miércoles, julio 20, 2016

La caída del Imperio (y 14: el final)

Ojo, que con este post me piro de vacaciones. Dejo el imperio cautivo y desarmado, pero prometo volver en septiembre con la Historia de los Estados Unidos y, probablemente, también con la crónica de los concilios de Trento. A bientôt.

  1. Las envidias entre Valente y Graciano y el desastre de Adrianópolis.
  2. El camino hacia la primera paz con los godos.
  3. La llegada en masa, y desde diversos puntos, de inmigrantes al Imperio.
  4. La entrada en escena de Alarico y su extraño pacto con Flavio Stilicho.
  5. Los hechos que condujeron al saco de Roma propiamente dicho.
  6. La importante labor de rearme del Imperio llevada a cabo por Flavio Constancio.
  7. Las movidas de Gala Placidia hasta conseguir nombrar emperador a Valentiniano III.
  8. La movida de los suevos, vándalos y alanos en Spain. 
  9. La política de recuperación del orgullo y el poder romanos llevada a cabo por Flavio Aecio.
  10. La entrada en acción de Atila el huno.
  11. La guerra de Atila en Europa oriental, y su consolidación.
  12. La (no muy triunfante) campaña occidental de Atila, y su muerte.
  13. La deriva hacia la nada del Imperio occidental.

Visto cómo se desarrollaron las cosas, no es nada aventurado decir que tal vez el emperador León, consciente de que no tenía muchos más méritos que Antemio para ser emperador oriental y que éste tenía un importante predicamento militar, no pactase con él la solución por la que se hizo emperador con sede en Rávena. Y no sería nada extraño considerar que, tal vez, una de las condiciones que puso Antemio para aceptar fue el apoyo de Constantinopla a sus operaciones africanas. Porque el hecho es que el Imperio Oriental se metió en la expedición de hoz y coz, financiándola con auténticos pastones.


Con todo ese dinero, el Estado bizantino acumuló una armada de 1.100 naves, capaces de transportar unos 30.000 combatientes. Además de estas tropas, Marcelino y sus tropas ilirias también se desplazaron hacia el oeste. Primero echaron a los vándalos de Cerdeña, y después procedieron a la ocupación militar de Sicilia. Un tercer ejército financiado por Constantinopla navegó desde Egipto hasta las costas Libias de la Tripolitania, donde desembarcó y se unió a los locales para echar a los bárbaros.

El jefe supremo de todo este ejército de más de 50.000 efectivos era Basilisco, cuñado del emperador León. Un militar de mucho prestigio, puesto que había derrotado a los restos de la gran armada huna en sus últimos intentos por establecerse en los Balcanes.

Los romanos rehuyeron la batalla naval, dado que su prioridad era desembarcar sus tropas; querían realizar una guerra de infantería. Así lo hizo Basilisco, que escogió las fechas más propicias para realizar el traslado (el principio del verano), de modo que apenas tardó un día en navegar desde el sur de Italia hasta el cabo Bon, a unos 60 kilómetros de Cartago. Desde dicha capital salió la flota vándala. Los bárbaros, probablemente marineros más experimentados, fueron los que se lo montaron bien. Sabían que el régimen de vientos de la zona les garantizaba que tendrían la brisa a sus espaldas, mientras que los romanos la tenían de cara, hecho que limitaba su maniobrabilidad. Se ha dicho muchas veces que el ataque de los vándalos aquel lejano 468 se asemejó bastante al que realizaría Francis Drake contra la primera Gran Armada española. Además, completaron su estrategia con un arma que en su época se solía utilizar contra un enemigo naval de poca movilidad: barcos ardientes.

Roma perdió en esa batalla no menos de cien naves y 10.000 hombres. Y lo peor es que no había plan B. Las arcas en Rávena y en Constantinopla estaban vacías, y así seguirían varios años. El Imperio, literalmente, ya no tenía dinero para seguir siéndolo (y carecía de un Banco Central Europeo para que le financiase el momio por la jeró).

De hecho, Antemio y Ricimer no podían considerar, sinceramente, que dominaban un imperio. Para entonces, su control efectivo apenas se limitaba a la península italiana y Sicilia, esto es, más o menos la actual Italia. A fuer de ser sinceros, el ejército romano retenía posiciones de cierta importancia en la Galia; pero el poder de los visigodos y los burgundios, no digamos ya de una eventual confederación de ambos, los sobrepujaba por goleada.

Los godos, por otra parte, no eran tontos. Habían aprendido las sutilezas de la geopolítica imperial, y aspiraban a manejarla. Eurico, rey por entonces de los visigodos, se percató inmediatamente de las consecuencias que tendría la derrota africana de los bizantinos. Eurico era hermano menor de Teodorico II, pero esa pequeña diferencia de años le hacía mucho más clarividente a la hora de valorar que se encontraba ante un cambio sistémico del status quo. Eurico es quien labra el fin del Imperio de alguna manera porque, al contrario que su hermano, ya no aspiraba a lograr para los visigodos un lugar al sol imperial; él pensaba que podía ser el sol en sí mismo.

En el año 465, tal vez harto de los puntos de vista conservadores y vasallos de su hermano, había dirigido un golpe de Estado en el que se hizo con el poder, tras lo cual se apresuró a ejecutar a Teodorico. Inmediatamente tras llegar al poder, envió embajadores a los vándalos y a los suevos, con órdenes de transmitir el mensaje de que, ahora, estaba al frente de los visigodos un tipo que quería ser su amigo, no su enemigo. Cuando Antemio se había presentado en Italia con las impresionantes tropas de Bizancio, Eurico se dio cuenta de que no era momento de andar dando por saco, y mandó llamar de vuelta a los embajadores. Sin embargo, cuando supo de la aplastante derrota de África, dejó de tenerle miedo al inquilino de Rávena. Consideró, y no se equivocaba, que Roma acababa de perder la capacidad de hacer el viaje de Julio, de intervenir al norte de los Alpes; y decidió hacer aquella tierra suya.

En el año 469, Eurico comenzó a lanzar una serie de ataques destinados a hacerse con el control de la Galia. Avanzó hacia el norte para atacar a los bretones del rey Riotamo, aliados del Imperio. La derrota de los bretones extendió la frontera de la nación visigoda hasta las riberas del Loira. Quiso avanzar más, pero se encontró con el ejército romano del norte del Rhin, al mando de un tal conde Pablo, que les detuvo gracias a su alianza con Childerico, rey de los francos salianos.

Con posiciones consolidadas en el norte, al año siguiente Eurico comenzó a moverse hacia el sureste, buscando la frontera del Ródano y su perla, Arles, capital de la Galia. En el 471, prácticamente eliminó el poder imperial en la Galia derrotando al hijo de Antemio, Antemiolo (esta puta familia no tenía imaginación ninguna...), quien además murió en la batalla. Dado que los visigodos no eran demasiado buenos asediando plazas amuralladas, Eurico tardó cinco años más en tomar Arles y Marsella, momento en el cual ya controlaba la Auvernia, que le había sido cedida por Rávena en un vano intento de que se quedase contento y dejase de invadir.

En el 473, el objetivo era España. Bueno: Cataluña. Eurico tomó Tarragona. Luego fue bajando por el arco mediterráneo tomando ciudades y, ya que estaba allí, siguió con el resto de la península, que virtualmente le pertenecía en el 476 (excepción hecha de los suevos Carballeira, que permanecían relapsos en la esquina noroeste libando una cerveza exageradamente buena).

Eurico no era el único bárbaro que estaba en modo destroyer. Los burgundios, establecidos al norte del Ródano, también lucharon durante esos años para consolidar su reino. En realidad, querían Arles, pero una vez que lo tomó Eurico fueron conscientes de que carecían de fuerza para ello. Sin embargo, expansionaron sus tierras entre los Alpes y el Ródano, avanzando hacia el sur incluso hasta Avignon. En el norte de la Galia, por último, comenzaba a oírse hablar de un pueblo que, se decía, quería llegar a ser grande algún día. Los llamaban francos.

Estos francos habían estado mucho tiempo al este del Rhin, bastante divididos en maras y patotas de personal desestructurado. Conforme la fuerza romana se fue debilitando, fueron avanzando hacia el oeste, y conforme tomaban tierras tendían más a la unidad bajo grandes jefes. Poco a poco se fueron uniendo en torno a la figura de Childerico, de modo que en los años setenta del siglo ya controlaban la vieja provincia romana de Belgica Secunda, con capital en Tournai.

Con este panorama, no ha de extrañar que digamos que, en Italia, las cosas estaban confusas que lo flipas.

Por extraño que pueda parecer, ni siquiera en aquella situación, con un Imperio que había perdido casi todas sus fuentes de ingresos fiscales y aparecía amenazado por reinos en realidad mucho más fuertes que él; ni siquiera en aquella situación, digo, dejó la cúpula ravenesa de enfangarse en sus peleas internas.

Recordemos que Ricimer había aceptado el imperio de Antemio porque le convenía. Sin embargo, con la pérdida masiva de territorios, el emperador se había convertido en un tipo que no podía ofrecer gran cosa. Ricimer, pues, concluyó que le era inútil. En el 470, ambos comenzaron a darse de hostias. Ricimer llegó a reclutar un ejército de 6.000 hombres, pero la sangre no llegó al río y al año siguiente ambos llegaron a un pacto. Pero aquel año resultó derrotado Antemiolo y, lo que es peor, su padre, Antemio, perdió a todos los soldados que había enviado a la Galia (que eran casi todos los que tenía). Antemio huyó a Roma, que fue sitiada por Ricimer durante meses, hasta que capituló. El 11 de julio del 472, Antemio fue cazado por las calles de Roma, y asesinado, por el sobrino de Ricimer, un príncipe burgundio llamado Gundobado.

A la muerte de Antemio, los planes del inteligente Geiserico tomaron cuerpo. El líder vándalo llevaba mucho tiempo pensando en asaltar el trono imperial (recuérdese que pactó una boda con princesa imperial para su hijo). Entre otras cosas, había enviado al cuñado de su hijo Hunerico, llamado Olibrio, a Roma. Hunerico estaba llamado a heredar el reino africano de los vándalos, y Olibrio era la apuesta de Geiserico para gobernar en Rávena. Olibrio fue enviado a Constantinopla por Geiserico, y una vez allí, cuando se produjeron los enfrentamientos entre Antemio y Ricimer, el emperador León lo envió a Italia para mediar. Una vez en Italia, jugó bien sus cartas y consiguió arrebatarle a Ricimer la púrpura imperial que éste creía tener segura. Olibrio fue proclamado imperator, o mejor basileus, en abril del 472, esto es, incluso antes de que Antemio fuese asesinado. El 18 de agosto de aquel año murió Ricimer y, para desgracia del Imperio (aunque muchos piensan que en realidad dio igual), el propio Olibrio la cascó en noviembre.

En estas circunstancias, el único hombre de poder que quedó fue Gundobado, que ni puta gana tenía de vestir aquella maloliente púrpura (tan interesado estaba que en el 474, cuando falleció su padre Gundioco, se volvió a la nación burgundia a disputarle el trono a sus hermanos Chilperico, Godigiselo y Gondomar). Así pues, le pasó el marrón a un alto cargo militar llamado Glicerio, que con ese nombre es como para pensar que inventó el supositorio. El 3 de marzo del 473, Glicerio fue proclamado emperador.

La marcha de Gundobado fue la marcha de la única persona que podía convocar tropas y arrear hostias; por tal motivo, la península italiana quedó vacía de poder. En esas circunstancias surge el personaje de Julio Nepo, sobrino del conde Marcelino, que era el gobernador de Dalmacia. A la muerte de Marcelino en el 468, Julio heredó Dalmacia junto con los restos del otrora temible ejército ilírico. En el verano del 474, un año después de la proclamación de Glicerio, Julio se presentó en la boca del Tíber, a tiro de lapo de Roma, con sus tropas. Echó a Glicerio (que ni ademán de resistirse se permitió) y se proclamó él mismo emperador de Occidente (ejem...) Sin embargo, apenas un año después, uno de sus generales, Orestes, tras recibir la orden de pacificar Italia, usó las tropas para volverse contra Nepos. El 28 de agosto del 475, Nepos salió de Rávena y cogió un barco para regresar a Dalmacia.

En Constantinopla, las cosas no iban mejor. Basilisco, a su regreso de la derrota africana, se encontró al emperador León tan cabreado que tuvo que buscar refugio sagrado en Hagia Sofía (o sea, en la que existía entonces, y ardió en el 532) de donde juró que no saldría hasta que el emperador no declarase que lo había perdonado. Cuando murió Antemio, se dieron cuenta de que la única forma de pacificar aquella zona sería pactar con los vándalos. Se negoció con ellos un tratado que se firmó en el 474. Ese pacto venía a significar que Constantinopla se resignaba a la idea de la desaparición del primer Imperio romano, el occidental.

Aun, sin embargo, el Imperio echó un par de bocanadas más. Orestes, quien como hemos leído echó a Julio Nepos, colocó a su hijo, Rómulo, en el trono. Fue proclamado el 31 de octubre del 475, y es de suponer que no serían pocos los romanos que pensarían que, tal vez, todo aquel sueño había empezado con un Rómulo y, tal vez, iba a terminar con otro. Aunque, en realidad, este Rómulo es más conocido como Augústulo, el pequeño Augusto.

Cuando el poder huno cayó en el este de Europa, algunos de los pueblos germánicos que tenía bajo su bota, como los escirios y los rugios, ahora libres, habían emigrado a Italia, donde Ricimer los reclutó como soldados. Tenían un líder en Odovacar, miembro de la vieja casa real esciria. Odovacar había jugado un papel importante entre Antemio y Ricimer, y también había sido muy bien tratado por Julio Nepos, quien lo hizo patricio.

En aquellos tiempos, puesto que los recursos fiscales del Imperio se habían evaporado, el ejército italiano comenzó a colapsar, especialmente entre los escirios, que eran mercenarios puros y duros. Odovácar no hizo sino capitalizar ese fenómeno. Juntó a esas tropas bajo su mando, el 28 de agosto capturó y mató a Orestes, y el 4 de septiembre a su hermano Pablo, en Rávena. Con estos dos fallecían las últimas eminencias grises del Imperio, puesto que Augústulo era medio gilipollas.

Como Odovácar no podía pagar a las tropas (nadie podía), acudió a la vieja política de Cayo Mario en Numidia: pagar con tierra. Con la ayuda de un senador llamado Liberio, organizó el reparto de más o menos un tercio de Italia entre los bárbaros.

Augústulo seguía siendo emperador, y Odovácar quería resolver eso. Tras consultarlo con el Senado, envió una embajada a Constantinopla, que le propuso al emperador Zenón unificar el Imperio de nuevo, con Odovácar en posición de patricio encargado de preservar la seguridad de Italia. Curiosamente, cuando llegó aquella embajada a la capital oriental, estaba llegando otra de Nepos solicitando ayuda para reconquistar el Imperio. Zenón se lo pensó mucho, y al final llegó a la conclusión de que enough is enough. ¿Para qué financiar el proyecto dalmacio, si probablemente en poco tiempo volvería a haber traiciones, capillas, banderías, golpes de Estado, traiciones? Le contestó a Nepos con una nota amable pero negativa, y aceptó los términos de Odovácar.

Nada más recibir las cartas, Odovácar depuso a Rómulo Augústulo. La cosa estaba ya tan clara que ni siquiera se molestó en asesinarlo; de hecho, le dio una pensión y lo mandó a Campania. Eso sí: se quedó con la capa y la diadema que eran de uso exclusivo del emperador. No hizo el menor gesto de ponérselos. Los metió en un UPS, y los mandó a Constantinopla.

Y así, con un paquetito de mierda, se acabó la Historia de la vieja Roma. Una mujer grande, durante mucho tiempo de pechos nutricios y voz temible que, sin embargo, casi desde el primer día hizo todo lo que pudo por tropezar, cagarla y matarse de cualquier caída tonta.

Yo pienso mucho en esta Roma crepuscular. Desde la primera vez que leí esta historia, que por supuesto se la leí a Gibbon, se me aparecieron delante muchas imágenes que luego he vuelto a ver muchas veces. En puridad, cada vez que he visto a los dirigentes de un partido político menor, de ésos que están en crisis y han perdido el favor del electorado, pelear por esas migajas de mierda de poder que les quedan como si fuesen la Casa Blanca, pienso en esta roma del siglo V, desordenada, odiosa, maloliente, narcisista y traidora de sí misma.

Cualquier persona que piense que las situaciones de poder son eternas, que hay enemigo pequeño, y que las querellas internas ni dejan huella ni tienen coste, debería leer esta historia. No la que escrito yo, que menuda mierda es; me refiero a la historia de cómo el Imperio más estable y estructurado de la Historia acabó yéndose a la mierda por una serie de presiones exteriores, sí; pero también por su propia torpeza, su propia ceguera.


Sic transit gloria mundi.




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