viernes, septiembre 17, 2010

Aquel desgraciado 9 de junio

Dado que mi pequeña historia sobre la oposición a Hitler está en una máquina a la que ahora mismo no tengo acceso, voy a hacer un pequeño receso y os voy a dejar, este fin de semana, una historia que tal vez no conozcáis (sería lógico, pues a los españoles nos es apenas tangencial); que tiene sus elementos curiosos y notables y, sobre todo, es una historia visitable. Toda la cuestión es que os vayáis algún día a París, os acerquéis por la Bastilla y allí toméis la rue Saint-Antoine y os detengais, más o menos, a la altura del número 62.


Allí murió un rey.


Jueves, 30 de junio de 1559. Un mal año para ser francés. El larguísimo conflicto con España para ver cuál de los dos va a compartir con el Papa el dominio básico de Italia se ha saldado con un resultado parecido al de la reciente copa del mundo de fútbol, esto es: Francia encabronada, dividida y perdedora, y España encantada de haberse conocido. En la paz de Cateau-Cambresis, a los franceses se les peló la piel lateral de las piernas de tanto bajarse los pantalones. Ciertamente el rey, en oportuno bando, anunció el final de la guerra animando a sus súbditos a «de louer et célébrer un si gran bien». Que la paz había sido grand, cierto; pero lo de bien... en fin. Francia cedió en aquel tratado sus reivindicaciones sobre Saboya, el Piamonte, el Milanesado, Córcega y otras tierras italianas. O sea, salía del futuro país berlusconita con el rabo entre las piernas. Además, se avenía a ciertos arreglos maritales propios de la época. Aceptaba que Felipe II, rey de España, se casara con Isabel de Francia, hija del rey Enrique II y que entonces tenía trece años. La hermana del rey, Margarita, era asimismo casada con el duque de Saboya, Felipe Manuel. El saboyano aún tuvo el detalle de presentarse a formalizar la boda por sí mismo; Felipe II envió al duque de Alba, pues los de Alba, en la Historia de España, han servido lo mismo para un roto que para un descosido.

Con todo, no es la paz de Cateau-Cambresis lo que nos interesa. Lo que nos interesa es la situación jodida en la que quedó el rey francés, con un pueblo cabreado. Aunque Enrique II fuese rey de Francia, que es cosa que siempre ha sido muy pintona, todavía faltan algunos años para que la monarquía francesa sea esa cosa superpoderosa que llegó a ser. Es tan distinto el régimen de vida de los reyes de entonces que Enrique II no vive en un palacio, sino en un hotel, el hotel des Tournelles. Así pues, la corona sabe que tiene que hacer algo para impulsar el buen rollito social. Es por ello que recibe aquella paz con grandes alharacas, celebrando que las armas callen, y decide celebrarlo con un torneo al viejo estilo medieval.

Para ello, la calle entonces más larga de París, la de Saint-Antoine, es literalmente invadida por los obreros reales, los cuales construyen en su interior una pista de torneos como ésa que habréis visto en las pelis de la Edad Media, es decir con un forillo en la mediana para dividir a los caballeros, que para batirse corren la pista de parte a parte, cada uno en su lado, lanza en ristre, y en el embroque se arrean unos hostiones del cuarenta y dos, resultando ganador el que quedaba sobre el caballo. En la dicha calle se colocaron tarimas y otros arreos, así como unas gradas o balconadas para la gente importante. Por ello tiene tanta importancia el número 62. A su altura se colocó el balcón donde estaría la reina, la cual, como veremos, tiene su importancia en esta historia.

A los vecinos les debió hacer poca gracia la cosa. Al fin y al cabo, era la segunda vez en el año que les dejaban sin calle. A principios de ese mismo año, y con ocasión de la boda de Mary Stuart o María Estuardo con el delfín de Francia, ya se había adecentado el mismo sitio para ofrecer a los esposos un combate entre turcos y moros. Cuentan las crónicas que los tambores al modo otomano hicieron las veces de vuvuzelas para amargarle la vida a los residentes de la zona. Por aquel entonces María tiene 14 años y su marido Francisco, 15. La gente dice que la reina pasa las noches esperando en vano. Dicen las crónicas de la época que Francisco «il a les partes génératrices constipées». Literalmente, los huevos estriñidos.

El hecho de que las cosas se hicieran así revela, a mi modo de ver, el deseo del rey por convertir aquel torneo en una operación de imagen. Es obvio que en el París de 1559 hay terreno de sobra para montar el torneo en cualquier mesetilla sin necesidad de andar jorobando a nadie. El hecho de organizarlo y colocarlo en la misma ciudad revela cierta intención por conseguir elevada audiencia. ¿Audiencia para qué? Pues, entre otras cosas, para recuperar la imagen de guerrero sin par. Porque el rey, ese mismo rey que acaba de perder una guerra, participa en el torneo.

El torneo empieza el 28, y en sus dos primeros días va de coña, con el rey entre los ganadores de las justas. El jueves 30 las celebraciones comienzan a las 9 de la mañana. A la citada altura del número 62 toma asiendo en su palco la reina Caterina. Hasta ahí todo normal. Pero no es la única mujer en el palco de honor.

Enrique II era, sin duda, un hombre un tanto especial. Tiene, como otros muchos monarcas de la época, una amante. Lo que no es tan normal es que esa amante, Diana de Poitiers, duquesa de Valentinois, tenga la friolera de 60 años; y no olvidemos que 60 tacos de hoy son como setenta y pico u ochenta de hoy en día, como poco.

Cuentan las crónicas que lo de Diana de Poitiers es un caso de dificilísima explicación. Sucintamente: con sesenta años, estaba que lo crujía. El escritor Pierre de Bourdeille, abad de Brantôme, dejó testimonio del encuentro que tuvo con ella cuando ya tenía setenta años; y dijo encontrarse con una mujer «tan bella, con un rostro tan fresco, tan atractiva como una mujer de treinta años».

El rey Enrique no sólo se apretaba a la Valentinois; es que además, como vemos, le reservaba sitio en el palco, cerca de a su presunta costilla. El Renacimiento tiene estas cositas.

La cosa no termina ahí. Enrique II lleva en su armadura sus colores, que son el blanco y el negro. Pero es que da la casualidad de que ése es también el código cromático de su amante, que le ve desde el palco vestida de negro, como corresponde al luto por su marido, el señor de Brezé. Dado que en las justas medievales era costumbre que el caballero portase algo de su amada o de la mujer en favor de quien luchaba, esta coincidencia da para un montón de comentarios maledicentes, a los cuales los franceses son tan proclives como nosotros mismos.

Caterina tiene sentimientos encontrados hacia Diana de Poitiers. Por un lado, lógicamente, la metería en el váter y tiraría de la cadena. Pero, por otro lado, sabe bien que es Diana la que ha obligado al rey a administrar sus ardores sexuales y visitar el tálamo nupcial de cuando en cuando por el bien del Estado; lo cual le ha permitido a la reina tener nada menos que diez hijos (de los cuales tres, por cierto, serán reyes de Francia); y eso a pesar de que se decía que al rey la reina le recordaba físicamente al papa León X. Y hay que reconocer que pensar en un papa no es la manera más propia de convocar a la líbido.

Este odio jodidillo queda bien expresado en la frase que la tradición adjudica a la propia Caterina: «Quiero bien a Madame de Valentinois; aunque le he hecho saber cómo lamento esto, pues jamás una mujer que ama a su marido ha amado también a su puta».

Ésta es la pareja que comparte palco en el torneo del 9 de junio de 1559, jueves.

El primer enfrentamiento es contra el duque de Saboya, futuro cuñado. El rey le arrea un lanzazo y lo manda al suelo. Antes del duelo le ha dicho el monarca: «apriete bien vuesa merced los tobillos, que pienso embestir sin respeto ni de alianzas ni de fraternidades». Si las condiciones de una paz desventajosa obligaron al rey francés a aceptar aquel matrimonio, parece claro que en el duelo se vació de su mala hostia.

El siguiente contrincante es el duque de Guisa, un hombre de quien se nos dice que era enorme y a quien todo el mundo conoce como Balafré (Scarface en francés) por una enorme herida en la cara que se ha hecho en la guerra por su puta manía de ir a la batalla a cara descubierta. También le gana el rey.

Tras esa victoria, el rey envía a Filiberto de Saboya, propietario del caballo que monta, a decirle al duque saboyano, su futuro cuñado, que el animal es excepcional. Filiberto vuelve con el recado de la reina de que el rey deje de luchar, pues es tarde ya y va haciendo frío. Sin embargo, el rey no quiere parar. Tengo que investigar esto un poco más, pero da la impresión de que el número tres tiene su importancia en los torneos medievales. En un libro de crónicas del catalán Ramón Berenguer he leído que, en yendo a un torneo, tuvo que llamar tres veces para que le dejasen entrar (rito probablemente preceptivo). En el mismo sentido, el rey aduce al recado de la reina que él va ganando y, tal y como es costumbre, por ello tiene que conceder tres duelos.

Así pues, hay un tercer contrintante: el comandante de la guardia escocesa Gabriel de Montgomery, conde de Lorges. En la primera embestida, no cae ninguno de los dos. Según la costumbre, en ese momento el torneo puede acabar: el ganador de la jornada ha concedido el tercer enfrentamiento, éste ha acabado en tablas, así pues todos a casita. Pero el rey quiere un segundo embate. El propio Montgomery le insiste para que lo dejen, pero Enrique se empeña. En el segundo embate, ambos contendientes rompen las lanzas, pero no caen. Y entonces pasan cosas muy raras.

La primera es que el rey, decidido a un nuevo embate, toma una lanza nueva. Pero Montgomery no. El escocés olvida coger una nueva o, al menos, cuando aún no lo ha hecho, y contrariamente a la costumbre, las trompetas suenan. Para que nos entendamos: es como si el árbitro del Madrid-Barça pita el inicio del partido cuando aún hay medio equipo del Barça que no ha salido al campo.

Los caballeros obeceden a las trompetas, así pues se van a su lado de la calle, y salen al galope; el rey con una lanza completa y Montgomery con una lanza rota. Cuentan las crónicas que los contendientes llegan a la altura el uno del otro, se oye un chirrido de acero, el golpe de los yelmos contra la arena... y luego el público se da cuenta de que Montgomery todavía conserva su media lanza en la mano.

Todo parece indicar, en mi opinión, que el hecho de que Montgomery cargase con una lanza rota es el responsable de la tragedia. La punta de la lanza era extremadamente delgada y afilada y además, el escocés, al embestir contra el rey, llevaba un arma más ligera de lo que estaba acostumbrado a llevar, lo cual, probablemente, hizo que la llevara algo más elevada de lo normal. Lo fundamental en un torneo es tirar al suelo al contrincante, por lo que el objetivo de la lanza es golpearle lo más cerca posible de su centro de gravedad, en algún sitio entre el ombligo y los pezones. Pero Montgomery, como digo, llevaba un lanza ligera y afilada, a altura superior.

Había impactado en la cara del rey. Enrique II todavía tiene la presencia de ánimo de cabalgar hasta su rincón. Una vez allí, se deja caer en brazos de sus escuderos.

En su cama del hotel des Tournelles, todos los testigos están horrorizados. La lanza ha penetrado por el ojo derecho del rey y ha seguido penetrándole hasta salir por la oreja del mismo lado. Montgomery llora desconsolado a los pies de la cama (esto es lo que dicen las crónicas; lo cierto es que en el grabado de la escena que se conserva en la Biblioteca Nacional de París, da la impresión de que el ojo que está vendado es el izquierdo. Pero cabe considerar que, por las características de los duelos, el lado derecho del combatiente era siempre el más cercano al contrincante, por lo que es lógico que fuese éste el herido).

El famoso cirujano Ambroise Paré es llamado a la cama del rey. No se repara en medios. De hecho, la práctica totalidad de los condenados a muerte en las cárceles parisinas serán ejecutados en las próximas horas, se les cortará la cabeza y se le entregarán a Paré, para que éste pueda ensayar en frío diversas estrategias para extraer esquirlas de lanzas de un ojo derecho. Paré es, por cierto, quien ha tratado la herida de guerra en el rostro de Balafré; colocó valientemente un pie sobre la cabeza del duque y, con gesto seco, arrancó el trozo de lanza que tenía clavado. Pero, esta vez, entre que es un ojo, y que es el rey, no se atreve. Apenas le quita aquellas esquirlas que es capaz de extirparle desde los orificios de la nariz. Genio y figura, el día 9, el rey exige que se celebre el matrimonio de su hermana. El 10, por la mañana, expira.

En medio de esa tragedia, Caterina, nuestra reina tragabilis, tiene la presencia de ánimo para labrar su venganza. Lo primero que hace es prohibir la entrada de Diana de Poitiers a la alcoba del rey; así pues, Enrique se murió sin despedirse de su amante. El día 9, cuando el rey reclama el casamiento del de Saboya, signo inequívoco de que sabe que no le queda ni un intermedio, Caterina le manda un recado a Diana en el que, fríamente, le exige que devuelva las joyas de la corona en su poder. A la muerte del rey, la reina viuda aún le obligará a devolver un montón de pasta que el rey le dio, e incluso el imponente castillo de Chenonceaux.No hay más que verlo para imaginarse los polvetes que debieron echar Diana y Enrique escuchando el agua pasar debajo de ellos...

La reina, además, dio orden de derribar el hotel des Tournelles, en cuyo lugar, tiempo más tarde, se construiría la actual plaza de los Vosgos. Lo hizo por un sola razón: viviendo en Tournelles, prácticamente fuese a donde fuese, tenía que pasar por la calle Saint-Antoine. Probablemente, cada vez que lo hiciese aún vería el rostro perdido del hombre al que sin duda amó sinceramente, aunque él le viese a ella cara de papa y se dedicase, por ello, a frotarse con una señora veinte años mayor que él.