miércoles, enero 11, 2023

Anarcos (4): La República como problema

La primera CNT
Las primeras disensiones
Triunfo popular, triunfo político
La República como problema
La división de 1931
¿Necesitamos más jerarquía?
El trentismo
El Alto Llobregat
Barcelona, 8 de enero de 1933
8 de diciembre, 1933
La alianza obrera asturiana
La polémica de las alianzas obreras
El golpe de Estado del PSOE y la Esquerra
Trauma y (posible) reconciliación
Tú me debes tu victoria
Hacia la Guerra Civil
¡Viva la revolución, carajo!
Las colectivizaciones
Donde dije digo...
En el gobierno
El cerco se estrecha
El caos de mayo  



Por mucho que, meses después y ya en 1931, la CNT ofreciese esta interpretación tan binaria de las cosas, lo cierto es que los anarquistas, y muy particularmente los anarquistas catalanes, estuvieron muy lejos de practicar esa calculada distancia revolucionaria respecto de los grupos políticos de izquierdas catalanes que pretende el informe de Arín. En septiembre, Françesc Macià regresó a Barcelona y el gobernador civil, general Ignacio María Despujol y Sabater, lo echó de España en apenas unas horas. El 2 de octubre, Lluis Companys impulsó un manifiesto que reaccionaba contra esta medida, manifiesto que fue firmado por diversas personas de izquierdas, como Joaquín Maurín, y también por Joan Peiró. La publicación de este manifiesto provocó la creación de un comité revolucionario, denominado Comité Pro Libertad.

El 7 de octubre, los anarquistas se reunieron con Rafael Sánchez Guerra, hijo del ex primer ministro ahora conspirador contra la monarquía. Sánchez Guerra hablaba en nombre del comité revolucionario de Madrid, donde estaban aquéllos que formarían el primer gobierno de la II República. Los de Madrid pidieron ayuda a la CNT para derribar a la monarquía, y la CNT contestó pidiendo armas para el pueblo, claro. La respuesta les hizo pensar que estaban ante revolucionarios de boquilla.

Alejandro Sancho Subirats, capitán de ingenieros de ideas revolucionarias, era entonces el enlace con el comité militar de la conspiración republicana, presidido por Gonzalo Queipo de Llano. Fue, por ello, el portavoz de la impaciencia anarcosindicalista ante lo que consideraban melindres de los políticos republicanos. Por ello, le transmitió a los estrategas de San Sebastián el ultimátum de que si el movimiento republicano no se producía antes del 19 de octubre, los anarcosindicalistas se sentirían liberados de todo compromiso. El comité de Madrid no les escuchó y por ello Sancho, el comandante Ramón Franco y algunos políticos catalanes decidieron realizar un movimiento revolucionario por su cuenta, con el apoyo de la CNT. Los tres dirigentes del movimiento por los anarquistas debían ser Rafael Vidiella, Mauro Bajatierra y Salvador Quemades.

El plan se asentaba sobre 72 horas de conflictividad laboral extrema. Se trataba de paralizar Bilbao, Logroño, Zaragoza, Calatayud, Teruel, Sagunto y Valencia. Sin embargo, hubo filtraciones y, los días 10 y 11 de octubre, el gobierno descabezó la hidra: fueron detenidos Franco (Ramón), Sancho Subirats, Pestaña, Sebastià Clara, Manuel Sirvent, Escrig, Companys y Joan Lluhi Vallescà, entre otros. Sancho Subirats, de hecho, nunca superó aquella prisión, muriendo meses después de una enfermedad adquirida en Montjuïch.

La CNT, sin embargo, no se detuvo. El 15 decretó huelga de la construcción en Barcelona. Duró una semana y provocó múltiples detenciones, entre ellas Peiró, Eusebi Carbo, Pou y Pedro Massoni. El Comité Pro Libertad, tratando de salvar su existencia, nombró un subcomité para mantener el contacto con otros conspiradores, en el que se integraron Maurín, Artemi Aiguadé o Magriñá; pero la CNT se retiró a finales de aquel mes de octubre.

El gran problema que se le presentaba a los anarquistas es que no se terminaban de fiar de las intenciones de los conspiradores burgueses, por así llamarlos. A sugerencia de Peiró y Carbó, enviaron un emisario a Madrid a parlamentar con los integrantes del comité revolucionario; esa persona regresó a Barcelona convencida de las intenciones del golpe del Estado. El comité de Madrid, por su parte, decidió hacer lo mismo, y envió a Miguel Maura (futuro ministro del Interior) y Ángel Galarza (futuro director general de la Policía) a Barcelona. Estos dos emisarios solicitaron verse con Peiró y Massoni. Maura y Galarza le dijeron a los cenetistas que lo que se esperaba en Madrid de los anarquistas era que se pusieran de acuerdo con la UGT para realizar una prolongada huelga general que debería preceder al golpe de Estado. Maura les aseguró que ya estaban comprometidos para la huelga los 30.000 trabajadores ferroviarios afiliados a la UGT. Eso sí, para el bien del golpe de Estado, los conspiradores consideraban que lo mejor que podía ser la huelga general era pacífica. Una huelga general pacífica no crearía las circunstancias para una intervención militar que, por definición, pondría en peligro la logística del golpe republicano.

Peiró y Massoni, en pura práctica anarcosindicalista, contestaron que ellos no eran nadie para comprometer nada. Al día siguiente, se hicieron recibir por el Comité Nacional. Entonces del propio Comité habló con Maura y Galarza (estos dimes y diretes sugieren con fuerza que ninguno de los conspiradores de Madrid conocía ni entendía la forma que tenía la CNT de trabajar). De hecho, el Comité Nacional ni siquiera se consideró plenamente autorizado para decretar la colaboración o no con el movimiento, por lo que decidió convocar un pleno. Este pleno fue el 15 de noviembre de 1930, aproximadamente dos semanas después de los primeros contactos. El pleno aprobó “mantener una inteligencia” con los conspiradores, pero poco más. A los anarquistas seguía preocupándoles mucho mantener su pureza apolítica; por ello, decidieron que no convocarían huelgas, ni totales ni parciales, que pudieran ser una ayuda para los conspiradores; ni atender ninguna petición que llegase de políticos burgueses. Sin embargo, como digo, lo que sí aprobó fue mantener el contacto con las organizaciones que buscaban la caída de la monarquía. Pero siempre dejando claro que “inteligencia no es pacto”.

En todo caso, además de los proyectos revolucionarios, también estaba la situación del país en sí. Pocos días después del pleno, la situación social del país se deterioró muy rápidamente, con un rosario de huelgas. Barcelona estuvo prácticamente paralizada, no tanto por una huelga general como por la acumulación de huelgas parciales.

En diciembre se produjo la sublevación de Jaca. Sublevación que sabemos, por las cosas que le contaron Maura y Galarza a Peiró y Massoni y por otros muchos testimonios, que tenía que ser como poco contemporánea de una huelga general impulsada por la UGT que nunca llegó, porque el sindicato decidió a última hora que todo estaba demasiado verde, pero tampoco se preocupó de enviar muchos Whatsapp contándolo. Así las cosas, la huelga convocada en Madrid, a pelo puta, el 13 de diciembre, un día después de la rebelión de Galán, no tuvo ningún éxito.

El 15 de diciembre, la Policía trincó a los miembros del comité regional catalán de la CNT, que se habían ido al aeródromo de Llobregat para intentar hacerse con el control de varios aviones.

En general Berenguer dimitió en febrero de 1931, y se vio seguido por el conocido como gobierno de la encerrona del general Aznar. El 19 de marzo la CNT celebró un pleno clandestino que decidió no solicitar su legalización, por estar los anarquistas convencidos de que el que estaba a punto de caer era el rey. En esos momentos, como nos han contado fuentes como Joaquín Pérez Madrigal, ni siquiera los republicanos creían eso.

Pero los hechos demostraron que los anarquistas tenían razón. El 14 de abril, tras el resultado de las elecciones municipales y la salida del rey, la CNT distribuyó unos pasquines por Barcelona en los que saludaba más la caída de la monarquía que la llegada de la República, de la que declaraba no ser entusiasta; reclamaba la libertad de sus presos; y anunciaba una huelga general como primera providencia, que se vería seguida de otras movilizaciones por decidir.

El 15, sin embargo, la huelga general no habría de comenzar. Un hasta entonces bien conocido de los anarquistas, el concejal electo Lluis Companys y muy pronto gobernador civil, declaró el día festivo. En la misma noche del día 14, Macià trató de convencer a Ángel Pestaña para que aceptase una cartera en el gobierno de Cataluña.

En aquel entorno, aquello a lo que aspiraban los políticos de la Esquerra, el principal de ellos Companys, no era la implicación de la CNT; pero sí, cuando menos, que no le pusiera al nuevo régimen palos en las ruedas. Argumentaba que el nuevo régimen siempre sería mejor que lo que había anteriormente y que, consecuentemente, la política inteligente de los anarquistas era dejarlo germinar, aunque no colaborasen con él. En la práctica, éste y otros planteamientos sometían al anarquismo ibérico a la gran cuestión de si debía, o no, colaborar con el nuevo régimen. Dirigentes ya históricos como Pestaña o Peiró estaban por esa labor. Sin embargo, no podían trabajar en contra el hecho, palmario para cualquiera que trabajase en los comités catalanes de la organización y también en otras regiones de España, de que la mayoría de los miembros de la organización eran eso que doy en llamar esencialistas.

Creo que no es faltar a la verdad escribir que si hubo una organización que no se hizo ninguna ilusión con la llegada de la República, ésa fue la FAI. La Federación era ya para entonces un grupo bien cohesionado, que había sabido generar sus propios líderes, sobre todo en la persona de los conocidos como los tres mosqueteros: Juan García Oliver, Francisco Ascaso Budría y Buenaventura Durruti. Los tres eran integrantes de un grupo de faístas conocido como Los Indomables, en el cual también estaban integrados Joaquín y Domingo Ascaso, Aurelio Fernández, Gregorio Jover, Miguel García Vivancos, Manuel Rivas o Antonio Ortiz. Estos miembros de la FAI desconfiaban a fondo de los políticos de la Esquerra, y se posicionaban abiertamente en contra de colaborar con ellos. La CNT, o cuando menos su Comité Nacional, tenía otro planteamiento. Desde el primer momento de la República, el anarcosindicalismo se había centrado en el peligro que suponía para el nuevo régimen la posibilidad de una reacción, sobre todo militar, y la necesidad de estar preparados para enfrentarla. Esa necesidad llevó directamente al Comité Nacional al concepto de defensa de la República que, aunque no era formalmente apoyarla, tampoco era, desde luego, permanecer ajeno a ella.

La FAI no era de ese criterio, y en su postura encontró la connivencia con el trotskismo. León Trotsky publicó una carta el 31 de mayo de 1931 en la que calificaba de “detestable” el régimen de la Esquerra en Cataluña, y acusaba al anarcosindicalismo de haberse convertido en “subalterno” de ese mismo régimen. Al día siguiente, 1 de mayo, la FAI convocó un mitin en el que se generó una lista de reivindicaciones obreras al nuevo régimen. Una parte muy importante de los asistentes en la reunión salió en manifestación, encabezados por García Oliver, Durruti, Ascaso y Santiago Bilbao, hacia el palacio de la Generalitat. Trataban de dejar bien claro que sólo apoyarían a aquél que les respondiese.

La CNT, por lo demás, había recibido, ya desde las primeras boqueadas del régimen, una mala noticia: la amplia implicación del PSOE en el nuevo gobierno republicano (que no estaba nada clara; hay que recordar que Indalecio Prieto había estado en San Sebastián meramente a título personal y, de hecho, en contra del criterio de Francisco Largo Caballero); y que, como consecuencia de esto, el estuquista de la UGT habría de ocupar la cartera de Trabajo. Para los cenetistas (y para cualquiera que haya estudiado un poco de Historia), Francisco Largo Caballero no era sino la imagen del colaboracionismo de la UGT con el régimen del general Primo de Rivera; un hombre, en cualquier caso, enfrentado de largo con los anarquistas, por lo menos desde 1902, cuando los anarquistas quisieron organizar en Madrid una huelga general con la que consiguió paralizar Barcelona, y él lo impidió. La inmensa mayoría de las cosas que Largo Caballero hizo durante la Dictadura, la República y la Guerra Civil, en efecto, se explica por el temor que siempre sufrió a que los anarquistas le ganasen el monopolio de la lucha obrera. Si Largo Caballero se convirtió en el Lenin español y convirtió al PSOE en una organización marxista de libro que buscaba la fusión con los comunistas, fue por cortar la penetración anarquista a su izquierda y así evitar la pérdida de importancia social de la UGT.

Como ministro de Trabajo, Francisco Largo Caballero se planteó dos cosas: una, sacar adelante una legislación social que fuese más allá, pero en realidad se inspirase en, los mecanismos ya desarrollados durante la Dictadura. La segunda cosa que se planteó fue crear y apuntalar el liderazgo sindical de la UGT; y eso sólo lo podía hacer fagocitando a la CNT. El Ministerio de Trabajo a sus órdenes publicó, desde la implantación de la República hasta final del año 1931, 51 leyes y decretos; y 57 más entre enero y agosto de 1932. De esta manera la UGT, un sindicato que en 1930 era bastante poco relevante con sus 277.011 miembros, básicamente radicados en algunos sectores concretos, en dos años tenía 1.041.539 miembros.

El primer decreto de Largo Caballero, publicado el 22 de abril, declaraba el 1 de mayo día festivo. El 7 de mayo, en una norma mucho más importante, Largo Caballero reinstauró los jurados mixtos, en este caso en el ámbito rural. Esta ley de jurados mixtos inició una tendencia que permanece a día de hoy, es decir, la tendencia de extender el papel de los sindicatos más allá de donde tiene sentido por su nivel real de implantación. Se daba la potestad a estos jurados a entender de todo tipo de contratos y relaciones laborales; lo cual, en la práctica, quería decir que se establecía el control o, cuando menos, la presencia sindical incluso en aquellos casos en los que dicha presencia no se hubiese demostrado con la existencia de afiliados. En parte, esto se hizo por la misma razón por la que hoy se le otorga a los sindicatos poder de negociación y decisión sin exigírseles presencia sindical demostrada: para otorgarles una capacidad de la que, en realidad, carecen. Pero en 1931, Largo Caballero tenía otro objetivo en mente. Sabía bien que los anarcosindicalistas nunca formarían parte de los jurados mixtos, pues incluso aquéllos de sus dirigentes más moderados, como Pestaña, admitían que los jurados mixtos negaban la esencia del entendimiento anarcosindicalista de las relaciones laborales; entendimiento en el cual la herramienta del obrero en caso de desacuerdo con el empresario no es la votación, sino el conflicto laboral. Como sabía bien que la CNT nunca formaría parte de los jurados mixtos, otorgándole a estos poderes y ámbitos de actuación anchos, no hacía otra cosa que poner en peligro el peso de la CNT en el ámbito laboral español.

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