miércoles, mayo 07, 2014

Anchluss (2: por qué Von Schusschnigg llegó a creerse sus propios lereles)

El año 1936, que tan resonantes recuerdos nos presenta a los españoles, fue también muy importante para Austria. Los primeros tres o cuatro primeros meses de esta anualidad marcan el punto en el cual el conservadurismo en el poder en Austria, nominalmente en el marco de un sistema democrático parlamentario pero en la realidad en un sistema semiautoritario, llega a la conclusión de que puede llegar a un pacto con Hitler que le permita preservar su identidad. dos factores fundamentales colaboraron para construir esta errónea convicción. Los siguientes párrafos están destinados a apuntarlos.


Durante las primeras quince semanas de aquel año, el canciller Schusschnigg resumió buena parte de su actividad en diversos encuentros con los altos representantes de la embajada italiana en Viena, todos ellos hombres de confianza de Mussolini, que le prometían, una otra vez, que el acercamiento, cada vez más evidente, entre Roma y Berlín, no afectaba en nada a la cuestión austríaca.

La opinión informada y experta del pequeño país, sin embargo, sabía que no era así. Cualquier persona medianamente informada y con los pies en la tierra sabía que desde enero de 1935, es decir el referendo por el cual el pueblo del Sarre votó volver a ser alemán, la política del NSDAP en el oeste de Europa había, como escribiría el general Franco, alcanzado sus últimos objetivos. Ahora, a los alemanes les quedaba el este, que era donde estaban los teatros de su Anchluss, de su Lebensraun, y de todos los elementos que alimentaban el imperialismo nacionalsocialista, una vez que la expansión colonial, que había sido uno de los fulminantes de la primera guerra mundial, se había, por así decirlo, pasado geopolíticamente de moda.

En este proceso, y a pesar de la decidida apuesta de los socialcatólicos del Volksbund por el mantenimiento en el Sarre del estatus de la Sociedad de Naciones, el poder austríaco había permanecido neutral. La base de esa neutralidad, de esa indiferencia hacia el cambio de prioridades del Führer, era el desconocimiento básico que los austríacos tenían del político de Linz y, consecuentemente, una prueba más de lo fácilmente que erraban al juzgarlo. El Sarre, pensaban los austríacos, había sido alemán hasta 1918, y Austria nunca había sido alemana; Austria, de hecho, había sido el centro de una potencia en condiciones de competir, o aliarse, con la propia Alemania, y más antigua que ésta como nación. Así pues, los políticos austríacos en el poder, cuando eran conminados a pensar de que el tema del Sarre podría acabar siendo el tema de Austria, contestaban, más o menos, con esa famosa frase de Felipe González: «constato que no me afecta».

La seguridad de los austríacos tenía, además, mucho que ver con el fracaso del putsch de la era Dollfuss que, en su opinión, había supuesto para Hitler una derrota parecida a la de 1923 (y no deja de tener coña el símil, porque si es verdad que Hitler fue derrotado en su golpe de Estado de 1923, encarcelado y tal, no lo es menos, y esto es algo que los analistas austríacos tenían delante de sus narices, que había sido capaz de renacer de sus cenizas y conquistar el poder). Lo cierto es que la muerte de Dollfuss había servido para que Hitler cambiase de táctica, tratando de tener cerca a Austria; pero no de objetivo. El 25 de julio de 1934, cuando la montó leoparda en Viena, el Führer quería anexionarse Austria; y en marzo de 1936, también.

Hitler, como es bien sabido, reaccionó a la victoria del Sarre, esperada por todos de alguna manera, con su célebre decisión de marzo de 1935 en el sentido de repudiar las cláusulas de índole militar del tratado de Versalles. A eso seguiría la remilitarización de Renania y, finalmente, en marzo de 1936, la denuncia de las condiciones militares establecidas en el tratado de Locarno. A todo esto, sin embargo, Viena asistió con afectada indiferencia.

El Kurt von Schusschnigg que partió, a finales de marzo, hacia la capital de Italia, con la intención de atender a una conferencia de los países signatarios de los protocolos de Roma, era un canciller ampliamente deseoso de llegar a un acuerdo con Alemania para firmar un pacto de colaboración mutua. Sentía que Italia era cada vez más tenue, que Alemania era cada vez más fuerte y descarada, y que las dos verdaderas columnas del estatus quo europeo creado tras la primera guerra mundial: Francia e Inglaterra, eran dos maulas. Estaba totalmente convencido de que podía negociar con los nacionalsocialistas una solución que hiciese de Austria un pasillo por el que pasarían los nazis cantando Die Fahne Hoch camino de Checoslovaquia, Rumania y toda la pesca, mientras ellos seguían manteniendo su identidad, su independencia y su todo.

Pero, además, había otro factor. Porque Schusschnigg no era nada feliz dependiendo de Italia, en buena parte por razones internas.

Mussolini había convocado aquella conferencia de Roma para convencer a los co-signatarios de que, a pesar de la cuestioncilla de Etiopía, seguían siendo amigos para siempre means you’ll always be my friend. El Duce italiano les repetía a los representantes internacionales que no había renunciado a tener una presencia geopolítica a las orillas del Danubio e, incluso, de cuando en cuando incluso permitía que se sugiriese que el verdadero interés de Inglaterra, que no era otro que garantizarse que, en caso de guerra, podría atacar el flanco occidental alemán desde Italia, era negociable. Londres, sin embargo, no tragaba ese anzuelo. En 1936, Mussolini llevaba ya más de una década al frente de Italia, y eso quiere decir que mucha gente en Europa, y desde luego el Foreign Office, tenía ya una idea cabal de lo que valía su palabra (hecho éste, por cierto, que Hitler tuvo también claro siempre; en puridad, en posible que las únicas personas con las que Mussolini se portase de forma totalmente recta, honrando los compromisos que adquirió, fueran los conspiradores españoles de derecha que querían derribar la II República).

Los ingleses seguían presionando para que se aprobasen sanciones contra Italia, e incluso el embargo del petróleo. En Francia, por su parte, el gobierno proclive a la entente con Italia, presidido por Pierre Laval, había caído, y ahora se encontraba al frente del consejo Albert Sarraut; éste, sin embargo, no estaba para asuntos internacionales, pues bastante tenía con intentar ganar las elecciones con un margen suficiente como para poder crear un gobierno puramente de izquierdas. Mussolini sabía que esto último era posible, como sabía, en el momento de la conferencia, que en España había subido al poder un Frente Popular que se radicalizaría hacia la izquierda progresivamente, por mucho que Manuel Azaña lo vendiese con un gobierno de centro modelo Rita Irasema. Esta confluencia en dos países tan cercanos a su patio le desazonaba, y era por eso que decidió que tenía que hacer gala de distanciamiento respecto de Berlín; y, para escenificar tal cosa, escogió sus intereses en el Danubio y, sobre todo, la cuestión austríaca.

[Espero que entiendas, lector, tras repasar las últimas líneas, que si pensamos en la ucronía de que Francia se hubiese implicado de hoz y coz a favor de la República en la guerra civil española, la reacción de Mussolini habría sido, no enviar más soldados o más aviones o tal, sino denunciar que Francia, con ese movimiento, estaba rompiendo el frente de Stresa y traicionando el espíritu de los protocolos de Roma. Una situación que París en general, y las izquierdas políticas francesas muy en particular, no se podían permitir por lo que pudiera suponer de distanciamiento con Londres y, consecuentemente, debilitamiento de su posición geopolítica frente a Alemania, por no hablar de que la fortísima oposición de derechas habría encontrado muchos argumentos para encenderle el pelo al Elíseo, al palacio de Matignon, al Quay d’Orsay y hasta al Moulin Rouge. Lo cual me lleva cuando menos a mí a la conclusión de que la indiferencia gabacha ante la guerra civil española fue una actitud impitoyable].

Cuando el canciller austriaco le comentó al Duce que estaba pensando en una normalización de relaciones con Alemania (como decía Gila en su sketch del pailán con boina: me habréis matao al canciller, pero me he reído…), Mussolini casi le da un beso de tornillo glossy, glossy, de la [fingida] alegría que le dio. En una reacción muy típica de Mussolini, se engalló frente al vienés, dándoselas de que Hitler se lo debía todo («si ha superado su aislamiento internacional ha sido gracias a mí», le dijo con un par) y se ofreció a mediar, como siempre. La mediación de Italia es lo mejor que puedes tener, le dijo, porque «estos tipos de Londres y París no han sido capaces de ponerme de rodillas».

El Duce había olido la traición. Se puso muy contento, sí, pero en realidad la confesión de Schusschnigg le sentó como un tiro en el testículo izquierdo. Suponía que Austria parecía virar para salirse de su perímetro de influencia y eso, obviamente, no le gustó, porque Mussolini necesitaba ser muro de carga en la cuestión austríaca para conseguir lo que realmente buscaba, esto es que Londres y París le respetasen y le buscasen como aliado.
La conversación, además, no le gustó demasiado a Schusschnigg, dado que estaba buscando precisamente lo que Mussolini había sospechado. Él, personalmente, no gustaba del fascismo italiano; pero, además, sabía que en la sociedad austríaca había densas capas de personas que tenían el mismo sentimiento; y que él, como canciller, tenía un problema gordo con los grupos políticos proitalianos (expresión que utilizaremos aquí para designar el profascismo italiano; porque, amigo lector, si eres de ésos que piensas que el fascismo es Uno, Grande y Libre, y que, en consecuencia, quien es promussoliniano ya es, per se, pronazi, o te lo quitas de la cabeza o dejas de leer estos posts, porque no vas a entender nada).

La organización más cercana al fascismo italiano en Austria era la Heimwehr, un proyecto puesto en marcha por el sacerdote y político socialcristiano Ignaz Seipel para crear un contrapoder a la socialdemocracia y, sobre todo, la Schutzbund, una organización paramilitar de corte marxista. En principio, pues, no se trataba de un conglomerado sociopolítico fascista; pero dada su misión, pronto la eclosión del fascismo italiano lo proveyó de un catón en el que mirarse. Consecuentemente, la Heimwehr viró rápidamente hacia soluciones teóricas de corte fascista.

Por su parte, el partido socialcristiano propiamente dicho tenía demasiada debilidad en votos como para poder aspirar a gobernar el país, que era lo que habría necesitado Von Schusschnigg para poder apoyarse en otro que no fuese la Heimwehr. Por otra parte, no que olvidar que en Austria existían, a pesar de la agitada Historia reciente, formaciones políticas, como la Gran Alemania o el Landbund o Partido Agrario, que propugnaban la inmediata fusión con el Reich.

El conglomerado de fuerzas sociales y políticas germanistas había logrado un éxito en 1931, cuando el policía y breve canciller Johann Shober logró iniciar negociaciones con el ministro germano de Asuntos Exteriores Julius Curtius, para crear una unión aduanera entre ambos países; proyecto que, sin embargo, fue vetado por Italia, Francia e Inglaterra.

A la muerte de Seipel, incluso antes, el Heimwehr fue colocado bajo la dirección del príncipe Ernst Rüdiger von Starhemberg, que era decididamente más proitaliano que proalemán. Fue el príncipe, y su distancia respecto de Berlín, quien puso la Heimwehr al servicio del malhadado canciller Dollfuss, que necesitaba tener un contrapoder a la creciente influencia del Landbund y la Gran Alemania. Fue la organización inicialmente impulsada por el cura Seipel la que hizo posible que Dollfuss convirtiese un régimen parlamentario en algo muy parecido al franquismo, para que nos entendamos.

Esto, sin embargo, había pasado en 1934, y tal. En 1936, cuando el canciller Schusschnigg estaba rumiando la famosa oferta de Von Papen en la sala de conciertos, ya tenía bastante claro que no le quedaba otra que prescindir de los Heimwehren como apoyo gubernamental. Además, ya el príncipe Starhemberg había tenido que limpiar su organización de un ala peligrosamente cercana a los camisas pardas: la de Emil Fey.

Sólo había dos organizaciones que le plantasen cara a la Heimwehr: las izquierdas y la Iglesia católica. Por lo que respecta a las primeras, habían sido severamente castigadas tras la insurrección socialista de febrero de 1934. En cuando a la segunda, eran varios los teólogos católicos que habían advertido contra la fascistización de Austria, a través de diversas tomas de posición de las cuales la más famosa es el llamado Programa de Linz. Además, desde la propia jerarquía existía una resistencia al proceso, encabezada por el arzobispo de Linz, Johannes Maria Gföllner. Asimismo, hay que tener en cuenta que la Heimwehr tenía el problema del directo enfrentamiento entre su principesco jefe y la segunda figura del Estado austríaco, el burgomaestre de Viena, el anciano Richard Schmitz. Por último, el príncipe tenía un acérrimo enemigo más en el propio gabinete, en la persona del ministro de Asuntos Sociales, Josef Dobretsberger, un cristiano progresista con el que las tenía dobladas en las sesiones del consejo de ministros.

Explicamos todo esto porque es importante para entender por qué Kurt von Schusschnigg llegó a pensar que un acuerdo con Alemania sería tan positivo, y a la vez tan fácil. Recapitulando: creía que Hitler siempre respetaría la histórica independencia nacional austríaca y, además, lo veía como una medida necesaria para poder abordar la defenestración de la Heimswehr del gobierno, lo cual quiere decir recortar la capacidad de influencia italiana en Austria, porque aquella organización era el principal baluarte que tenía el fascismo de camisa negra en el país.

Como se ve, todo el montaje dependía de que Hitler fuese menos tocapelotas que Mussolini. Visto en la distancia de la Historia, parece de chiste.