuera vencida por sus enemigos; lo cual demuestra que en el gesto de luchar contra el resto de Europa llevado a cabo por Alemania en los años treinta había muchas más cosas que el sueño de la supremacía de la raza aria.

Los conspiradores contra Hitler no lo serán contra Alemania, sino por ella. Los planes para matar a Hitler forman parte del montaje de un golpe de Estado militar, tan militar que sus jefes, teniendo fuerzas policiales a su disposición durante las horas en las que aún no se sabía en Berlín si Hitler estaba vivo o había muerto en Rastenburg, se empeñaron en no usarlas, porque su golpe era un golpe militar, no civil, aunque hubiese civiles implicados. Ellos querían matar a Hitler para que el ejército volviese a estar comandado por militares y soñaban, probablemente, con repetir la jugada de la primera guerra mundial, esto es conseguir un armisticio que mantuviese impoluta la estructura militar e industrial alemana (tentativa probablemente inútil, pues una cosa que los aliados tenían clara es que no debían repetir este error).

El primer opositor a Hitler es, probablemente, el almirante Wilhelm Canaris, jefe del denominado Departamento Z, es decir la inteligencia militar de la Abwehr. Canaris hablaba español, lo cual le dio cierto protagonismo en los contactos entre Hitler y Franco; y, que yo sepa, nunca se ha terminado de dirimir del todo si esta posición de intermediario, teniendo en cuenta su creciente oposición a lo planes del Führer, no tuvo algo que ver en que España no entrase en la segunda guerra mundial. El almirante tenía un segundo, el oficial Hans Oster, con quien compartía las ideas antihitlerianas. Canaris estaba bien situado en la nomenklatura militar alemana; también entre los más fervientes partidarios nazis. Reinhald Heydrich, por ejemplo, un ario atractivo y atlético que también ejercía labores de inteligencia y era un nazi ferviente, era tan amigo suyo que solia ir a su casa a interpretar música clásica con Erika Canaris.

Fue la pareja Canaris-Oster, obviamente doctorados en las conversaciones a media voz y los reclutamientos delicados, la que empezó a construir un grupo de alemanes de cierta importancia que se caracterizasen por su rechazo a la figura, o a las acciones, de Adolf Hitler. En esos contactos llegaron a otra figura fundamental en esta historia, el general Ludwig Beck, jefe del Cuartel General de la Armada y el militar de más alta graduación que llegó a comprometerse a plena conciencia con la conspiración. Beck llegó a decir que el día que juró fidelidad a Hitler fue el más negro de su vida, pero tenía dos handicap como conspirador: uno, era tremendamente dubitativo; de hecho, aunque se ha dicho que ya en 1938, durante el pulso entre Hitler y Chamberlain por Checoslovaquia, Beck estuvo a punto de liderar un golpe contra el Führer, es más que probable que esto no llegase en realidad muy lejor. El otro gran defecto es que tenía una salud de cristal. De hecho, pocos meses después de iniciarse los contactos conspiratorios hubo de ser operado de un cáncer de estómago.

Entre los nuevos aliados de la conspiración cabe destacar al diplomático Ulrich Von Hassel, que a mediados de los años treinta ocupaba la importantísima embajada alemana en Roma. El problema que presentaba Hassel es que, como los diplomáticos y los jueces de carrera auténticos, despertaba la desconfianza de los jerarcas nazis, que los consideraban mentes excesivamente libres. De hecho Ribentropp, cuando ascendió a la máxima responsabilidad de la diplomacia alemana, lo hizo llamar de Roma y lo mantuvo en Berlín sin responsabilidad alguna. Dado que tenía tanto tiempo libre y muy poco que agradecerle al nazismo rampante, Hassel convirtió su casa en Berlín, como hizo Beck con la suya, en un lugar propicio para las tertulias entre personas con las mismas inquietudes. En aquellas citas comenzó a aparecer Karl Goerdeler, un civil forjado en la administración municipal. Hombre de ideas conservadoras (los conspiradores contra Hitler estuvieron muy lejos de ser izquierdistas peligrosos), fue alcalde Leipzig. Inicialmente prohitleriano, comenzó a virar cuando los jerifaltes del NSDAP comenzaron a hacer, como diría Peter Griffin, «cosas nazis»; como retirar de Leipzig la estatua de Félix Mendelssohn, compositor de origen judío. Así pues, Goerdeler se retiró de la vida municipal, se convirtió en representante de la firma Bosch, lo que le permitía viajar, y se convirtió en una especie de mensajero profesional de la conspiración.

En 1938 Beck, en realidad el único conspirador con alto mando, fue cesado de su cargo. Este cese fue contemporáneo de los denominados casos Blomberg y Fritsch, que hicieron mucho por enervar la acción de los conspiradores.

El mariscal de campo Werner von Blomberg era ministro de la Guerra y comandante en jefe de las fuerzas armadas. A finales de 1937, se encoñó con una mujer que era casi una niña y en enero de 1938, no sin antes consultarlo con Hermann Göring, se casó con ella. En realidad, Göring transigió porque tenía miedo de carecer de poder suficiente para oponerse a Blomberg, puesto que éste pertenecía a la tradicional aristocracia militar alemana, opuesta, entre otras cosas, a estrategias como la famosa Blitzkrieg. Pero siguió investigando, hasta que descubrió que la flamante señora Blomberg había sido una vez prostituta. Habiendo sido el propio Hitler testigo de la boda, el asunto era un escándalo en el que, además, se acusó a Blomberg de mellar el prestigio de las propias fuerzas armadas.

En relativamente poco tiempo, pues, Hitler mató dos pájaros de un tiro. Forzó primero el cese de Blomberg y, en lo que respecta a su segundo, general Werner von Fritsch, lo hizo acusar de homosexualidad. La Gestapo disponía de un testigo para confirmar esta versión, pero en grueso de las fuerzas armadas permaneció impasible el ademán (y el alemán) sin creer la historia. Esto puso a Hitler en una situación complicada.

El jurado especial para el caso debía reunirse el 10 de marzo de 1938. En febrero, inopinadamente, Hitler suprimió el Ministerio de la Guerra, cesó del alto mando a dieciséis generales, y se nombró a sí mismo comandante en jefe de los ejércitos. Tres meses después, a finales de mayo, Hitler iniciaría su estrategia de tensión con Checoslovaquia con la celebración de unas maniobras en la frontera sudete; y, como veremos ahora mismo, lo de Austria estaba al caer. Es obvio que para ese movimiento le venía muy bien ser el commander in chief de las Fuerzas Armadas pero, como vemos ahora, existen otras razones estratégicas para dicho movimiento. Mediante su autonombramiento, el propio Hitler sucedió a Blomberg, evitando así toda oposición; y, como siguiente movimiento, nombró al mariscal de campo Walter von Brauchitsch en lugar de Fritsch.

El día 10 de marzo, como estaba previsto, el jurado del caso Fritsch se reunió presidido por Göring. Pero al día siguiente, 11 de marzo, Hitler anuncia la Anchluss con Austria. El jurado suspendió sus sesiones y sólo se reunió el 17, en un momento en el que el prestigio de Hitler se había multiplicado por haberse engullido Austria. Así las cosas, Göring, como presidente del Tribunal, aceptó las críticas al testigo de la Gestapo y formalmente rehabilitó a Fritsch, aunque no fue así puesto que el militar no recuperó su trabajo ni lavó su nombre. Abrumado, moriría al año siguiente, durante la invasión de Polonia, en lo que se ha considerado siempre como algo muy cercano al suicidio.

Estos dos casos enseñaron a los militares alemanes de pura cepa dos cosas: una, que los nazis estaban dispuestos a dominar por completo el ejército alemán. Y, dos, que estaban dispuestos a hacer lo que hiciese falta, incluso fabricar falsas acusaciones, para llevar a cabo estos planes. Teniendo en cuenta que, como ya hemos dicho, la conspiración contra Hitler es, primero que cualquier otra cosa, una conspiración militar, estos hechos tienen la máxima importancia. Estamos, pues, a las puertas de la primera conspiración contra Hitler. La más débil, la menos conspiración. Hitler, en realidad, y ésa es al menos mi opinión, no estuvo en peligro en ningún momento de aquel convulso año 1938. Lo cual tiene varias razones de ser.

La nómina de conspiradores crecía. Es el caso de Hjalmar Schacht, anteriormente presidente del banco central alemán y ministro de Finanzas, cargos que había abandondo en diciembre de 1937 cuando Hitler nombró a Göring, y no a él, plenipotenciario para el Plan Económico Quinquenal. Colaborador de Schacht era otro hombre que sería de gran utilidad para los conspiradores, Hans Bernd Gisevius.

Asimismo, el duo Canaris-Oster entró en contacto con Hans von Dohnanyi, un joven de buena familia, que era asistente del ministro alemán de Justicia, Franz Gürtner, el cual estaba intentando, de mala manera, frenar las acciones nazis en la Justicia alemana, que la abocaron de hecho a su destrucción y pleno sometimiento a la legalidad nacionalsocialista.

Entrados ya en el año 1938, Beck trata de ganar para el bando conspirador a Brauchtischt. Éste, sin embargo, se muestra reservón y apenas actúa para permitir a Beck celebrar en agosto una especie de cumbre de generales. Cuando Hitler se enteró, citó a los generales en su guarida montañosa del Berghof y les echó una bronca de narices que forzó la dimisión de Beck. En todo caso, éste fue sustituido por el general Franz Halder, asimismo partidario de los conspiradores.

El crecimiento del grupo de conspiradores, los asuntos Blomberg y Fritsch y, sobre todo, la estrategia de máxima tensión bélica llevada a cabo por Hitler en aquel año, estrategia que culminó en los acuerdos de Munich por los cuales Checoslovaquia le fue entregada, forzaron a los conspiradores a pasar la acción. Si Hitler precipitaba a Alemania a la guerra (que es, como sabemos bien, exactamente lo que estaba haciendo), se desataría una revolución conservadora. Beck se lo explicó así a Halder y éste inició una serie de contactos con Goerdeler, Schacht, Oster y toda la pesca. Conforme la tensión que hizo crisis en Munich se acrecentaba, Halder llegó a la convicción de que era necesario algún tipo de golpe de Estado y acudió a Schacht para que le garantizase el apoyo político.

El plan era sencillo: un grupo de generales acudiría a ver a Hitler, lo situaría bajo arresto y lo sometería a un juicio supersónico con el cargo de haber puesto Alemania en peligro. Uno de los nuevos conspiradores, Hans von Dohnanyi, fue encomendado de buscar respaldo jurídico para declarar a Hitler loco e incapaz. Para ello, Dohnanyi contactó con otro miembro de la conspiración, Otto John, para que asimismo contactase con su suegro, el neurólogo Karl Bonhoeffer. El médico estudió una serie de informaciones que se le facilitaron sobre los padecimientos pasados de Hitler y concluyó que una persona de estas características bien podría estar mal de la cabeza.

Dado que el golpe de Estado era prácticamente impracticable para un grupo tan reducido de conspiradores, sobre todo teniendo en cuenta que eran fundamentalmente militares y que Hitler ya se había cuidado mucho de crear poderes paramilitares, o amilitares si se prefiere, como las SS o la Gestapo, pronto la resistencia pensó en la necesidad de encontrar apoyos entre los enemigos de Hitler. Para ello fue enviado a Londres el mayor Ewald von Kleist-Schmensin, quien para conseguir sus contactos contó con la ayuda e Ian Colvin, corresponsal en Berlín de The News Chronicle de Londres; y el funcionario de la embajada británica Sir George Ogilvy-Forbes.

En Londres, Kleist se reunió con funcionarios del Foreign Office y con Winston Churchill; político que, no se olvide, en ese momento no estaba en el poder sino que era considerado entre los propios conservadores como una voz excesivamente pesimista sobre las posibilidades de una guerra europea. Kleist le contó, ya en agosto de 1938, que Hitler tenía la convicción personal de que ni Londres ni París moverían un dedo por Checoslovaquia; dato éste que desmiente el hecho de que los británicos pudiesen firmar semanas después el pacto de Munich pensando que habían convencido de algo a Hitler. Solicitó tomas de posición públicas por parte de personas de la mayor relevancia en Reino Unido contra la guerra y sus peligros. Neville Chamberlain, cuando conoció estos informes, llamó a consultas a su embajador en Alemania, Neville Henderson. Pero Henderson era un firme partidario de la política de paños calientes con Hitler, así pues le tranquilizó.

Von Kleist, sin embargo, no fue el único. Theodor Kordt, consejero en la embajada alemana en Londres, llegó a hablar incluso con Lord Halifax, secretario de Estado, avisando de los peligros de contemporizar con Hitler. Chamberlain, para entonces, ya había decidido pactar en Berlín.

Beck, Canaris y Halder estuvieron en el verano de 1938, pues, dispuestos a dar un golpe de Estado contra Hitler. Contaban para ello con la compañía del sucesor de Halder, general Erwin von Witzleben; del conde Wolf Heirinch von Helldorf, jefe de la Policía de Berlín; o Erich Hoepner, comandante de la Tercera División Panzer. Witzleben encargó a un joven militar, Friedich Wilhelm Heinz, formar el comando que arrestaría a Hitler. Hay quien dice que también se le ordenó que se lo montase de manera que, durante el arresto, no hubiese más remedio que meterle dos tiros, bien encima, bien debajo del bigote.

¿Por qué no se llevó a cabo el golpe de Estado? Esta pregunta tiene muchas respuestas. La frialdad británica es, probablemente, una de gran importancia; es, de hecho, la tesis que escribiría después de la guerra uno de los conspiradores, el jurista conservador, de inspiración cristiana, Fabian von Schlabrendorff. Beck y Oster hicieron llegar a Corvin la información de que Hitler tenía la intención de invadir Polonia (no se olvide que ese movimiento fue el que, medio año después, desató la guerra) el 29 de marzo; exactamente dos días antes que el gobierno de su Majestad anunciase en la House of Commons que Francia e Inglaterra apoyarían a Polonia si era agredida. Asimismo, Canaris avisó a Londres el 3 de septiembre (48 horas después de declarada la guerra) de un ataque aéreo sobre Londres; ataque que, además, Halder se las arregló para obstaculizar. Estas coincidencias vienen a demostrar que la resistencia alemana rindió importantes servicios a los aliados, mientras que éstos no hicieron gran cosa por ellos.

Pero, sea cuales sean las razones, lo realmente indiscutible son las consecuencias. Después de Munich, el prestigió de Hitler se disparó de tal manera que hizo ya imposible un golpe de Estado que aspirase a tener un mínimo de apoyo social. Más aún después del 15 de marzo de 1939, cuando los alemanes entraron en Praga y Hitler se ganó la fama social de invencible de la que iba a vivir los siguientes seis años.