lunes, mayo 16, 2016

La caída del Imperio (5: y me llevo Roma por delante)

Recuerda que esta serie se compone de:


En realidad, si Olimpio estuviese leyendo este blog, podría protestar y aducir que diciendo que con eso de llamar a la guerra contra los godos hizo una mala decisión, me estoy pasando. Es cierto que hay algunos elementos que podrían justificar este movimiento, muy especialmente el hecho palmario de que los godos estaban ahora en una situación peor que en el 406, puesto que estaban establecidos en territorios que no eran los suyos tradicionales y, por lo tanto, carecían de una relación estable con los habitantes locales que les garantizase el acceso a los pertrechos que necesitaban (cualquiera que haya intentado operarse una apendicitis en una comunidad autónoma que no es la suya sabe de qué estoy hablando). Además, Olimpio no hacía sino cabalgar una ola generalizada contra los godos, una reacción social que diríamos hoy, disparada por la muerte de Stilicho. Muy especialmente en el ejército romano de Italia, en el cual se inició una matanza sistemática de los militares un día encuadrados en las divisiones de Radagausio y sus familias.


Pero, claro, todo eso no pudo ser gratis. Sin ir más lejos, Alarico vio incrementadas sus fuerzas en no menos de 30.000 efectivos, a causa de los que huyeron, directa o indirectamente, de aquella masacre. Cuando acampase a las afueras de Roma, esta fuerza se vería incrementada en 10.000 soldados más a base de esclavos que se le unieron.

En el 408, Alarico decidió mover ficha. A sus propias tropas unió las de su hermanastro Ataúlfo, que se encontraba en Panonia. Toda esta tropa cruzó los Alpes a sangre y fuego y se dirigió a Roma, alcanzando las afueras de la ciudad en noviembre del mismo año. Inmediatamente, Alarico sitió la ciudad.

Alarico, en todo caso, no tenía ninguna intención de tomar Roma y controlarla. En eso no era un guerrero moderno, sino uno más de los jefes de la guerra que rodean una ciudad rica en recursos con la única intención de saquearla. El Senado, de hecho, aprobó una moción para comprar la tranquilidad de la ciudad, pagándole al godo 5.000 libras de oro, 30.000 de plata, y un montón de otras cosas, entre ellas sedas y especias. Sin embargo, quedaba esa otra mitad, o tercio si se quiere, de reivindicación goda, ésta sí totalmente propia de sus tiempos: un acuerdo que garantizase la existencia de su nación dentro del Imperio. El Senado, en este sentido, se dirigió a Honorio (los emperadores ya no estaban en Roma, sino en Rávena), solicitándole algún acuerdo en este sentido; le propusieron un inmediato intercambio de prisioneros, así como una alianza militar. Honorio se lo pensó bastante, pero probablemente había aprendido ya con Stilicho que aquella marea podía ser verdaderamente fuerte. Así pues, otorgó signos de asentimiento, con lo que Alarico, en prueba de buena voluntad, retiró sus tropas hacia la Toscana, dejando con ello que las hamburguesas y el chopped volviesen a entrar en Roma.

En la corte del emperador quedaba, sin embargo, el peor enemigo de los godos: Olimpio. Auténtico engullidor de orejas, el primer ministro de facto del Imperio se dedicó a darle por saco inmisericordemente al jefe del Estado con la idea de que pactar con los godos era lo peor que podía hacer. Poco diplomático y bastante pollas, además, Olimpio o permitió o animó una emboscada de tropas godas cerca de Pisa, lo que terminó por encabronar a Alarico, que volvió a marchar sobre Roma.

Ante estos hechos, una delegación del Senado, escoltada por godos (lo cual nos demuestra que recorrer Italia ya no era seguro para los romanos de toda la vida), se dirigió a Rávena, a tratar de convencer al emperador de que debía negociar. Honorio tuvo que reconocer que era verdad. La única alternativa que tenía a la negociación era la guerra. Esto suponía levantar el ejército de Italia contra los godos que estaban dentro; pero hacer eso equivalía a abrirle la península a las tropas de Constantino III que, no se olvide, se habían enseñoreado de la Galia.

La necesidad de negociación labró la desgracia política de Olimpio y supuso la oportunidad de un oscuro pero hábil político, un antiguo partidario de Stilicho que había conseguido sobrevivir a las represalias, llamado Jovio, y que era el prefecto pretoriano de Italia. Jovio conocía bien a los godos porque le había sido encomendado el contacto con ellos cuando estaban en el Épiro esperando a Stilicho.

Alarico y Jovio montaron una mesa de negociación en Rímini. La verdad es que para los romanos era una negociación a pelo puta, porque Honorio estaba sometido a mucha presión. La razón era Constantino III, que se encontraba en Arlés, y de hecho se sentía tan fuerte que había comenzado a dar pasos para consolidar a sus hijos como herederos imperiales, amenazando con montar una dinastía competidora. La debilidad de Honorio era tan manifiesta que, en el año 409, incluso le envió un vestido púrpura a Constantino; una especie de asunción simbólica de su carácter imperial (el púrpura es el color de los emperadores, sobre todo tardorromanos. Por eso en Constantinopla, el emperador nacido en tal condición por la muerte previa de su antecesor era conocido como Porfirogenetes, nacido purpurado). Mientras hacía estos gestos de buen rollito, Honorio trataba de fastidiar a Constantino, por ejemplo en un intento de infiltrar sus soldados en una posición defensiva del emperador rebelde, operación que salió como el culo y en la que los de Honorio fueron masacrados casi hasta el último hombre.

En esa situación, el ejército teóricamente fiel a Honorio olía la derrota; así pues, sus oficiales comenzaban a preguntarse si no sería mejor quedarse en casa, con las espadas enfundadas, para así no hacer méritos negativos contra quien, tal vez, acabaría gobernando Italia. Honorio, pues, cada minuto que pasaba tenía menos capacidad de plantar batalla a Constantino; y eso es algo que sabía él, como lo sabía Alarico.

Así pues, las condiciones de Alarico no fueron moco de pavo: un suministro anual fijo de oro y de comida, así como permiso para que los godos se estableciesen en la zona del Véneto, Noricum y Dalmacia. Jovio aceptó la condición, e incluso le propuso a Alarico ser nombrado por Honorio magister utriusque militiae.

Fue este paso de Jovio, curiosamente, y no los de Alarico, el que puso las cosas difíciles. Honorio estaba dispuesto a casi todo lo propuesto, menos el acceso de Alarico al alto generalato de su ejército. Fue, tal y como yo lo veo, un puchero imperial bastante estúpido, pues, en realidad, el acuerdo permitiría a Alarico tener tropas listas y combativas muy cerca de Rávena, así pues, en realidad, toda la discusión se limitaba a definir si sería teniente general también de iure o solo de facto. Probablemente, la negativa tuvo que ver con la idea de Honorio de que Alarico, una vez teniente general de los ejércitos, ya no tenía ningún obstáculo que le impidiese dar un golpe de Estado y convertir el Imperio occidental en una nación gobernada por godos.

Sea lo que sea Honorio, no sabemos si mal aconsejado o arrastrado por sus propios sentimientos impolíticos, contestó a esta petición con una carta insultante. En un primer momento, Alarico reaccionó como Honorio esperaba, esto es levantándose de la mesa y marchándose. Pero luego, inteligentemente, recapacitó. Se buscó una pequeña corte de obispos para que fuesen sus embajadores y custodiasen un mensaje al emperador. El mensaje era, aparentemente, una bajada de pantalones: aceptaba establecerse sólo en Noricum, asumía que Roma le mandaría el alimento que pudiese (no una cantidad fija), renunciaba al oro y, por supuesto, a los cargos y distinciones.

En mi opinión, esta propuesta de Alarico estaba destinada a dejar que Honorio, literalmente, se cociese en su propia salsa. Lo dejaba solo. En el caso de que Constantino atacase, ambos: el propio Constantino y la armada goda, ahora tendrían que cruzar los Alpes. Pero el primero de ellos siempre tendría la ventaja de haber tomado la decisión. En consecuencia, el godo, conscientemente, desguarnecía Rávena, una ciudad por la que Honorio se paseaba con toda pompa rodeado por generales y coroneles que, en realidad, hacían cálculos casi diarios, como en la Bolsa, sobre si les sería más rentable defender a aquel tipo o cortarle el cuello.

La jugada de Alarico, además, funcionó, porque Rávena se vio obligada a rechazar proposición tan moderada. Ahora, Alarico tenía, literalmente, patente de cabrón: podía ponerse serio y decir que todo eso había sido porque Honorio, por dos veces, le había dicho que no, a pesar de que en la segunda de ellas apenas le había pedido una provincia en los confines del Imperio y un par de barras de pan de leña. Así pues, cogió el tren hacia Roma y la volvió a asediar.

Estando allí, a las afueras, convenció al Senado de que Honorio era un piernas, y que lo que tenían que hacer era elegir un nuevo emperador. El Senado, literalmente acojonado, hizo lo que se le sugirió, y escogió a Prisco Atalo; en ese momento, pues, el Imperio Romano de Occidente tenía tres emperadores: Honorio, Constantino y Atalo.

El nuevo emperador le envió mensajes cordiales a Honorio a Rávena, poniendo delante de sus narices un futuro en el que sería mutilado y/o exiliado si no se quitaba de enmedio. Otra cosa que le contaba es que había nombrado general en jefe de sus tropas a un tal Alarico, quien inmediatamente puso a sus gentes en movimiento hacia el norte, subyugó un montón de ciudades y se allegó hasta la misma Rávena, que asedió. Parecía que Honorio estaba perdido, pero en el último momento recibió 4.000 soldados del Imperio oriental, más una pasta que le llegó de África del Norte (que le seguía siendo fiel), con la que pudo lubricar el ardor guerrero de sus tropas.

Atalo, sin embargo, se demostró un tipo bastante dubitativo y tardano. La clave para ahogar a Honorio era acabar con las ciudades fieles que tenía en el norte de África; pero en ese teatro Atalo se negó a usar godos (tal vez, de nuevo, por temor a perder a la larga toda la provincia en sus manos), con lo que su eficacia militar se vino abajo. Cansado de tanto diletante de pasillo, en el verano del 410, Alarico mismo depuso a Atalo e inició, de nuevo, negociaciones con Honorio. El emperador, ahora que había recibido ayuda, se sentía Ironman, así pues no tenía ninguna intención de negociar. Cuando Alarico llegó a unos 12 kilómetros de Rávena, al lugar señalado para los contactos, fue atacado por una pequeña fuerza romana, comandada por un tal Saro, él mismo godo pero sin duda contrario a Alarico; su hermano Sergerico acabaría, de hecho, intentando liderar a la nación goda.

A Alarico, como por otra parte es lógico, aquel ataque a traición le hizo darse cuenta de que estaba hasta los huevos de los romanos y sus putas sutilezas. Así las cosas, volvió grupas hacia Roma, y la sitió de nuevo. Apenas llevaban un rato llamando al timbre cuando se abrió la puerta Salaria.

Llama la atención, en todo caso que el saco de Roma por Alarico haya pasado un poco al imaginario histórico como epítome de la acción indiscriminada de unos bárbaros, cuando estuvo lejos de ser eso. Cierto es que los godos de Alarico entraron en Roma a llevarse hasta los rodapiés si valían algo. Pero lo hicieron como que le eran: cristianos. Esto supone que los grandes centros de culto de la ciudad, y muy en especial las basílicas de San Pedro y San Pablo, fueron respetadas. Personajes religiosos de importancia fueron escoltados fuera de sus casas de forma segura (aunque, cierto es, una vez fuera entraron dentro los godos a llevarse hasta el jabón). Tres días de saqueo dejaron en casi perfecto estado la mayoría de los grandes edificios de Roma, aunque no cabe decir lo mismo de su patrimonio mueble.

390 años antes de nuestra era, cuando una serie de tribus celtas saquearon Roma, toda la ciudad, a excepción del Capitolio, fue pasto de las llamas. Ahora, en el 410, en realidad el edificio del Senado fue el único que quemaron los godos. La imagen del saco de Alarico responde más a los que los romanos esperaban que ocurriese que a lo que realmente ocurrió.

Aquella acción, sin embargo, sirvió para que los godos, finalmente, se dieran cuenta de que estaban equivocados. Contra lo que nos pueda parecer a los espectadores del futuro, que sentimos reverencia por Roma y tendemos a verla como el centro del Imperio, lo cierto es que en el 410 la hoy capital de Italia no sólo no era ya el centro del Imperio (lo era Constantinopla), sino que ni siquiera era el centro del poder en la península italiana (lo era Rávena). Honorio podía, perfectamente, ante la probable sorpresa de Alarico, tratar sus acciones como un acto de guerra menor. En realidad, para quien supuso todo un reto el saco de Roma fue para el cristianismo. La propaganda no cristiana se apresuró a recordar que la ciudad había permanecido ochocientos años protegida de este tipo de acciones gracias a los viejos dioses, que ahora habían sido desplazados por uno nuevo que no había sabido proteger la ciudad. Buena parte de la obra de Agustín de Hipona, de hecho, es un enorme trabajo de contrapropaganda respecto de estos argumentos.

El debate producido en el terreno religioso, sin embargo, tuvo una consecuencia inmediata, que fue la percepción colectiva de que la desgracia del saqueo de Roma se había producido porque el Imperio había perdido la virtud. Igual que en el ámbito judío la destrucción de Jerusalén había supuesto toda una tendencia de repensamiento de la que nació el cristianismo, ahora, de alguna manera, muchas voces comenzaron a abogar el repensamiento del propio Imperio desde presupuestos distintos.


Esta será la labor que se deberá abordar unos diez años después de la llegada de Alarico a la ciudad.