miércoles, octubre 28, 2015

Breve historia del metro (11)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

La recuperación (parcial) de Méchain y la impaciencia de los gobernantes franceses por un proyecto que duraba ya demasiado.

El retorno al trabajo de Delambre y el día que descubrió que lo habían despedido.

Las tribulaciones de Méchain en una Cataluña en guerra, y el momento en que se dio cuenta de que la había cagado.

El descarrilamiento del proyecto del meridiano, que no fue tal.

El reinicio de la misión... por parte de Delambre. La procrastinación de Méchain en Italia, y sus medio-confesiones a su colega. Las tribulaciones de Delambre para conseguir que un depresivo Méchain aceptase ir a París a terminar la misión.

La llegada de Pierre François Méchain a París, en efecto, no se pareció en nada a la que él esperaba. Apenas había tenido tiempo para darse una agüita y quitarse la polvareda del viaje, que Delambre vino a buscarlo para llevarlo a una cena de gala, en su honor, en la que estuvieron presentes el presidente del Directorio, el ministro del Interior, el de Asuntos Extranjeros y la Academia de Ciencias en pleno. Allí le fue confirmado el puesto de director del Observatorio de París, la mayor distinción que podía recibir un astrónomo en Francia. Méchain, horas después, le escribiría todo aquello a sus amigos de Carcasona (que parecían ser los únicos en los que realmente confiaba para entonces), preguntándose cómo serían las cosas cuando toda esa gente metiera las narices en sus cálculos y observaciones.

Ahora lo importante era la convención científica que se había convocado, con invitados venidos desde los Países Bajos, Dinamarca, Suiza, España e Italia (sólo por casualidad, las naciones que iban a formar parte de la liga antiinglesa; ni Inglaterra ni Estados Unidos ni Alemania fueron invitadas).

Como ya sabemos, Francia había confiado en que los nacientes Estados Unidos fuesen la primera nación que les siguiese en la adopción del metro; sin embargo, ya hemos contado que cuando decidió optar por la metodología del meridiano y no por la del péndulo, al evitar con ello que Thomas Jefferson pudiera hacer pasar a la Historia a su pueblo de Monticello, éste se extrañó por completo del proyecto.

Hemos de hacer notar, en todo caso, que los esfuerzos franceses por ganar a los americanos a la causa no terminaron ahí. En 1793, tras aprobar la ley del metro, los franceses enviaron a América a uno de sus naturalistas, Joseph Dombey, quien se llevó un bastón de cobre con la longitud del nuevo metro provisional, así como un objeto de un kilo de peso. En enero de 1794, Dombey se embarcó en Le Havre camino de América, pero una tormenta lo desvió al Caribe. Acabó en la colonia francesa de Guadalupe, donde los plantadores locales lo detuvieron por considerarlo un peligroso jacobino. Cuando fue liberado, no sin amenazas desde París, trató de llegar a su destino disfrazado de marino español en un barco sueco, pero fue apresado por unos corsarios ingleses, que lo engrilletaron en la isla-prisión de Montserrat, donde murió, enfermo.

De forma lógicamente rocambolesca, el bastón y el kilo acabaron por llegar a los Estados Unidos, donde fueron situados, y allí siguen, en el Museo del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología. Eso sí, el embajador francés, Jean Antoine Joseph Fauchet, tomó la misión de Dombey como propia. Consiguió que los periódicos de la América posh, la del Este (los del Sur y Oeste pasaban del tema, enfangados como estaban entre crops y cattle) se hiciesen eco de las virtudes racionalizadoras de la decisión francesa, y urgiesen a las personas con decisión en el país a decantarse por el nuevo proyecto racionalizador.

Fauchet, a base de ir a Filadelfia a dar el coñazo, consiguió que Georges Washington, un americano siempre dispuesto a mostrar detallitos profranceses, le cuestionase al Congreso la posibilidad de retomar el tema del sistema métrico. El propio presidente estaba preocupado por la diversidad de medidas que las ex-colonias habían heredado de su metrópoli.

Frauchet, sin embargo, cometió un error. Cuando se produjo en los Estados Unidos la Whiskey Insurrection que ya hemos visto en el patio de al lado, vio en ella el germen de una revolución jacobina a la americana, y la apoyó descaradamente. Washington se puso como el puma de Baracoa y, de hecho, exigió a París que se llevase de allí su mierda embajador. Seis meses después, full of rancor, el Congreso americano aprobaba la adopción de un sistema único de medición en los Estados Unidos, pero basado en el pie y la libra inglesas (o sea, no exactamente lo que medían las inglesas, sino con mediciones más precisas elaboradas por científicos, y divisibles por diez). Sin embargo, la legislación no pasó por inacción del Senado, que se limitó a hacer de don Tancredo y jamás votó la ley.

Hay que hacer notar que Inglaterra estaba también en proceso de cambiar y homogeneizar sus medidas, a causa, sobre todo, de la unión entre Inglaterra y Escocia. Las propuestas que escuchaban eran más o menos las mismas que en Francia, sólo que britanizadas. Por ejemplo, se quería definir el metro como el recorrido de un péndulo durante un segundo en la Torre de Londres. Ya sabemos que, en 1789, un MP llamado John Riggs Miller propuso sintonizar las medidas inglesas con la reforma francesa, mediante una medición pendular hecha en un lugar consensuado por ambos países. Miller por una parte, y Talleyrand por la otra, aceptaron el acuerdo; pero la verdad es que ambos estaban pensando lo mismo: que el otro les dejaría liderar la movida. Cuando los franceses se decidieron por la metodología del meridiano, los ingleses perdieron el interés por la colaboración.

La hostilidad de los alemanes se debe a razones muy parecidas. Siempre meticulosos, los científicos germanos opinaban que los cálculos basados en el meridiano reportarían resultados distintos según dónde y con qué instrumentos se hiciesen las mediciones, así que hubieran preferido una metodología pendular.

La cosa era un follón de puta madre, pero para aquéllos que no eran ingleses, americanos o alemanes, les resultaba muy difícil oponerse a los designios de Francia, más que nada porque Francia era el poder militar que mandaba en el continente.

La conferencia científica contó para su convocatoria con el decidido apoyo de Napoleón Bonaparte, pero éste no estaba para verla inaugurar porque se había ido a la famosa campaña de Egipto. Campaña militar que, por cierto, tenía también un fuerte sabor científico, pues el general se llevó con él a 167 científicos, entre ellos uno de veinte años de edad, Jerôme Isaac Méchain, que entre su misión tuvo la de triangular las pirámides de Giza.

Esta expedición descubriría, en la isla de Elefantina, el llamado Nilometro, un antiguo estándar que se usaba para medir las crecidas del Nilo. La comparación de este estándar con las mediciones contemporáneas llevó a los científicos a estimar que Eratóstenes había calculado el tamaño de la Tierra con una diferencia de apenas el 0,4%. Sus investigaciones les llevaron a especular con la posibilidad de que los antiguos egipcios hubiesen derivado sus estándares de medición usando métodos geodésicos. El perímetro de la Gran Pirámide, tal y como descubrieron, medía prácticamente un minuto del meridiano terrestre.

Pero volvamos al congreso científico. Para las discusiones era necesario que Delambre y Méchain presentasen sus cálculos, algo que les habría de llevar algo de tiempo, sobre todo a Méchain. Para entretener la espera, la Academia de Ciencias decidió inventarse una pequeña competición, en la que ambos astrónomos tratarían de establecer la latitud de París. Delambre la mediría desde el techo del número 1 de la rue de Paradis, su casa; y Méchain desde el Observatorio. Ambos científicos ajustarían sus mediciones para hacerlas converger en el Panteón.

El Panteón había cambiado un poco desde que comenzase la misión del meridiano. El pequeño observatorio construido por Delambre había sido desmontado. Como lo había sido la estatua de la Fama, considerada demasiado cara de mantener. Y luego estaba el tema de quién merecía reposar allí. El primer francés que recibió esa distinción fue Mirabeau; pero posteriormente fue des-panteonizado, y en el tiempo en que se celebraba el congreso se volvía a discutir la oportunidad de meterlo dentro; con el pequeño problema, eso sí, de que su cadáver había desaparecido. Otro personaje sobre cuyo derecho no se ponían de acuerdo los franceses era René Descartes; el mero hecho de que lo discutieran ya nos demuestra lo gilipollas que pueden llegar a ser.

Los dos astrónomos comenzaron sus observaciones el 7 de diciembre. Pero no de igual manera. Delambre, quien se hacía ayudar por su prohijado Charles de Pommard, hijo de Elisabeth Aglaée Leblanc de Pommard, la churri con la que vivía, entregaba cada noche sus mediciones a la Comisión Internacional. Pero Méchain, no. Pierre François había llegado a tal nivel de desconfianza en sí mismo, que probablemente contaminaba sus propias observaciones con sus dudas. Tras veinte noches y quinientas observaciones, anunció que debía comenzar desde el principio otra vez. Argumentó de todo: el frío de París (antes había dicho que la culpa de los fallos de Barcelona era del calor) o la incapacidad de su asistente de mantener nivelado el círculo de Borda.

En realidad, Méchain había dejado de observar las estrellas. Observaba sus datos, constantemente, a la búsqueda del error escondido de cuya existencia estaba cierto. Rápidamente, cayó en la fase Defcon 2 de la depresión, y se convirtió en un ser atrabiliario: dejó de ir a las sesiones del Bureau, que presidía, de la Academia de Ciencias y, por supuesto, de la Conferencia Internacional. Paseaba por París cuando sabía que no le verían.

La Conferencia comenzó a fijar sus sesiones en el Observatorio, para así evitar que Méchain pudiese darles esquinazo. Aun así, el astrónomo se negó a dar sus datos. Comenzaron a crecer los rumores. Y la rebelión. La Academia había prohibido expresamente a todos los participantes en la Conferencia que hiciesen públicas sus propias estimaciones sobre el metro hasta que no llegase la oficial. Pero Thomas Bugge, astrónomo real danés, que llevaba en París tres meses, se impacientó. Se hizo eco en las sesiones de varios rumores que corrían por ahí: que si Lalande iba diciendo en privado que todo era una mierda, que si los datos estaban mal... Así las cosas, el danés anunció que si la conferencia no había concluido para enero, él se piraba.

Pero enero terminó sin que los datos estuviesen encima de la mesa, así pues Bugge actuó as scheduled, y se volvió a Copenhague en medio de gravísimas acusaciones de la prensa parisina. No obstante, la marcha de Bugge hizo reaccionar a Lalande, quien, el 2 de febrero de 1799, presentó a la conferencia sus propios datos, basados en las mediciones de Delambre. Tras un día entero de discusiones, la conferencia aceptó todos los datos de Lalande, incluso algunos de los que Delambre tenía dudas. Los triángulos de Delambre desde Dunquerque hasta Rodez se dieron por válidos, así como sus cálculos sobre la latitud de Dunquerque.

Ahora quedaba Méchain.

Lalande visitó en el Observatorio al astrónomo. Era portador de un ultimátum: Méchain tenía diez días para entregar sus datos. Ni qué decir tiene que Lalande estaba haciendo justo lo que no se debe de hacer delante de un depresivo, que es obligarlo a salir de la piscina de mierda aun sin querer hacerlo. Méchain rogó, pero no consiguió. Al final, aceptó entregar sus datos en diez días, pero puso una condición: dado que sus diarios eran muy farragosos y difíciles de leer, presentaría resúmenes, estación por estación, una vez aplicadas las fórmulas habituales. Lalande, nada convencido, aceptó.

Durante esos diez días, Méchain “descubrió”, o al menos eso le dijo a la conferencia, que una de las tuercas de su círculo de repetición, que estaba algo suelta, era la responsable de la erraticidad de algunas de sus mediciones. Una vez que se había dado cuenta de ello, sus mediciones habían comenzado a converger con las de Delambre con una diferencia de apenas 0,13 segundos. Pero necesitaba diez días más. La conferencia aceptó.

Diez días después, todavía no estaba en condiciones de presentar sus datos. Y diez días después de esos diez días, volvió a posponer el encuentro para entregar la información. Los presentó finalmente, supongo que no sin presiones, el 22 de marzo de 1799. E ignoramos hasta qué punto los "cocinó".

Fue una sesión de un día entero, como la de Delambre, en la que cada ángulo, cada medición, fue sometido a severo escrutinio. Pero el resultado final fue una felicitación sin ambages al astrónomo. Por lo que se refiere a los datos de latitud de Montjuïch y la Fontana de Oro, la conferencia los encontró altamente consistentes entre sí. Visto eso, Méchain propuso, y obtuvo, que los datos de la Fontana de Oro fuesen considerados redundantes.

Esa misma noche terminó la tortura de Pierre François André Méchain. Paradójicamente, incluso uno de los miembros de la conferencia, al terminar la sesión, se acercó a Delambre para preguntarle, con retintín, como es que sus propios datos no eran tan precisos como los de su colega. Adivinamos en la boca de Delambre una sonrisa a media comisura, modelo “si tú supieras, cabrón, si tú supieras...”

 Las semanas siguientes al conocimiento de los datos fueron las de los cálculos para la derivación del metro. Cada uno de los savants presentes en la reunión realizó sus propias derivaciones con los instrumentos matemáticos que prefirió. Quien ya no pudo hacer su aportación fue Borda, que había fallecido en el curso de los últimos retrasos de Méchain.

Conforme fueron llegando los resultados, se confirmaron los peores temores de los bien informados: los resultados, a menudo, eran inesperadamente excéntricos. Y eran así por la simple razón de que la Tierra misma era mucho más excéntrica de lo que se había pensado hasta aquel momento.

Todos los datos compilados hasta entonces, por Cassini o la expedición peruana, habían hecho pensar a los científicos que la excentricidad de los polos era de una trescientosava parte, esto es, que el radio de la Tierra en los polos era un 0,03% más corto que en el Ecuador. Pero los datos de los dos astrónomos sugerían que dicha excentricidad era de una sesquicentésima parte, esto es, uno entre ciento cincuenta: el doble. Más aún, cuando se juntaron los datos de Dunquerque, París, Evaux, Carcasona y Barcelona, donde los científicos esperaban encontrar un arco se encontraron con una línea distinta, que parecía ser distinta en cada trayecto.

Quizá, o sin quizá, la persona que más disfrutó con este descubrimiento, fue Méchain. Entre otras cosas, porque venía a demostrar que su intención de haber triangulado hasta las Baleares tenía mucho sentido, pero él la había defendido el solitario. En una carta a sus comprensivos amigos de Carcasona, el astrónomo les explicaba que “lo que las observaciones muestran es que es que la curvatura de la Tierra es casi circular entre Dunquerque y París, más elíptica entre París y Evaux, más elíptica aun entre Evaux y Carcasona, para regresar a la primera elipicidad entre Carcasona y Barcelona”.

Delambre y Méchain, sin proponérselo, habían descubierto que los meridianos varían entre unos y otros. O sea: se habían cargado la misión, pues si no todos los meridianos son iguales, entonces es imposible derivar un metro universal, porque no hay una sola diezmillonésima parte de la longitud de un meridiano. Como, por otra parte, ya lo hemos leído, sostenían, antes que ellos, los científicos alemanes.

Frente a frente con la verdad, ¿qué haría la Conferencia Internacional? A la hora de extrapolar la curva Dunquerque-Barcelona a todo el meridiano, ¿qué excentricidad utilizarían: la comprobada en otros experimentos, que parecía ajustarse más al conjunto de la Tierra, o la observada en el cuadrante triangulado? Discutieron mucho, pero yo creo que, en el fondo, todos sabían que al final se decantarían por una decisión practicable, lo cual les llevaba a no abandonar las viejas observaciones.

La conclusión final llevó el metro a una longitud de 443,296 lignes francesas, en lugar de las 443,44 que había medido el metro provisional. La diferencia eran unos putos 0,325 milímetros o, si se prefiere, tres folios colocados de canto; pero era mucho más de lo que los científicos esperaban. Hoy sabemos, además, que el metro definitivo definido por la conferencia es, en realidad, dos veces más impreciso respecto de la longitud real de la Tierra que la medida provisional. La Conferencia había avanzado en la dirección contraria.

Supieran, no supieran o sospechasen los científicos que la estaban cagando, lo cierto es que aceptaron el cálculo y se aplicaron al paso siguiente, cual era fijar la nueva medida en un objeto físico. Pero no: no fue ésta, como veremos, la famosérrima barra de platino-iridio que muchos hemos estudiado en el colegio (lo mismo la LOGSE lo considera hoy en día un dato inútil para el futuro de sus educandos). Es cierto que, a causa de su práctica indestructibilidad, fue elegido el platino. La Comisión de Pesos y Medidas invirtió un quinto de su presupuesto en comprar varios kilos de platino. Se compraron en Madrid, por cierto; y llegaron defectuosos. Marca España.

El honor de fabricar la barra fue para Lenoir, a quien, en abril de 1799, se le facilitaron el valor calculado del nuevo metro y cuatro barras de platino puro, con los que debería construir cuatro barras de un metro cada una. De las cuatro, se escogió la más acercada a la longitud deseada (apenas desviada en un 0,001%).

El 22 de junio e 1799, en una gran ceremonia, la barra de platino fue presentada a las asambleas legislativas francesas. Nadie se acordó de explicar que la barra tenía algunos defectos que hicieron que fuese inmediatamente retornada al taller de Lenoir, de donde no saldría en tres meses.

Lo que siguió fue la prédica de la buena nueva. En los cinco años anteriores a la fecha, la Agencia de Pesos y Medidas había llevado a cabo una política de comunicación pública que tiene muy poco que envidiarle a las modernas campañas de relaciones públicas. Editó miles de panfletos. Prieur de la Coté d'Or diseñó gráficos de conversión para aquellos ciudadanos que no sabían leer. Todos los editores comerciales diseñaron sus propias guías y almanaques, que hoy son piezas muy cotizadas en las librerías de viejo. Se crearon metros de mármol que fueron situados en las paredes de grandes edificios de la nación (uno de ellos lo podéis visitar en el 36 de la rue de Vaurigard). La enorme necesidad de bastones de metro hizo que la Agencia tuviese que subcontratar con empresas privadas, que hicieron su agosto con la historia. No obstante, cuando en septiembre de 1799 el metro se convirtió en obligatorio (en la región de París), la confusión fue enorme. Tan enorme y tan caracterizada por la resistencia que la gente que el gobierno se vio obligado a mandar las tropas del ejército a Les Halles para embargar las antiguas medidas. Las resistencias eran tantas que hasta Napoléon se negó a aprenderse el nuevo metro.

El metro no llegó a ser declarado la única medida para toda la nación hasta el 4 de noviembre de 1800, aunque el uso de las nomenclaturas compuestas (decímetro, kilómetro) fue abolida.

Uno de los grandes instigadores de la ilegalización de esos prefijos griegos que no le gustaban a la gente era Napoleón. Regresado de Egipto, la Academia de Ciencias lo agasajó con una medalla conmemorativa hecha con el platino que había sobrado de hacer el metro. Dos semanas después de haber aceptado la medalla, el 18 de Brumario, Napo dio un golpe de Estado. Tras triunfar en el él, nombró a su antiguo preceptor de matemáticas, Pierre Simon Laplace, ministro del Interior con responsabilidad de implantar el sistema métrico. Aunque dos semanas después lo cambió por su propio hermano.