lunes, abril 11, 2016

La caída del imperio (2: la paz del 382)

Recuerda que esta serie se compone de:




Con ser la derrota de los romanos en Adrianópolis una seria advertencia del avenimiento que eso que conocemos como caída del Imperio romano, para los godos supuso también un mensaje, y no muy positivo: les demostró que Constantinopla les estaba vedada.

El gesto de Frigiterno de ofrecer negociaciones de paz ya antes de la batalla muestra con claridad que el señor godo de la guerra tenía muy claras sus limitaciones. Por muy estupendos que se quieran poner los historiadores de hoy en día, con dificultad lograrán justificar la idea de que los godos tenían la capacidad de levantar un ejército de más de 40.000 almas (muchas de ellas, cansadas de las guerras persas, que se habían encontrado en su emigración desde Asia); un grupo de combatientes que nunca podría competir con la capacidad de realizar una leva tras otra que tenía un Imperio como el romano, especialmente en su vertiente oriental, que era donde estaban las riquezas y, por decirlo claramente, la recompensa. Se podría decir, de alguna manera, que si los godos fueron hacia el oeste, alcanzado al final incluso la punta de Finisterre, fue porque no podían ir hacia el este. Que, si no, ni de coña.

Otro elemento que no hay que olvidar es que los godos eran gente normal; ruda y un poco bestial, pero gente normal; y eso quiere decir que tenían lo que toda la gente normal tiene, es decir: políticos. El más hábil y ambicioso de todos era el propio Frigiterno y, precisamente por eso, en su gesto de buscar una paz antes de Adrianópolis, hay bastante más que un acertado cálculo de fuerzas. Frigiterno quería que Valente llegase a un acuerdo con él que incluyese la admisión de su figura como rey de los godos coligados; en otras palabras: era el suyo un ofrecimiento de interés propio, que buscaba dejar a Alateo y Safrax, así como a otros reyezuelos tervingios, en la cuneta. Valente, sin embargo, ni podía ni quería aceptar esta condición, pues la estrategia romana frente a los godos siempre fue dividirlos, no unirlos. De hecho, la estrategia de división la acabaría costando el cuello al propio Frigiterno.

En el debe de los godos hay que anotar también algo que se puede denominar el “efecto Pearl Harbor”. Cabe recordar aquí las palabras del almirante Isoroku Yamamoto, quien tras el ataque mostró su preocupación porque, dijo, “hemos despertado al tigre”. Un tigre es un tigre, y siempre retiene su capacidad de morderte el culo hasta el cuello. El primer golpe contra un tigre siempre tiene que tener la consecuencia de matarlo; porque dejarlo herido puede llegar a ser dramático. Frigiterno, el almirante Yamamoto de los godos, sabía que en Adrianópolis había destruido un ejército romano hasta el último hombre; sin embargo, ahí quedaba el ejército romano.

A todo esto hay que unir el dato, en modo alguno baladí, de que en seis años de guerra, los godos fueron incapaces de realizar un solo asedio con éxito en las poblaciones danubianas. Cuando un grupo como ellos, que con los siglos acabaría generando la muy laboriosa sociedad hamburguesa pero entonces apenas era capaz de generar recursos de subsistencia para sí misma, no tomar ciudades significaba que era capaz se saquear el PIB de Roma, pero no de crearlo. A la larga, cuando la opción es una guerra, esto te acaba minando, especialmente en el campo de la alimentación. Nunca sabes si mañana vas a poder alimentar a tus tropas: todo depende de la que los mataos a los que derrotes hoy estén protegiendo por ahí algún silo lleno de cereal ya cosechado.

Así las cosas, los godos no pudieron convertir la victoria de Adrianópolis en el principio de una guerra, sino en la continuación del pillaje. Durante todo el año 378, camparon por sus respetos por Tracia, distribuyendo generosamente su ADN entre las mozas de los pueblos y robando hasta el último mango que encontraban. Al año siguiente, y a pesar de la debilidad de las tropas romanas en la zona, Frigiterno tuvo claro que avanzar hacia el este, como canta el bolero, era necedad, así pues decidió moverse hacia el noroeste de su posición, hacia la Dacia. En el 380, tervingios y greutungos se dividieron, se especula que por las dificultades de aprovisionarse todos juntos. Alateo y Safrax se movieron al norte hacia la Panonia, donde tropas de Graciano les dieron de capones. Los tervingios dieron más o menos la vuelta, moviéndose hacia el sureste hacia Macedonia y Tesalia. Pero en el 381, las tropas de Graciano les obligaron a moverse de nuevo hacia Tracia. Fue allí, en el 382, cuando se firmó la paz.

Los romanos fueron muy jartibles con los godos con el temita de que la ceremonia del tratado de paz (que se celebró cuando quedaban 1.560 años menos un día para que yo naciese) se instrumentase desde un punto de vista exterior como siempre o casi siempre habían sido estas paces en la Historia que lograban recordar, esto es, con los godos en actitud de derrota. Los greutungos al final cedieron, probablemente por el dolor de cabeza que les levantaron aquellos senadores romanos, gordos, sonrientes y tocahuevos (modero Varys en Juego de Tronos); pero las cosas estaban muy lejos de ser, en realidad así.

Los godos, en efecto, dejaron sus armas a los pies del emperador Teodosio y doblaron la rodilla ante él. Pero hasta ellos, que no eran muy aficionados a ver el canal Historia, sabían que había una diferencia entre este gesto suyo y el de otros muchos reyes y reyezuelos derrotados por los romanos en el pasado: aquella vez, el “vencedor” romano, en su “benevolencia”, había “decidido” que ningún prisionero godo sería vendido como esclavo. Aquello no era una paz a la romana; era un armisticio. A los romanos con criterio no se les pudo escapar el detalle de que toda esa bondad se desplegaba con unos tipos que se habían apiolado un emperador. Augusto, Tiberio, Nerón, Trajano, Adriano, los habrían colgado a todos ellos del huevo izquierdo en un acantilado.

Una cosa es cierta: los godos no consiguieron lo que querían. El principal deseo de Frigiterno (aparte de quedar por encima de Alateo y Safrax) era que los romanos hubiesen aceptado cederles Tracia como, por así decirlo, un nuevo Estado inmigrante; una especie de Australia en medio del Imperio romano, con el culo puesto hacia las estepas rusas de donde ambas partes sabían que nada bueno podía venir.

Es probable, sin embargo, que el pacto de paz tuviese una cláusula secreta favorable a los romanos. Una cláusula cuya existencia sólo podemos sospechar y que, por lo tanto, no sabemos exactamente quién firmó. Probablemente, los jefes godos intermedios, los lugartenientes de los generales victoriosos de Adrianópolis, adecuadamente tentados o lubricados con las riquezas que poseían los romanos. Porque es un hecho que el taimado Frigiterno no llegó a disfrutar de la paz que había conseguido, porque, al igual que Alateo y Safrax, murió pronto. Algunos historiadores especulan, y la cosa no parece en modo alguno imposible, que estas muertes podrían ser, como digo, un precio diferido del propio tratado de paz: los romanos no podían soportar la supervivencia de los asesinos de Valente, y otros líderes godos pudieron ver aquello como un precio aceptable que pagar. Es un hecho, desde luego, que la muerte de los tres, tan cercana, hace pensar que no fue sólo la Parca quien estuvo implicada.

En los años por seguir, los romanos, una vez muertos los jefes de la guerra, se guardaron de aceptar un solo liderazgo entre los godos, excitando sus envidias internas y las diferencias, en ocasiones casi irreconciliables, que había en su seno entre pueblos cada uno de su padre y de su madre. Pero toda acción tiene su reacción, pues a cambio de olvidar los tiempos de las espadas, los godos obtuvieron algo que tiene mucha importancia: el derecho de recibir, por parte del Imperio, tierras para ellos, esto es explotaciones que llevarían como hombres libres, y no como esclavos para los romanos.

Otra consecuencia de la paz, de gran importancia, es que incluía una alianza militar. Los godos aceptaban ser objeto de las levas del ejército romano, además de comprometerse a incluir en los ejércitos romanos, en determinadas campañas, fuerzas propias bajo sus propios mandos. Por lo que sabemos, la clase política romana recibió esta realidad con gran alegría: los godos, se llegó a decir en el Senado constantinopolitano, han dejado de ser guerreros para hacerse granjeros. Error.

Eso es lo que había ocurrido en el pasado. En efecto, cuando Cayo Mario decidió, en medio de una crisis de la República a causa de gravísimas derrotas en la Galia, abrir las filas del ejército a los miembros del census capiti, o sea a la clase proletaria, hubo muchas voces en el Senado que argumentaron que, si se les daba a los obreros un arma, irían a la batalla, vencerían, y luego volverían a Roma para tomar el poder. Sin embargo, no fue así. Tanto en Galia como en el norte de África después de la guerra de Yugurta, aquellos tipos sin oficio ni beneficio recibieron tierras en su licenciamiento y, si alguna vez tuvieron algún deseo de emascular senadores, se les pasó pronto.

Los godos, sin embargo, no eran miembros del census capiti. En primer lugar, ni eran romanos ni miembros de su civilización; no compartían con ellos ni el pasado, ni la lengua, ni una leche. En segundo lugar, eran un pueblo que se había hecho a sí mismo, probablemente, a base de luchar (y hay que decir probablemente porque registros, la verdad, hay pocos). En tercer lugar, aunque eran pueblos distintos, tenían sentido de la federación. Aunque acabamos de decir que los romanos, tras la muerte o asesinato de los tres líderes de Adrianópolis, practicaron su división, jamás consiguieron negociar separadamente una leva. Cada vez que necesitaban tropas de los godos, éstos acudían todos juntos a negociar la cosa. Lo probable es que aquella nación goda, nación sin territorio, fuese más una confederación que una federación; pero, en cualquier caso, tenía un nivel de unión interna, una conciencia propia, de la que los residentes pordioseros de Roma carecían. Los godos, pues, tal y como yo lo veo, eran gentes con una fuerte cultura bélica, que con seguridad no querían perder (no tenían nación en la que establecerse, engordar, y cogerle el gusto a las películas moñas de Julia Roberts), y una capacidad de unión relativamente intensa. No, no se harían granjeros. Lejos de ello, se convertirían en un ejército godo dentro del ejército romano; en los tiempos presentes hemos tenido un caso relativamente similar, al inicio de las hostilidades entre Ucrania y Rusia, cuando el ejército ucraniano tenía muchos rusos en sus unidades.

En todo caso, identificar la guerra con los godos de finales del siglo IV con la caída del Imperio es muy aventurado y sería excesivamente desenfocado. Los territorios balcánicos eran la Segunda División B de un Imperio mucho más extenso y poderoso y, al fin y al cabo, habían sido el único teatro de aquella guerra. Ya hemos dicho que da la impresión de que Frigiterno y el resto de caudillos tenían muy claro que estaban muy lejos de poder dominar Constantinopla y, en lo tocante a Roma, los ejércitos de Graciano se demostraron como más efectivos que los de Valente.


Las cosas, sin embargo, cambiaban, y muy deprisa. Apenas treinta años después, los godos estaban en Roma.